miércoles, 24 de septiembre de 2025

Cumplir años con una buena red: cuidar las relaciones cuando envejecemos, es clave Rosanna Carceller

 

Hace unas semanas hablaba sobre Alzheimer y demencia con el doctor Pablo Villoslada, Jefe de Neurología del Hospital del Mar de Barcelona y Codirector del Centro de Salud Cerebral del Barcelonaβeta Brain Research Center (BBRC), de la Fundación Pasqual Maragall. Durante la conversación, pronunció una frase que me pareció de lo más llamativo, una idea de la que creo que no somos conscientes. “Lo más difícil que hace nuestro cerebro es intentar entender a otra persona, mucho más complicado que hacer matemáticas, física o escribir un libro. Intentar entender a otras personas y socializar en ambientes donde hay estrés es todo un reto”.  Así resumía el doctor Villoslada la respuesta a la pregunta de cuál es el mejor ejercicio para prevenir el envejecimiento cerebral. Y es que, aunque nos empeñemos en completar sudokus y asistir a talleres de estimulación cognitiva cuando ya tenemos una cierta edad, lo mejor que podemos hacer por nuestra salud física y mental es mantener unas buenas relaciones sociales, tener una red de contactos y de cuidados enriquecedora.

Más allá de la prevención de enfermedades neurodegenerativas, las relaciones sociales son clave en la longevidad. Tendemos a pensar que nuestro buen envejecer depende de la alimentación, del deporte que hacemos, y de nuestra genética. Y sí, son factores importantes. Pero los especialistas, gerontólogos, psicólogos o psiquiatras, expresan ya con unanimidad que las relaciones, la red de apoyo, es lo más determinante. ¿El motivo? “Las relaciones sociales nos ayudan a regular el estrés. Cuando tenemos un desafío, es crucial que el cuerpo vuelva a un equilibrio y hemos visto que si nos pasa algo malo y podemos volver a casa y contárselo a la pareja, amigos o hijos, el cuerpo se equilibra”. Me lo contaba a su paso por Barcelona el psiquiatra Robert Waldinger, codirector del mayor estudio sobre la felicidad y el bienestar que se ha hecho en la historia —y que está en marcha desde hace 80 años—.

Waldinger, profesor de la Harvard Medical School, dirige el The Harvard Study of Adult Development (el estudio de Desarrollo Adulto de Harvard). Según él, “vivir rodeado de relaciones de cariño, protege nuestro cuerpo y nuestra mente”. Y es que la soledad es una pandemia mundial, “a las personas que viven solas les sube mucho el cortisol, la hormona del estrés y también tienen niveles de inflamación mucho más elevados. Por eso, la soledad puede causar enfermedades cardiovasculares o articulares, además de depresión, ansiedad, pérdida cognitiva, y malestar mental y psiquiátrico”, cuenta el psiquiatra. Este hallazgo les sorprendió a él y a su equipo. “No creíamos los datos cuando encontramos que las relaciones sociales protegen la salud física”, confesaba.

En efecto, somos animales sociales y vivimos más y mejor con buenas relaciones. Inciden en este mensaje voces variadas, desde disciplinas diversas y también estudios. Uno de los más recientes sobre el tema es el que publicó hace pocos meses el Journal of the American College of Cardiology: Advances, elaborado por especialistas de Mayo Clinic. Según las conclusiones de esta investigación, Association Between Social Isolation With Age-Gap Determined by Artificial Intelligence-Enabled Electrocardiography, el aislamiento social puede acelerar el envejecimiento biológico y aumentar el riesgo de mortalidad. Los participantes con una vida social más activa tenían un envejecimiento biológico más lento, sin que influyesen su edad ni su género. Amir Lerman, cardiólogo y autor principal del estudio, afirmaba que “el aislamiento social asociado a las condiciones demográficas y médicas parece ser un factor de riesgo significativo para el envejecimiento acelerado”.  

Para mantener una red afectiva rica y estable existen múltiples sugerencias de los expertos. En primer lugar, participar en actividades que cada uno considere productivas o relevantes, sentirse útil, tener un propósito. Hacer un voluntariado contribuye a mejorar el estado de ánimo y la red de contactos. Aprender estimula también la mente a cualquier edad, ya sean idiomas, nuevas habilidades manuales, la práctica de algún deporte o el dominio de algún nuevo instrumento; y es que conocer a personas con intereses similares es un gran estímulo vital. Otra de las estrategias que recomiendan desde el NIA (National Institute on Aging, Instituto Nacional de Envejecimiento de Estados Unidos), es programar tiempo diario para escribir o llamar a familiares y amigos. Conocer a los vecinos es también una buena manera de tener buenos vínculos, cercanos, así como participar en las actividades de asociaciones del barrio u otras entidades. Unirse a causas de la comunidad en la que se vive puede ser una buena vía para estar conectado con el entorno social. 

