domingo, 5 de junio de 2011

PASEOS POR CÓRDOBA (EXTRACTO)






La licenciosa vida de Don Rodrigo de Vargas

Los Vargas fueron en Córdoba una de las familias más conocidas, tanto por su nobleza como por los diferentes cargos ejercidos por ellos en diferentes ocasiones. En el último tercio del siglo XVI moraba en ésta don Juan de Vargas, quien tuvo por hijo a don Rodrigo, uno de los jóvenes que más figuraban por su gallardo aspecto, sus modales finos y su trato afable y bondadoso. Muy joven aún, cuando todavía no habían empezado a mitigarse los ardores de su juventud, obligole su padre a contraer matrimonio con la hija de otro noble cordobés y que hasta la muerte guardole con su cariño la fidelidad propia de toda esposa buena y honrada.
Pasados pocos años después de su enlace empezó don Rodrigo a galantear a otras mujeres, tomando tal afición a ellas que no perdonaba medios por difíciles que fueran para conseguir sus deseos. Esto le atrajo multitud de lances con los padres o maridos de sus predilectas, y bien pronto la fama de Vargas llegó a tal grado que todos le temían, haciéndole el blanco de sus odios y rencores.
Entre los muchos lances contados de este aventurero joven hay uno ocurrido en la antigua calle de las Platerías, hoy parte de la Carrera del Puente. Un platero estaba escondido huyendo de la justicia por haber causado una muerte. Cerca de su casa vivía una dama a quien don Rodrigo requería de amores, y no hallando otros medios, se entraba en la casa de aquél para hablar con la vecina sin hacer caso de las observaciones hechas por la mujer del platero. Una noche llegó éste, enterose del motivo de tales visitas y, cortesmente primero y después hasta con amenazas, le dijo buscase otros medios de comunicación con aquella mujer, toda vez que la suya perdería en su buen nombre si veían entrar y salir a un caballero que tal fama de libertino había alcanzado.
Ofreció hacerlo, mas esto no tuvo cumplimiento, y volviendo el platero a encontrarlo en su casa, arremetió contra él con tal ímpetu y con tanto fue rechazado, que se trabó una horrible lucha en la cual resultó muerto el industrial y Vargas con más de treinta heridas, saliéndose arrastrando a la calle, donde casi desangrado lo recogieron el marqués de El Carpio y sus hermanos, quienes lo llevaron al Sagrario de la Catedral, costándole no poco el curarse tantas y peligrosas heridas. Por último, arreglose el asunto y quedó libre después de hacer grandes donativos a la viuda y cuantos intervinieron en la causa.


