miércoles, 27 de abril de 2022

MÉDICOS CURANDEROS

 





MÉDICOS CURANDEROS


    Hace más de cuarenta años, en todos los periódicos locales apareció, ocupando un gran espacio y con enormes caracteres, el anuncio del Doctor Sequah, un famoso doctor que curaba a los paralíticos, sólo dándoles una fricción con un bálsamo tan maravilloso como el de Fierabrás.

    A los pocos días de estar publicándose el reclamo se presentó en nuestras calles una extraña carroza, llena de adornos dorados y espejuelos, que le daban el aspecto de maquinilla de cazar terreras, arrastrada por dos famélicos jacos. Detrás del pescante iba una murga, que tocaba sin cesar, mejor dicho, destrozaba pasodobles y pollas, y a los lados del carromato dos mozos fornidos, jayanes de cortijo por su apariencia, repartían, con actividad febril entre el público, prospectos anunciadores del Doctor Sequab y pregoneros de sus curas maravillosas.

    El doctor mencionado establecía su clínica en el sol de la calle del Gran Capitán en que estuvo, hasta hace poco tiempo, el Salón Ramírez. En el centro de aquel espacioso paraje instalaba la carroza; los murguistas empezaban a soplar con toda la fuerza de sus pulmones en los viejos y deteriorados instrumentos; los jayanes repartidores de los prospectos anunciaban a voz en grito el comienzo de las curas, mismo que si se tratase de una función de cinematógrafo y, cuando se había congregado bastante público, generalmente tardaba muy poco tiempo en reunirse, aparecía en la plataforma de la carroza el celebérrimo doctor, vestido de rigurosa etiqueta pero con el aspecto de u11 prestidigitador, y su intérprete, un verdadero truhán, no desprovisto de ingenio y gracia.

    Sequah empezaba con gran énfasis a pronunciar un discurso en una jerga ininteligible, compuesta de palabras de todos los idiomas y, cuando concluía, el intérprete principiaba a traducir, de modo muy pintoresco, la charla del doctor. Los concurrentes interrumpíanle con frecuencia dirigiéndole sátiras, bromas y epigramas, a los que contestaba en el acto con una frase oportuna. Si la gente se reía de los disparates del médico, el intérprete se expresaba así: el Doctor Sequah dice que si supiera de lo que se ríen ustedes él también se reiría.

    Terminado el discurso comenzaba el tratamiento de los enfermos; hombres y mujeres, viejos y jóvenes, que andaban a costa de grandes esfuerzos, que no podían mover los brazos, subían trabajosamente a la carroza, penetraban en un departamento de la misma oculto entre cortinas, despojábanse de las ropas que cubrían los miembros impedidos y, previas las instrucciones oportunas del doctor, los dos mozos fornidos comenzaban a dar una fricción, con todas sus fuerzas, del maravilloso bálsamo al paciente, cuyos gritos desgarradores no se oían porque los apagaban las destempladas notas de la murga. Concluida la cura, unos enfermos descendían del carromato moviendo los miembros a que afectaba la parálisis con más dificultad que cuando subieron; otros, los menos, disfrutando de ligera mejoría; algunos muy pocos, saltando con ligereza prodigiosa, al compás de la música

    Huelga decir que estos eran individuos asalariados para representar una farsa ridícula. Los que, en realidad, experimentaban una pequeña mejoría debíanla a la reacción producida por el rudo masaje, a que equivalía la fricción, no al bálsamo milagroso y, pasados los efectos de tal reacción, quedaban mucho más inútiles que antes. -

    Pero el público, amigo siempre de la novelería, no se fijaba en esto y de día en día aumentaba la clientela del original doctor. La gente llenaba el solar del Gran Capitán, tanto para presenciar los milagros del curandero, cuanto para tomarle el pelo por sus discursos y reír de las ocurrencias del intérprete.

    Sequah permaneció en Córdoba una larga temporada, consiguiendo tal popularidad, que los poetas le dedicaban versos y el pueblo cantábale coplas. A la vez que en nuestra ciudad, en otras de España y del extranjero también realizaba prodigios el Doctor Sequah. ¿Acaso tenía éste el don de la obicuidad? No; el verdadero, el auténtico Doctor Sequah, contaba con un número considerable de representantes para que, usando su nombre, recorrieran el mundo y se dedicaran a la cura la parálisis, mientras él, tranquilamente, ocupábase en su casa en preparar el bálsamo prodigioso, cuya venta proporcionaba muchos miles de duros todos los años.

    Al fin, el hombre de la carroza con adornos dorados y espejuelos abandonó nuestra ciudad, pero en ella, durante mucho tiempo, quedó el recuerdo del famoso doctor que al parecer curaba a los paralíticos, y que, en realidad, únicamente era uno de los muchos individuos que se dedican a vivir a costa de las personas de buena fe, de los crédulos y de los inocentes.

    Tres o cuatro lustros después de haber estado aquí el Doctor Sequah, surgió en Córdoba otro galeno tan original como aquél; no vestía de etiqueta ni tenia tipo de prestidigitador. sino de pordiosero, por su vieja y raída indumentaria, consistente en un chaquet casi prehistórico, unos pantalones a cuadros llenos de zurcidos y remiendos, una corbata descolorida, un mugriento sombrero de los llamados cartulinas y unas botas con las suelas descocidas y los tacones torcidos.

