sábado, 20 de mayo de 2023

SIN TÍTULO

 

Se sintió el dueño final de un sueño final

postrada su cabeza desnuda,

en una deshilachada almohada carmesí,

de diminutas conversaciones perdidas

entre las cicatrices purulentas

de descascarilladas y húmedas paredes,

sobre las que el tiempo,

(inexcusable compañero

de las horas envasadas

en delicadas cajas de acero pulido),

ha estampado cuidadoso su lento latir

formando hermosas palabras,

con la amante perfección

del maestro impresor

que sueña con crear,

el vocablo perfecto donde describir

la desnuda apariencia de la soledad,

y..., las guardaba distraídamente,

de forma rutinaria

con la eficaz diligencia

del funcionario perfecto,

en pequeños cartuchos de papel de plata,

enlatados en las ondas mínimas del sonido dilatado

por el eco repentino del grito atormentado,

que el mar del norte, lanza cada día,

con la furia de mil caballos salvajes

contra las afiladas rocas de los acantilados.

Se sintió dueño

de una mirada evasiva,

de un recuerdo que no tuvo,

del repentino rozar

con una gota de luz

negligentemente esparcida

sobre un charco desnudo de agua,

del peculiar graznido de los cuervos

envueltos en piel humana

y corrió por campos de heno

recién cosechados

hiriendo sus pies

encadenados a la tierra.

Se sintió dueño de nada,

y un húmedo escalofrío,

recorrió su espalda

con dedos presurosos

entre sus vertebras cansadas,

y olvidó que el olvido,

es silencio,

que el rematar de las esquinas,

atrapa los dedos de los olvidados,

en la fina línea del amanecer

con la que el alba,

restaura sigilosa,

el malherido bramido

de los pasos apresurados de quienes recorren,

las apenas perceptibles calles adoquinadas

donde se pierden los pensamientos,

donde se humedecen los resquebrajados labios de los inocentes

y ciegan los ojos anochecidos

hasta llegar a impersonales hornacinas

en los que dejar descansar,

el divagador ruido nocturno

de una pálida ciudad enferma

mientras sus cuerpos de papel,

son tragados por desdentadas bocas

de acero, cristal y hormigón.


2023 @mado

PELUSA (Notas cordobesas. Recuerdos del pasado. Vol. 6 (1925). Ricardo de Montis Ed. 2021 de la Red Municipal de Bibliotecas de Córdoba)

 

PELUSA

Hoy que las cuestiones agrarias constituyen la nota de actualidad y el campesino es una de las figuras mas salientes de Andalucía, creemos oportuno dedicar un recuerdo a uno de los tipos populares de Córdoba, agricultor originalísimo, como acaso no hubo otro, al menos en nuestra región.

Nos referimos a Pelusa, un hombre que sin poseer fincas rústicas en propiedad ni en arrendamiento, ha logrado sacar adelante a numerosa familia con los productos de la tierra. ¿Cómo conseguía esto? pregunta el lector; ingeniándose, a costa de trabajos, viviendo casi como los primeros pobladores del mundo.

Pelusa, su nombre y apellidos no han llegado a nosotros y acaso él mismo los ignore, improvisaba una huerta en el filo de una espada. Donde quiera que había un pedazo de terreno del común de vecinos, aunque fuese del tamaño de un pañuelo, con tal de que estuviera próximo al río o a un arroyo sentaba sus reales y, como por arte mágico, surgían allí legumbres y hortalizas que competían, ventajosamente, con las producidas en las fincas mejor cultivadas.

Con pedazos de esteras, latas viejas, trapos y cuanto encontraba construía un chozón que le servía de albergue en días de lluvia, pues durante el buen tiempo él y su numerosa prole pasaban la vida a la intemperie, sin que los rigores del frío ni del calor les produjeran efecto. Delante de la choza formaba la huerta con sus tablas diminutas, cada una de ellas destinada a una hortaliza o una legumbre. Labrábalas con esmero, valiéndose de herramientas que él mismo construía con palos, flejes y pedazos de hierro que buscaba; recurría a los vaciaderos de inmundicias para proveerse de abonos; a falta de noria con cacharros viejos acarreaba el agua para el riego, del río o del arroyo inmediato.