Una gran idea en todo ese cúmulo de propuestas es la intergeneracionalidad de la que tanto se habla ahora: la variedad de generaciones (de edades) en el entramado de personas que configuran nuestras relaciones. Cuanto más diversa esta red —etariamente hablando—, más pluralidad de ideas y puntos de vista nos enriquecerán.

En su enorme libro —no por su tamaño, sino por su valor— Yo vieja (Capitán Swing), la doctora en psicología Anna Freixas ofrece algunos maravillosos capítulos sobre la importancia de la conexión de los mayores con su entorno, y resume sus consejos en varias listas. En una de ellas, sugiere: “Cuida tus afectos y relaciones. Mantente conectada. Escucha, pregunta, interesante por los demás, sin pasarte. Participa en la vecindad y comunidad. Cultiva tu red social. Haz nuevas amigas. Procura mantener relaciones de disfrute, no de servicio o dependencia. Ríe, sonríe, abraza. No cuentes batallas ni el catálogo de enfermedades. No pierdas por una nimiedad relaciones de calidad”. Y en otra, propone: “Milita, participa en asambleas, manifestaciones, acciones colectivas. Contribuye a alguna causa”.

Son infinitas, pues, las acciones que están de nuestra mano para cuidar nuestra red social. Y la importancia de esta, es mayúscula.


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CENIE


Mujeres y longevidad: más años de vida, pero no siempre de salud Aïda Solé Auró

 

España se encuentra entre los países del mundo donde se vive más años, junto a regiones de Japón, Italia, Corea del Sur o Suiza. Como ocurre en la mayoría de los países desarrollados, las mujeres españolas viven más años que los hombres. Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística, la esperanza de vida en España se sitúa en torno a los 83,8 años. Si lo desglosamos por sexo, las mujeres alcanzan una media de 86,3 años al nacer, mientras que los hombres viven, de media, hasta los 81,1 años. Esta diferencia de algo más de cinco años no es exclusiva de nuestro entorno, sino que refleja una tendencia global: en todo el mundo, las mujeres viven más que los hombres.

A primera vista, podría parecer una buena noticia. Pero si se mira con atención, hay un detalle importante: aunque ellas viven más tiempo, también lo hacen con más enfermedades, más dolor crónico y mayor deterioro cognitivo. Es decir, viven más, pero no necesariamente mejor. Esta aparente contradicción se conoce como la "paradoja de género en salud", y ha sido objeto de numerosos estudios. Y, ¿qué significa vivir con mala salud? Para valorar si una persona tiene buena o mala salud, se pueden utilizar distintos indicadores. Algunos de los más comunes son la presencia de enfermedades crónicas, el estado de salud autopercibido o el deterioro cognitivo, que incluye la pérdida de memoria, la falta de atención y otras funciones mentales. Estas medidas de salud nos permiten calcular lo que se conoce científicamente como "esperanza de vida no saludable": es decir, los años que una persona puede esperar vivir con algún tipo de enfermedad o deterioro que afecte su bienestar diario.

Además del indicador de salud utilizado, hay otros factores sociales, económicos, culturales, comportamentales, etc. que podrían ayudar a explicar los motivos de una brecha entre hombres y mujeres en la cantidad de años vividos con mala salud. El nivel educativo es un determinante poderoso de la salud en la vida adulta, y actúa a través de múltiples vías, incluyendo el acceso a recursos materiales, la alfabetización en salud, y los recursos sociales y cognitivos. Aunque las asociaciones entre un bajo nivel educativo y peores resultados en salud están científicamente bien documentadas, aún no se comprende de manera suficiente hasta qué punto estas asociaciones varían entre diferentes dominios de la salud, subgrupos demográficos y contextos institucionales. De aquí que nos preguntamos qué pasa en el contexto español: ¿Vive peor quien tiene menos estudios? ¿Esa desventaja afecta más a las mujeres? ¿La educación puede ser un escudo frente al deterioro en la vejez?