    Este hombre, caballero en un flaco pollino, recorría diariamente, al atardecer, las calles y los paseos de la ciudad, repartiendo unos prospectos también muy originales. En ellos, después de consignar su nombre, que no recordamos, denominábase Médico titulado no sabemos si porque él se titulaba médico o porque poseía el título correspondiente a tal profesión. Luego se anunciaba como especialista en casi todas las enfermedades, como sangrador, dentista, comadrón, callista y herbolario.

    Terminaba el texto, graciosísimo, de los prospectos ofreciendo la clínica del curalotodo en un mesón de la plaza de la Corredera y determinando las horas de consulta y los honorarios, que eran muy módicos. No faltaban personas de las clases más humildes que acudieran a ponerse en manos del médico del rocín. Huelga decir que el gabinete de consultas y operaciones de este desgraciado estaba en armonía con su indumentaria; una silla basta de enea servíale de sillón y mesa de operaciones; en una maleta muy vieja tenia todo el arsenal quirúrgico, un par de bisturís, una lanceta, unas tijeras, unas dentuzas y dos o tres herrabaches más, todo enmohecido y sucio; sobre un baúl tan deteriorado como la maleta, un tintero da cuerno y unos pliegos de papel de barba para extender las recetas y en un rincón, un palanganero con una jofaina y un jarro pintarrajeado, llenos de agua del pozo, único desinfectante que utilizaba el médico aludido.

    ¿Llegó este a realizar alguna cura en Córdoba? Lo ignoramos. Sólo podemos decir que en nuestra ciudad no gozó del aura popular, pasando casi inadvertido, porque no se exhibía en una carroza llena de dorados y espejuelos dispuesta para cazar incautos, a semejanza de las brillantes maquinillas de coger terreras.

    Hace ocho o diez años, la Prensa local dio cuenta de haber llegado a C6rdoba el Doctor Gesbert, médico norteamericano, catedrático de una Universidad de los Estados Unidos, inventor de un aparato destinado a reconocer y curar el estómago, que había venido a España para hacer un estudio, por encargo del Gobierno de su nación relativo a la higiene en nuestros cuarteles.

    Era un hombre de edad madura, alto, recio, fornido, de fuerzas hercúleas y descuidado en el vestir.

    El Doctor Gesbert visitó las redacciones de todos los periódicos, presentando en ellas un pergamino que contenía las firmas de las personalidades españolas mis salientes, lo mismo en política, que en ciencias, artes y literatura; abrió una consulta en el Hotel Suizo, para curar, con su aparato, a los enfermos del estómago, anunciándola en la Prensa de un modo pintoresco, en forma análoga a la que empleara en sus reclamos el famoso doctor Garrido y buscó personas que le presentasen a algunas damas aristocráticas, con el objeto de darse a conocer en sus tertulias como una eminencia, ya que no había podido conseguir esto entre los profesionales de la Medicina.

    El yanqui gestionó y logró, asimismo, que le autorizaran para celebrar una conferencia en el Instituto Nacional de Segunda Enseñanza, con el objeto de exponer su procedimiento curativo y presentar, por medio de proyecciones, el maravilloso aparato para reconocer el estómago. Numeroso público, en el que predominaba el sexo femenino y brillaban por su ausencia los médicos, acudió a oír a Gesbert. Este permaneció más de una hora en el uso de la palabra diciendo vulgaridades y mostró unas cuantas diapositivas de un artefacto, cuyo funcionamiento explicó de tal manera, que el auditorio quedó completamente a oscuras.

    Aunque a nadie convenció la disertación del yanqui, todos le aplaudieron por cortesía y él, reloj en mano, conlos minutos que duraran los aplausos para consignarlo en un reclamo periodístico.

    El Gobernador Militar de la provincia, con muy buen acuerdo, le negó la autorización para visitar los cuarteles, convencido, sin duda, de que aquel hombre no traía misión alguna confiada por el Gobierno de su país y era solamente un vividor. Muchos enfermos del estómago acudían al Hotel Suizo a fin de que el doctor norteamericano les reconociera y curara con el aparato de su invención. A todos decía, invariablemente, que aún no había recibido el aparato famoso, pero que no era preciso utilizarlo, pues merced a su gran pericia él apreciaba la enfermedad de casi todos los pacientes y los sometía a un plan curativo infalible. Acto seguido ordenaba a sus vlctimas que se desabrochasen las ropas, simulaba auscultarles el estómago, les daba en él dos o tres puñetazos terribles y concluía la consulta con esta frase: ya está usted en vías de curación; me debe cinco duros, agregando en el momento de recibir las veinticinco pesetas: vuelva usted dentro de tres o cuatro días.

