miércoles, 16 de septiembre de 2026

La cultura española y la rueda de la ciencia

 La cultura española y la rueda de la ciencia

por Sonia Fernández-Vidal


Decía Santiago Ramón y Cajal que “a la cultura española le falta la rueda de la ciencia”. Con esta  frase, el gran neurocientífico advertía de un problema cultural de fondo: una sociedad puede tener arte, historia o literatura, pero si el conocimiento científico no forma parte de su cultura y de su imaginario colectivo, su avance queda inevitablemente limitado.

Hoy esa reflexión sigue siendo sorprendentemente actual. Y pocas áreas del conocimiento ilustran mejor este desafío cultural que la física cuántica. Se trata, al mismo tiempo, de una de las teorías más exitosas de la historia de la ciencia y de una de las más difíciles de transmitir al público general. Sus predicciones describen con extraordinaria precisión el comportamiento de la materia y la energía a escalas microscópicas, y han dado lugar a tecnologías tan fundamentales como los transistores, los láseres o las resonancias magnéticas. Sin embargo, para la mayoría de las personas la palabra cuántico sigue evocando algo misterioso, abstracto o incomprensible.

Probable Drawings, del dúo británico Semiconductor. Fotografía: Tabakalera.

 

¿Por qué resulta tan difícil divulgar la física cuántica?

Nuestro cerebro se ha moldeado a lo largo de millones de años para sobrevivir en una escala concreta: la del mundo cotidiano.

Lo que denominamos física clásica surgió del análisis de lo que nos rodea. Podíamos prever los ciclos lunares a partir de la observación del cielo, o definir la trayectoria de un tiro parabólico al analizar lo que ocurría al lanzar flechas y piedras.

Pero el universo no se limita a esa escala.

Cuando los científicos comenzaron a estudiar el comportamiento de los átomos y las partículas subatómicas a principios del siglo XX, descubrieron algo desconcertante: las reglas de la física clásica dejaban de funcionar.

En el mundo cuántico, una partícula puede comportarse como onda y como corpúsculo. Puede atravesar barreras que, según la intuición, deberían detenerla. Incluso puede existir en varios estados simultáneamente hasta que se mide. El mismo concepto de realidad se pone en jaque.

Nada en nuestra experiencia diaria nos prepara para algo así.

Es como intentar explicar los colores a alguien que siempre ha vivido en blanco y negro. No es que la explicación sea imposible, pero exige crear nuevas imágenes mentales, nuevas metáforas, nuevos lenguajes.

Ahí es donde entra en juego la divulgación científica.

Divulgar ciencia consiste en construir puentes entre dos mundos: el de los conceptos científicos y el de la intuición humana.

En el caso de la cuántica, estos puentes suelen tomar forma de historias, paradojas o experimentos mentales. El famoso gato de Schrödinger, por ejemplo, no fue concebido para explicar literalmente la física cuántica, sino para hacernos sentir la extrañeza que encierra.

La divulgación científica, en este sentido, es un ejercicio creativo tan exigente como escribir una novela o componer una pieza musical. Requiere rigor, pero también imaginación. Y este ejercicio de recuperar el vínculo entre ciencia y cultura nunca había sido tan necesario.

Los avances tecnológicos se desarrollan hoy a un ritmo exponencial y su impacto en nuestra sociedad es cada vez mayor. Como advertía Carl Sagan, hemos construido una civilización profundamente dependiente de la ciencia y la tecnología, pero organizada de tal modo que muy pocas personas comprenden realmente cómo funcionan. Si los ciudadanos no nos involucramos en entender estas herramientas que moldean nuestro futuro, las decisiones quedarán inevitablemente en manos de unos pocos. Y ese camino nunca ha deparado nada bueno para la humanidad.

La mezcla entre tecnologías avanzadas y la ignorancia de cómo funcionan es altamente explosiva, y más nos vale evitarla.

Pensar en ordenadores cuánticos y las tecnologías cuánticas que los acompañan no es ciencia ficción a la hora del recreo: es política del siglo XXI.

