jueves, 11 de marzo de 2010

A ROMA SEPULTADA EN SUS RUINAS

Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!,
Y en Roma misma a Roma no la hallas:
Cadáver con las que ostentó murallas,
Y tumba de sí propio el Aventino.

Yace donde Reinaba el Palatino,
Y limadas del tiempo las medallas,
Más se muestran destrozo a las batallas
De las edades que Blasón Latino.

Sólo el Tiber quedó, cuya corriente,
Si Ciudad la regó, ya sepultura
La llora con funesto son doliente.

¡Oh Roma, en tu grandeza, en tu hermosura
Huyó lo que era firme, y solamente
Lo fugitivo permanece y dura!

Francisco de Quevedo

A LAS SILLAS DE MANOS CUANDO ACOMPAÑADAS DE MUCHOS GENTILES HOMBRES

Ya los pícaros saben en Castilla
Cuál mujer es pesada y cuál liviana,
Y los bergantes sirven de Romana
Al cuerpo que con más diamantes brilla.

Ya llegó a Tabernáculo la silla,
Y cristalina el hábito profana
De la custodia, y temo que mañana
Añadirá a las hachas campanilla.

Al trono en correones las banderas
Ceden en hacer gente, pues toda
La juventud ocupan en hileras.

Una silla es pobreza de una boda,
Pues empeñada en oro y vidrieras,
Antes la honra que el chapín se enloda.

Francisco de Quevedo

ARTE EN LA PUERTA DE CASA

ARTE CULTURAS 19

Integrado, socialmente aceptado, pero aún incomprendido

El nuevo arte urbano se inserta cada vez más en el paisaje, y de ello es ejemplo el burro de acero inoxidable que se va a instalar en El Carpio. La sociedad suele aceptar estas piezas, pero que las entienda es otra historia


Guadalupe Carmona

g.carmona@lacalledecordoba.com



En Córdoba se respira arte. Así, cuando uno pasea por la ciudad, lo mismo puede escuchar las soleares del guitarrista Juan Serrano, que disfrutar de una obra del Equipo 57. Creaciones más propias de un teatro o un museo que de plazas y parques, pero que cada vez forman parte con más insistencia de la urbe y nuestros pueblos donde éstas conviven y dialogan con los ciudadanos.

Eso es precisamente lo que hará un burro grande, de 17 metros de altura y 2.000 kilos, creado en planchas de hierro y con una estructura de acero inoxidable, que próximamente se ubicará en el primer acceso a la vía de servicios de El Carpio para que, desde la autovía, cualquiera que pase por allí o se dirija a esta localidad, lo contemple. Se trata de una obra de Fernando Sánchez Castillo creada para la pasada Noche en Blanco de Madrid que, por decisión de un jurado, ha sido cedida a El Carpio, localidad que este artista ha visitado en anteriores ediciones de Scarpia. El fin de la obra, en su origen, era hablar de los nacionalismos y como éstos utilizan la imagen de animales, para lo que Sánchez simuló el famoso Toro de Osborne –tomado como un símbolo nacional– pero con la imagen del burro.

En cambio, los responsables de su ubicación permanente en el entorno paisajístico del municipio buscan, con la integración de esta manifestación artística en la vida cotidiana de los habitantes, formar a los ciudadanos en esta materia. Algo que, algunas creaciones enclavadas en Córdoba han conseguido, aunque el tiempo que han tardado en hacerlo y el grado de educación alcanzado, según los expertos, es muy difuso y discutible. Ejemplos de ello son el reloj de la Plaza de las Tendillas, cuyos cuartos y horas son una creación flamenca del cordobés Juan Serrano; Salam (paz), escultura del Equipo 57 ubicado en el Parque de Miraflores; Nautilius en el pentágono con río –del madrileño Enrique Salamanca–, situado cerca del Teatro de la Axerquía, o el popular Hombre Río que, aunque desapareció a finales de 2007, provocó un debate político y social, que tuvo como conclusión su integración permanente en la urbe.