    No es necesario decir que muy pocos se atrevían volver; sabemos de uno que le visitó de nuevo, para obligarle a que le devolviera su dinero con la amenaza de denunciarle por estafador. De igual modo amenazóle un médico de la localidad y el yanqui desapareció de Córdoba, de la noche a la mañana, yéndose sin pagar la cuenta del Hotel

    Al poco tiempo, la Prensa comunicaba la detención del Doctor Oesbert, efectuada en una capital del Norte, por haberse descubierto que aquel, ni era catedrático de una Universidad ni médico, ni traía a España otra misión que la de engañar a los incautos.

    Un individuo que ejerc el cargo de guardia municipal, hace poco más de medio siglo, tuvo la suerte de que le correspondiera un premio importante de la Lotería Nacional y, como comprenderá el lector, abandonó su modesta ocupación, pero no para disfrutar de los bienes que le hubiera adjudicado la fortuna, sino para dedicarse a ser útil a la humanidad, según él mismo decía. Adquirió un huerto situado en uno de los barrios bajos de la ciudad, uno de esos típicos huertos, llenos de encanto y de poesía, que están a punto de desaparecer y lo llenó de plantas que según él, poseían raras virtudes medicinales.

    En una habitación de la casa instaló una especie de pequeño laboratorio y allí pasaba horas y horas ocupado en preparar bebidas, ungüentos, bálsamos e infinidad de potingues y brebajes con las yerbas que cuidadosamente cultivaba en el huerto. Rápidamente se propaló la noticia de que aquel hombre curaba, con sus medicinas, una porción de enfermedades; las comadres, como siempre ocurre, actuaron de trompeta de la fama para pregonar los verdaderos milagros que operaba el ex guardia municipal y al poco tiempo contaba éste con una clientela tan numerosa como no la tenían muchos médicos de sólida reputación.

    No sólo de todos los barrios de la capital sino de algunos pueblos de la provincia, acudían enfermos al huerto para que les devolviese la salud el individuo en que nos ocupamos, con sus yerbas prodigiosas. el curandero recibía con afabilidad a todos, dirigíales infinidad de preguntas acerca de sus padecimientos y, cuando estaba perfectamente enterado, marchaba al laboratorio para preparar el medicamento oportuno, el cual entregaba momentos después al paciente. Si este era persona de posición desahogada cobrábale una cantidad mezquina, pues según repetía a cada momento el herbolario, no le guiaba el propósito del lucro sino el de servir a la humanidad, y si era un pobre dábaselo gratuitamente y, además, en bastantes ocasiones, le socorría con algún dinero.

    Un día fijo de la semana lo dedicaba aquel filántropo a repartir una limosna entre los menesterosos, invirtiendo en esta obra benéfica los productos de la venta de sus potingues y por el huerto desfilaban algunos centenares de mendigos para recoger la moneda de cuarto que a cada uno entregaba el ex guardia municipal. ¿Tenían virtud curativa sus ungüentos, bebidas y bálsamos? Lo ignoramos. Solo podemos decir que, en cierta ocasión, fuimos a visitarle acompañando a un amigo a quien la tuberculosis haa grandes estragos y adquirimos la convicción de que no se trataba de un embaucador ni de un farsante, . sino de un hombre que de buena fe consagrábase a ejercer la Medicina para ser Útil a la humanidad aunque acaso no consiguiera su propósito.

    No hace muchos años, corrió la voz de que un modesto empleado de la Estación Central de los ferrocarriles, apellidado Mimosa, curaba los dolores nerviosos, de reuma y otros muchos por medio de fricciones con un bálsamo misterioso que él únicamente poseía. Innumerables enfermos iban a ponerse en sus manos; Mimosa los conducía a un rincón de cualquier oficina de la Estación mencionada y allí dábales una untura en los miembros doloridos con el líquido maravilloso, el cual, en muchas ocasiones, producía efectos tan rápidos y admirables como el bálsamo del Doctor Sequah.

    El humilde empleado ferroviario obtuvo gran popularidad por sus curas y hasta la Prensa trató de él, pero su fama no llegó acimentarse porque, cuando se hallaba en los albores, Mimosa murió a consecuencia de una breve enfermedad para la que resultó ineficaz la medicina del curandero.

    Para terminar esta ya larga crónica citaremos un caso curioso. Un reputado médico de Córdoba quedó calvo y, transcurridos algunos años, volvió a nacerle el pelo, sin que para ello se hubiera aplicado medicina alguna. No obstante, la gente dio en decir que el doctor aludido debía su cabellera a un específico inventado por él para su exclusivo uso. La criada de una familia muy conocida en esta capital perdió lo que entonces constituía el adorno más preciado

de la mujer, el cabello, quedándosele la cabeza como una calabaza. Los hijos de la familia aludida, muchachos de buen humor, tenían varios amigos inseparables, entre ellos un hermano del médico a que nos referimos.

    Cierto día la doméstica llamó misteriosamente al joven en cuestión y le dijo: puedes hacerme un gran favor; proporcionarme el medicamento preparado por tu hermano para que nazca el pelo; yo, además de agradecértelo mucho, te haré un regalito. El muchacho contó lo ocurrido a sus compañeros de juegos y travesuras, los hijos de los moradores de la casa y, entre todos, acordaron el modo de embromar a la criada pelona. Buscaron un frasquito de cristal, echaron en él hojas de sándalo y de otras plantas aromáticas, Ilenáronlo de aceite y, pasados algunos días, sacaron las yerbas y el hermano del doctor entregó el frasquito con el óleo perfumado a la sirviente, diciéndole: aquí tiene usted el remedio que quería. Aquella no encontraba palabras con que expresar su gratitud al joven y, como le había prometido, hizole un regalito, consistente en un par de pesetas.