Varios investigadores han estudiado la relación directa entre educación y salud en la población española. A mayor nivel educativo, tanto hombres como mujeres viven menos años con problemas de salud. Asimismo, las mujeres viven más años en mala salud que los hombres, en todos los niveles educativos, aunque también viven más años en buena salud (dada su mayor esperanza de vida). Sin embargo, al centrarnos en la diferencia por nivel educativo del tiempo vivido en mala salud, esta es especialmente notable en las mujeres. Por ejemplo, una mujer de 45 años con estudios básicos puede llegar a vivir unos 8 años más con mala salud autopercibida que otra mujer de la misma edad con estudios universitarios. En el caso de los hombres, la diferencia también existe, aunque es prácticamente la mitad, algo más de 4 años. Entonces, la combinación de género y nivel educativo crea una doble desventaja: ser mujer y tener baja educación se traduce en una mayor carga de años vividos con enfermedad.

Esto sugiere que la educación protege especialmente a las mujeres frente a una vejez deteriorada, es decir, ellas se benefician en mayor medida del impacto positivo de la educación sobre la salud. ¿Por qué ocurre esto? La educación suele estar relacionada con mejores condiciones laborales, mayores ingresos, más conocimiento sobre hábitos saludables y un mejor acceso al sistema sanitario. La educación, a menudo vista solo como una herramienta para encontrar empleo, es también una poderosa medicina preventiva ya que da más capacidad para tomar decisiones informadas sobre la propia salud. Además, las mujeres con menor nivel educativo suelen verse más afectadas por desigualdades acumuladas al largo de la vida: trabajos precarios, mayores responsabilidades familiares, estrés crónico o menos tiempo para el autocuidado. En conjunto, todos estos factores, tienen un impacto en nuestra calidad de vida. Y aquí entra la paradoja: aunque las mujeres viven más, eso no necesariamente es una ventaja si esos años están marcados por la mala salud. Lo que en términos demográficos parece un logro, desde la experiencia cotidiana puede vivirse como una carga.

Ahora bien, no conviene olvidar el otro lado de la moneda: incluso las mujeres con bajo nivel educativo viven más años en buena salud que los hombres del mismo nivel, lo que matiza la aparente paradoja. Una explicación por qué ocurre esto está en los distintos perfiles de enfermedad. Entre las mujeres predominan más enfermedades crónicas como el dolor lumbar, que afectan a la calidad de vida, pero no necesariamente a la supervivencia. En cambio, entre los hombres son más frecuentes la diabetes, la obesidad y las enfermedades cardiovasculares, que están más ligadas a la mortalidad. Es decir, los hombres mueren antes, pero también acumulan menos años en mala salud porque sus enfermedades son más letales.

Entonces, una de las formas más efectivas de reducir esta brecha en salud es invertir en educación, especialmente entre las mujeres con un bajo nivel educativo. Aunque los beneficios de más años de escolarización no se ven de forma inmediata, a largo plazo se traducen en una mejor calidad de vida, más salud y menos desigualdades. Esto es especialmente relevante en un país como España, que está experimentando un cambio demográfico importante caracterizado por el rápido envejecimiento de la población y donde muchas mujeres mayores de 65 años pertenecen a generaciones con bajos niveles de escolarización. De hecho, las mujeres europeas han experimentado una gran expansión en su nivel educativo durante la segunda mitad del siglo XX, y aunque en España esta expansión se ha producido más tarde, a medida que las cohortes jóvenes, con mayor nivel educativo, envejezcan, podría tener un impacto significativo, incluso sin que se reduzca la prevalencia de salud específica por edad. 

En definitiva, la evolución en la distribución del nivel educativo debería mejorar la esperanza de vida saludable de la población total y reducir la brecha de género en el número de años vividos con mala salud. Sin embargo, mientras esperamos la llegada de cohortes más educadas, reducir los problemas de salud en toda la población —especialmente entre las mujeres con educación primaria o menor— debería ser una prioridad para fomentar un envejecimiento activo y retrasar el proceso de discapacidad. 

Pensar en salud pública no solo implica reforzar hospitales o ampliar coberturas médicas; también significa garantizar una educación equitativa y de calidad desde edades tempranas. Así, con los datos estadísticos en mano se pueden entender historias de vidas muy distintas. Mujeres que viven más, pero no mejor. Hombres que, con más formación, envejecen con más autonomía. Y un sistema social que aún tiene camino por recorrer para que los años extra de vida sean también años de bienestar.

