viernes, 31 de diciembre de 2021

RICARDO DE MONTÍS Y ROMERO NOTAS CORDOBESAS 1911

 

LA PLAZA DE LA CORREDERA




Pocos lugares de Córdoba evocan los recuerdos del pasado con tanta intensidad como la plaza de la Corredera. Ese extenso paraje, rodeado de antiguas y simétricas construcciones que perdieron parte de su armonía a causa de dos formidables incendios, con sus arcadas y soportales, con sus balcones corridos, con sus ventanas casi cuadradas, habla al espíritu observador de otras épocas llenas de poesía y tiene un dulce encanto para el enamorado de la historia.


Allí, con poco esfuerzo, la imaginación compone los cuadros de los torneos, en que héroes como el Gran Capitán, don Alonso de Aguilar y otros muchos demostraban que eran tan diestros en las justas, disputándose el premio por su dama, como en la guerra luchando con ardimiento por su Dios y por su Rey; el acto solemne de la proclamación de Felipe V; asiste a la jura de banderas por .nuestros bizarros ejércitos y se regocija con las funciones de fuegos artificiales en honor de los Soberanos y con aquellas interminables fiestas de toros, que duraban casi todo un día, en las que hicieron gala de su valor y destreza Montes, Pedro Romero, Cilchares, Panchón, el Chiclanero y otros diestros de la antigüedad quienes mataban seis toros de ocho años en cada corrida lidiábanse doce o dieciseis por la exigua cantidad de doscientos reales, según consta en algunas cuentas que se conservan en nuestros archivos. Y la fantasía nos traslada al primitivo mercado de los jueves, fundado por Real dula de Carlos V en el año 1526, al que concurrían casi todos los cosarios de la provincia y en el que asediaba al comprador, para llevarle las cestas y los fardos á cambio de unos cuantos maravedises, una verdadera turba de muchachos vagabundos, envueltos en sus mantas, por lo que el pueblo Ilamábales manteses o mantesones, palabra genuinamente cordobesa, con la cual aún se designa a la gente perdida y de malas costumbres. Y después, ya en nuestros tiempos, recordamos el mercado al aire libre de hace pocos años, que en periodos de lluvia, con sus enormes sombrajos de lona, semejaba un campamento, y rememoramos con tristeza los días de nuestra infancia ya remota en que, al aproximarse la Navidad, íbamos a la Corredera para solazarnos con la contemplación de los puestos de zambombas, panderetas y toscas figurillas de barro y para adquirir el misterio y los pastores que habían de constituir el Nacimiento, uno de los sueños dorados de la niñez venturosa. . En la plaza y en sus alrededores,por la época a que nos referimos, había establecimientos é industrias que lograron merecida fama y popularidad; la fábrica de sombreros de aquel gran filántropo que se llamó don José Sánchez Peña, montada en vetusto edificio que fue prisión en tiempos remotos; la primitiva tienda de quincalla de Córdoba, denominada Fábrica de Cristal, porque su laborioso fundador empezó vendiendo objetos de vidrio y de hojalata que él mismo construía; los talleres de los esparteros, instalados exclusivamente en estos lugares y que dieron nombre a la calle Espartería; los clásicos mesones que evocaban el recuerdo de siglos pasados; los bodegones con sus mesas llenas de mal oliente bazofia; los puestos de loza basta y de jarras y botijos de La Rambla; el escritorio ambulante del memorialista; las mesillas de los zapateros remendones y de las chindas, nombre con que solo en nuestra capital se designa a las vendedoras de los despojos de reses.