En todas estas operaciones ayudábanle eficazmente su mujer y sus numerosos hijos que, todas las mañanas, iban al mercado para vender los productos de su finca, cuando no los vendían en ésta, porque Pelusa tenia muchos parroquianos, merced a la buena calidad del género. Sus pimientos llamaban la atención por lo grandes y sanos; buscábase sus lechugas por lo sabrosas, pero principalmente sobresalían los tomates; era la especialidad de este original agricultor. Ignórase dónde adquirió una semilla no cultivada en Córdoba que producía unos tomates muy encarnados, muy redondos, tersos, sin una arruga, semejantes a guindas de descomunal tamaño.

El público se los disputaba, pagándolos a precios elevados. La improvisada huerta apenas producía diariamente el dinero necesario para adquirir el pan que la prole del agricultor devoraba y, en su virtud, aquella familia tenía que ser vegetariana a la fuerza; sólo se alimentaba con legumbres, excepto cuando los chiquillos lograban coger unos peces, unas ranas o unas anguilas. Entonces celebraban un verdadero banquete preparando un arroz con pimientos y pescado, que era para ellos el manjar de los dioses.

Siempre destinaba una faja de terreno a melonar, no para vender los melones sino porque, en el verano, constituían la base de su alimentación. Huelga decir que, si apenas podían atender a la subsistencia, les era imposible estar medianamente vestidos. Por esta causa los chiquillos pequeños ostentaban el económico y fresco traje de Adán y las muchachas cubrían su cuerpo únicamente con unos camisones de recio y oscuro lienzo de San Juan.

Los hijos de Pelusa podían ser calificados de anfibios; pasaban tanto tiempo en la tierra como en el agua. Apenas concluían de ayudar a sus padres en los trabajos de la huerta zambullíanse en el río o en el arroyo inmediato, aunque fuera en invierno, y allí se pasaban horas y horas dedicados a la pesca y a los ejercicios de natación. Y toda aquella gente menuda, habituada al trabajo y a las privaciones, cuya piel curtida por los vientos, el agua y el sol, acaso no traspasaban el calor y el frío, criábase saludable, rolliza, sin saber lo que era una enfermedad ni un ligero dolor de cabeza.

Pelusa variaba frecuentemente de finca, unas veces por conveniencia propia y otras porque le obligaban a abandonar el campo de sus operaciones. Tan pronto le veíamos en las márgenes del arroyo que hay detrás del cuartel de Alfonso XII como en los Pelambres, en el Arenal o en el pago de huertas de la Fuensanta. Donde permaneció más tiempo y pudo dar más impulso a su negocio fue en la Alameda del Corregidor.

Aunque apegado al terruño y esclavo del trabajo algunas veces solía echar una cana al aire; su ocurrencia más feliz fue, sin duda, la que tuvo un Carnaval; se vistió de máscara, con todos sus hijos, colgándose cuantos guiñapos pudieron reunir, y los chiquillos delante y el detrás, muy serio, guiándolos con una caña como si se tratase de una manada de pavos recorrieron la población entre la carcajada unánime que provocaba en el público la ocurrencia.

Pelusa, que no era ambicioso ni antojadizo, tuvo durante muchos años un deseo vehemente y al fin logró satisfacerlo a costa de grandes privaciones; ese deseo consistía en poseer un reloj. El día en que pudo comprarlo fué el más feliz de su vida y él se consideró el más dichoso de los mortales.

Hoy, el original agricultor, ya cargado de años, si aún vive, estará a expensas de sus hijos o implorando la caridad pública, y es seguro que ese pobre hombre, si hubiese encontrado un protector, una persona dispuesta a facilitarle un pedazo de tierra algo mejor que las de que siempre dispuso, unos humildes aperos de labranza y una modesta yunta, habría logrado, merced al trabajo y la perseverancia, sus dos características, ocupar un puesto entre los labradores cordobeses.


Junio, 1919.


Notas cordobesas. Recuerdos del pasado. Vol. 6 (1925). Ricardo de Montis

Ed. 2021 de la Red Municipal de Bibliotecas de Córdoba