Diferentes objetivos y una reacción

Precisamente, esta escultura flotante – de resina de poliéster endurecido y fibra de vidrio – aparecida en abril de 2006, tenía cierta misión provocadora que, sus autores, consiguieron. Rafael Cornejo y Francisco Marcos querían que se hablara del arte, del planteamiento cultural existente en torno a él, y con el que no estaban de acuerdo. Reivindicaban con su obra la libertad de la creación, que entienden espontánea, de ahí que la colocaran en un sitio inaudito – fuera de una galería – y por sorpresa. En este sentido, estos dos cordobeses consiguieron sorprender, despertar interés entre los ciudadanos y crear un debate entre las administraciones públicas que, finalmente, y por la buena respuesta que dio la sociedad cordobesa, acordaron permitir la instalación de la pieza de modo permanente – aunque una crecida del río, en noviembre de 2007, destruyera el propósito–.

Otras piezas han sido de encargo público para conmemorar u homenajear una fecha o un personaje, y unas terceras no han tenido ninguna misión artística, sino que han querido llamar la atención para otros fines, por lo general, publicitarios. Es el caso de la soleá que regaló Juan Serrano para el reloj de la Plaza de las Tendillas. Al igual que el famoso Toro de Osborne, aquello se trató del reclamo de una marca (Philips), pero “desde una perspectiva artística, forma parte de la esencia flamenca clásica. De hecho, no hay nada más flamenco que una soleá”, comenta el guitarrista Paco Serrano. Y la respuesta del público también es positiva y similar a la de la escultura del Hombre Río u otros ejemplos creativos ya citados anteriormente: “Terminó consolidándose como algo que formaba parte de la identidad cordobesa”.

Es lo que Miguel Ángel Moreno cuenta que está pasando con el burro grande de El Carpio, antes de que se instale, “que los ciudadanos lo están tomando como una seña de identidad”. Pero, eso ¿significa que lo entienden o ven como arte? Según Francisco Cosano, profesor de Técnicas Artísticas y Conservación de Bienes Culturales de la Universidad de Córdoba, “la mayoría de las personas lo ven como mobiliario urbano. Todo el campo intelectual va muchos años por delante de la evolución de la sociedad. En ella no se incide mucho en artes plásticas y, por tanto, no está preparada para asimilar estos conceptos. Es más, en el arte tradicional aún hay códigos que la sociedad no posee para interpretarlos, por lo que creo que tiene que pasar mucho tiempo para que los ciudadanos asimilen estas nuevas propuestas que insertan en la urbe o en paisajes naturales”.

Se apropian de ellas

En este sentido, el profesor habla de que algunas obras conceptuales de este tipo, que se integran en la ciudad, acaban siendo una costumbre en el ciudadano. El habitante se familiariza con ellas, pero esta forma de asimilar esas intervenciones acaba considerándolas más como mobiliario que como pieza de arte. Un caso distinto es el del famoso Toro de Osborne, que puede ser ejemplo del reloj de las Tendillas o de lo que ocurra con el burro de El Carpio. “Con el tiempo, esa marca dejó de ser de Osborne y pasó a ser del pueblo. El toro llegó a considerarse patrimonio paisajístico y bien de interés cultural, e imagino que otros elementos como el burro también se convertirán en una seña de identidad. Lo que no sé es el tiempo que tardará en hacerlo”, dice.

Teniendo en cuenta las experiencias vividas con Scarpia, Moreno está seguro de que la gente no tardará tanto en adoptarlo como símbolo artístico. “Si en las Jornadas de Arte Público las apuestas son efímeras y los ciudadanos las asimilan, ésta, que es permanente, más. De hecho en carnavales ya ha habido referencias a la instalación”. Y, al contrario de lo que opina Cosano, de que a la larga es cuando se ven los valores creativos de la pieza, Moreno cuenta que la sociedad es consciente del valor artístico de la obra, “quizás con el tiempo se normalice y pierda fuerza como pieza de arte contemporáneo, pero aún así, en sentido externo, para quienes vengan de paso seguirá teniendo un mensaje artístico”.