En el Arco bajo las prenderías y los baratillos, manifestación pública de la miseria y recipientes de toda clase de gérmenes morbosos; más allá la renombrada pastelería del Socorro; pasando el Arco alto, las tiendas de tejidos baratos y de ropas hechas para la clase pobre, con sus fachadas llenas de bombachos, blusas, alpargatas, prendas interiores y gorras de quinto; los tenderetes de los vendedores de relaciones y romances que los extendían en las aceras y los colgaban en cuerdas sujetas con clavos a las paredes; en la calle Ayuntamiento las canastas llenas de flores, que semejaban trozos arrancados a los huertos cordobeses o a nuestra incomparable Sierra; en la plaza del Salvador los almacenes de calzado de recio cordobán, con sus zapateros de relucientes calvas, entre los que sobresalía el maestro Tena, un hombre casi analfabeto, no obstante lo cual era un prodigio como numismático, y en todas aquellas inmediaciones las clásicas tabernas con su sello especial que las distinguía de todas las del resto de España. A aumentar la animación propia de la Corredera en las horas de mercado, en que la invadían ancianas despenseras, frescas mozas y hombres chapados a la antigua, ocultando el canasto para la compra bajo la capa hasta en el mes de Agosto, contribuían y contribuyen los trabajadores del campo que por las mañanas se congregaban en la plaza del Salvador y en sus contornos, donde se conciertan los ajustes con los amos y se arreglan las viajadas. Y por todos los lugares indicados desfilaban los tipos más característicos de nuestra ciudad: el vendedor de El Cencerro, periódico que le arrebataba el pueblo en la época de la revolución, pues no había cortijada donde no se leyese de sobremesa; Antonet con su guitarra y sus canciones; Castillo, el expendedor ambulante de específicos, que tan pronto se presentaba en lo alto de su mesilla con bata y gorro griego como vestido de hebreo o de moro; el tonto Miguelinzo con su acordeón; Torrezno, el mendigo idiota, confidente de Zugasti durante su campaña contra el bandolerismo andaluz, y otros muchos que podríamos enumerar.

Y en tiempos de agitaciones políticas aparecía también en tales sitios, arengando a las masas con voz retumbante, don Francisco Leiva, aquel infatigable orador republicano de contextura atlética que tomó parte como voluntario en la celebre batalla de Alcolea y después escribió la obra más completa que se ha publicado relativa a tal episodio de nuestra historia.



Dominando el ruido ensordecedor de los pregones, de los cantares, de la charla, de los carros, la campana de la iglesia de San Pablo llamaba a los fieles, y vendedores y compradores, todo el pueblo, siempre católico, muchas mujeres cubriéndose la cabeza con el delantal ó con el pañuelo de mano a falta de mejores tocas, acudían al templo para oír la primera Misa al padre Cordobita, aquel respetable anciano, verdadero manojo de nervios, que llego a ser una institución en nuestra capital. Y no había jóvenes que después de pasar la noche de serenata o de fiesta, al retirarse a sus casas, dejaran de visitar la Corredera, así como de ir en busca de Navas, el guarda particular de la calle Almonas, arsenal ambulante de toda clase de armas, para darle una broma pesada o recordarle la ocasión en que le hicieron creer que hablaba por teléfono con su padre, muerto hacía muchos años.



Fiesta memorable para el vecindario de la plaza era la procesión de la Virgen del Socorro. Pocos actos religiosos han inspirado en Córdoba el entusiasmo que aquel. La noche en que se celebraba ofrecía la Corredera un golpe de vista hermoso. Ocupábala una inmensa muchedumbre, compuesta en su mayoría por gente del pueblo; los innumerables balcones y ventanas que le imprimen un sello característico, casi todos engalanados con pintorescas colgaduras, hallábanse repletos de hermosas mujeres que cubrían sus bustos con el airoso mantón de Manila y ostentaban entre el cabello un diluvio de flores. El alegre repique de las campanas, el incesante estallido de los cohetes, anunciaban la llegada de la procesión; a poco el Arco bajo inundábase de luz, aparecía en el la imagen venerada, y aquella multitud, ebria de gozo, de fervor, prorrumpía en delirantes, vítores, que no cesaban un momento hasta mucho después de haberse alejado la comitiva. Desde la torre de la fábrica de sombreros de Sánchez Peña enfocaban a la Virgen con una luz eléctrica, que por ser entonces poco conocida llamaba extraordinariamente la atención de las personas sencillas, y la efigie, bañada en resplandores, recorría majestuosa la plaza y parecía que entre sus labios carmíneos vagaba una sonrisa de satisfacción, la sonrisa con que la madre acoge las caricias y los halagos de sus hijos. Después había fuegos artificiales, cucañas, bailes, rifas y otras diversiones y algunos años se completó el programa con un espectáculo sensacional: los arriesgados ejercicios del celebre funámbulo Blondin que atravesaba la plaza sobre una maroma, sujeta a los balcones más altos, llevando, para que le viesen bien, dos grandes antorchas en los extremos de su balancín.



