domingo, 19 de abril de 2020
lunes, 16 de marzo de 2020
martes, 18 de febrero de 2020
POEMA 25
Quiero
abrazar la tierra,
sentir
el húmedo tacto
de
la hierba en la piel
y
olvidar,
el
segundo fatal
del
silencio oscurecido
entre
las ramas podridas
de
algunos árboles muertos,
que
el otoñal frio nocturno
trae
oculto en los sonidos opacos,
de
polvorientos bulevares
donde
pequeñas luces desvaídas
alumbran
con su luz amarillenta,
los
ojos agotados de anónimos seres
con
forma humana,
que
girando sobre si mismos,
como
alocadas peonzas,
en
las ondas sin reflejo
de
enlodados charcos vacíos
y
correr por el cauce resquebrajado
de
enfurecidos ríos sedientos
se
sienten incapaces de alcanzar,
las
malgastadas promesas empeñadas,
en
la oscura tienda de cualquier mercader
de
sentimientos olvidados,
que
aferradas como lejanas caricias
a
los poros de la piel,
intentan
escapar
cual
húmedas lágrimas arrinconadas,
en
medio, de quejumbrosos huecos mentales.
Quiero
abrazar la tierra,
olvidar
el espanto aterrorizado,
de
una palabra aterida,
enferma
quizás,
escrita
en la grasienta esquina
de
un papel arrugado
depositado
lánguidamente
en
el fondo inconreto de una papelera;
quiero
escapar con las brumas,
antes
de que el húmedo aire de la mañana
las
atrape,
entre
las yemas invisibles de sus dedos,
de
la tenue debilidad de lo efímero
que
aborda los sentidos más allá
del
agrietado corazón callado.
Quiero
abrazar la tierra,
recorrer
sus calles verdes
con
pasos lejanos
entre
el crepitar macilento
de
sus hojas caídas
en
la mañana,
y
sentir su tacto mortecino
bajo
mis pies descalzos.
AMADO
POEMA 23.1
Se sintió el dueño final
postrada su cabeza
en una deshilachada almohada
carmesí,
de diminutas conversaciones
perdidas
en descascarilladas paredes,
de antiguas casas del extrarradio
en las que el tiempo,
(inexcusable compañero
de las horas envasadas
en delicadas cajas de acero
pulido),
ha estampado cuidadoso
formando hermosas palabras,
con la amante perfección
del maestro impresor
que sueña con crear,
el vocablo perfecto
con el que poder describir
la desnuda apariencia de la
soledad,
y..., las guardaba
distraídamente,
de forma rutinaria
con la eficaz diligencia
del funcionario perfecto,
en pequeños cartuchos de papel de
plata,
enlatados en las ondas del sonido
dilatado
por el eco repentino que el grito
desesperado,
que el mar del norte, lanza cada
día,
con la furia de mil caballos
salvajes
contra las afiladas rocas de los
acantilados.
Se sintió dueño
de una mirada evasiva,
de un recuerdo que no tuvo,
del rozar repentino
con una gota de luz
esparcida negligente
sobre un charco
desnudo de agua,
del graznido peculiar de los
cuervos
envueltos en piel humana
y corrió por campos de heno
recién cosechados
hiriendo sus pies
encadenados a la tierra.
Se sintió dueño de nada,
y un húmedo escalofrío,
recorrió su espalda
con dedos presurosos
entre sus vertebras cansadas,
y olvidó que el olvido
es silencio,
que el rematar de las esquinas,
atrapa los dedos de los
olvidados,
en la fina línea del amanecer
con la que el alba,
restaura sigilosa,
el bramido malherido
de los pasos apresurados
de aquellos que recorren,
las apenas perceptibles calles
adoquinadas
hasta llegar a los impersonales
nichos
donde dejar descansar
el enmudecido ruido nocturno,
mientras sus cuerpos son tragados
por bocas desdentadas
de acero, cristal y hormigón.
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