Divulgar la cuántica no significa convertir a todo el mundo en físico. Significa algo mucho más importante: incorporar el pensamiento científico al imaginario cultural colectivo.

Quizá entonces podamos empezar a responder al desafío que planteaba Ramón y Cajal y poner, por fin, ruedas científicas a nuestra cultura.

Fuente:

https://telos.fundaciontelefonica.com/telos-129-cuaderno-central-la-cultura-espanola-y-la-rueda-de-la-ciencia/

FOTOS SEPTIEMBRE






































martes, 25 de agosto de 2026

El barrio como protección ante el calor

El barrio como protección ante el calor




Erik Klinenberg es un sociólogo estadounidense conocido principalmente por una obra reciente “Los palacios del pueblo”. No es, sin embargo, la obra por la que yo lo conocí y, siendo un muy buen libro, me parece mejor su primera gran investigación: su tesis doctoral. Publicada (que yo sepa, solo en inglés) como Heat Wave: A Social Autopsy of Disaster in Chicago (2002), analizó la gran ola de calor que sufrió Chicago en julio de 1995 y que provocó alrededor de 739 muertes en una sola semana.

La pregunta que guiaba su investigación no abordaba cómo o por qué el calor mata, sino por qué la mortalidad se distribuía de una forma tan desigual en la ciudad de Chicago. Especialmente, algo que llamó su atención fue que la mortalidad no respondía de forma inequívoca a la habitual desigualdad en torno al eje riqueza/pobreza, sino que en barrios igual de pobres y con características demográficas similares, la mortalidad era muy diferente.  

Lo que hizo Klinenberg fue lo que denominó una “autopsia social” del desastre: reconstruyó las condiciones sociales, urbanas e institucionales a través de trabajo de campo (entrevistas, visitas…) que habían favorecido que el episodio de calor extremo fuese una tragedia de tamaña magnitud. El hallazgo “motor” (por así llamarlo) es que muchas de las víctimas eran personas mayores que murieron solas en sus viviendas, pero la edad no era el factor explicativo. ¿El punto común entre estas personas mayores? Todas ellas estaban desconectadas de familiares, vecinos, organizaciones comunitarias y servicios públicos. No es que hubiese más mayores en un barrio que en otro; es que en uno estaban más solos que en el otro. 

Su investigación mostró que la pobreza, aislada, no explicaba las diferencias en mortandad, sino que aquellos barrios que habían sufrido procesos intensos de abandono —pérdida de comercios, población, instituciones y vida en la calle, vamos, lo que pasa en cualquier proceso de gentrificación o de turistificación una vez que acaba la época del turismo— dejaban a las personas mayores más aisladas y hacían más difícil que alguien detectara una situación de riesgo. Por el contrario, los barrios (igual de pobres, con la misma o similar composición sociodemográfica) en los que seguía existiendo un tejido social (comercios a pie de calle, asociaciones, iglesias, espacios públicos en los que poder permanecer y reconocerse) las personas tenían más oportunidades de sobrevivir al calor. 

Es esta una teoría que me interesa especialmente y que he intentado desarrollar en alguna de mis últimas investigaciones: la infraestructura social de los barrios puede actuar como una infraestructura de protección frente a los desastres. Y esto viene asociado a la configuración urbana, de modo que la forma de hacer ciudad, la legislación sobre vivienda (si las viviendas han o no de ser turísticas y en qué medida, por ejemplo, si los bajos comerciales pueden o no convertirse en vivienda), importa para cuestiones aparentemente alejadas como la supervivencia de la población de más edad ante las temperaturas extremas. 

Solemos pensar en otras cosas (ojo, importantes): beber agua, bajar las persianas, evitar salir durante las horas centrales del día y mantener fresca la vivienda. Son consejos necesarios, pero necesitamos darnos cuenta de que no todo el mundo puede seguirlos. 