    Los autores de la broma gastaron alegremente en el café los ocho reales. La pobre mujer embromada empezó a darse fricciones en la cabeza con el misterioso especifico y, antes de que hubiera transcurrido una semana, al mirarse al espejo, se hizo la ilusión de que el pelo había comenzado a brotarle. Huelga consignar que su júbilo no tuvo límites. Concluyósele el maravilloso bálsamo y solicitó otro frasquito, repitiéndose la broma y la dádiva de las dos pesetas. La doméstica no cabía en de gozo, pues cada vez que se contemplaba en el espejo parecíale que su cabeza estaba más poblada de cabello abundante y sedoso.

    Los inventores del supuesto remedio contra la calvicie habían encontrado una verdadera mina, pues cada seis u ocho días, hallábanse en posesión de una reluciente moneda de plata, a cambio de un poco de aceite perfumado con yerbas olorosas. Pero como no hay bien ni mal que cien años dure, un hermano mayor de los que ayudaban al del médico a preparar el específico, enteróse de la farsa y dió cuenta de ella a la víctima. La infeliz criada estuvo a punto de morir de repente; quiso luego estrangular a quienes de un modo tan cruel la habían engañado y concluyó por romper el espejo, porque al mirarse en él, perdidas ya las ilusiones, se convenció de que su cabeza, desprovista en absoluto de pelo, continuaba semejando una calabaza.


Julio 1929


Ricardo de Montis y Romero Notas Cordobesas (Recuerdos del Pasado)


jayanes: jayán, na Del fr. ant. jayani.

  • 1. m. y f. Persona de gran estatura, robusta y de muchas fuerzas.

  • 2. m. y f. El Salv. y Nic. Persona vulgar y grosera en sus dichos o hechos.

  • 3. m. germ. Rufián respetado por todos los demás.




jueves, 7 de abril de 2022

 

Y después del silencio,

Llega la noche,

desbordada,

llena de imágenes imperfectas,

de sonidos leves

apenas perceptibles,

apenas coloridos,

solo las sombras tenues

de las horas pasadas,

acaparan entre sus pliegues desvencijados

las desparramadas palabras

ahuecadas,

los desmadejados gestos

de las manos gastadas,

de las uñas rotas

que intentan arrancar de la tierra

la vida perdida,

solo el escozor del desaliento

anima el pesar del alma

más allá de cualquier forma o sentido.


Y después del silencio,

llega el resplandor acabado

del atardecer que penetra en las venas

con la lejanía ensordecedora

del silencio experimentado

en las desgastadas calles

de una ciudad salvaje,

donde la muerte acecha,

tranquila,

expectante,

invisible,

apenas como un suave susurro,

la vida de gente anónima

de pies y cuerpos cansados,

invadidos por la fluctuante nada

de los neones envejecidos

en ventanas desdentadas

y puertas enmohecidas

donde el acaparador sueño

de una vida mejor,

asoma tímido

igual que un liviano suspiro

lanzado al aire,

como una esperanza perdida.


Y después del silencio,

la perfidia llena las bocas

que muerden las manos

que un día les dieron de comer,

que un día les arroparon

en su soledad desesperada,

que un día silenciaron los reproches

nacidos en cunas de papel couche,

que un día interpretaron la luz del día

como una posibilidad negadora

de renacer, en algún lugar lejano

donde las abrazadoras manos

del destino perdido,

son regadas por las frías aguas

de alguna fuente primigenia.


Y después del silencio,

deja de existir la nada,

el vacío,

el destemplado frio

de una noche olvidada,

el estrepitoso lamento

de quien se sintió afortunado,

y dejó pasar la bonanza

de un amor apenas sentido

en apartados rincones

de polvorientos jardines

donde la luna alumbra perezosa

las flores encarnadas de la sangre

caída en distantes campos de batalla.


AEGM 2022

miércoles, 6 de abril de 2022

¿QUÉ EL MOBBING?

 El profesor de alemán, Heinz Leymann - doctor en Psicología del Trabajo y profesor de la Universidad de Estocolmo -, fue el primero en definir este término durante un Congreso sobre Higiene y Seguridad en el Trabajo en el año 1990:

