EL
TESORO DE FRIGDARIO
VI
Mi
afición á la caza, me condujo en cierta ocasión á la dehesa
nombrada «La Bastida», á unos veinte kilómetros de Córdoba, en
las cumbres de Sierra Morena.
En
dicha finca no hay otro albergue que un caserón ó mas bien choza
grande, construida de tapial y techumbre de cañizo, y allí me
hallaba una noche de Febrero, en la que la lluvia caía sin cesar y
el viento silvaba haciendo crugir el ramaje de los pinos y de las
encinas.
Sentados
en torno del hogar, en el que ardía una buena lumbre, estábamos el
criado que me acompañaba, el ganadero que residía en aquella
habitación y dos aragoneses de la colonia que vá todos los años á
utilizar el carbón, los cuales habían buscado refugio, por haberles
sorprendido la lluvia lejos de sus viviendas.
Conversábamos
tranquilamente aguardando la hora de acostarnos, cuando sentimos
pasos de caballerías que se acercaban y á poco llamaron á la
puerta, presentándose dos hombres que conducían un mulo pequeño y
un burro, cargados con varios bultos de diferentes tamaños y entre
ellos algunas herramientas de minería y rollos de cuerda de
distintos gruesos y dimensiones.
Pidieron
permiso para permanecer hasta el día siguiente por no tener otro
sitio donde guarecerse del temporal, y después de descargar las
bestias y acomodarlas en un cobertizo adjunto que servía de cuadra,
se vinieron con nosotros sentándose junto á la candela.
A
la luz de la llama pude distinguir sus fisonomías, que me parecieron
fraucas y mas distinguidas de lo que correspondía á la apariencia
de sus trajes de gente campesina. Ambos eran altos de estatura,
enjutos de carnes, pero fuertes y vigorosos, el uno de bastante mas
edad, revelando por la semejanza de sus facciones, ser padre é hijo.
Me
picaba la curiosidad por saber el objeto que les traía á tales
horas y en noche como aquella, por un sitio tan apartado de todo
camino directo y no pude por menos de hacerles algunas preguntas á
las que no contestaron por el pronto, pero al ver mi insistencia y
después de haberles brindado con unos vasos de vino, me dijo el mas
viejo:
—No
me extraña, caballero, el deseo que usted demuestra por saber á lo
que venimos á estos terrenos; y como después de todo, la clave del
asunto que nos guía solo existe en nuestro poder, por mas que
debiera ser hasta cierto punto secreto, no tengo inconveniente en que
lo sepa, confiando en que no tratará de impedir que unas personas
que no tienen otros medios de subsistencia que el producto de sus
descubrimientos, se ganen la vida como puedan, á costa de los
trabajos y las fatigas, que como usted vé, se suelen sufrir
arrostrando las inclemencias de un temporal cómo el de esta noche.
—No
trato, le contesté, de aprovecharme de su confianza para
perjudicarles en lo mas mínimo: la curiosidad solo, ha hecho que les
pregunte, y por lo demás, lejos de ser un obstáculo, si puedo
ayudarles en algo, desde luego me ofrezco á ello con toda franqueza.
—Nosotros
le damos á usted las gracias por su buena intención, de la que no
dudamos, y como prueba de que es así, empezaré manifestándole que
somos naturales de la sierra de Granada, y dedicados hace tiempo al
descubrimiento de tesoros, ó mejor dicho, de objetos y alhajas
antiguas que no dejan de tener algún valor y que yacen escondidas é
ignoradas en muchos lugares, que conseguimos conocer por virtud de
ciertas señas escritas en papeles y pergaminos que han llegado á
nuestro poder.
—Me
admira mucho lo que me cuenta, le repliqué, y vengo á deducir, que
ustedes han venido sin duda á descubrir uno de esos tesoros de que
habla, tal vez en estas inmediaciones.
—Y
no se equivoca usted, me dijo; pero lo principal es, el que tengamos
facilidad de encontrar lo que buscamos, porque muchas veces sucede
que nuestros tra bajos son infructuosos, a pesar de la exactitud de
los datos que poseemos, por obstáculos materiales que se nos
presentan y que no podemos vencer.