Hoy todo esto ha desaparecido, y la Corredera, con la construcción del Mercado en su centro, ha perdido el carácter primitivo, dejando de ser una de las plazas más pintorescas de España. Pero el progreso se impone y en aras de él hay que sacrificar todo, lo que significa tradici6n, aunque nos cueste gran trabajo y nos produzca honda pena a cuantos hemos pasado ya los linderos de la juventud.




Fuente: Ed. 2021 de la Red Municipal de Bibliotecas de Córdoba

jueves, 28 de octubre de 2021

Competencias básicas del trabajo en equipo: Amabilidad


Dudaba si escribir sobre la amabilidad, me parecía algo tan obvio que no tenía claro que lo debiese remarcar con un artículo.

Sin embargo, observando la crispación que tenemos a nuestro alrededor, pensé que este recordatorio no estaría de más. En el contexto actual, la fatiga y la indignación se cuelan en nuestras vidas con total facilidad, y, si nos dejamos llevar por la inercia, podemos cometer el error de pagar sus efectos en nuestro estado de ánimo con quién tengamos al lado. Cuando se trataría precisamente de hacer lo contrario, al que tenemos cerca es al que hay que dar más cuidado.

Si las competencias tuvieran un precio de adquisición, se podría decir que la amabilidad es gratis y está al alcance de todo el mundo. Ser amable no cuesta nada y vale mucho. No requiere de un componente genético, ni de una formación compleja, no necesita de horas de estudio, ni grandes transformaciones internas… simplemente requiere de voluntad.

Incluso cuando tienes un día complicado en el que parece que todo sale del revés y sientes que tu carácter se va agriando por momentos, el esfuerzo que requiere ser amable con quién tienes enfrente va a ser siempre infinitamente menor que los beneficios que esa acción puede retornar a cambio, a ti y, sobre todo, a tu ambiente de trabajo.

La amabilidad es un acto de generosidad hacia los demás y una inversión personal que funciona al corto y al largo plazo. Va un paso más allá de la buena educación. La buena educación se presupone (aunque esto da para otro post), la amabilidad se predispone. No requiere de un esfuerzo muy grande, pero sí requiere atención y acción por tu parte. Ser amable es una decisión que debes tomar, una decisión que no debería verse condicionada por políticas o normas de la empresa. Tú mandas sobre tu amabilidad, y raramente encontrarás a alguien que te critique por ello (y si lo haces, pon tierra de por medio entre vosotros).

Ser amable suele ser contagioso. No se suele contestar con aspavientos ni malos tonos a las palabras amables, es por eso que la amabilidad contribuye claramente a mejorar la atmosfera laboral. Por el contrario, se puede decir que los ambientes de trabajo carentes de amabilidad acaban por volverse tóxicos e irrespirables. Si se pierde el respeto a lo más básico acaba por perderse el respeto a todo. Los malos modos o simplemente un discurso imperativo carente de un nivel mínimo de sensibilidad poco tienen que ver con la autoridad o un, mal llamado, modelo clásico de liderazgo. La aspereza o la antipatía no pueden sumar puntos en ningún tipo de clasificación empresarial se mire por donde se mire.

Cuando alguien confunde amabilidad con debilidad no es un error, sino menosprecio por parte de una persona que carece de una mínima capacidad de empatía. La amabilidad solo debería ser percibida como negativa cuando es impostada o engolada. En lenguaje más coloquial (y menos engolado), la amabilidad no funciona cuando es postureo.