 "Situación en la que una persona ejerce una violencia psicológica extrema, de forma sistemática y recurrente y durante un tiempo prolongado sobre otra persona o personas en el lugar de trabajo con la finalidad de destruir las redes de comunicación de la víctima o víctimas, destruir su reputación, perturbar el ejercicio de sus labores y lograr que finalmente esa persona o personas acaben abandonando el lugar de trabajo".
Aunque el concepto es relativamente reciente el fenómeno, en sí, fue estudiado por el etólogo Konrad Lorenz porque observó el comportamiento de determinadas especies animales constatando que en ciertos casos los individuos más débiles del grupo se coaligaban para atacar a otro más fuerte. Para definir esta situación se utilizó el verbo inglés “to mob” que se define como atacar con violencia. Una publicación de 1976, relacionada con el mobbing en el mundo laboral, hacía referencia al Trabajador hostigado (Brodsky, 1976). En este libro, por primera vez, se estudiaron casos de Mobbing.
Sin embargo, Brodsky no estaba directamente interesado en analizar estos casos, ya que fueron presentados conjuntamente con accidentes laborales, estrés psicológico y agotamiento físico, producidos por horarios excesivos, tareas monótonas, etc. Este libro se centró en la dureza de la vida del trabajador de base y su situación, problemas que hoy se abordan desde la investigación sobre estrés.
Debido a su compromiso socio-médico y a una insuficiente distinción entre situaciones laborales estresantes, el libro, escrito bajo la influencia del clima socio-político de finales de los 60 y principios de los 70, apenas tuvo ninguna influencia. La investigación sueca de principios de los 80 se produjo sin conocimiento de la obra de Brodsky. La razón fue, por el contrario, la promulgación en 1976 de una nueva ley de condiciones de trabajo en Suecia, y un fondo nacional de investigación que permitió grandes posibilidades de abordar nuevas áreas de investigación relativas a la Psicología del Trabajo.
En España el concepto se tradujo por Acoso Laboral ya sea físico o psicológico, acoso grupal u acoso institucional. El concepto, según define González de Rivera en su libro Cómo defenderse del Mobbing y otras formas de acoso, se aplica a situaciones grupales en las que una persona es sometida a persecución, agravio o presión psicológica por una o varias personas del grupo a que pertenece, con la complicidad del resto.

El caldo de cultivo del mobbing, aunque no hay sitio estándar, sí que se aprecia, en los estudios realizados, que aparece con más frecuencia en empresas grandes, con más de 50 empleados y muy especialmente en universidades y hospitales. Las razones de que se produzca en los centros de enseñanza superior podrían ser porque para acceder a puestos de responsabilidad y poder el proceso está sometido a votación personal.
El profesor de la Universidad de Alcalá de Henares, Iñaki Piñuel, especialista en mobbing publicó en su libro "Mobbing: Cómo sobrevivir al acoso psicológico en el trabajo" el cuestionario CISNEROS (Cuestionario Individual sobre Psicoterror, Negación, Estigmatización y Rechazo en Organizaciones Sociales) .
El Informe Cisneros es el más completo realizado hasta el momento en España. Utiliza una muestra general y no especifica a un sector determinado aunque existen variantes aplicados al sector de la enfermería hospitalaria y al sector turístico.
El informe se aproxima el fenómeno del acoso moral o mobbing desde una variada batería de preguntas. Antes de responder a las preguntas los encuestados pasan por un proceso que intenta asegurar que entienden lo que se les está preguntando. Según se formule la pregunta y según sea el grado de desglose de la misma los resultados variarán.
El profesor Piñuel considera, que el acoso, se produce, sobre todo, en los casos en los que no se puede despedir a un trabajador, bien porque es funcionario público, o porque su prestigio y su capacidad de trabajo harían improcedente el despido.
El inicio del acoso suele empezar de forma anodina, como un cambio repentino de una relación que hasta el momento se consideraba neutral o positiva. Suele coincidir con algún momento de tensión en la empresa como modificaciones organizativas, tecnológicas o políticas. La persona que sufre el mobbing comienza a ser criticada por la forma de realizar su trabajo, que por otro lado, hasta el momento era bien visto. Al principio, las personas acosadas no quieren sentirse ofendidas y no se toman en serio las indirectas o vejaciones. No obstante, la situación resulta extraña para la víctima porque no entiende lo que está pasando y tiene dificultad para organizar conceptualmente su defensa.
El profesor Leymann realizó un inventario documental (Inventario de Acoso moral de Leymann - LIPT-) en el que aparecen 45 actividades típicas de mobbing que se pueden dividir en cinco apartados:
Limitar la comunicación 
Limitar el contacto social
Desprestigiar su persona ante sus compañeros
Desprestigiar y desacreditar su capacidad profesional y laboral
Comprometer la salud
Las consecuencias de esta situación no sólo afectan al individuo, sino que la tendencia al aislamiento que experimenta, la falta de comunicación y la conflictividad repercute también en su entorno familiar y social. El rendimiento laboral se resiente y la interrelación con los compañeros empeora. También puede suceder que aumente la accidentalidad porque el trabajador no se concentra en las tareas laborales, lo que puede provocar que pierda el empleo.


FUENTE:  http://www.universia.es/mobbing/mobbing-acoso-psicologico/at/1121950

INCAPAZ

 

Incapaz de retomar

los pasos olvidados

en las húmedas penumbras gastadas

de un pasillo sin fin,

escucho en silencio casi,

el canto de las aves

desplazadas más allá

de un azulado y frio horizonte,

repartido de forma frugal,

entre calles vacías de pasos infantiles

y húmedas piedras

entre nubes fugaces

leves como la caricia

de una risa cristalina,

atrapada en el sonido perdido

de una canción milenaria

donde las voces callan

mientras las bocas,

se llenan de palabras

que no dicen nada.


