martes, 26 de enero de 2010

NI BOHEMIOS NI VAGOS

REPORTAJES CULTURAS 19

Una vida de viajes, soledad y horarios frenéticos


La actriz Marisol Membrillo, el escritor Eduardo García, el pintor José Luis Muñoz y el cantaor Churumbaque desmontan los mitos de una profesión que tiene poco de ‘glamour’ y mucho de dedicación, esfuerzo y disciplina

Sara Arguijo Escalante

s.arguijo@lacalledecordoba.com



Cuando a José Luis Muñoz le preguntaban en sus inicios a qué se dedicaba, él solía contestar que pintaba cuadros, (por si acaso, esto último lo matizaba siempre). Entonces, a cualquiera que fuera su interlocutor se le ponía cara de sorpresa y mostraba un profundo interés: –“qué curioso... pintor”, exclamaban–. Claro que lo que Muñoz no sabía es que la siguiente cuestión a la que iba a tener que responder era aquello de: “bueno, pero, ¿y en qué trabajas?”.

Pues bien, esta historia, que hoy día recuerda con gracia el pintor y grabador cordobés, resume a la perfección el concepto que se tiene de los artistas, que despiertan a partes iguales admiración y fascinación entre quienes creen que tienen una especie de don divino reservado sólo a unos pocos y desprecio entre los que piensan que cantar, bailar, escribir o interpretar, por ejemplo, no es digno de llamarse trabajo.

Es más, el hecho de no estar sujetos a un horario fijo ni ir a una oficina, como en otras profesiones, de no desarrollar una labor productiva como tal, de tener la posibilidad de viajar o relacionarse con gente distinta, e incluso, de poder recibir el reconocimiento de los otros hace que a menudo se piense que la vida de artista está llena de privilegios y, por tanto, se crea que es un oficio en el que se hace poco y se vive muy bien. Sin embargo, tal y como han contado cuatro creadores cordobeses a El Semanario, sus vidas no son precisamente de color de rosa y lo cierto es que se pasan el día encerrados en sus estudios o talleres, tienen jornadas interminables, están siempre de un lado para otro, viven pendientes del teléfono y además, “tenemos que llenar la nevera y llevar adelante toda la vida práctica de cualquier persona”, explica el escritor Eduardo García.

Es decir, si algo tienen claro todos es que “para vivir del arte no se puede ser bohemio” y, al contrario de lo que se pueda pensar, Muñoz, García, la actriz Marisol Membrillo y el cantaor Rafael Churumbaque Hijo, coinciden en que la suya es una profesión difícil, que exige estudio, esfuerzo, dedicación, disciplina y en la que “nunca hay nada seguro”, recalcan.


Un trabajo de 24 horas

Para empezar, en el caso de una ciudad como Córdoba, la primera dificultad a la que se enfrentan es la de poder vivir del arte en exclusiva, ya que son muchos los que necesitan otro trabajo para mantenerse, sobre todo, en disciplinas como la literatura o la música. Esto hace que se vean arrastrados al pluriempleo y tengan que compatibilizar los horarios de su trabajo normal, “el que asegura las lentejas” –matiza García, que es también profesor de instituto– con el de su labor creativa.

Él, por ejemplo, trata de encontrar cualquier hueco para encerrarse a leer y escribir y, para eso, no tiene más remedio que renunciar al tiempo que otros reservan al ocio o al descanso y llevar una especie de “doble vida de trabajo intensivo”, describe. Para este escritor, por tanto, “el cáncer de cualquier artista es dejarse llevar por la entretenimiento”, afirma de forma contundente, y si hay algo que lamenta por encima de todo es tener que dejar a medias una historia en un momento de inspiración “porque me suena la alarma del móvil y tengo que irme a dar clases”.

De cualquier modo, al margen de que se compatibilice o no con otra actividad, en todos los casos los entrevistados cuentan que cuando se encuentran inmersos en un proceso creativo “hay que entregarse en cuerpo y alma” y esto se traduce a prescindir de relojes y no tener en cuenta nunca cuándo se termina. Dicho de otra manera, pese a que la labor creadora en sí sea de todo menos rutinaria, la mécanica del trabajo sí lo es, “aunque no piquemos al entrar y al salir como en otros oficios”, explica Churumbaque.

En cierto modo, el que los artistas sean dueños de su tiempo y de su propio trabajo se convierte en un arma de doble filo. No hay que olvidar que esta circunstancia los hace “más libres”, como define Marisol Membrillo, pero al mismo tiempo, los encadena a su propia capacidad de invención, de ahí que una de las preocupaciones que les ronda la cabeza sea la de “¿se me acabará la imaginación? ¿se venderán mis cuadros? ¿me seguirán llamando?...”