Artículos científicos de referencia: 

Solé-Auró A, Zueras P, Lozano M and Rentería E (2022) Gender Gap in Unhealthy Life Expectancy: ´The Role of Education Among Adults Aged 45+. Int J Public Health 67:1604946. doi: 10.3389/ijph.2022.1604946

Spijker, J. J. A., & Rentería, E. (2023). Shifts in Chronic Disease Patterns Among Spanish Older Adults With Multimorbidity Between 2006 and 2017. International journal of public health, 68(1606259). doi:10.3389/ijph.2023.1606259.


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miércoles, 17 de septiembre de 2025

Longevidad y cultura popular: ¿cómo envejecer sin dejar de estar presente?

 

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La longevidad no es solo vivir más años, también es seguir estando en las historias que nos contamos. En medios, música, cine o redes sociales, la vejez aparece a menudo como un papel secundario, reducida a estereotipos o borrada del relato. Repensar cómo la cultura popular representa la longevidad es clave para que envejecer no signifique desaparecer.

La imagen de la vejez en los medios

Los informativos hablan de la vejez casi siempre en clave de dependencia, soledad o gasto social. La publicidad apenas muestra a personas mayores, salvo para vender fármacos, seguros o planes de pensiones. De este modo, se ofrece una imagen limitada y parcial, que no refleja la diversidad de trayectorias, intereses y aportes de las personas longevas.

El contraste es evidente: mientras se multiplican las noticias sobre longevidad como desafío demográfico, casi nunca aparecen rostros de personas mayores en ámbitos de innovación, cultura o política. Así, la vejez se presenta menos como etapa vital y más como un problema a gestionar. Esta mirada condiciona no solo la percepción social, sino también la autoestima de quienes se sienten ausentes en el espejo mediático.

Música y cine: entre el mito y el olvido

En la música popular, pocas veces se canta a la vejez sin recurrir a la nostalgia. La juventud se celebra como motor de deseo y creatividad; la vejez aparece como recuerdo o pérdida. Sin embargo, músicos septuagenarios y octogenarios siguen llenando estadios, demostrando que la creación artística no se apaga con la edad. Bob Dylan, Caetano Veloso o Joan Manuel Serrat son ejemplos de una generación que continúa dialogando con públicos intergeneracionales.

El cine oscila entre dos extremos: la caricatura del “abuelo cascarrabias” y la historia dramática que presenta la vejez como un epílogo inevitable. Pero también encontramos obras que rompen moldes: películas que retratan a personajes mayores como protagonistas de deseo, aventura o transformación. Desde Amour de Michael Haneke hasta Nomadland de Chloé Zhao, el cine ha mostrado que la vejez puede ser escenario de profundidad emocional, rebeldía y búsqueda de sentido. Estas imágenes son valiosas porque amplían lo imaginable y legitiman nuevas narrativas sobre el paso del tiempo.

Redes sociales: nuevos escenarios, viejos prejuicios

Las redes han abierto un espacio inesperado para que personas mayores construyan comunidades y muestren su voz. Influencers de 70, 80 o 90 años acumulan millones de seguidores en Instagram, TikTok o YouTube, derribando prejuicios sobre lo digital como territorio exclusivo de la juventud. Cuentas de moda, gastronomía o activismo protagonizadas por mayores muestran una longevidad creativa y conectada.

Sin embargo, junto a estas historias positivas persisten los comentarios edadistas: bromas que ridiculizan, estereotipos que infantilizan o prejuicios que cuestionan su derecho a ocupar espacio en entornos juveniles. La cultura digital refleja así la misma ambivalencia que la sociedad: apertura y resistencia al mismo tiempo.

Lo que se dice, lo que se silencia

De la vejez se habla cuando se convierte en noticia por la dependencia o la fragilidad. Se calla, en cambio, sobre el talento, la creatividad o el humor que también acompañan la vida longeva. Lo que no se nombra no existe en el imaginario colectivo. Y lo que no se representa, difícilmente se valora.

Esta omisión tiene consecuencias profundas: la falta de referentes mayores en roles positivos alimenta la idea de que envejecer es desaparecer. Por eso repensar la cultura popular es clave para construir una sociedad longeva inclusiva, en la que todas las generaciones puedan verse reflejadas y reconocidas.

Representar lo que importa

Necesitamos relatos que reflejen la pluralidad de la longevidad: personas activas y personas frágiles, historias de amor y de pérdida, aprendizajes, contradicciones, búsquedas nuevas. La longevidad no debería ser un paréntesis, sino un capítulo con todas las posibilidades de la vida.