Incapaz, resumo los instantes perdidos

en la cansada e inacabable lectura

de los perfumados gestos infumables

de gente sin rostro que aparecen,

en las páginas nunca redactadas

de un libro vacío,

hojas caídas de árboles muertos,

grisáceas simientes de altas columnas

llenas de ennegrecidos huecos acristalados

donde ojos ciegos,

miran la luz del atardecer,

como una exótica recompensa

con la que completar el día,

y…, miro los rostros inocentes

de manos inacabadas

queriendo escribir un poema

en amarillentos lienzos

con olor a orín,

poemas de barrocas letras

y aprendidas palabras

en el hueco insondable

de una escalera sin escalones,

que se escurren como moho maloliente

hasta un agujero infinito sin fondo


AEGM 2022





FOTOS













































 

lunes, 4 de abril de 2022

EN SAN ANDRÉS – TRADICIÓN CORDOBESA

 

EN SAN ANDRÉS – TRADICIÓN CORDOBESA


Los marmolejos era el nombre con se conocía en el siglo XVII el ensanche de la calle del Ayuntamiento en donde desembocan las de la Librería y de la Espartería desde tiempo antiguos y hoy también la de Claudio Marcelo recientemente abierta. La antigua portería del convento de San Pablo, se llamaba entonces como ahora El Galápago, y junto a ella, enfrente de las casas de la Ciudad, había una tienda de alfayate, nombre con que los sastres eran por aquellos años conocidos. Todo este sitio pertenecía a la collación de San Andrés.

Era una hermosa mañana de abril, y en los Marmolejos se advertía alegre y bulliciosa animación. Buen golpe de hortelanas tenían establecidos allí sus puestos y vendían flores; muchas mujeres con la cesta al brazo compraban hortalizas; muchas tapadas damas, la más dueñas, las otras recatadas doncellas, compraban rosas y claveles y apuestos caballeros las cortejaban y regalaban de paso. Todo era bulla, animación y contento. Hoy, en las primeras horas de la mañana, el Salvador y el Ayuntamiento, también se encuentran engalanados de flores, también concurridos y tampoco faltan algunas bonitas cordobesas madrugadoras, que, dicho sea de paso, son bonitas las hijas de esa hermosa y privilegiada ciudad de España, en otro tiempo su corte y su emporio.

De improviso un gran movimiento de gente ocurre, junto a la tienda del alfayate: quien teme un motín y huye despavorido; quien, más curioso, acude apresurado a averiguar la razón. Los veinticuatros encargados de la tasa, se acercan seguidos de alguaciles y de corchetes y todo es confusión y desorden. Del grupo sale un hombre que corre a escape, llevando en la diestra ensangrentado puñal. Tras él parte toda una trailla de sabuesos de la justicia tratando de darle alcance, y entonces la gente se entera de que se ha cometido un asesinato. En el portal de la tienda yace exánime el alfayate García; tiene en el pecho una herida ancha y profunda de la que la sangre se escapa a borbotones. Aún no ha expirado. De la iglesia más próxima acude el viático, lo recibe y muere. El asesino perseguido por lo corchetes escapa de las manos de la justicia, tomando iglesia en la de San Andrés. Por esta vez, como tantas otras, el criminal ha quedado impune.

Así era la antigua justicia. La iglesia era un asilo hasta para los condenados, a quienes las mismas leyes eclesiásticas destinan el fuego de los hornillos eternos.

La vivienda del sastre no tenía otras habitaciones que el portal, una sala arriba y una cocina miserable. El muerto no podía permanecer en la casa y fue conducido al depósito, entonces existente, y aún algunas veces hoy, en las iglesias en donde también estaba el cementerio. Por esta razón, vino a darse el extraño caso de que asesino y victima tuvieran el mismo refugio: el sagrado del templo. El uno para reposar en él eternamente; el otro, quien sabía el destino que le aguardaba en la vida.


La parroquia de San Andrés conservaba aún su primitiva forma latino-bizantina. No era tan grande como en la actualidad, pero sí más severa y grandiosa. Tres naves altas flanqueadas de fuertes pilares moldurados a semejanza de haces de cañas, formaban el sagrado recinto; sobre los pilares había capiteles en que alternaban como adornos hojas grandes y caprichosas y toscas y desmedidas cabezas de monstruos, endriagos y jimios. Después se levantaban en el ábside las robustas bóvedas festoneadas de nervios y en el cuerpo de la iglesia los artesonados más altos en la central que en las laterales naves. Desprovista del encalado que hoy la afea, estaba al descubierto la cantería de los muros ennegrecida por el incienso y las luces en el transcurso de su existencia de muchos siglos. Al fondo de la iglesia estaba el severo altar de batea con pinturas en tabla del siglo XV. Ocupaba el lugar que hoy el sagrario, y era el mismo que los que hayan visitado la sacristía habrán admirado como una joya del arte español, de los últimos tiempos del período ojival. Tampoco faltaban en la iglesia santos enanos y deformes, colocados en ménsulas y bajo caladas humbelas, ventanas ojivales, que con sus vidrios de colores, interrumpían los rayos de sol al penetrar en las naves dando a estas aspecto más sombrío y misterioso, y tal vez sepulcros donde, bien en yacentes estatuas, bien en orantes bultos, estuviesen representados afamados guerreros cordobeses y respetables damas de venerables tocas.

