jueves, 3 de marzo de 2011

VIDA Y ENGAÑOS DE MAGDALENA DE LA CRUZ DE LA VILLA DE AGUILAR, REINO DE CORDOBA

Oficio es de la historia alabando las virtudes heroicas de hombres insignes en santidad,letras o armas, mover los ánimos a su imitación y, poniendo delante de los ojos la mala vida y fines desastrados de muchos mostrar como se ha de huir de semejantes peligros y graves ocasiones de pecados. Palabras son de Dioro Sículo y de él las toman otros historiadores. Hemos referido en esta larga historia, llena de variedad, las vidas de muchos hombres santos cuyos ejemplos mueven a sus contemporáneos y naturales a imitar sus pasos y virtudes, en este capítulo sacaré a plaza una mujer flaca por naturaleza pero de un ánimo peregrino para tratar con el demonio y engañar al mundo con su santidad fingida y trazas diabólicas siendo aflicciones y tormentos mártir del diablo.
Esta es Magdalena de la Cruz, cuya fama se extendió tanto que le trajeron a Córdoba las mantillas del príncipe Felipe II para que las bendijese. Permite Nuestro Señor semejantes vidas y engaños para fines admirables de su divina providencia. Sacaré las cosas de esta prodigiosa mujer de relaciones que andan de mano en mano sacadas del auto y proceso de la Santa Inquisición, que la castigó para espanto de otras mujeres livianas y para salvación de su alma, que su buena muerte y vida de penitencia ejemplar dan muestras y señales de la misericordia que de Nuestro Señor se espera con ella.

Nació Magdalena de la Cruz en Aguilar, villa principal de Andalucía y reino de Córdoba. Criáronla sus padres en grande recogimiento y virtud. Desde niña enseñáronla a frecuentar los sacramentos y, como en aquellos tiempos se usaba tan poco de ese ejercicio santo, la novedad y su recogimiento grande, composición en su persona, traje y palabras le dio buen nombre en su tierra y comenzáronla a llamar la santa. Aunque a los principios de este nombre tan alto le causaba colores en el rostro viéndose tan lejos de merecerlo después le fue agradando y regalando los oídos y el corazón, holgándose viesen, notasen todos, mirasen la alabanza y buenas obras. Polilla cruel de sus buenos principios. ¡Oh soberbia a cuántos has derribado siendo en valor y ánimo excelentes! Es vicio que todo lo mancilla y puerta abierta para que el demonio haga sus mangas.

Pasaba el santísimo sacramento por su casa. Al ruido de la gente y campanilla acudió a la puerta más cercana para verle pasar. Estaba la pared hendida y abierta, llegó depriesa y arrojóse de rodillas por adorar al Señor de todo lo criado por aquella hendidura. La gente viola desde la calle y comenzó a decir a voces que se le había abierto la pared a la santa. Y siendo falsedad, preguntada de algunas personas respondió que era verdad, que Nuestro Señor le había hecho merced se le abriese la pared para que le viese pasar y le adorase. Comenzó el demonio aparecérsele en algunas figuras diversas de ángel de luz y santos, sus devotos, para engañarla poco a poco hasta que claramente se le descubrió. Y siendo mujer flaca no temió de hablarle y hacer pacto con él ofreciéndosele a su servicio pero con una condición; que no se había de condenar. Bien ridícula para el demonio. Hizole mil engaños de Satanás debajo de imagen aparente buena y hermosa, díjole que Dios la quería hacer una gran merced dotándola de perpetua virginidad y, para que estuviese cierta de ello, le daba por señal apretarle dos dedos de la mano. Hízolo de manera que nunca más le crecieron. Esto era en tiempo que, apareciéndole el demonio en figura de animales feos y hediondos, de hombres deshonestísimos y lo ordinario en figura de un negro abominable con quien le decía y persuadía tuviese cosas contra esta virtud, llegó a persuadirle que estas cosas lascivas no eran pecados. Siendo tan abominable maldad al principio desechó este deshonesto demonio y torpe negro de sí con un crucifijo que le puso delante. Después consintió en sus fingidas y disimuladas torpezas. Llegó a decirle el demonio, en figura al parecer buena, que Dios le había comunicado sus llagas, que siempre dan en ellas estas fingidas santas. Hallóse con una señal encima del costado que a veces le salía alguna sangre y sentía tanto dolor que se caía en el suelo desmayada. Lo mismo tuvo en una mano y afirmó le duraron doce años con intensos dolores. Leyendo una vez en Aguilar la vida de Santa María Egipciaca le vino en grande deseo de irse a el desierto a hacer penitencia e imitar a aquella santa. Hizo en secreto un vestido de hombre y, a medianoche, vistiéndoselo se halló dentro de su casa porque el demonio le trajo bien apriesa por no perder la fama de virtud falsa que tenía antes de acrecentarla. Tomó por devoción de no hablar ni comer en una cuaresma. Llevoló tan adelante que no comía más que un poco de pan y agua, ni abrió la boca para hablar. Supose en el lugar en que ella se alegró mucho y ayudó por su parte a publicarlo.