—¿Y
está muy lejos de aquí, insistí yo, el sitio donde esperan
ustedes hallar lo que buscan?
—Está
en la mesa del Cabrahigo, junto al mismo árbol, que no hay otro por
estos terrenos. Al principio de la ladera que desciende por la
umbría, hay un altar de piedra con dos gradas y en la parte que
figura como retablo hay señalada una cruz y debajo de la cruz está
el tesoro.
—Pues
lo que es por esta vez se han equivocado ustedes, dijo el ganadero al
oír esto; yo que hace muchos años vivo aquí y conozco como esta
habitación la mesa
del Cabrahigo, sé de sobra que allí no hay altar alguno ni señales
de que baya existido nunca.
—Tampoco
he visto altar en ese sitio, y precisamente estuve en él ayer tarde,
en un puesto que hice á pocos pasos del árbol, sirviéndome
el mismo de colgadero: confirmé yo, completamente convencido
de que así era la verdad.
—A
pesar de todo cuanto ustedes manifiestan, aseguró el forastero,
tengo la evidencia de que es como he relatado, puesto que el
manuscrito que poseo así lo expresa y ninguno de los que me han
servido de guía en casos semejantes, me ha engañado jamás.
—¿Y
puede usted enseñarme ese manuscrito, en el que tiene tanta
confianza, á ver si es digno del crédito que le atribuye?
—Si
señor, lo va usted á ver, puesto que ya en todo quiero hacer una
excepción en su favor.
Y
diciendo así, sacó- una cartera grande de cuero, que contenía
varios papeles en los que se hallaba marcada la acción del tiempo, y
escogiendo uno, lo puso en mi mano con una especie de satisfacción.
Yo fijé en él los ojos y desde luego pude conocer que realmente era
un documento antiquísimo escrito minuciosamente con caracteres
góticos que no traté de descifrar y solo puse mi atención en el
dibujo toscamente hecho á pluma, que al final se veía, y que
representaba algo parecido á un altar como el que antes había
descrito, con un letrero al pié, inteligible y claro, que decía:
«Debajo de la cruz está el tesoro».
Aunque
nada me convenció el mostrado documento, no quise perseverar
exponiendo mis dudas por no disgustar al que en él cifraba su
esperanza; así es, que lo devolví sin haber tratado de leer lo que
contenía, aparentando un convencimiento que estaba muy lejos de
experimentar.
No
se habló mas del asunto y no tardamos en acostarnos, acomodándose
cada cual como pudo en aquel incómodo recinto, haciéndonos olvidar
pronto el sueño las molestias sufridas en una instalación tan
detestable.
A
la mañana siguiente cuando desperté, eran mas de las nueve y el sol
había roto las nubes que entoldaban el cielo, bañando con sus rayos
todo el paisaje. Los hombres del tesoro se habían marchado, según
nos dijo el ganadero, una hora antes de rayar el día; los aragonesés
acababan de irse también, quedando solo con mi criado y nuestro
huésped.
Como
no pensaba salir á cazar hasta la tarde, dispuse que prepararan el
almuerzo: mas cuando iba á empezar á comer, llegó el guarda de la
finca y después de saludarme, me dijo con la mayor sorpresa:
—
Acabo
de obligar á salir del terreno á dos hombres con unas caballerías,
que trataban de buscar un tesoro en la mesa del Cabrahigo: pero lo
mas asombroso del caso, es que han desmontado como unas veinte varas
por la parte de la umbría y han descubierto como un altar de piedra
con una cruz, que estaba sin duda tapado con el monte, y del cual no
tenía noticia alguna, a pesar de ser guarda ha mas de quince años;
ni mi padre tampoco la tuvo, pues nada le oí decir de que tal cosa
existiera, no obstante de haber estado por estos sitios dedicado á
la guardería durante toda su vida.
—Ya
me lo dijeron anoche esos hombres, que durmieron aquí á causa de la
lluvia, contesté; pero no quise dar crédito á sus palabras y ahora
conozco que no se
engañaban.