En suma, su consideración como obra creativa, antes o después, tiene un carácter y efecto formativo. De hecho, para Serrano, la falseta por soleá del reloj de la Plaza de las Tendillas contribuye a que quienes ronden el centro de la ciudad, escuchen o no flamenco habitualmente, “acostumbren al oído y se conciencie sobre esa música”. Algo que Cosano comparte al cien por cien. “Si una imagen se convierte en un bien cultural, nos hemos educado respecto al mismo. Además, son elementos de lo cotidiano – entre los que también se encuentra la arquitectura– con valores artísticos que conviven y dialogan con nosotros, y por ese camino sí que educan. Otra cosa es el grado en que forman en arte, que yo no lo tengo muy elevado, porque la sociedad necesita muchos años aún para interpretar nuevos códigos de la creatividad, pero sí que contribuyen a la formación en ella. Eso sí, las instituciones también tienen que tener en cuenta que para ello todo no es bueno”, termina.


PUNTO DE ATENCIÓN

Escasa política educativa


Una de las razones por las que la sociedad en general necesita más tiempo que el campo intelectual para entender e interpretar las propuestas de arte contemporáneo es la falta de formación en este área que existe en la educación obligatoria. “En la estructura educativa se está desligando cada vez más la cultura artística. No sé si es porque a la política no le interesa, pero, si hubo un ascenso de esta materia en los planes de estudio, desde hace un tiempo para acá hay un declinar de su enseñanza en el sistema educativo”, comenta Francisco Cosano, que ha tenido experiencia como profesor de dibujo en centros de educación secundaria.

Ante este panorama, al historiador del Arte le parece fundamental y beneficioso que exista una oferta cultural en la ciudad que incida sobre el arte contemporáneo y contribuya, aunque sea de manera lenta o en un grado menor, a la formación de los ciudadanos. Ahora bien, aquí Cosano también cree importante manifestar que todo no vale. “Dentro de las instituciones hay personas con determinada formación y otras que no la tienen, y entonces priman otros intereses. Posiblemente, la vanguardia no esté en lo que consideren moderno, y potencien y subvencionen cosas que, verdaderamente, dejan mucho que desear. Es una crítica y autocrítica, pues determinados sectores de la sociedad, como el de los medios de comunicación o, el mío, el del arte, tenemos que hacer criba ante estas aportaciones”, señala el profesor.


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jueves, 4 de marzo de 2010

LA LUNA ES UNA AUSENCIA




La luna es una ausencia
de cuerpos en la nieve;
el mar, la afirmación
de lo total presente.
¡Adios, pájaros altos,
instantes que no vuelven!
¡Cuánto amor en la tarde
que se me va y se pierde!
El mar de puro ser
se está quedando inerte.

¡Ser mar! ¡Ser sólo mar!
Lo quieto en lo presente.
Y no luna sin sangre,
blanco abstracto hacia la muerte,
máscara del silencio,
teoría de nieve.
¡Ser mar! ¡Ser sólo mar!
¡Mar total en presente!

Gabriel Celaya (1935)

ELEGÍA

Yo he intentado siempre saltar al vacío
una mínima miseria,
nada
porque es algo que existe pese a todo,
nada,
el resto de un amor, de una existencia,
nada,
lo que uno trataba de alzar hasta la gloria,
la luz real que adoraba,
pero nada, no era nada


Gabriel Celaya (1986)

martes, 2 de marzo de 2010

DEL ABRAZAMOZAS, EL DUENDE MARTÍN Y OTRAS LEYENDAS

PATRIMONIO CULTURAS 26


La ciudad está llena de historias legendarias que, basadas o no en hechos reales, permiten conocer el patrimonio de la ciudad, más allá de los datos históricos, y logran despertar el interés de quienes las escuchan

Sara Arguijo Escalante

s.arguijo@lacalledecordoba.com



Fantasmas de los que aún se pueden oír gritos agónicos, túneles subterráneos todavía por descubrir, imágenes y aguas milagrosas, casas encantadas, calles que esconden sucesos sorprendentes... Córdoba está llena de leyendas y mitos desconocidos que, basados en hechos reales o no, forman parte de la tradición oral y ayudan a entender la historia y el patrimonio histórico de la ciudad, más allá de los datos puramente científicos. Sobre todo, porque no hay que olvidar que, como sostiene José Manuel Cano Mauvesin, autor del libro Córdoba de Leyenda, “estos relatos pueden convertir una calle insulsa en un lugar fascinante”.

