miércoles, 23 de noviembre de 2011

LA CIUDAD Córdoba




Quien desde tanto tiempo aquí ha tomado
asiento y vigilancia entre los hombres
puede dejarse confundir oculto
tras la sospecha hostil de la asamblea.
De otra memoria nadie
conservará los viejos atributos;
y en la tarde templada,
por las estrechas calles solitarias,
alguien apenas distinguir sabría
tu inconfundible traza de extranjero.

Mientras contemplas la ciudad que amas
en la noche festiva,
el corazón, lo mismo que un fantasma
en su heredad, se pierde entre las sombras.
Tu pensamiento, luego que dejaste
la plaza y el balcón, agua gloriosa
de la mañana, y diste
en las robustas filas de la obra
ejemplo urbano al brazo mercenario,
naufraga allí, oh hastío
sin término, tortura separada,
curso del hombre anclado en su demora.

Podrías fingirte ciego
o dejarte sangrar contra las garras
del tosco almotacén, en la concordia
altisonante de los mercaderes.
Todo proclama el lleno de la vida,
los oficios urdidos,
la lejanía aún de tu existencia.
Una disputa acaso entre los templos
altera el bronce frío y la liturgia
del Dios que, como tú, discurre en las afueras.
Toma entonces la vida
bajo esa clara sombra de la fuente:
nadie vendrá contigo a compartirla
si no es el viento suavemente airado.

La esplendidez de la mañana, ésta
o aquélla iguales en tu misma carne,
con cuánta disciplina distribuye
y recompensa al forastero, asido
con firmes lazos al trasiego urbano.
Esos triunfos sólo son de olvido
que con su piel sucumbirán un día.
¡Levad, levad, que afluye
la llana comitiva de los pueblos!
Pasan del río al zoco o a la aljama
bajo el boato de los sicomoros,
y al toque cenital, la hora dando
justa del ser que ordena
existencia y retales,
sólo el silencio, como un perro hambriento,
sus pasos con los tuyos acompasa.
Si en un orden así, por una suerte
más primitiva escapas
a la ciudad terrena y sus afanes,
teme que en otra libertad no encuentres
la esclavitud preciosa de la vida.
Y este ritmo ideal, amurallado
en un designio grato a los mortales,
tú lo percibes yerto en otra instancia
como un rumor estéril de la sangre.

Aquéllos que creíste
en vecindad, cayeron.
Río y almunia parecían eternos
en una convivencia tan risueña;
pero esos dones pasajeros, siempre
ausente tú del premio de la tierra,
a ellos liberó hasta extinguirlos
en la paz victoriosa del olvido.

Y a ti, oh ciudad, si un día
a someterme al yugo de los tuyos te inclinas,
que un raso afán diario
de amor mortal me ocupe y me consuma.
Mas si otra vez no acudo
en una edad contigo,
toda esperanza quítame piadosa,
al fin dormido bajo los cipreses.


VICENTE NUÑEZ (poeta cordobés)

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