—Pues
lo que es el tesoro, si lo hay, yo cuidaré de que no se lo lleven,
continuó el guarda, porque voy á estar en asecho y corno vuelvan
doy aviso á la guardia civil
para que los conduzcan presos á Córdoba,
—Bueno,
pero mientras tanto, manifesté yo, como soy curioso, deseo ver lo
que han descubierto. Almorcemos, y usted con nosotros, insinué,
dirigiéndome al guarda, y después iremos al sitio para ver la
novedad.
Así
lo hicimos y cuando terminamos la comida y tomamos el café,
encendimos un cigarro y nos pusimos en marcha el guarda, mi criado y
yo, dirigiéndonos á la mesa del Cabrahigo,
Atravesamos
el raso que rodea el caserón y entramos en una senda que vá en
declive hasta pasar un pequeño arroyo: luego volvimos á ascender
siguiendo una curva,
dejando á la izquierda «Barranco hondo« y continuando por una
calzada, conseguimos dominar una colina, desde donde mostróse á
nuestra vista el lugar adonde íbamos. No se divisaba otra cosa que
el árbol, junto al cual nos pareció distinguir unas caballerías
que bien pronto conocimos ser las de los hombres, los que hubieron de
vernos á su vez y de conocer al guarda, porque en el mismo instante
emprendieron precipitadamente la huida y muy pronto desaparecieron
entre el monte.
Cuando
llegamos al sitio algunos minutos después, quedé profundamente
sorprendido al hallar confirmadas las noticias que ya me habían dado
relativas al descubrimiento.
El
altar estaba allí y aunque el trabajo de su forma nada debe al arte,
es, sin embargo, digno de admiración (1).
Un
gran peñasco enclavado en la vertiente de la umbría á poca
distancia del cabrahigo, ha sido cortado vertical y horizontalmente,
formando los dos planos un ángulo recto: en el plano horizontal
tiene dos gradas y en el vertical, á la altura de un metro, una cruz
casi cuadrada con las extremidades redondas, presentando sus líneas
una media caña hundida en la piedra como unos cinco centímetros,
por otros tantos de anchura, y á los lados de dicha cruz dos
círculos de seis á siete centímetros de diámetro, que semejan á
primera vista dos grandes agujeros.
(1)
Desgraciadamente han muerto ya dos de las personas que por aquellos
días me acompañaron á ver el altar descrito, y que es probable
indique alguna mina romana, por los trozos de calzada que se ven
próximos. El guarda Juan Muñoz, vive aun, y puede atestiguar acerca
de la existencia del monumento, así como pueden verlo cuantos se
tomen la molestia de ir al sitio designado.
Al
contemplar de cerca tan curioso monumento, la idea del tesoro cruzó
por mi mente y me indujo á practicar algunas exploraciones. Reconocí
perfectamente toda la piedra sin hallar rastro alguno que me indicase
haber nada oculto.
Aquella
tosca é interesante obra estaba ejecutada sobre una sola pieza, sin
presentar indicios de haber experimentado otras modificaciones que
las descritas. Seguí,pues, la investigación en otro sentido y hallé
que por la parte opuesta del peñasco había una especie de ántro,
cuya entrada obstruida por un espeso zarzal, se había hecho
practicable, merced á la rozadura de una parte de la planta,
quedando una abertura capaz de dar paso al cuerpo de un hombre. Yo
penetré por ella y me encontré en una cueva de mediana extensión,
cuyo suelo arenisco ofrecía señales de haber sido recientemente
removido.
Al
pronto nada pude distinguir por la profunda oscuridad que reinaba en
aquel paraje; mas habiendo encendido un cabo de vela que por
casualidad llevaba, descubrí en el centro de la cueva un hoyo de
forma rectangular, muy marcada en la parte mas profunda, acusando
indicios de haberlo ocupado algún cofre ó caja,que debía tener
poco mas de una vara de longitud por media de latitud, la cual
habrían extraído los hombres y con ella tal vez el tesoro que
buscaban.