Es decir, aunque estas historias se originaron hace cientos de años, conservan intactos todos los ingredientes que contribuyen a despertar el interés de quienes las escuchan por primera vez –“como ocurre cuando se cuenta algo de miedo en un campamento de verano”, define Cano– y por eso, no sólo forman parte del legado de las ciudades sino que además, en ocasiones, hablan lo que las piedras callan.


Historias en el olvido

Sin embargo, lo cierto es que muchas de ellas han ido quedando en el olvido y la mayoría de las veces se quedan fuera de los circuitos turísticos oficiales por el escaso interés de las instituciones en conservarlas, con lo que apenas se divulgan ni aparecen en ninguno de los folletos que se distribuyen en los puntos de información.

Eso pese a que parece que no hay duda de que no es lo mismo –por poner un ejemplo– pasar por la calle Valdés Leal, sin tener ninguna información previa, que hacerlo sabiendo que allí paraba un joven que, aprovechando la estrechez y oscuridad de la zona, abrazaba a todas las mozas que pasaban de noche. Esto fue así hasta que un día, cuenta la leyenda, una de ellas le advirtió que no lo hiciera y cuando éste, sin prestarle atención, la agarró cayó desmayado al percibir que debajo de las ropas sólo había huesos . Desde entonces, este varón, cuya visión todo el mundo atribuyó a los excesos del alcohol, cesó en su tarea y la nombrada calle pasó a conocerse como La calle abrazamozas.

Turistas hartos de cifras

Del mismo modo, seguramente, también se vería con otros ojos el entorno del Palacio de Orive si se conociese la que quizás es la leyenda más famosa en la ciudad que relata el infortunio ocurrido a finales del siglo XVII, cuando vivía en el palacete el corregidor Don Carlos de Ucel, viudo, con su hija Blanca. Según esta historia, el corregidor dio cobijo a unos hebreos, a los que el corregidor dejó dormir en el zaguán pero estos, en vez de dormir, encendieron una vela, rezaron unas oraciones y la tierra se abrió. Tras esto, descendieron por una escalera y regresaron con un cofre lleno de oro. Blanca, que lo vio todo, quiso hacer lo mismo la noche siguiente pero al bajar por las escaleras, la vela se consumió, y la chica se quedó enterrada para siempre sin que por más excavaciones que su padre hizo la pudiera encontrar, se relata. De hecho, dicen que todavía hoy, pueden oírse a través de las paredes los gritos aterrorizados de la joven.

Sin duda, una narración inquietante que, al margen de su rigor histórico, contribuye a sugestionar a un visitante que, al fin y al cabo –dice el también director de proyectos turísticos y gestión cultural–, “se queda siempre más con la anécdota que con el hecho histórico. Es más, a veces es lo primero, lo único de lo que se va a acordar”, sostiene.

Y es que, como también coincide la guía turística y directora de la empresa Gestión Integral de Turismo, Arte y Cultura, Gitac, Inmaculada Lázaro, si algo hay que tener presente es que la magia que envuelve estos relatos puede ser la excusa perfecta para mostrar otra ciudad y, lo más importante, hacerlo de una forma mucho más original y entretenida. En este sentido, como asegura la propia Lázaro, es importante recordar que es imposible que alguien que viene por primera vez pueda asimilar tanta información y, sobre todo, en una ciudad con tanto patrimonio como Córdoba, por lo que “es necesario ofrecer al turista cosas nuevas, diferentes y más vivas. Están hartos de fechas y datos, se cansan y se aburren y, por eso, agradecen estas historias”, dice.

La Ley de las Holgazanas

Así, su empresa oferta desde hace tres años una ruta de las leyendas donde se persigue precisamente utilizar las anécdotas y curiosidades como reclamo y que, por el momento, está siendo todo un éxito. Entre las que más gustan a los visitantes, Lázaro cita dos con base real y, sin embargo, poco conocidas entre los cordobeses, la de que la novia y madre del hijo de Cristóbal Colón fue una cordobesa nacida en Trassiera, Beatriz de Arana y la que protagonizó Isabel la Católica en contra de las mujeres al enterarse de que se reunían en los bancos de los aledaños del Alcázar para verla pasar y comentar lo que hacía o qué ropa vestía.