Temiendo no caer de este buen nombre y fama se determinó entrarse a monja. Y pareciéndole a proposito el convento de Santa Isabel de los Ángeles de Córdoba, donde se vive hoy con grande perfección y santidad, pidió el hábito y recibiéronla fácilmente por parecerles persona bien a propósito para mejorar su casa en virtud. Prosiguió en aquella santa casa su tratos y conversaciones con el demonio. Confesó le había dicho el mismo día que pasó la prisión del rey Francisco y otras cosas que sucedían. Vino un buen clérigo a verla con ánimo de experimentar si era verdad lo que de ella oía, dijo en una venta su intención y más presto el demonio a Magdalena de la Cruz. Cuando entró por el locutorio le dijo:"Venirme señor a afrentar, volveos con Dios". Quedo el sacerdote asombrado y bien engañado que aquella mujer era santa.


Para llevar este mal nombre adelante era necesario comulgar y confesar amanecido haciendo mil sacrilegios. Porque, como ella declaró, nunca dijo verdad y cuando acababa de comulgar, callando aquellos pecados, dijo y juró que eran tan grandes los dolores y rabias de dolor de corazón y entrañas que pasaba que cada vez pensaba era el último de su vida y porque algunas veces vio en la ostia a Cristo Nuestro Señor crucificado. Tantas voces le daba aquel amoroso padre de las almas para que dejase el demonio y se volviese a su majestad y siempre salía más dura y empedernida. Por no padecer tan pesados dolores pidió al demonio le pusiese una forma sin consagrar y viéndole el sacerdote cuando comulgaba a las demás admirado pasaba adelante a comulgar a las demás monjas. Y ella, otras veces, se la ponía con disimulación. Disimulaba este tormento con hacer la llevasen en comulgando a su celda y la acostasen en la cama porque era imposible hacerlo por sus pies para sus trabajos a solas. Y fingía eran desmayos de puro amor de Dios, a tanto llegó la malicia humana. Confesó que en el convento porque la tuvieran por santa había comido siete años a reo, solo pan y agua, y no pudiendo ya llevar tan largo ayuno publicó no quería comer bocado del mundo y de secreto iba a hurtar algunas cosas de comer conque se sustentara. ¡Qué mal empleados ayunos y martirios! Llegó a decir con palabras blasfemas de Dios le enviaba del cielo la comida.

Estando muchas horas arrobada fingidamente engañando al mundo una vez le metieron tres alfileres largos por el pie, mano y tobillo y dijo no los sintió. Estuvo por esta causa muchos días enferma en la cama. Cayéronsele unos huevos en el suelo, no se le quebraron y ella publicó era milagro habiendo caído en una poca de mezcla. Desconcertóse un brazo una noche, el demonio un Sábado Santo hizo con sus trazas e invenciones que saliese de su trabajo, ella publicó que Cristo Resucitado le había hecho aquella merced. Viose alguna veces se le abrían las paredes y pasaba por ellas. Quiso probar su provincial si esto era verdad. Metió dentro de la huerta dos religiosos siervos de Dios, púsolos por guarda de una celdilla donde la encerró tapiando la puerta a cal y canto. A la mañana siguiente la hallaron paseándose junto a la alberca, cosas por cierto prodigiosas y raras permitidas de Nuestro Señor para soberanos fines. Varias veces la vieron en diversas ciudades lejos de Córdoba si no es que el demonio tomaba su figura aparente.