Esto
me contrarió sobremanera, y ya iba á salir y á abandonar aquel
sitio, cuando vi un papel en el suelo y hallé que era el manuscrito
que me mostraron la noche antes con el dibujo del altar.
En
dicho manuscrito, que por rarísima circunstancia hube de perder mas
tarde, estaba consignada toda la historia relativa al origen del
tesoro, la cual voy á referir de la manera que la recuerda mi
memoria.
*
* *
Corría
el año 712 y el anterior se había hundido en el Guadalete al empuje
de Tarif la monarquía visigoda, merced á la más infame traición
que engendrar pudo la venganza. Las huestes africanas no encontraron
impedimento alguno á su paso, y bien pronto fueron invadiendo la
península y el estandarte de la media luna hondeó en los muros de
Córdoba, rendida á las armas del caudillo Mugüeiz el Borní.
Muchos
de los principales caballeros godos abandonaron la ciudad á la
entrada de los agarenos, llevándose consigo cuantas riquezas
pudieron reunir en los primeros momentos, dirijiéndose por los
caminos más ocultos á otras capitales del interior, á donde
suponían no habrían de llegar los enemigos.
Entre
dichos caballeros, fué uno de los que más pronto salieron de
Córdoba, Prigdario, descendiente de noble linaje y poseedor de
cuantiosos bienes de fortuna. Este no aguardó la llegada de los
africanos, sino que antes, cuando tuvo noticias de su aproximación,
reunió cuanto dinero y alhajas pudo y partió con su familia y
varios esclavos, internándose en Sierra Morena con intención de
poner un dique á la causa de sus zozobras, con las fragosas
asperezas de las montañas.
Tan
precipitada fuga no obedeció al deseo de poner á salvo una buena
parte de las riquezas que disfrutaba, tanto como al temor de perder
la joya de más estimación y que constituía toda -su avaricia, cual
lo era su esposa Egalma, joven de veinte años, de portentosa
hermosura, á la que no quería ver expuesta á los ultrajes de los
conquistadores.
Frigdario
era muy celoso, y éralo tanto más, cuanto que su edad pasaba ya de
los cincuenta, y bien conocía él que tenía perdidos los atractivos
que suelen seducir á las mujeres hasta el punto de enamoramiento. Se
había casado á impulsos de una vehemente pasión hácia Egalina y
sin reparar que pertenecía á una familia pobre y humilde.
Ella
aceptó el matrimonio que le ofrecía una posición brillante,
fingiendo para su esposo un amor que solo sentía indefinidamente
hácia el hombre que representaba el tipo ideal que se había forjado
y que no había llegado á constituir una realidad.
Así
vivieron algunos años, él cada día más rendido á los encantos de
su esposa, ella esperando ocasión de disfrutar á su vez los goces
de una pasión que iba aumentando á medida que transcurría el
tiempo sin resultado favorable para sus deseos.
En
este estado y á consecuencia de la derrota del Guadalete, llegó á
Córdoba un pariente de Frigdario, llamado Tulga, que había peleado
en aquella triste jornada y que en vista de su desastroso fin, hubo
de abandonar á Cádiz donde residía y buscar un refugio al lado de
la única persona de su familia con que contaba. Tulga era un joven
de treinta años y venía revestido de la aureola que dá al guerrero
el acto del combate, cuyo éxito, bueno ó malo, en nada rebaja el
valor personal cuando se refiere á una verdadera batalla; así es,
que contando con la predisposición de Egalina, no tardó esta en
enamorarse del mozo y él de conocerlo, sintiéndose también atraído
por tanta belleza, llegando ambos á ponerse de acuerdo y á gozar,
con las debidas precauciones, todas las dichas apetecidas en su
amorosa pasión.
De
este modo transcurrió un mes, sin que el ofendido esposo cayese en
sospecha, cuando se tuvo noticia de la llegada de los moros y se
determinó Frigdario á huir de la ciudad.
