viernes, 20 de agosto de 2010

UN CHARCO DE AGUA NO ES NADA DESPRECIABLE

Un charco de agua no es nada despreciable, no,
ni siquiera un charco de agua.
Allí beben los gorriones y tienen un pecho
de hermoso terciopelo. Tuercen un poco la cabeza y
la perla de un ojo se refleja en el charco.

El charco puede ser gris como el barro, azul
como el cielo, blanco como un cristal
opalescente o hielo temprano, tenue.
El charco no bebe, es bebido, y una vez bebido
queda únicamente la glotona boca de la tierra.

El charco traga con rapidez una rueda y después
muestra únicamente una huella semejante
a un muelle sobre su superficie.
No hay violencia que pueda violar a un charco
ya que se abre simplemente sin resistencia ni protestas.
Un charco en calma levanta su mirada como el ojo
transparente de la tierra.
Quizá sienta nostalgia, pero no conoce las desesperación.
Puede llevar días y días en su pecho una flor perdida.
Unas briznas de heno flotan por allí como el pelo
de un ahogado.
un caminante suficientemente sediento podría tumbarse y beber en él.
El charco puede darle una vuelta de campana
a un fábrica con su chimenea, nubes de humo
y todo lo demás, sin el menor esfuerzo.

Los niños vadean los charcos para ver si sus botas
de goma hacen agua.
El aceite derramado extiende sobre el charco
una lámina parecida a una película abstracta en color.
La chica abandonada ve su imagen en el charco
y le vuelven las lágrimas a los ojos.
Pero si el charco te hace feo o hermoso depende de ti.

El charco no está en deuda, no debe nada a nadie.
Viene y desaparece casi imperceptiblemente,
sin que nadie le espere o lo eche de menos.
Todavía mientras está allí ya ha sido
lo que pronto va a volver a ser.

El charco es despreocupado y desleal
en un mundo de niebla y de hierro.
El charco y el pozo viven en tiempos y espacios
diferentes, pero nada les impide encontrarse
a veces y hacerse uno.
Hasta que se separan de nuevo
para volver a ser charco y pozo,
cada uno por su lado.



Artur Lundkvist

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