Cuando la cultura popular ofrece imágenes diversas, contribuye a reducir prejuicios, ampliar horizontes y preparar a las generaciones jóvenes para sus propios futuros longevos. Representar lo que importa es, en última instancia, un ejercicio de justicia cultural.

Hacia una presencia real

La longevidad nos interpela no solo en hospitales o políticas públicas, también en canciones, series, memes o novelas. Estar presente en la cultura popular significa poder reconocerse en ella: sentir que tu edad no te borra, sino que te incluye. Y ese reconocimiento no es un lujo: es parte del derecho a seguir siendo visibles y valiosos en la vida social.

Una sociedad que integra la longevidad en sus expresiones culturales gana en riqueza simbólica, en cohesión y en capacidad de diálogo entre generaciones. Porque envejecer sin dejar de estar presente no es solo una aspiración individual: es un desafío colectivo para el que necesitamos nuevas miradas, nuevas historias y nuevas voces.

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Mi casa, mi refugio: identidad, seguridad y dignidad en la vejez Irene Lebrusán Murillo Envejecer en sociedad

 

Algunas cuestiones parecen tan obvias que tendemos a darlas por hecho. Una de las más básicas es disponer de un lugar donde vivir. No me refiero a cualquier lugar, sino a un lugar digno, un lugar que podamos llamar hogar. Un hogar es más que un techo, más que una puerta con cerradura y cuatro paredes, más que un espacio donde guardar nuestras cosas. La vivienda, donde conformamos el hogar, es también una extensión de nuestra identidad, un espacio de seguridad y un refugio emocional. Como me decía una señora, “mi casa es mi cobijo”. Esto, que ya es importante para cualquier persona, lo es aún más para quienes añaden años a su vida.

Uno de los primeros conceptos que ayuda a entender esta importancia es el de espacio personal. Robert Sommer, en su obra Personal Space: The Behavioral Basis of Design, ya planteaba (allá por 1969) que los seres humanos necesitan controlar un pequeño entorno alrededor suyo para preservar su equilibrio psicológico. El control espacial, el de nuestro entorno inmediato, sería parte esencial de nuestro bienestar emocional y psicológico.

En esta línea, el geógrafo J. Douglas Porteous describe tres beneficios que se derivan de la apropiación y control del espacio que consideramos (a partir de entonces) propio: seguridad, identidad y estimulación. Estos elementos conformarían lo que denomina las satisfacciones territoriales y que en la vivienda, se expresaría de múltiples maneras: desde tener la llave de la puerta hasta poder decidir qué objetos nos rodean o cómo organizamos el salón (qué importante es esto, aunque pueda no parecerlo). La personalización del espacio —colgar un cuadro, elegir una colcha, pintar las paredes— es una afirmación silenciosa de nuestra existencia, una forma de decir: “esta soy yo”. Y cuando nos impiden hacerlo, sentimos que nos anulan. Puede llegar a doler de una forma casi física. O, como mínimo, deprimirnos. No es igual de importante para todas las personas, claro, pero la personalización del espacio en distinto grado es importante para todos los seres humanos. Privarnos de ello es cruel.

La dimensión espacial y su intersección con el concepto de hogar cobra una dimensión crucial cuando hablamos de personas mayores. A medida que disminuye la movilidad, los ingresos o las redes sociales, incluso la “obligatoriedad” de salir (por el trabajo, por ejemplo) la vivienda adquiere un papel central: es donde pasamos más tiempo, donde construimos rutinas que nos sostienen, y donde podemos —si se dan las condiciones— seguir siendo nosotros mismos.

La seguridad, por su parte, no es solo física (una vivienda en buen estado, sin barreras arquitectónicas que nos pongan en peligro o nos impidan movernos), sino también psicológica. Rapoport, antropólogo, señalaba que el simple hecho de que un extraño se acerque a nuestra vivienda puede generarnos estrés. Por eso nos asusta tanto que entren en casa y por eso triunfan determinados discursos del miedo; no es tanto que nos roben lo que tengamos (sin negar su importancia) como que violen nuestro espacio privado. Tener control sobre quién accede a nuestra propia vivienda es un componente básico de la percepción de seguridad.

Y si la vivienda aporta seguridad, también favorece la identidad. No solo porque refleja quiénes somos o cómo nos vemos, sino también porque proyecta cómo queremos ser vistos por los demás. Clare Cooper, en The House as a Symbol of Self, plantea que la vivienda actúa como un símbolo del “yo”: muestra cómo nos representamos hacia dentro (hacia nosotros mismos) y hacia fuera (hacia los demás). A veces esto se traduce en las plantas que elegimos poner en nuestra ventana (si es que podemos ponerlas), en los adornos que elegimos en el interior, en la manera en que “abrimos” (o no) nuestras puertas al vecindario. Hasta el felpudo que elegimos tiene un significado. 