Cuando parecía que el escarmiento fuera el resultado del lance referido y otros de igual índole, don Rodrigo continuó en sus desaciertos, indisponiendo matrimonios, desconcertando casamientos y llevando la alarma a todas las clases de Córdoba, puesto que a nadie respetaba por elevada que fuera la persona a quien ofendía. Cierta noche encontró en la calle del Baño, hoy de Céspedes, a otro caballero, amigo suyo, a quien preguntó por qué paseaba tanto por aquel sitio, puesto que lo había ya visto tres o cuatro veces pasar a la misma hora. De buena fe confesole que con el mejor fin hacía el amor a la hermana de don Pedro de Mesa, a la que pensaba unir su suerte. Ingenua conversación que le sirvió a Vargas para uno de sus enredos. Díjole extrañaba mucho que un caballero tan principal se prendase de una mujer descendiente de raza judía, con lo cual mancharía su honra y el buen nombre de su familia. Creyose en sus palabras y el caballero se retiró de la casa, donde se extrañó mucho su conducta, que al fin aclararon, demostrándole la falsedad de la noticia, con lo que se concertó de nuevo y realizose el casamiento, declarándose enemigos de don Rodrigo, quien ya contaba con muchos y muy temibles.
Los señores de Femán-Núñez moraban en aquel tiempo en la casa de la calle del Paraíso, que al pasear por ella citamos. Éstos tenían varias hijas y una huérfana que habían recogido y educado como una de las primeras. Era hermosa y don Rodrigo fijose en ella con su mala intención acostumbrada. Sedujo a uno de los sirvientes, consiguiendo al fin sus impúdicos deseos, entrando de noche sin ser visto de persona alguna. Descubriose al cabo por otra de las criadas, y cuando una noche estaban más descuidados en su entrevista, apareciose la respetable señora de la casa acompañada de dos sirvientas con hachas encendidas. La pobre joven desmayose, mas don Rodrigo oyó con calma los apóstrofes que se le dirigían y, vistiéndose con cachaza contestó a la señora que lo había hecho porque le placía así, y que agradeciese a las canas el que no hubiera pretendido hacer con ella lo mismo, marchándose en seguida como si nada le hubiese sucedido.
La pobre huérfana fue al día siguiente a acabar su vida en un convento, y la ultrajada y orgullosa señora de Fernán-Núñez juntó al otro día a todos sus parientes y amigos, casi todos ofendidos por las liviandades de Vargas, y convinieron en acabar con él, llevando la dirección en el asunto el racionero don Pedro Cortés, que ya hemos dicho vivía en la calle de Pedregosa.
Como aclaración y para conocer el principal personaje que medió en la muerte de don Rodrigo, o sea el que la realizó, debemos contar otro suceso íntimamente relacionado con éste, por cierto el alma de toda esta tradición, un tanto dramática e interesante.

Don Fernando Páez y el pajecillo Luna

El domingo de la Santísima Trinidad del año 1586 corríanse toros y cañas en la calle de la Feria, que ya hemos dicho era adornada para celebrar estas fiestas, a que eran tan dados los caballeros cordobeses. Entre los muchos que aquella tarde acudieron fue uno don Fernando Páez Castillejo, dueño de la casa de los señores Trevilla en la plazuela de Don Jerónimo Páez.
Cerca del Portillo veía el espectáculo un jovencillo, vestido de paje, por serlo del alférez mayor de la Ciudad don Pedro de Córdoba, de quien la maledicencia decía ser hijo natural. Cerca de él revolvió su caballo don Fernando, con tan poco tino que arrolló al pajecillo Luna, que era como llamaban al joven, el que amostazado por haber servido de burla a los espectadores, cogió las riendas al caballo y pidió al jinete satisfacción de la ofensa. Contestósele como a un niño, y creyéndose despreciado fuese a su casa, tomó una espada y esperó al caballero en el camino de la ya dicha plazuela.
Segunda vez sujetó al caballo y desafió a don Fernando de Páez; éste despreciolo de nuevo y negose a lidiar con él. El paje, sin miramiento alguno, le dio una estocada en el pecho que lo dejó caer muerto sobre un montón de cal, donde el autor de los Casos raros asegura haberlo visto. Acudió gente a recoger al muerto, que llevaron a su casa, y el paje echó a correr por la hoy calle del Horno del Cristo a la Catedral, a cuyo sagrado se acogió.
En la casa de Páez todo era confusión y pena, sus parientes se reunieron y en unión de la justicia resolvieron ir en busca del agresor. Llegaron, en efecto, a la Catedral, encontrándolo sentado en la grada de uno de los altares, desde donde don Rodrigo de Vargas, que iba delante, lo sacó casi a la rastra. Ya cerca de la puerta lo apostrofó el paje, diciéndole entre otras cosas que era extraño ver a un caballero de su clase ejercer el oficio de corchete con el que estaba bajo el amparo del templo, palabras que le valieron una bofetada tan grande que hizo brotar sangre de su boca. Mas lejos de desmayar el joven delincuente juró a gritos que aquella ofensa había de costarle la vida, amenaza escuchada con desdén, porque todos creían que bien pronto tendría que expiar en un cadalso el asesinato alevoso cometido en la persona del caballero Páez.
Tenemos al pajecillo Luna en la cárcel, sita en la hoy calle de las Comedias, frente a la Virgen de los Faroles. El proceso continuó su marcha a pesar de las protestas del Cabildo eclesiástico, por haber extraído al preso del sagrado recinto de la Catedral. Una sentencia de muerte fue el resultado, señalándose el día de su cumplimiento. Diose el consabido pregón de que nadie osase salir a la calle con armas. La horca se levantó en la plaza y la hermandad de la Caridad y demás personas que en aquellos tiempos concurrían a estos actos reuniéronse a la puerta de la cárcel, formándose la procesión, a la cual esta vez señalaron una carrera en extremo larga, dando la vuelta hasta San Pedro, calle de Almonas, San Andrés a volver a bajar la Espartería. El reo, subido en un jumento, iba dando muestras de contrición. Las doce estaban para sonar cuando llegaban a donde hoy está el Arco Alto, y las voces de perdón empezaron a resonar entre la apiñada muchedumbre, ávida, como siempre, de presenciar estos desagradables espectáculos.
No era el perdón lo que llegaba. La Chancillería de Granada, atendiendo las reclamaciones del Cabildo, mandaba suspender la ejecución. El pueblo en general, a quien interesaba el joven Luna, empezó a dar voces de júbilo, en tanto que la mayor parte de la nobleza veía con gran desagrado que no se vengaba tan pronto como debiera la muerte de un pariente y amigo, achacando este entorpecimiento a las grandes influencias del alférez mayor don Pedro de Córdoba, a quien suponían padre del delincuente. Éste regresó casi en triunfo a la Catedral, donde permanecería en tanto que se decidiese la competencia. Mas a las pocas noches desapareció de la iglesia, ignorándose su paradero mucho tiempo, hasta que al fin se supo su marcha a Flandes, donde abrazando el ejercicio de las armas se elevó por su valor y talento a la graduación de capitán.