Tal era el lugar a donde se acogió el asesino huyendo de la justicia. En el centro del templo, sobre una mesa cubierta de negro paño, fue depositado el cadáver del sastre. Era una estatua más que venia por una noche a hacer compañía a las otras estatuas sepulcrales; pero ésta para el matador era más adusta y más respetable que las de aquellos antiguos infanzones, solo vencidos por la muerte, nunca por el brazo armado del enemigo.

Todo el día estuvieron abiertas las puertas del templo, sin que faltara gente en él. Así es que, Luis el asesino, no se encontró a solas con su víctima, puede decirse que ni un momento. Todo el día vagó de altar en altar, de capilla en capilla y de banco en banco, aquí dormitando, rezando allá y siempre combatido por su pensamiento en donde se mostraba clara y definida la imagen del crimen con su horripilante aspecto, con toda la negrura y tristeza que viste a la idea del mal realizado e irremediable, el deseo de la reparación y la impotencia contra los hechos consumados. El remordimiento, ese torcedor implacable del alma, había hecho ya presa en la conciencia del desgraciado criminal. Así pasó el día; la tarde fue declinando, el sol que penetraba por las pintadas vidrieras fue tendiendo sus rayos cada vez menos oblicuos; en un momento llegaron a estar horizontales, después volvieron a su inclinación, pero en sentido inverso; finalmente iluminaron breve tiempo los nervios de la bóveda y los alfarges del artesonado y desaparecieron por aquel día. Entre tanto las sombras; pareciendo como que se lanzaban a la vida saliendo de los panteones y los sepulcros, semejando girones de gasas transparentes primero, después densas, se fueron levantando del suelo, elevándose en los espacios y llenándolo todo. Sin embargo, la oscuridad no era completa. En el espacio estaba trabada una lucha porfiada y tenaz, las sombras luchaban por dominar, las lamparillas de los altares por sublevarse contra su reinado.. De aquí resultaba ese ir y venir incesante de masas opacas y de vislumbres brillantes que se observa en las catedrales a media noche, ese agrandarse de los arcos y de los muros, ese temblar de los santos sobre su ménsulas de piedra y esas mil visiones que se creen ver en la sombra cuando no es completa, y sobre todo cuando la luz oscila. La onda luminosa varia su marcha a cada oscilación de la luz; esto es todo, pero la imaginación lo abulta y lo embellece.



Aún penetraban por las ojivas los últimos resplandores del crepúsculo bañando los muros más cercanos de pálida y azulada luz, cuando el sacristán fue a cerrar las puertas de la iglesia. Después de esto hecho, al marcharse a sus habitaciones se acercó a Luis, y le invitó a pasar la noche en su compañía. El muerto en aquel lugar y a aquellas horas, no le parecía al sacristán el más agradable acompañamiento. Pero Luis, rehusó. Tenía miedo a la justicia de los hombres y no se creía cubierto de sus pesquisas en habitaciones que no estaban garantizadas como sagradas para la ley. El sacristán entonces se encogió de hombros y murmurando apenas un «buenas noches,» salió de la iglesia cerrando la puerta tras de sí. En aquel momento se encontraron solos y frente a frente muerto y matador.

Pensó Luis, desde luego en dormir. El sueño es un estado semejante a la muerte. Durante él se olvida, y el pobre asesino necesitaba olvidar. Pero no era aquella noche para el reposo. Al derredor de Luis, se habían reunido unos cuantos inseparables compañeros de todo el que sufre con el recuerdo de un crímen. Eran el espanto, el remordimiento, la vacilación, el miedo, la amargura, todos los roedores del alma que celebraban en torno de precito, danza infernal e incomprensible. Él no podía verlos pero los sentía; adivinaba sus ojos que lo miraban, sus manos acariciándolo, los besos con que se gozaban al estamparlos en la ardorosa frente de su victima. Estaban allí y dispuestos a torturarlo sin descanso y sin compasión.

Y persistió en dormir, pero aunque cerraba sus ojos no podía cerrar los del alma, aunque yacía en la inacción, no estaba inactivo sino agitado su pensamiento, y así fue recorriendo todos los lugares de la iglesia. En tanto se acurrucaba al pie de un altar o en el rincón de una capilla, en tanto se recostaba en un confesionario, ya se sentaba entre dos sepulcros, ya se acostaba en el suelo sobre una alfombra sirviéndole de almohada los escalones del presbiterio. En ningún lugar estaba bien y así andaba errante de una parte a otra, a favor de las lámparas de las capillas, y ocultándose el rostro pasaba ante el muerto por no verlo ni adivinarlo siquiera.