Algunas culturas tienden a volcarse más hacia lo privado; las mediterráneas son más dadas a entender el barrio como una extensión del hogar. En muchas ciudades españolas, las relaciones sociales que se tejen en la escalera, en el portal o en la plaza son casi tan importantes como lo que ocurre dentro de casa. De algún modo, el barrio se convierte en una extensión del hogar, y perderlo —por un traslado forzoso, por la gentrificación que nos expulsa, por no poder pagar el alquiler— puede llegar a suponer un gran golpe psicológico y sentirse como una forma de desarraigo vital.

Esto se vincula con lo que muestran diferentes estudiosos sobre cómo las personas organizan su percepción del espacio (mapeo cognitivo), desde Throwbridge hasta Kevin Lynch. Según Porteous, tendemos a ver el mundo de forma domicéntrica: el hogar es el punto de referencia desde el cual interpretamos todo lo demás. Es nuestro centro de gravedad, por así decirlo. Como dice este autor, “el hogar es un refugio seguro para el individuo que se ve obligado a salir a diario más allá de sus límites”; un lugar que nos resguarda de un mundo que, a menudo, valora más los papeles que desempeñamos que lo que somos. Como les digo a mis alumnos, lloramos con más tranquilidad en el interior de nuestra vivienda que en mitad de la calle. Necesitamos un espacio en el que expresar nuestra vulnerabilidad. 

En este sentido, la propiedad o el control estable de una vivienda no solo garantiza un espacio físico, sino también derechos simbólicos: a estar solo, a decidir, a tener privacidad. De ahí la angustia que generan situaciones como los desahucios, los alquileres inestables o las residencias masificadas sin posibilidad de personalización. Pensemos, por ejemplo, qué sucede en nuestro interior si no podemos decidir cerrar nuestra puerta o si se comparte habitación sin posibilidad de intimidad. 

El espacio privado —su calidad, su accesibilidad, su estabilidad— es un determinante clave de la salud y del bienestar. Y es, también, una condición para ejercer derechos. Por eso importa tanto hablar de vivienda cuando hablamos de envejecimiento. Porque el envejecimiento no es solo un proceso biológico, sino también una experiencia peronal y, por ello, espacial. No envejecemos en abstracto: envejecemos en casas concretas, en barrios con nombre, en habitaciones con luz o sin ella.

La vivienda de las personas mayores no es solo garantizar un techo: es permitir que conserven su autonomía, su identidad y su dignidad. Es permitirles tener un refugio desde el cual seguir habitando el mundo. Lo mismo que querremos los demás el día de mañana.

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lunes, 8 de septiembre de 2025

SILENCIO

 

Silencio….,

sólo el sonido

de los segundos

desparramados sobre la mesa,

acuden a mis oídos

como pequeñas navajas asesinas

lacerándolos,

con la despiadada pulcritud del tiempo

en la cercana lejanía

del fondo del salón,

apenas como un susurro;

Wagner con sus walquirias

acuden en mi defensa

mientras las paredes se desmoronan

a mi alrededor

hasta convertirse en el ajado polvo

de una habitación sin ventanas




domingo, 7 de septiembre de 2025

VAYAMOS AL MAR DEL NORTE

 

Vayamos al mar del norte,

allí donde las olas descargan con furia,

la acumulada desesperanza de los hombres

envuelta en grises lágrimas de atardeceres callados;

vayamos allí, donde las húmedas arenas milenarias

guardan los recuerdos acumulados como secretos indelebles

en espumosas oquedades y oscurecidos verdes sedientos de vida.


Vayamos al mar del norte,

allí donde los senderos conducen hasta la sutil niebla

que abraza los fatigados pasos

de trasnochados días perdidos

en leves gotas de rocío;

vayamos allí donde el aire trae los cantos olvidados

entre sus pliegues antiguos de pretéritos caminantes

hacia ningún lugar.


Vayamos al mar del norte,

donde su voz acuosa

traerá hasta nuestros labios

su beso salado,

vayamos allí donde el silencio reina

en la majestad callada de los bosques,

allí donde solo el gorjeo de los pájaros

llenara nuestros oídos

con la melodía abandonada

en los rincones escurridizos

de veredas mil veces transitadas.