lunes, 4 de abril de 2022

EN SAN ANDRÉS – TRADICIÓN CORDOBESA

 

EN SAN ANDRÉS – TRADICIÓN CORDOBESA


Los marmolejos era el nombre con se conocía en el siglo XVII el ensanche de la calle del Ayuntamiento en donde desembocan las de la Librería y de la Espartería desde tiempo antiguos y hoy también la de Claudio Marcelo recientemente abierta. La antigua portería del convento de San Pablo, se llamaba entonces como ahora El Galápago, y junto a ella, enfrente de las casas de la Ciudad, había una tienda de alfayate, nombre con que los sastres eran por aquellos años conocidos. Todo este sitio pertenecía a la collación de San Andrés.

Era una hermosa mañana de abril, y en los Marmolejos se advertía alegre y bulliciosa animación. Buen golpe de hortelanas tenían establecidos allí sus puestos y vendían flores; muchas mujeres con la cesta al brazo compraban hortalizas; muchas tapadas damas, la más dueñas, las otras recatadas doncellas, compraban rosas y claveles y apuestos caballeros las cortejaban y regalaban de paso. Todo era bulla, animación y contento. Hoy, en las primeras horas de la mañana, el Salvador y el Ayuntamiento, también se encuentran engalanados de flores, también concurridos y tampoco faltan algunas bonitas cordobesas madrugadoras, que, dicho sea de paso, son bonitas las hijas de esa hermosa y privilegiada ciudad de España, en otro tiempo su corte y su emporio.

De improviso un gran movimiento de gente ocurre, junto a la tienda del alfayate: quien teme un motín y huye despavorido; quien, más curioso, acude apresurado a averiguar la razón. Los veinticuatros encargados de la tasa, se acercan seguidos de alguaciles y de corchetes y todo es confusión y desorden. Del grupo sale un hombre que corre a escape, llevando en la diestra ensangrentado puñal. Tras él parte toda una trailla de sabuesos de la justicia tratando de darle alcance, y entonces la gente se entera de que se ha cometido un asesinato. En el portal de la tienda yace exánime el alfayate García; tiene en el pecho una herida ancha y profunda de la que la sangre se escapa a borbotones. Aún no ha expirado. De la iglesia más próxima acude el viático, lo recibe y muere. El asesino perseguido por lo corchetes escapa de las manos de la justicia, tomando iglesia en la de San Andrés. Por esta vez, como tantas otras, el criminal ha quedado impune.

Así era la antigua justicia. La iglesia era un asilo hasta para los condenados, a quienes las mismas leyes eclesiásticas destinan el fuego de los hornillos eternos.

La vivienda del sastre no tenía otras habitaciones que el portal, una sala arriba y una cocina miserable. El muerto no podía permanecer en la casa y fue conducido al depósito, entonces existente, y aún algunas veces hoy, en las iglesias en donde también estaba el cementerio. Por esta razón, vino a darse el extraño caso de que asesino y victima tuvieran el mismo refugio: el sagrado del templo. El uno para reposar en él eternamente; el otro, quien sabía el destino que le aguardaba en la vida.


La parroquia de San Andrés conservaba aún su primitiva forma latino-bizantina. No era tan grande como en la actualidad, pero sí más severa y grandiosa. Tres naves altas flanqueadas de fuertes pilares moldurados a semejanza de haces de cañas, formaban el sagrado recinto; sobre los pilares había capiteles en que alternaban como adornos hojas grandes y caprichosas y toscas y desmedidas cabezas de monstruos, endriagos y jimios. Después se levantaban en el ábside las robustas bóvedas festoneadas de nervios y en el cuerpo de la iglesia los artesonados más altos en la central que en las laterales naves. Desprovista del encalado que hoy la afea, estaba al descubierto la cantería de los muros ennegrecida por el incienso y las luces en el transcurso de su existencia de muchos siglos. Al fondo de la iglesia estaba el severo altar de batea con pinturas en tabla del siglo XV. Ocupaba el lugar que hoy el sagrario, y era el mismo que los que hayan visitado la sacristía habrán admirado como una joya del arte español, de los últimos tiempos del período ojival. Tampoco faltaban en la iglesia santos enanos y deformes, colocados en ménsulas y bajo caladas humbelas, ventanas ojivales, que con sus vidrios de colores, interrumpían los rayos de sol al penetrar en las naves dando a estas aspecto más sombrío y misterioso, y tal vez sepulcros donde, bien en yacentes estatuas, bien en orantes bultos, estuviesen representados afamados guerreros cordobeses y respetables damas de venerables tocas.