La amabilidad es un acto de generosidad o no es. Eres amable para hacerle la vida más fácil a los demás.

Trabajas mejor en equipo cuando los que tienes a tu lado te hacen sentir bien y la amabilidad genera reciprocidad. Estos son dos axiomas que no debemos olvidar, y que nos ayudarán a construir ese ambiente donde seamos un poco más felices y mucho más productivos.

Sé amable. Depende solo de ti.

Fuente: http://enbuenacompania.com/cambiardehabitos/

Posted on 11 febrero, 2021 by Jesús Garzás

Discrepar mal: Cuando el que calla no otorga



Discrepar está bien, sobre todo cuando se escucha al de enfrente. Es un ejercicio sano, nos hace crecer, nos abre la mente, y nos debería ayudar a conocer la perspectiva de los demás. Sin embargo, el objetivo de todo debate o discusión es alcanzar un punto de acuerdo o cuando menos una decisión a la cual guardar lealtad. Y aunque esta última palabra suene a antigua, es la clave.

Porque discrepar a posteriori, una vez cerrado un debate, ya no aporta nada positivo. Es un recurso fácil que alguno puede intentar barnizar de autenticidad, cuando en realidad es una muestra de inseguridad, cobardía, o necesidad de atención. Es una acción que resquebraja el consenso y que pone a los pies de los caballos cualquier decisión tomada. Es una pataleta que no suele aportar nada.

El consenso es casi utopía en un mundo en el cada vez hay gente más lista (léase con tono irónico) que valora (y, sobre todo, escucha) menos la opinión de los demás. A los hechos me remito, pónganse las noticias.

Es difícil que todo el mundo salga feliz o satisfecho después de una reunión en la que se ha lidiado con puntos de vista enfrentados. Conseguirlo no es imposible, de hecho, es un objetivo muy noble, pero, en la mayoría de los casos, el resultado de una discusión dejará más satisfechos a unos que a otros.

Lo que viene después es clave para que esa decisión tomada tenga alguna posibilidad de éxito: que cada uno se guarde las discrepancias en su casa.

Hay, o debería haber, un tiempo para luchar por tus ideas en una reunión. Con argumentos, con vehemencia, con constancia, y hasta la extenuación. Ese es el momento de discrepar, de tratar que los demás adopten tu punto de vista, o cuando menos que lo entiendan. Pero una vez terminado ese tiempo, y si la decisión tomada no es de tu agrado (porque que se decida lo que querías, no encierra dificultad a posteriori) solo hay dos opciones:

  • El acuerdo alcanzado no te gusta, pero te parece respetable … ¡Pues respétalo!

  • El acuerdo alcanzado atenta contra tus valores, y no puedes dar tu apoyo sin sentirte un falso… Pues dimite, de manera más o menos literal. Comunica de antemano que no te sientes cómodo y que no podrás seguir adelante por esa vía… y asume las consecuencias.

Cada vez se ve más, aplíquese en este contexto a los equipos de trabajo, aunque sea extrapolable a las noticias del telediario, la refutación de uno de los refranes más clásicos: que el que calla no otorga. Y eso a la larga es nocivo para la organización.

Discrepar en tu cabeza, callar mientras se debate, y, una vez alcanzado un acuerdo, expresar tu opinión en otros foros, no es un acto de autenticidad, ni de rebeldía, ni debería tener ninguna connotación positiva. Es una recurso fácil y egoísta. Lo difícil, y normalmente lo útil, es dar una oportunidad a la decisión tomada, poniendo tu ego a un lado, y mirando al bien común. Porque ,aunque le duele a esos egos tan bien mimados que tenemos, las cosas hechas de un modo diferente al que defendemos también pueden funcionar.

No es necesario entusiasmo, ni mucho menos falsedad, solamente profesionalidad. Porque, insisto si el acuerdo te parece respetable desde algún punto de vista (y casi todos lo acuerdos tienen ese enfoque después de escuchar a los demás), es ese punto al que te tienes que agarrar y tratar de trasmitir a los demás.

