lunes, 11 de enero de 2010

LA CIUDAD - Córdoba

Quien desde tanto tiempo aquí ha tomado
asiento y Vigilancia entre los hombres
Puede dejarse confundir oculto
Tras la sospecha hostil de la Asamblea.
De otra memoria nadie
conservará los viejos atributos;
y en la tarde templada,
Por las estrechas calles solitarias,
Distinguir apenas alguien sabría
Traza tu inconfundible de extranjero.


Mientras contemplas la ciudad que amas
en la noche festiva,
El corazón, lo mismo que un fantasma
En su heredad, se pierde entre las sombras.
Tu pensamiento, dejaste que luego
La plaza y el balcón, agua gloriosa
y diste de la mañana,
en las filas robustas de la obra
Por ejemplo urbano al brazo Mercenario,
Naufraga allí, oh hastío
término pecado, separada tortura,
Curso del hombre Anclado en su demora.


Ciego Podría fingirte
o dejarte sangrar Contra las garras
del tosco almotacén, en La Concordia
altisonante de los Mercaderes.
Todo proclama el lleno de la vida,
Los Oficios urdidos,
Aún la lejanía de tu Existencia.
Una disputa acaso entre los Templos
Altera el bronce frío y la Liturgia
del Dios que, como tú, discurre en las afueras.
Toma entonces la vida
bajo esa clara sombra de la Fuente:
Nadie vendrá Contigo a compartirla
si no es el viento suavemente airado.


La esplendidez de la mañana, Esta
o aquélla iguales en tu misma carne,
Distribuye con cuánta disciplina
recompensa al forastero y, asido
con firmes lazos urbano Trasiego al.
Esos triunfos son sólo de olvido
que con su piel sucumbirán un día.
¡Levad, Levad, que afluye
La Llana comitiva de los pueblos!
Pasan del río o al zoco a la aljama de
Bajo el boato de los sicomoros,
cenital y al toque, dando la hora
Justa del ser que ordena
Existencia y retales,
Sólo el silencio, como un perro hambriento,
con sus pasos los tuyos acompasa.


Si en un orden así, una suerte por
más primitiva Escapas
un terrena la ciudad y sus afanes,
teme que en otra libertad no encuentres
La esclavitud y preciosa de la vida.
Y este ritmo ideal, amurallado
En un grato designio a los mortales
Tú lo percibes yerto en otra instancia
Como un rumor de estéril de la sangre.


Aquellos que creíste
en vecindad, Cayeron.
Eternos Almunia Río y parecían
En una convivencia tan risueña;
pero esos dones pasajeros, siempre
tú ausente del premio de la tierra,
A por ellos liberó hasta extinguirlos
en La Paz victoriosa del olvido.


Y a ti, oh ciudad, si un día
un someterme al yugo de los tuyos te inclinas,
Que Un raso Afán diario
de amor mortal me ocupe y me consuma.
Mas si otra vez no acudo
En una contigo edad,
Quítame toda esperanza piadosa,
al fin dormido bajo los cipreses.


Vicente Núñez

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