Tal era el lugar a donde se acogió el asesino huyendo de la justicia. En el centro del templo, sobre una mesa cubierta de negro paño, fue depositado el cadáver del sastre. Era una estatua más que venia por una noche a hacer compañía a las otras estatuas sepulcrales; pero ésta para el matador era más adusta y más respetable que las de aquellos antiguos infanzones, solo vencidos por la muerte, nunca por el brazo armado del enemigo.

Todo el día estuvieron abiertas las puertas del templo, sin que faltara gente en él. Así es que, Luis el asesino, no se encontró a solas con su víctima, puede decirse que ni un momento. Todo el día vagó de altar en altar, de capilla en capilla y de banco en banco, aquí dormitando, rezando allá y siempre combatido por su pensamiento en donde se mostraba clara y definida la imagen del crimen con su horripilante aspecto, con toda la negrura y tristeza que viste a la idea del mal realizado e irremediable, el deseo de la reparación y la impotencia contra los hechos consumados. El remordimiento, ese torcedor implacable del alma, había hecho ya presa en la conciencia del desgraciado criminal. Así pasó el día; la tarde fue declinando, el sol que penetraba por las pintadas vidrieras fue tendiendo sus rayos cada vez menos oblicuos; en un momento llegaron a estar horizontales, después volvieron a su inclinación, pero en sentido inverso; finalmente iluminaron breve tiempo los nervios de la bóveda y los alfarges del artesonado y desaparecieron por aquel día. Entre tanto las sombras; pareciendo como que se lanzaban a la vida saliendo de los panteones y los sepulcros, semejando girones de gasas transparentes primero, después densas, se fueron levantando del suelo, elevándose en los espacios y llenándolo todo. Sin embargo, la oscuridad no era completa. En el espacio estaba trabada una lucha porfiada y tenaz, las sombras luchaban por dominar, las lamparillas de los altares por sublevarse contra su reinado.. De aquí resultaba ese ir y venir incesante de masas opacas y de vislumbres brillantes que se observa en las catedrales a media noche, ese agrandarse de los arcos y de los muros, ese temblar de los santos sobre su ménsulas de piedra y esas mil visiones que se creen ver en la sombra cuando no es completa, y sobre todo cuando la luz oscila. La onda luminosa varia su marcha a cada oscilación de la luz; esto es todo, pero la imaginación lo abulta y lo embellece.



Aún penetraban por las ojivas los últimos resplandores del crepúsculo bañando los muros más cercanos de pálida y azulada luz, cuando el sacristán fue a cerrar las puertas de la iglesia. Después de esto hecho, al marcharse a sus habitaciones se acercó a Luis, y le invitó a pasar la noche en su compañía. El muerto en aquel lugar y a aquellas horas, no le parecía al sacristán el más agradable acompañamiento. Pero Luis, rehusó. Tenía miedo a la justicia de los hombres y no se creía cubierto de sus pesquisas en habitaciones que no estaban garantizadas como sagradas para la ley. El sacristán entonces se encogió de hombros y murmurando apenas un «buenas noches,» salió de la iglesia cerrando la puerta tras de sí. En aquel momento se encontraron solos y frente a frente muerto y matador.

Pensó Luis, desde luego en dormir. El sueño es un estado semejante a la muerte. Durante él se olvida, y el pobre asesino necesitaba olvidar. Pero no era aquella noche para el reposo. Al derredor de Luis, se habían reunido unos cuantos inseparables compañeros de todo el que sufre con el recuerdo de un crímen. Eran el espanto, el remordimiento, la vacilación, el miedo, la amargura, todos los roedores del alma que celebraban en torno de precito, danza infernal e incomprensible. Él no podía verlos pero los sentía; adivinaba sus ojos que lo miraban, sus manos acariciándolo, los besos con que se gozaban al estamparlos en la ardorosa frente de su victima. Estaban allí y dispuestos a torturarlo sin descanso y sin compasión.

Y persistió en dormir, pero aunque cerraba sus ojos no podía cerrar los del alma, aunque yacía en la inacción, no estaba inactivo sino agitado su pensamiento, y así fue recorriendo todos los lugares de la iglesia. En tanto se acurrucaba al pie de un altar o en el rincón de una capilla, en tanto se recostaba en un confesionario, ya se sentaba entre dos sepulcros, ya se acostaba en el suelo sobre una alfombra sirviéndole de almohada los escalones del presbiterio. En ningún lugar estaba bien y así andaba errante de una parte a otra, a favor de las lámparas de las capillas, y ocultándose el rostro pasaba ante el muerto por no verlo ni adivinarlo siquiera.