*
* *
Ascendían
con trabajo por las ásperas vertientes de la sierra y la angosta
vereda que habría camino al travez de las malezas, apenas era
suficiente para dar paso á la fugitiva caravana. Delante iba
Claudio, el esclavo favorito encargado de conducir y custodiar el
cofre que encerraba las riquezas; luego seguía Egalina acompañada
de su esposo y de Tulga y después la servidumbre, si bien escasa,
escojida y dispuesta en su mayor parte, en caso necesario, para la
defensa.
Ya
habia recorrido el sol más de la mitad de su carrera, cuando
consiguieron dominar las primeras cumbres y hacer la marcha menos
penosa. Las profundísimas cañadas y barrancos que rodeaban la
cordillera que seguían, les inspiraba cierta confianza y con los
ánimos más tranquilos comenzaron á buscar sitio donde pasar la
noche. Exploraron los montes inmediatos sin encontrar albergue y
hallaron una calzada y siguieron por ella, llegando á la loma del
Cabrahigo. Allí descubrieron el altar y la entrada, practicable
entonces, por detrás del peñasco, conociendo ser sin duda alguna
antiquísima mina abandonada y obstruida por los hundimientos, que
demarcarán sus católicos explotadores con la señal de la cruz
labrada en la piedra y los dos agujeros ú ojos, uno á cada lado,
como para indicar que todo trabajo resulta estéril, si no se fija la
vista en el signo de redención, poniéndose bajo su amparo.
Penetraron
en la caverna Egalina, Frigdario y Tulga y en ella se depositó el
cofre del tesoro, siempre custodiado por Claudio. Los demás esclavos
acomodáronse como pudieron entre las breñas del monte y así
esperaron todos el venidero día, embargados por el sueño, que hizo
ser más profundo el natural cansancio.
A
la mañana siguiente Frigdario llamó aparte á su esclavo favorito y
le dijo:
—Tengo
en tí completa confianza y voy á revelarte mi intención para que
me ayudes á llevarla á cabo. He pensado en los inconvenientes que
ofrece llevar consigo el cofre que guarda la riqueza que poseo, no
solo por la molestia que proporciona su peso para la marcha por
sitios tan escrabrosos, sino por la exposición que hay de perderlo,
si somos perseguidos y llegamos á caer en manos de nuestros
enemigos. Para evitar esto, es preciso ocultar la mayor parte del
dinero y de las alhajas en una caja que vas á construir enseguida,
la cual enterraremos dentro de la cueva, sin que ninguno se aperciba,
y seguiremos llevando el cofre, que ya no pesará, no despertando de
ese modo sospechas de que aquí quede nada enterrado.
—Señor,
contestó Claudio, yo haré la caja que deseas, pero es difícil que
pueda ocultarse el tesoro sin que se enteren de ello tu mujer y tu
pariente.
—Por
eso no tengas cuidado, que buscaremos ocasión de hacerlo. Yo he
resuelto permanecer aquí unos días hasta tanto que tenga noticias
de la determinación de los invasores, para poder fijar entonces el
rumbo que debo seguir. Este lugar me parece seguro y además
pondremos atalayas en los montes cercanos á fin de no ser víctimas
de ninguna sorpresa; por lo tanto, no faltará oportunidad de
enterrar el tesoro.
—Siendo
así, yo construiré la caja y la tendré escondida hasta que tú
dispongas.
*
* *
La
loma del Cabrahigo estaba convertida en un pequeño campamento.
Habíanse levantado chozas con palos y ramaje y también cobertizos
para las caballerías y para resguardar de la intemperie los efectos
que constituían el equipaje. La mayor parte de las riquezas habían
sido trasladadas á la caja hecha por Claudio y enterradas á la
entrada de la mina, precisamente debajo del altar; más no de una
manera tan sigilosa que pasase desapercibida para Tulga, el cual, sin
darse por advertido y disimulando, pensó en los medios de realizar
un proyecto que ya habia concebido por fuerza de la pasión amorosa
que le arrastraba hacia la mujer de su pariente.
Ninguna
sospecha de la traición conyugal había llegado á perturbar aún el
espíritu de Frigdario, que distraído constantemente con la adopción
de reiteradas medidas de seguridad que contrarrestasen sus temores,
apenas si fijaba su atención en las conversaciones ó intimidades de
Tulga con su esposa.
