LA
PLAZA DEL POTRO
Una
feliz iniciativa, realizada poco tiempo há, por un cordobés amante
de la patria chica, ha convertido en nota de actualidad la histórica
plaza del Potro, uno de los rincones más bellos y característicos
de nuestra población.
Y
si para los amigos de evocar tiempos pasados, siempre mejores que los
presentes como afirmó el poeta, ese lugar conserva tesoros
inapreciables, para nosotros guarda verdaderas reliquias, porque
reliquias son para el hombre los dulces recuerdos de la niñez y de
la juventud.
Por
esta causa, con sin igual complacencia leimos los trabajos
referentes al paraje en que se halla el famoso mesón citado por
Cervantes en su obra inmortal, publicados en la prensa con motivo de
la colocación de la lápida en honor del Príncipe de los ingenios
españoles, que hoy aparece en la fachada del antiguo Hospital de la
Caridad.
Algunos
de esos escritos, además de proporcionarnos el deleite que produce
la buena literatura, nos ha hecho modificar determinadas creencias,
como el del insigne comentarista del Quijote don Francisco Rodríguez
Marín.
Creíamos
que la plaza del Potro dió nombre a la posada y fundábamos esta
suposición, muy generalizada en Córdoba, en que no sólo la
referida plaza, sino gran parte del barrio de la Ajerquía, eran así
denominados y la calle de Lucano se llamó también, hasta el año
1862, calle del Potro, denominación que procedía del tráfico a que
se destinaban aquellos lugares, consistente en la compra y venta de
ganado, especialmente caballar y mular.
Esta
misma opinión sustentóla el erudito cronista de Córdoba don Luis
María Ramírez y de las Casas Deza al tratar de la fuente del Potro,
según consignaremos más adelante.
Nosotros
suponíamos que si el nombre del repetido paraje hubiera procedido
del mesón, solamente se le habría aplicado a la plaza en que aquel
se hallaba y no a la calle contigua, hoy de Lucano, y a otras de la
collación de la Ajerquía.
El
ilustre Rodriguez Marín, con la autoridad que le conceden su
profunda erudición y su gran talento, ha venido
a sacarnos de este error afirmando en un primoroso artículo
publicado en el Diario de Córdoba
correspondiente
al 23 de Abril de 1917, que “la insignia y el nombre del mesón
dieron denominación al barrio y a la plaza y carácter sui géneris
a la fuente situada en el centro de ella”.
En
apoyo de esta aseveración cita el testimonio de don Francisco del
Rosal, escritor del siglo XVlI que en su Vocabulario, inédito, dice
“que allí fue la antigua y primera plaza y de un mesón que allí
está tomó nombre aquél barrio y plazuela”.
Este
lugar fue en sus primitivos tiempos mucho más espacioso que es
actualmente, pues de el se tomó considerable cantidad de terreno
para construir el Hospital de la Caridad y otros edificios.
Renombre
dieron a dicha plaza su fuente, su mesón y el establecimiento
benéfico antes mencionado.
El
erudito historiador don Luís María Ramírez y de las Casas-Deza en
su Indicador cordobés, obra publicada en el año 1856, dice
refiriéndose a la fuente: “Se hizo en 1577 y es muy célebre,
habiendo dado nombre a aquel barrio de que se acordó Cervantes en el
Quijote.
LIamóse
así de el potro que se ve sobre ella, el cual se le puso porque en
aquel sitio se vendían los potros y mulos”.
El
señor Ramírez y de las Casas-Deza creía también, como nosotros,
que no fué la posada la que dió nombre a la plaza y a la fuente.
Después,
en el año 1863, el mismo escritor publicó un artículo en el
periódico El Museo Universal, de Madrid, correspondiente al 26 de
Julio, con el título El potro de Córdoba y en él amplía las
noticias contenidas en su Indicador, pues consigna que la repetida
fuente hízola el corregidor Francisco Zapata, que mejoró las que
había y construyó otras y añade que es de creer que la fuente y el
potro existían en aquel sitio antes de este tiempo.
El
artículo de don Luis María Ramírez y de las Casas Deza está
ilustrado con un grabado en madera representando la fuente.
Esta
fué construida en el extremo de la plaza opuesto al que hoy ocupa, o
sea en el más próximo a la calle de Lucano; en el año 1844 se
proyectó trasladarla al sitio en que actualmente figura y en 1847
verificóse la traslación siendo entonces objeto de algunas
reparaciones.
La
acción destructora de los años y, la más destructora todavía de
los traviesos chiquillos, rompieron las manos al potro que corona la
fuente y sin ellas ha permanecido hasta que el alcalde don Salvador
Muñoz Pérez dispuso la restauración de la figura.
Lo
más saliente de esta plaza es el mesón famoso, pues Cervantes lo
inmortalizó al mencionarlo en el Quijote.