Sé perfectamente que defender argumentos de otros puede resultar complicado a veces, pero debatir las cosas infinitamente no lleva a ningún lado, así que una vez alcanzado un consenso, más o menos cercano a tu perspectiva, no queda más remedio que respetarlo para no volver al punto de partida.

Fuente: http://enbuenacompania.com/cambiardehabitos/

Posted on 22 abril, 2021 by Jesús Garzás

Cuando lo urgente se estrella contra las vacaciones

Hablar de lo urgente portando bañador y chanclas debería ser tendencia, porque lo dota de una perspectiva que le quita trascendencia.

(Algunos) Vivimos en un continuo estrés de entregas marcado por el ritmo arbitrario (y normalmente acelerado) de esa cosa que llamamos urgencia.

Y es que en la guerra entre la urgente y lo importante, la teoría es continuamente derrotada por la inercia.

No sé cuánto tiempo durará en mi vida la demanda de atención y abrazos matutinos de mi hijo de 8 años al despertar, no mucho, para qué nos vamos a engañar. Y sin embargo en lugar de disfrutar al 100% este momento irrepetible, en lugar de alargarlo, hay una vocecilla en el fondo de mi cabeza que me recuerda que tengo siempre algo más por hacer… como si en realidad existiera algo más que fuera comparable en importancia. No lo hay. Pero es la voz de la maldita urgencia. Insaciable.

El nivel de urgencia que estamos estableciendo en esta sociedad solo es compatible con el don de la ubicuidad. Hemos metido nuestros días en calendarios de Outlook y hemos convertido las cuadriculas de estas agendas en los barrotes de las cárceles para la improvisación, la naturalidad, y, a veces, hasta para la calidad. Los hámsteres, mientras dan vueltas en sus ruedas hacía ningún lado, nos miran con condescendencia de reojo y se preguntan a dónde vamos los humanos tan alocados, y se vanaglorian porque al menos ellos conocen los límites de sus jaulas.

Vivimos en la sociedad del todo es urgente hasta que se demuestre lo contrario… Pero, de repente, llega el verano y todo cambia.

En esta sociedad de las prisas las vacaciones se ha erigido como un periodo de tregua para la urgencia.

Y si lo pensamos despacio, aprovechando el respiro, nos daremos cuenta que las vacaciones demuestran lo que suponíamos, que en la mayoría de los casos las prisas son pura farsa, o para ser justos y más exactos, las prisas son pura ansia. Son una necesidad inculcada de conseguir más en menos tiempo, normalmente a costa de tu vida personal y en detrimento de una mayor calidad en las entregas. Una necesidad ficticia, porque llega el verano y el mundo se para … y no pasa nada. Ese retraso de 24 horas que parecía que iba a hundir los cimientos de nuestra civilización puede esperar sin problemas un mes en el congelador.

La fórmula de la urgencia me interesa más que la de la Coca cola. Los comités de dirección de todo el mundo deberían unirse en un multiconferencia global cuyo único objetivo fuese dotar a nuestra sociedad de un método de cálculo universal para identificar lo urgente de manera objetiva, buscando un equilibrio consensuado entre la vida y la avidez.

Queda poco para mi periodo de tregua anual. Así que dejaré mi propósito por escrito para adquirir mayor compromiso con él: Trataré de tener el móvil apagado el mayor tiempo posible, trataré de dejar que el limite a los abrazos y a la demanda de atención de mi hijo lo ponga su capacidad de aguante (que, por cierto, es infinita), trataré de poner la vida en modo pausa sobre una toalla de playa, soñaré despierto con un mundo en que la lista de los más ricos no la encabecen los que más dinero tienen en el banco, sino los que más disfrutaron con sus seres queridos.

Posted on 18 julio, 2021 by Jesús Garzás

Fuente: http://enbuenacompania.com/cambiardehabitos/