Concretamente, según relata la entrevistada, a la reina no le sentó muy bien el motivo de estas reuniones e instauró la que se llamó la Ley de las Holgazanas por la que las mujeres perdían todos los derechos, incluso el de heredar cuando se moría su esposo. Al parecer, esta norma quedó vigente hasta que Pepito el Candelero, un hombre humilde que vivía en Santa Marina y que llegó a convertirse en un gran mercader gracias a la ayuda de su esposa en el manejo de las finanzas, se decidió un día a acudir al Alcázar para hablar con el rey de turno y comentarle lo injusto de esta Ley. Entonces, habiendo pasado ya muchos años desde que se instauró, quedó derogada y las cordobesas pudieron recuperar sus derechos
.

¿Ciertas o inventadas?

Claro que estos sucesos no son más que algunos ejemplos de los muchos que oculta Córdoba y que, en la mayoría de los casos tienen en común, como explica Cano, “el partir de una base real que, podría tener una explicación razonable, pero que sirve de origen a la leyenda”. Aún así, también hay otros que son únicamente fruto de la imaginación, o se tratan más bien de fábulas que encierran una moraleja y que servían a modo de advertencia o enseñanza. Del mismo modo, hay relatos que se acercan más a la historia y algunos que siguen siendo misterios por resolver. En este sentido, el propio Cano cuenta que, tras publicar el libro, se puso en contacto con él una señora que había vivido durante años en la llamada Casa del Duende Martín (en el barrio de San Andrés), en la que supuestamente vivía el fantasma de un hombrecillo que aplicaba la justicia del cielo, para confirmarle que en su casa “todos daban la historia como verídica y referían haber tenido algún tipo de experiencia con el duende”.

Un poco de imaginación


En cualquier caso, tal y como coinciden tanto Cano como Lázaro, lo cierto es que todas las leyendas cuentan con la ventaja de permitir combinar al mismo tiempo la visita del patrimonio con el entretenimiento, es decir, “hacer un recorrido por la ciudad, pero desde una perspectiva completamente distinta”. De ahí que, desde el punto de vista de los expertos, sea necesario potenciar estas propuestas que rompen los patrones del turismo clásico, huyen de lo habitual y, tal y como considera el escritor, pueden servir incluso para atraer otro tipo de turismo “que no quiere esperar la misma cola que todo el mundo para ver lo mismo que todo el mundo sino que quiere hacer algo especial”.

En otras palabras, se trata de aprovechar el poder de fascinación que estos relatos genera en los visitantes y hacerlo para que vuelvan con ganas de más. “Es hora de tener una visión comercial más amplia”, apunta Lázaro. Una visión que pasa por hacer ver a quienes acuden a Córdoba que su legado no se compone sólo de piedras estáticas sino que éstas tienen mucho que decir. Por eso, el escritor apuesta por hacer creer a los turistas que “son unos privilegiados, que están viendo algo que normalmente no se ve, o que están conociendo una historia que nadie conoce”.

Todo porque, en definitiva, de lo que se trata es de aprovechar el rastro y la huella de las civilizaciones en toda su amplitud. Esto y dejarle un hueco a la imaginación, claro.



PUNTO DE ATENCIÓN

Curiosidades a la vista de todos

Las historias de las ciudades muchas veces son desconocidas hasta por sus propios habitantes. El hecho de que existan pocos documentos al respecto o de que hayan sido minusvaloradas por su poco rigor hace que se hayan ido olvidando e incluso desapareciendo. Sin embargo, este tipo de mitos, leyendas y curiosidades siguen sucediéndose con los años.

Así, quizás, ahora pocos conozcan que Isabel la Católica mandó retirar la noria de la Albolafia porque no soportaba el ruido, o que la cabeza del Gran Capitán era en realidad el busto del torero Lagartijo. Pero a lo mejor sí hay cordobeses que recuerdan que fue la cafetería París (en Cruz Conde) la primera que escandalizó por contar con señoritas camareras o que en la calle Gondomar aún se conservan negocios tradicionales como la óptica Fragero (fundada en 1902 por Agustín y heredada por su hijo Pepito al que llamaban el caballero de la noche porque era cuando salía con su inseparable perra Piñonera) o la casa Rusi, que conserva las plantillas de los sombreros de Cantinflas o Manolete.



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