Concluye la historia de Don Rodrigo de Vargas

Conocido por nuestros lectores el pajecillo Luna podemos reanudar la historia de don Rodrigo de Vargas. Encargado el racionero Cortés de la dirección de realizar la venganza que todos anhelaban, creyó que nadie sería tan a propósito como aquél que con gusto cumpliría su juramento de joven, y decidió escribirle una carta, a la cual contestó que vendría a Córdoba a mediados de la próxima Cuaresma, oferta con exactitud cumplida, quedando escondido en la casa del racionero.
Por este tiempo concedió el papa un jubileo plenísimo que todos se apresuraron a hacer, y un don Andrés de la Cerda, amigo verdadero de don Rodrigo, le aconsejó aprovechara la ocasión de descargarse de tantas culpas como lo abrumaban. Acogió con gusto el consejo, conviniendo en ir juntos a confesarse al día siguiente a la iglesia de los Carmelitas. Mas aquella tarde, viéndolo bajar por la calle de Pedregosa un negro esclavo del racionero Cortés avisó a éste y bien pronto se colocó en la reja para hablarle. Don Rodrigo se paró y dijo que al día siguiente pensaba hacer el jubileo, de lo que fingió alegrarse el malicioso cura, rogándole que en celebridad de su arrepentimiento lo convidaba a la noche siguiente para hacer colación juntos. Aceptó Vargas y marchose tan descuidado, en tanto que su enemigo convocó a las personas contra él confederadas para presenciar lo que allí había de suceder.

Cerda y don Rodrigo hicieron su jubileo. El primero vivía cerca de la casa del racionero y a ella se llegó el segundo antes de ir al convite, rogándole a su amigo, que lo esperaba en la puerta, que cambiase la capa por aquella noche, porque tenía necesidad de acudir a una cita después de tomar la colación y no quería ser conocido. Repugnolo don Andrés de la Cerda, mas al fin accedió al cambio y Vargas bajó la calle, deteniéndolo el racionero, que lo esperaba en su ventana.

