sábado, 21 de agosto de 2010

UN HOMBRE QUE HA SALIDO

Un hombre que ha salido
a caminar
no sabe nunca nada.
Da vueltas a su casa,
contempla el horizonte,
cómo se pone el sol,
cómo se va apretando
la tierra por minutos;
pero no sabe nada.
Un hombre, cualquier tarde,
en trance de morir,
abandona su casa;
da unas vueltas primero,
contempla el horizonte,
cómo se pone el sol,
cómo se va apretando
la tierra por minutos;
ya no recuerda:
su cuerpo es prieto
como esta tierra oscura;
pero ha olvidado todo:
no conoce el dolor
ni la alegría.

El camino no existe.
Sólo existe una casa,
que va quedando lejos;
un horizonte, cerca;
un sol, que está abrasando
de sed al caminante;
una tierra ya a oscuras.

Un hombre que ha salido
a caminar
no vuelve a sitio alguno;
cuando llega la noche,
busca un rincón y abrigo
para poder dormir,
y retorna a la tierra.
La mañana, cantando,
le despierta tres veces;
a la primera, el hombre
abre los ojos.
Ya en pie, mira un instante
este rincón tranquilo
donde queda su sueño.
Da vueltas a su casa,
la piedra indiferente
que le sirvió de almohada,
y contempla sin prisa
el horizonte.
Cómo se alza el sol,
cómo se abre la tierra
por minutos.

Todas las piedras, juntas,
le contemplan:
cómo va creciendo,
cómo deja sin aire
a los planetas.

Este hombre que sale
a caminar
lo está sabiendo todo:
contempla el horizonte,
cómo se alza el sol.
Siente apretarse en él
toda la tierra.
Un hombre, en la montaña,
en trance de vivir,
vuelve ahora a su casa:
a este mismo camino,
siempre abierto y cerrado.
Vuelve a apagar el sol,
y a encenderlo mil veces.
Porque la misma tierra
se lo ha contado todo.

JOSÉ CORREDOR MATHEOS

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