En algunas apariciones que tuvo de santos y ángeles, en cuya figura se le aparecía el demonio para engañarle, dijo con notable verdad que dejaba de ver no eran de Dios sino del demonio, porque si fueran cosa guiada del cielo ella quedaría más humilde y no manifestaría a persona alguna la merced que Dios le hacía y le pesara mucho se supiese esta soberbia. Fue causa se conociese su mala vida porque quería que en el conventos todas le hincasen la rodilla cuando pasaban delante de ella y porque algunas se descuidaran les daba grandes reprehensiones. Y como es verdad de Cristo Nuestro Señor que no hay cosa oculta que no salga alguna vez a plaza, aunque mayor disimulación y silencio hay en ella, permitió Su Majestad se viniese a saber este trato con el demonio porque diversas veces le oyeron hablar en su celda las cosas. Mostraron bien no poder salir de otro que del autor de la mentira. Llegóse a esto oir una noche en San Francisco del Monte, casa de santísimos religiosos, en una horrible tempestad a los demonios conjurados por aquellos santos varones que llevaban gran fiesta al demonio familiar de Magdalena de la Cruz. Al fin todas estas cosas y otras vehementes sospechas forzaron a los señores del Santo Oficio recogerla en sus cárceles donde, deseando salir de estos trabajos y martirios en que vivía, que estaba cansada y acosado con ellos, confesó de plano toda la verdad y las cosas aquí referidas. Usaron con ella grande misericordia aquellos señores como lo tiene de costumbre imitando tanto la de Dios. Salió al auto que se hizo en Córdoba concurriendo a él toda la ciudad por la grande fama de esta mujer. Descubrieron su engaños e invenciones, sus tratos con el demonio, ayuno de vagamente y fue condenada a reclusión perpetua en un monasterio donde sirvió, en oficios los más viles y bajos sin permitir se sentase en casa alguna en lugar honrado. Tomó esta penitencia con buena voluntad y llevólo con gran paciencia y otras secretas que le dieron aquellos señores. Eran sus ojos fuentes de lágrimas y su cuerpo tratado asperísimamente por satisfacer sus pecados. Finalmente, es común fama del conventos donde vivió lo restante de su vida y murió, que la fama tan falsa que antes tenía de virtud y santidad, cuando dio en estas veras de humildad y penitencia, la podía merecer.

Buen ejemplo tiene aquí muchas mujeres livianas amigas de unos extraordinarios caminos, unas oraciones o sueños que ellas se fingen en donde quieren Dios les hable el corazón. Adviertan el peligro en que se ponen y cojan el ordinario camino de la Iglesia, de oración y mortificación, dejando estas invenciones y modos de hablar de Dios y revelaciones inventadas de su flaca cabeza. Y en muchos días no fue menor el suceso de la monja de Santo Domingo en Portugal, llamada María de la Visitación, que engañó mucho más aquel reino con sus llagas fingidas y sus embelesamientos y ratos que ella tanto publicó. Después, por orden del señor arquiduque Alberto, gobernador de aquel reino, vino a confesar ante los señores de la suprema inquisición don Miguel de Castro, arzobispo de Lisboa, el doctor Paulo Alfonso, el padre Jorge Serrano de la Compañía de Jesús y el licenciado Antonio de Mendoza, haciéndose primera experiencia de la verdad con lavatorios que le dieron, con los cuales no quedó rastro ni señal de llagas, que ella se las hacía con un cuchillo cuando la visitaban sus superiores. Y después, con tanta particular, confesaba las señales. Confesó haber tenido trato con el demonio y que los resplandores y ratos eran fingidos. Aquellos salían de un braserillo de fuego que llevaba en el pecho, lo soplaba de cuando en cuando y parecían luces en el rostro porque la tuviesen por santa. Sentenciáronla a reclusión perpetua y algunas disciplinas y ayunos cada semana. Y año de 1590 sacaron en auto en Córdoba unas beatas de Jaén, la Romera y Antonia Rodríguez, natural de Sevilla, y otras con Gaspar Lucas, clérigo de aquella ciudad. Fingieron revelaciones y tratos públicos. iban acompañados de vana soberbia y de cosas deshonestísimas indignas de referirlas en este lugar. Dios conserve aquestos señores del tribunal santo de la Inquisición por cuyo medio Nuestro Señor nos hace tantas mercedes de alumbrarnos y estorbar los engaños con que Satanás cada día pretende pervertir las almas. Siempre he visto y experimentado que las virtudes verdaderas desean estar encubiertas y les pesa en el alma se publiquen, y si algo se rastrea afirman y pregonan ser nada. Aquestas mujercillas, deshonra de la virtud, procuran que sus honras vanas lleven gran parte del aplauso y la honra popular.


HISTORIA GENERAL DE CORDOBA DE ANDRES DE MORALES

Adelina Cano Fernández
Vicente Millán Torres

Edita Ayuntamiento de Córdoba

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