No todas las casas pueden mantenerse frescas. No todas las personas pueden dejar de salir. No todos los hogares pueden asumir el coste energético de utilizar un ventilador, un “pingüino”(de niña, mis vecinas tenían uno y me parecía el colmo del frescor) o un aire acondicionado (si es que se dispone de estos aparatos). Las familiares, vecinales y comunitarias son clave, pues permiten detectar situaciones de riesgo que podrían pasar inadvertidas (una persona puede no reconocer los primeros síntomas de deshidratación o confusión asociados a un golpe de calor o no querer molestar al considerarlo “una tontería”). El problema es que no todas las personas disponen de redes familiares cercanas, o estas pueden no estar en condiciones de ayudarnos (¿qué sucede cuando quien necesita el cuidado es quien suele desempeñar el rol de cuidados?). EL resultado puede ser fatal. 

Quisiera por eso intentar reflexionar, en medio de este calor asfixiante (que es lo que me motiva a insistir con esto de las olas de calor y sus riesgos) sobre la dimensión social de la protección; las olas de calor no son solo un problema de temperatura. Son también una expresión de las desigualdades residenciales, urbanas y sociales. Y, mientras algunas son más difíciles de atajar, otras no lo son tanto. Atajar la eficiencia energética de un edificio puede beneficiar a los habitantes de ese edificio; abordar la adaptación climática de un barrio beneficia a toda la población que lo utiliza. Siendo ambas necesarias, creo que a la segunda no se le está prestando la atención que merece. 

La presencia de vegetación y sombra reduce la temperatura de los espacios públicos y permite realizar desplazamientos cotidianos con menor exposición a ese calor que parece aplastarnos en verano. Los bancos a la sombra ofrecen lugares de descanso. Las fuentes (que han desaparecido de tantos barrios, por cierto) facilitan la hidratación. Los comercios y equipamientos de proximidad reducen los trayectos (y pueden ser un refugio en momentos puntuales). También el transporte público accesible es clave, especialmente si nos ayuda a reducir el tiempo de desplazamiento bajo el sol. Es cierto que debemos evitar salir en las horas de más calor, pero pensemos en quienes tienen que trasladarse de forma obligatoria en los momentos de mayor calor porque, por ejemplo, tienen que ir a proveer cuidados. No todos podemos evitar las horas peores del día: necesitamos infraestructuras capaces de proteger esos desplazamientos inevitables. Pensemos igualmente en quienes tienen movilidad reducida, enfermedades crónicas, o mayor fragilidad de salud o física. O en quienes tienen que huir de esas viviendas asfixiantes mal aisladas. 

También influye la existencia de espacios públicos climatizados y esto que ahora llamamos refugios climáticos. Bibliotecas, centros culturales, centros de mayores, instalaciones deportivas, museos u otros equipamientos pueden ofrecer protección durante las horas más calurosas. Pero necesitamos que existan, claro. Resulta, por cierto, llamativo que los museos precisamente cierren en agosto por las tardes, cuando podrían ser un gran refugio climático. Alguien me contó que las farmacias son refugios climáticos, pero no todas están preparadas para acoger a personas que pueden necesitarlo. 

También debemos contar con los servicios sanitarios y sociales, pero sabemos que no siempre tienen capacidad de llegar donde son necesarios. 

Lo que planteo es que el abordaje de las olas de calor ha de ser coordinada, con instituciones públicas que dispongan de información sobre la población más vulnerable (por condiciones físicas y de salud, por condiciones económicas, por condiciones de la vivienda) pero que también necesitamos fortalecer las redes sociales y comunitarias para poder ser capaces de detectar las necesidades. Y, sin duda, para que estas puedan conformarse y pervivir, necesitamos espacios públicos que las acojan, configuraciones urbanas que permitan que las personas se relacionen, se conozcan, se ayuden. Necesitamos ciudades, barrios mejor preparados para el calor, con sombras, espacios verdes y azules, fuentes de agua para beber y refrescarse. Espacios que nos permitan huir del calor incluso cuando nuestra casa no nos lo permite.