Así
pasó una semana y era esperado con ansiedad un emisario que había
ido á Córdoba con objeto de adquirir noticias del movimiento
invasor, á fin de resolver la dirección que debía seguirse y dar
las disposiciones convenientes para continuar la marcha; pero antes
de que el emisario volviera, un día se notó que Tulga había
desaparecido.
Sin
duda debió abandonar el campamento de noche cuando todos dormían,
porque ninguno lo vió al despertar por la mañana, Frigdario ordenó
su busca, temiendo se hubiese extraviado por aquellas asperezas; pero
las pesquizas que se hicieron en tal sentido, resultaron inútiles y
transcurrió aquel día y el siguiente, y no se halló rastro alguno
que indicase su huella.
*
* *
Comenzaban
á disiparse las tinieblas de la segunda noche pasada desde la
ausencia de Tulga. Todavía reinaba bastante obscuridad en la
espesura del monte, pero los primeros tintes de la aurora dibujaban
ya en el horizonte una delgada faja blanquecina. El silencio del
sueño no se había interrumpido aún en el pequeño campamento y
Frigdario dormía tranquilo al lado de su esposa. De pronto despertó
al sentir que lo cojían por el brazo dándole una fuerte sacudida, y
vió á su esclavo Claudio que le dijo con agitada precipitación:
—Señor,
no hay tiempo que perder; huyamos pronto. Un numeroso grupo de moros
nos tiene casi cercados y avanza de una manera cautelosa, sin duda
para sorprendernos.
—¿Pero
es cierto? ¿Y cómo escapar, cómo mover ahora nuestra gente
para tan precipitada fuga? ¿Y el tesoro? balbuceó Frigdario, presa
de la mayor ansiedad.
—El
tesoro ninguno sabe donde se oculta y está seguro: no es preciso que
nadie se mueva, huiremos nosotros y con eso cuando lleguen, mientras
te buscan aquí, darán tiempo para que te pongas en salvo: conque
vamos, aprovechemos los pocos momentos que quedan de obscuridad para
que nos oculte á los ojos de nuestros perseguidores.
—
Pues
bien, vamos, pero aguarda un instante; voy á despertar á mi esposa
para que nos acompañe, porque sin ella no doy un solo paso.
—Sea
como quieres, pero no tardes: te espero por bajo del peñasco que
cubre la caverna, para que huyamos por la umbría, resguardados por
sus altos y espesos matorrales.
Apenas
se alejó el esclavo, Frigdario interrumpió el sueño de su mujer,
que abrió los ojos y no pudo reprimir su disgusto al sentirse
molestada por su esposo.
—Egalina,
le dijo este; es preciso que nos pongamos en marcha y nos alejemos
inmediatamente de aquí. Nuestros enemigos avanzan hácia este lugar
y están ya tan cerca que no se puede perder ni un instante.
—¿Qué
quieres? contestó ella con la mayor tranquilidad, ¿marchar tan
precipitadamente á estas horas, tal vez por alguna falsa alarma
nacida del miedo de tus centinelas?
—No,
esposa mía; son los moros que llegan, los ha visto Claudio y ese no
se engaña: es imposible permanecer aquí ni un momento, ó de lo
contrario caeremos todos en su poder.
—¿Conque
es verdad? ¿Están tan cerca los africanos? Siendo así, huye si
tienes temor. Yo me quedo, porque lo que para tí puede ser la
esclavitud, para mí es la libertad y la vida y ya era tiempo de que
esto sucediese.
—¿Qué
quieres decir? preguntó Frigdario lleno de estupor, porque un
relámpago de celos había cruzado por su mente al ver la actitud de
su esposa y oir las palabras
que acababa de pronunciar.
—Que
voy á salir de tu poder y á sacudir esa servidumbre que encadena
mis más ardientes deseos y los sentimientos más apasionados de mi
corazón. Sí, ya es ocasión de que sepas la verdad: soy la amante
de Tulga y no quiero sino á él y solo vivo para su amor. El ha
guiado á los moros á este sitio y les ha vendido tus riquezas para
rescatarme de tí. Dentro de poco estaré en sus brazos libertada;
conque huye, si aún tienes tiempo para salvarte.