No
hay noticias de la fecha de su construcción, pero se cree que fué
edificado en el siglo XIV. La
fantasía del pueblo, creadora de innumerables leyendas, lo presentó
en la antigüedad como teatro de horrendos crímenes cometidos por un
mesonero que, valiéndose de una trampa dispuesta en una de las
habitaciones, asesinaba, para robarlas, a cuantas personas con dinero
tenían la desgracia de buscar albergue en aquel antro.
Don
Teodomiro Ramlrez de Arellano, en su obra denominada Paseos por
Córdoba, consigna una de estas curiosas leyendas: un capitán de los
ejércitos de D. Pedro I de Castilla se alojó en la posada;
enamoróse de él una hermosa doncella que pasaba por hija del
mesonero siéndolo de una de las víctimas de este y cuando el
miserable dueño de la posada se dispuso a dar caza al militar para
quedarse con la bolsa bien repleta que llevaba, la joven le advirtió
el peligro que corría y pudo salvarle de una muerte segura.
El
capitán contó el suceso al Rey, justiciero según unos y cruel
según otros, y don Pedro vino a Córdoba y ordenó y presenció el
terrible castigo impuesto al posadero. Atósele por los brazos a una
de las rejas del mesón, por las piernas a dos fogosos caballos y,
fustigados estos, descuartizaron al criminal, paseando sus miembros
inferiores por el barrio del Potro.
El
inspirado poeta baenense don Antonio Alcalde Valladares, en una
novela muy poco conocida que publicó en Madrid con el titulo de Don
Alonso de Aguilar o la Cruz del Rastro, desarrolla gran parte de la
fábula en la posada del Potro.
Y
el famoso Vicente Espinel, como ha recordado el señor Rodríguez
Marín, en las Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón
menciona, así mismo, la histórica posada.
El
edificio del Hospital de la Santa Caridad de Nuestro Señor
Jesucristo, con su brillante historia entre nuestras instituciones
benéficas, con las múltiples transformaciones de que ha sido
objeto, podría servir de tema para escribir un libro de gran interés
local.
Fundado
este Hospital a principios del siglo XV por la Hermandad
de la Santa Caridad, llegó a ser el más
importante de Córdoba y el que contaba
con rentas más cuantiosas, y duró hasta el año 1837 en que fue
refundido en el Hospital del Cardenal Salazar.
Posteriormente,
en varias ocasiones y con motivo del desarrollo
del cólera y de otras epidemias, voIvió a destinarse el local
citado, aunque sólo con carácter provisional,
a albergue de enfermos.
Dueña
la Diputación provincial del edificio, en el año 1862
estableció en él los Museos arqueológico y de pintura; en el 1865
la Biblioteca y en el 1866 la inolvidable Escuela de Bellas Artes,
que fué creada allí.
Y
en una de las dependencias del viejo caserón, que aun conserva su
primitivo carácter, en la destinada a sala de reuniones de la
Hermandad de la Santa Caridad, instalóse la Academia de Ciencias,
Bellas Letras y Nobles Artes, única institución de su especie que
ha logrado el título de secular en nuestra población.
La
Caridad había cedido su templo a la Cultura. Una benemérita
personalidad que, sin ser cordobesa, se interesó más por Córdoba
que la mayoría de sus hijos, don Rafael Romero Barros, dió gran
impulso a la Escuela y al Museo de Bellas Artes, que empezaron a
adquirir renombre y ya no eran pobres enfermos los que acudían a
aquel edificio; por él desfilaban no solamente los artistas y
hombres de ciencia de la localidad, sino las personas mis ilustres
que a Córdoba venían, amén de una legión de jóvenes obreros que
se congregaba en aquellas aulas para recibir las lecciones de un
modesto pero competentísimo profesorado, merced a las cuales surgió
de nuestra ciudad otra legión de artistas y artífices meritísimos.
Muerto
el señor Romero Barros, suprimida la Escuela de Bellas Artes,
excepto su sección de Música, que aún
continúa allí convertida en
Conservatorio provincial, el edificio del viejo Hospital de la Santa
Caridad fué modificándose paulatinamente, merced al celo y la
constancia de los hijos del señor Romero, continuadores de la obra
de su padre.
Don
Enrique fomentó extraordinariamente el Museo de Bellas Artes,
consiguiendo que el Estado y pintores y escultores de fama le
cedieran múltiples obras con las que formó una interesante sección
de Arte moderno de que carecía.
Y
el estudio del paisajista primoroso Romero Barros y de aquel gran
dibujante y pintor que sabia trasladar al lienzo maravillosamente los
dramas del dolor y de la miseria, Rafael Romero de Torres, se elevó
a la categoría de verdadero templo del arte, al que acuden cuantos
rinden culto a la belleza, desde el momento en que empezó a
desarrollar en él su obra admirable el poeta de los pinceles, el
idealizador de la mujer, el pintor de Córdoba, Julio Romero.