Pendientes del teléfono

Claro que se puede decir que la incertumbre y la inestabilidad forma parte de la letra chica de los contratos de cualquier artista. Está claro que no son funcionarios ni tienen un sueldo fijo y como reconoce la actriz cordobesa, a pesar de contar ya con una dilatada trayectoria, a veces está a la espera de una llamada que no siempre llega. Pero es que, además,–según relata– es muy duro someterse continuamente a que otros te evalúen. “Los castings se llevan muy mal porque son como exámenes en los que otros juzgan lo que haces, pero también a tí, porque nosotros somos nuestro propio instrumento de trabajo”, explica.

Por tanto, en la interpretación, Membrillo sabe que “ningún trabajo te garantiza el siguiente”. La de artista, en otras palabras, es una carrera de fondo y esto condiciona inevitablemente el día a día, ya que tienen que estar disponibles para trasladarse allí donde marque el trabajo, pasa muchas horas en el AVE y “cuando estoy haciendo cine, televisión o teatro, pegarme muchos madrugones y rodar durante más de doce horas”, cuenta.


Ni fiesteros, ni drogadictos

Estas circunstancias, los altibajos laborales y la soledad que requiere la creación, marcan inevitablemente las relaciones personales de los artistas que, como lamentan, no pueden pasar todo el tiempo que quisieran con sus amigos, con los que prácticamente se relacionan “a golpe de teléfono” y tienen muy complicado encontrar una pareja que los entienda, soporte sus ritmos de vida y los aguanten, admiten. Sobre todo, cuando están en horas bajas y aseguran volverse insoportables.

Quizás esta es una de las causas que provoca que se les tache de bichos raros porque, como ellos mismo explican, muchas veces están en casa, compartiendo el mismo espacio con otros, pero están ausentes, dándole vueltas a la cabeza, incluso aunque no tengan ningún proyecto inmediato. De hecho, todos los entrevistados cuentan que cuando están en fase de parón artístico aprovechan para leer, escribir, ver cine, ensayar o estudiar, según el caso.

Sin duda, este modo de vida contrasta sobremanera con la imagen de trabajo poco serio o de borrachos, drogadictos o fiesteros que se les atribuye por lo general a los artistas, algo que en el caso de los flamencos se acentúa aún más por la vinculación que tradicionalmente ha tenido esta disciplina artística con la diversión . “Hay gente que te ve con una guitarra y se cree que te vas de fiesta, no se dan cuenta que es un trabajo. Afortunadamente esto está cambiando, el flamenco se está profesionalizando”, dice el cantaor, que combina esta tarea con la de profesor del Conservatorio Superior de Música de Córdoba.


De todo, menos normales

Y es que, sea por desconocimiento o por la exposición al público, esta profesión está rodeada de falsos tópicos y mitos que poco tienen que ver con la realidad del artista de puertas para adentro y, si no, “que me digan a mí qué glamour tenemos las actrices cuando nos quitamos el traje de gala y estamos en casa esperando que nos llamen para trabajar”, sostiene Marisol Membrillo.

Desde el punto de vista de José Luis Muñoz, lo que ocurre frente al artista es que se le considera de todo menos normal, “o se nos mira como privilegiados – dice– o como muertos de hambre”, aunque ellos se afanen en mostrar su lado más humano contando, como detalle, que “también comemos tortilla de patatas”, añade el pintor.

En definitiva, la vida del artista, como la de cualquier otro, tiene sus ventajas y sus inconvenientes pero, más allá de los pros y los contras, es una actividad que ni siquiera se elige, más bien se lleva dentro. Por eso, estos cuatro creadores cordobeses describen los entresijos más desconocidos de su profesión pero no se quejan en demasía. Lo ven injusto porque tienen la suerte de trabajar en lo que les apasiona y porque, al fin y al cabo, “mucho peor es estar ocho horas subido en un andamio”, admite el cantaor flamenco.

“Sólo puedo decir que crear te hacer sentir extremadamente vivo, es algo comparable al amor de los 15 años. Sin duda, es la mejor sensación que he experimentado, no la cambiaría por nada”, sostiene García, que sonriendo vuelve a repetir, “por nada”. Quizás, para aclarar que sí, que es mejor incluso que lo que algunos puedan estar pensando.


PUNTO DE ATENCIÓN


El poder del aplauso

Seguramente nadie haya pasado nunca por una obra y haya tratado de buscar el teléfono del albañil para decirle lo bien que le ha quedado. Al igual que tampoco se agredece lo que hace el fontanero cuando arregla la cañería o el cartero cuando trae una carta al buzón. Pero esto, en el caso de los artistas, es diferente.

El hecho de que lo que hagan –una interpretación, una canción, un poema o una obra de arte– sea capaz de crear emoción genera agradecimiento. Para los artistas consultados por El Semanario esto es, sin duda, una de las cosas más gratificantes de su trabajo. Como sostiene el cantaor Churumbaque, “el aplauso es nuestra comida, el pan nuestro de cada día, trabajamos para encontrar eso”, afirma.

Claro que este reconocimiento no siempre llega en vida, porque como critica García “a veces se piensa que escribimos para la posteridad y sólo se reconoce el trabajo a título póstumo”. En cualquier caso, “el objetivo de un escritor, por ejemplo, es el nuevo libro en sí, no el éxito”.



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