Un
agudo dolor, como si le clavasen un puñal en el pecho, sintió el
ofendido esposo al escuchar á Egalina: luego su cerebro latió con
fuerza, experimentando un desvanecimiento que estuvo á punto de
hacerle caer; pero pronto una oleada de ira contrajo sus nervios, la
sangre corrió más precipitadamente por sus venas, y ahogado por la
indignación y los celos, rugió en el parosismo del furor:
—No,
no gozarás lo que esperas; yo te perderé, pero como yo te perderá
tu amante y todos los hombres, ahora, mujer infame, recibe el pago de
tu ingratitud y de tu falsía.
Y
así diciendo, echó mano á la daga y se la clavó hasta la
empuñadura, atravesándole el corazón. Egalina cayó de espaldas
sin dar un grito, y Frigdario se alejó de aquel cuerpo tan hermoso,
ya cadáver, sin volver la cabeza. Llegó donde Claudio lo aguardaba
y ambos huyeron por medio de la espesura, perdiéndose á poco de
vista, á tiempo que Tulga, seguido de los moros, invadía de
improviso el descuidado campamento.
*
* *
Frigdario
salvó las escabrosidades de Sierra Morena, no sin penosas
dificultades, y atravesó la España, siempre acompañado de Claudio.
La muerte de Egalina y con ella la pérdida de cuanto había
ambicionado en la tierra; abatió de tal modo su ánimo, que apenas
se cuidaba de satisfacer las necesidades más apremiantes exigidas
por la naturaleza. Todas las funciones físicas eran realizadas en él
de una manera automática é indiferente y aniquilándose de día en
día, llegó uno en que exhausto completamente de fuerzas, quedó
postrado sin poder continuar su camino.
Su
propósito de pasar á Francia lo había llevado hasta las primeras
vertientes de los montes Pirenáicos; mas siéndole imposible seguir
más adelante, llamó á Claudio,
ya más que esclavo, amigo y confidente, y le dijo:
—Conozco
que ha llegado mi hora y no he de pasar de aquí. No te aflijas; en
mi estado vale más morir que arrastrar una existencia llena de
sufrimientos. Yo ansio dejar esta vida para hallar el descanso que de
otra suerte no puedo encontrar. Lo que exijo de tí como último
favor que espero, es que escribas una relación detallada de todos
los sucesos que me han acontecido desde que abandonamos á Córdoba,
y hagas un plano del altar y la caverna en donde ha quedado enterrado
el tesoro, para que si algún día nuestro pueblo llega á vencer á
los africanos y á reconstituir la dinastía de nuestros reyes,
puedas presentarte ante el monarca, á quien darás conocimiento de
todo, el cual puede hacer suyas las riquezas ocultas y tener en
cuenta la traición de Tulga, para imponerle, si vive, el merecido
castigo.
Claudio cumplió exactamente el encargo de escribir los
referidos hechos y de hacer el dibujo correspondiente, y despues de
muerto su señor, pasó á Francia, donde también acabó sus días
al cabo de algunos años, sin haber podido realizar los deseos de
aquel, á causa de la fuerza de los acontecimientos.
Del
manuscrito original hubieron de sacarse posteriormente algunas
copias, porque una de estas fué, sin duda, la que mostraron los
hombres que fueron á «La Bastida», la noche que queda mencionada.
Respecto al tesoro, no ha podido ser hallado, á pesar de las
escabaciones y reconocimientos practicados, no solo por los mismos
que descubrieron el lugar, sino por otros muchos, y únicamente han
conseguido abrir paso á una galería de grandísima extención, á
cuyo fin no se han aventurado á llegar. Lo probable es que los moros
se llevasen esas riquezas, puesto que ya por Tulga tendrían noticias
del sitio donde estaban: lo cierto es, que hasta ahora todas las
diligencias que se han efectuado con objeto de encontrarlas, han
resultado inútiles.