Y
los extensos patios transformáronse en lindos jardines, donde el
hermoso clavel andaluz, de penetrante aroma, se confunde con el
crisantemo de colosal tamaño y con otra infinidad de flores
delicadamente cuidadas por femeniles manos y combinadas con el gusto
de que sólo la mujer puede hacer galas si también atesora un alma
de artista, como Angelita Romero de Torres.
Recientemente
don Enrique Romero descubrió los arcos del pórtico de la iglesia
del antiguo Hospital, que cuando aparezca tras la proyectada verja de
hierro que sustituirá a la primitiva de madera, constituirán un
magnífico elemento de ornamentación no sólo de aquel edificio,
sino de la histórica plaza del Potro.
Ahora
el señor Romero de Torres ha realizado una feliz iniciativa
colocando cerca de esos arcos una preciosa lápida con una expresiva
y clásica inscripción de D. Francisco Rodríguez Marín, como
recuerdo que a Cervantes dedican varios admiradores del Príncipe de
nuestros ingenios.
Hace
algunos años, en el interior del edificio, en la fachada del local
ocupado por la Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes,
esta Corporación, secundando la iniciativa de su director don
Teodomiro Ramirez de Arellano, dedicó otra lápida al insigne
cordobés Pablo de Céspedes.
El
vetusto caserón donde antiguamente se rindiera culto a la caridad
hoy es templo donde se venera el talento y la inspiración.
Fama
tuvo desde tiempo inmemorial el vecindario de estos lugares de
avezado y listo; fama bien justificada por cierto pues, según dice
perfectamente el señor Rodríguez Marín quien, como los renombrados
agujeros del Potro, vive durante un año recorriendo el mundo con los
productos de veinte mazos de agujas, necesita ser listo en demasía,
tener mucho quinqué, verdadero y preciso significado
de las frases, muy corrientes en Córdoba, ser del Potro o haber
nacido en el Potro, como también apunta don Francisco Rodríguez
Marín.
Ningún
sitio por tanto, habrá más apropósito que este, cuna del ingenio,
para tributar un homenaje al primer ingenio del mundo.
¡La
plaza del Potro! ¡Qué de recuerdos nos trae a la memoria!
Al nombrarla parece que evocamos toda nuestra vida.
Como
en un sueño creemos trasladarnos a los días de nuestra
niñez en que al edificio de la Caridad íbamos para jugar con otros
pequeñuelos, esos que después formaron una envidiable dinastía de
artistas, y mirábamos con terror el mesón, al recordar las
fantásticas historias de los crímenes en él cometidos y no con
menor espanto veíamos la casa próxima del tristemente célebre
Pastelero, que asesinara a su esposa y a su hija, terminando la
tragedia en el patíbulo.
Luego
pasamos a la juventud y rememoramos los tiempos felices en que, como
bandada de gorriones, salíamos de la Escuela de Bellas Artes,
alegres, bulliciosos y siempre dispuestos a cometer toda clase de
travesuras.
Allí,
mientras unos se encaramaban al potro de la fuente, no sin dar a
veces un chapuzón en el agua como justo castigo, otros dedicábanse
a encisañar a las mujeres que se disputaban el turno para llenar sus
cántaros y solían romperse en las costillas las cañas destinadas a
aquel objeto; estos requebraban a las dos hermanas del estanco
inmediato al mesón; aquellos se mofaban del beodo que hacia
equilibrios en la puerta de una taberna; algunos tomaban el pelo, por
su exagerada afición a los gallos, al barbero que a uno de nuestros
camaradas sirvió de protagonista en un sainete; no pocos alejábanse
cantando a coro la copla, popular entonces, del último ramancero
[sic] de Córdoba, Antonet:
“Desde
el Potro a la Rivera
una
calle van a abrir”.
profecía
que se cumplió muchos años después de haber fallecido el coplero.
Más
tarde evocamos la época en que diariamente pasábamos horas y horas
en ese estudio de artista a que antes nos referimos, viendo trabajar
a los Romero de Torres, o junto a un amigo del alma, casi un hermano,
a quien arrebataba la existencia una terrible enfermedad, más moral
que física.
Hoy
dolencias, infortunios y desengaños nos han impuesto un voluntario
aislamiento del que en pocas ocasiones salimos, mas algunas veces
vamos en busca de recuerdos, que son el consuelo de las almas
tristes, a los lugares donde se deslizó nuestra juventud, y al pisar
la plaza del Potro el corazón se nos llena súbitamente de alegría
y al entrar en el vetusto edificio de la Caridad, auras del cielo
cargadas de perfumes de la tierra parece que penetran, no ya en los
pulmones, sino en el celebro, en todo nuestro ser, borrando por un
instante las negruras del pesar, infundiéndonos energías, alientos
para seguir esta lucha interminable.
Esas
auras son las del cariño, impregnadas de los aromas de la fragantes
flores andaluzas, que allí se unen con las delicadas flores del arte
y de la belleza y mezclan sus perfumes con el divino perfume de la
virtud.
Junio,
1911.