En este incesante ir y venir y siempre pensando en el asesinato cometido y en la muerte y el tormento que le aguardaban, empezó a alterarse su imaginación. Varias veces creyó oír su nombre pronunciado por el sastre tal vez, otras creía escuchar ruido de armas, que se abrían las puertas y hasta veía las luces de las linternas de la ronda. Ora se paraba contemplando un santo y le parecía verlo oscilar y moverse, ora al caminar se detenía sobresaltado creyendo que ante sus pies se abría una fosa y se alzaba de ella descarnado esqueleto y en raudo torbellino giraban en torno suyo altares, machones, santos, estatuas sepulcrales, toda la iglesia.

Pero aún había alguna cosa que no se movía; el cadáver del sastre y se movió. En una de la veces en que Luis, desencajados los ojos, el pelo erizado, las piernas sin fuerzas para sostenerlo, todo tembloroso se apoyaba en uno de los pilares para descansar de aquel infernal martirio, alargó la cabeza muy despacio y quedo a ver si el muerto dormía aún sobre su tumba, y cual no sería su espanto cuando vio que con el mismo cuidado de no producir sonidos, el muerto se incorporaba apoyado en ambas manos; sacaba, uno primero y luego otro; los pies del ataúd; se sentaba en el borde de la mesa; muy quedito se deslizaba hasta el suelo y después enderezaba sus pasos hacia el lugar en que Luis se encontraba.

Helado de terror, mudo, clavado en el pavimento sin acertar a moverse, estuvo un instante viendo acercarse al asesinado; pero cuando ya iba a caer en manos del alfayate, hizo un soberano esfuerzo, se arrancó del pilar en donde estaba como empotrado y echó a correr por la iglesia con todas las fuerzas de que era capaz. Y el muerto corrió también. Uno en pos de otro daban vueltas infinitas y vertiginosas al derredor del templo y solo amenguaba la lucha algunos instantes en que el muerto se detenía y vacilaba, llevaba las manos a su pecho, se abría la herida, brotaba de ella mucha sangre que manchaba las losas del suelo y volvía a correr en pos de su asesino. Y Luis, corría siempre mirando atrás y cada vez era mayor su angustia pensando que perdía las fuerzas e iba a caer al fin y al cabo en las manos de su perseguidor.

Una de las veces que paso corriendo por delante de la puerta del campanario, vio que estaba abierta; entonces cambiaron de rumbo sus ideas y buscó la salvación en aquella escalera. La subió a saltos descomunales y llegó arriba; allí las frescas brisas de la noche, acariciaron su frente y respiró mejorado de su cruel martirio. Se creyó libre, pero desde lo alto miró al fondo y entonces aumentó su desesperación y entonces aumentó su desesperación por que allí no había salida, y el muerto montaba lentamente y uno a uno los peldaños de la escalera. ¿Qué hacer en situación tan angustiosa? Hacia la torres subía el muerto, fuera de la torre estaba la muerte aguardando sobre el empedrado de la desierta plaza.

Había que tomar una determinación pronta, pero siempre terrible: o arrojarse a la calle y en tal caso era segura la muerte o dejarse alcanzar por el sastre y entonces, quién sabe la suerte que aguardaría al desgraciado; pero la casualidad le deparó otro medio que aprovechó al punto. Había en el suelo una cuerda. La ató a uno de los balaustres que decoraban el campanario, y poco a poco se deslizó; la fatalidad perseguía a Luis, la cuerda no era tan larga que le permitiera descender hasta el piso, faltaban aun alguna varas para llegar. Luis quedó asido a la punta balanceándose en el espacio. La luna que antes estaba oculta por unas blancas nubes, había salido de detrás de ellas e iluminaba la escena. El asesino estaba en esta posición difícil de sostener mucho tiempo, y pensando acaso en volver al sagrado asilo, cuando miró a lo alto y nuevamente tembló de pies a cabeza. El muerto se asomaba por encima de la balaustrada; así que pareció convencido de que Luis estaba allí, saltó fuera de la torre, se asió a la cuerda y comenzó a bajar. Ya no había salvación. El asesino perdió las pocas fuerzas que le quedaban, abrió las manos, acaso para implorar perdón, y cayó a la plaza en donde quedó tendido y maltrecho. Un momento después pasaba una ronda, vio un bulto, se acercó a reconocerle, halló al criminal y dio con sus huesos en la cárcel pública a disposición de la justicia ordinaria y amenazando a la garganta de Luis, el dogal del verdugo.

Al día siguiente el obispo reclamó el preso como aprendido en lugar sagrado, pretestando que formaba parte del templo la lonja que entonces había y en donde se le encontró. El corregidor se negó a entregarlo, aduciendo que fuera de los muros de la iglesia no alcanzaba



el derecho de asilo. Entablada la competencia, ambas autoridades reclamaron al rey y asu real consejo. Y pasó mucho tiempo sin que S,M, contestara y hasta ignoramos si contestó. Pero el corregidor terminó la causa, sentenció a Luis y después de ahorcado colocó su cuerpo exánime en una sepultura donde pudiera descansar y aguardar el favorable real fallo.


Toledo 28 de julio de 1887


CUENTOS Y TRADICIONES ( DON RAFAEL RAMÍREZ ARELLANO )