Hízole entrar, pretextando hacerse tarde, y desde luego lo llevó a una estancia en que estaba la mesa dispuesta, señalándole como asiento el sillón que daba espalda a la puerta de otra habitación, en la cual se habían escondido el capitán Luna con todos los demás confederados contra aquel infeliz caballero. Éste, de buena fe, sentose, y estando en jovial conversación con don Pedro Cortés recibió un terrible golpe en la cabeza, asestado con un venablo por el pajecillo, a quien apenas vio, y que a pesar de la carrera hecha no olvidó el modo alevoso que tenía de quitar de enmedio a los que le estorbaban.
Don Rodrigo dio un terrible grito de "me han muerto", que, aunque confusamente, oyó desde su casa don Andrés de la Cerda; mas temeroso de que don Rodrigo hubiese hecho alguna de sus hazañas, complicándolo a él por el cambio de la capa, puso de testigos a sus criados de estar en su casa cuando oyeron la voz, y cerró su puerta para no intervenir en cosa alguna. Un matrimonio habitante en la casa frente a la del racionero también oyó el desaforado grito de la víctima, pero en su declaración no pudo fijar el sitio de donde había salido.
Muerto don Rodrigo sus asesinos y algunos de sus parientes recogieron la sangre posible en un cubo y con ella fueron manchando muchas esquinas de las calles, y aun se añade ser la idea señalar las casas donde habían sufrido alguna ofensa del muerto, como para significar estar vengada. El cadáver fue envuelto en su capa; pusiéronle los guantes, ciñéronle su espada y con sigilo lo llevaron a la calle del Baño, hoy de Céspedes, dejándolo tendido contra la pared como si estuviese dormido, tanto que don Pedro de Mesa declaró luego que viniendo del campo con más de veinte amigos vieron aquel hombre en el suelo y creyéndolo embriagado siguieron su marcha comentando los efectos de semejante vicio.
La señora ya viuda de Vargas, que a pesar de sus muchos desaciertos lo quería con exceso, estuvo toda la noche esperando, y viendo por la mañana que aún no había aparecido envió en cuanto amaneció a su criado a preguntar a don Andrés de la Cerda, quien le contó el cambio de la capa e indicó el punto a donde sospechaba hubiese ido. Siguió el criado sus pesquisas, encontrándose en la calle del Baño con el cadáver, cuya vista le produjo tal impresión que empezó a dar grandes gritos de quebranto, volviéndose en busca de don Andrés, quien acudió, y en unión de otros amigos y parientes resolvieron llevarlo a casa del primero, en tanto se preparaba a la desgraciada señora. Hízose así y de allí salió también el entierro, al cual asistieron, para disimular, cuantos habían intervenido en la muerte, menos el capitán Luna, de quien la tradición no vuelve a ocuparse.


Don Andrés de la Cerda y otros parientes de don Rodrigo pudieron descubrir cómo sucedió la muerte de don Rodrigo de Vargas, y dando cuenta a la Justicia, ésta dirigió sus actuaciones contra el racionero Cortés, don Juan de Córdoba, don Alonso de Aguilar, don Alonso Cervantes y otros, sufriendo todos cuatro veces el tormento decretado por los jueces pesquisidores mandados por el rey para seguir esta causa. El único que a fuerza de los dolores dijo alguna cosa fue el negro esclavo de don Pedro Cortés, el que un día amaneció muerto en su calabozo. El ama o criada sufrió nueve veces el tormento, quedando coja y manca, pero sin pronunciar una palabra que diese el menor indicio, por lo que su amo le señaló después una pensión vitalicia. A Cervantes lo maltrataron también mucho porque dentro de un bollo le encontraron un papel en que le aconsejaban sufrir y callar. Por último, el racionero fue reclamado de Roma y los otros de Madrid, donde permanecieron muchos años, y al cabo todos quedaron libres, siendo recibidos en Córdoba con grandes muestras de júbilo, pues si infame era el crimen no eran menos los muchos que se le imputaban al don Rodrigo.


Teodomiro Ramírez de Arellano y Gutiérrez de Salamanca

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