En este incesante ir y venir y siempre pensando en el asesinato cometido y en la muerte y el tormento que le aguardaban, empezó a alterarse su imaginación. Varias veces creyó oír su nombre pronunciado por el sastre tal vez, otras creía escuchar ruido de armas, que se abrían las puertas y hasta veía las luces de las linternas de la ronda. Ora se paraba contemplando un santo y le parecía verlo oscilar y moverse, ora al caminar se detenía sobresaltado creyendo que ante sus pies se abría una fosa y se alzaba de ella descarnado esqueleto y en raudo torbellino giraban en torno suyo altares, machones, santos, estatuas sepulcrales, toda la iglesia.

Pero aún había alguna cosa que no se movía; el cadáver del sastre y se movió. En una de la veces en que Luis, desencajados los ojos, el pelo erizado, las piernas sin fuerzas para sostenerlo, todo tembloroso se apoyaba en uno de los pilares para descansar de aquel infernal martirio, alargó la cabeza muy despacio y quedo a ver si el muerto dormía aún sobre su tumba, y cual no sería su espanto cuando vio que con el mismo cuidado de no producir sonidos, el muerto se incorporaba apoyado en ambas manos; sacaba, uno primero y luego otro; los pies del ataúd; se sentaba en el borde de la mesa; muy quedito se deslizaba hasta el suelo y después enderezaba sus pasos hacia el lugar en que Luis se encontraba.

Helado de terror, mudo, clavado en el pavimento sin acertar a moverse, estuvo un instante viendo acercarse al asesinado; pero cuando ya iba a caer en manos del alfayate, hizo un soberano esfuerzo, se arrancó del pilar en donde estaba como empotrado y echó a correr por la iglesia con todas las fuerzas de que era capaz. Y el muerto corrió también. Uno en pos de otro daban vueltas infinitas y vertiginosas al derredor del templo y solo amenguaba la lucha algunos instantes en que el muerto se detenía y vacilaba, llevaba las manos a su pecho, se abría la herida, brotaba de ella mucha sangre que manchaba las losas del suelo y volvía a correr en pos de su asesino. Y Luis, corría siempre mirando atrás y cada vez era mayor su angustia pensando que perdía las fuerzas e iba a caer al fin y al cabo en las manos de su perseguidor.

Una de las veces que paso corriendo por delante de la puerta del campanario, vio que estaba abierta; entonces cambiaron de rumbo sus ideas y buscó la salvación en aquella escalera. La subió a saltos descomunales y llegó arriba; allí las frescas brisas de la noche, acariciaron su frente y respiró mejorado de su cruel martirio. Se creyó libre, pero desde lo alto miró al fondo y entonces aumentó su desesperación y entonces aumentó su desesperación por que allí no había salida, y el muerto montaba lentamente y uno a uno los peldaños de la escalera. ¿Qué hacer en situación tan angustiosa? Hacia la torres subía el muerto, fuera de la torre estaba la muerte aguardando sobre el empedrado de la desierta plaza.

Había que tomar una determinación pronta, pero siempre terrible: o arrojarse a la calle y en tal caso era segura la muerte o dejarse alcanzar por el sastre y entonces, quién sabe la suerte que aguardaría al desgraciado; pero la casualidad le deparó otro medio que aprovechó al punto. Había en el suelo una cuerda. La ató a uno de los balaustres que decoraban el campanario, y poco a poco se deslizó; la fatalidad perseguía a Luis, la cuerda no era tan larga que le permitiera descender hasta el piso, faltaban aun alguna varas para llegar. Luis quedó asido a la punta balanceándose en el espacio. La luna que antes estaba oculta por unas blancas nubes, había salido de detrás de ellas e iluminaba la escena. El asesino estaba en esta posición difícil de sostener mucho tiempo, y pensando acaso en volver al sagrado asilo, cuando miró a lo alto y nuevamente tembló de pies a cabeza. El muerto se asomaba por encima de la balaustrada; así que pareció convencido de que Luis estaba allí, saltó fuera de la torre, se asió a la cuerda y comenzó a bajar. Ya no había salvación. El asesino perdió las pocas fuerzas que le quedaban, abrió las manos, acaso para implorar perdón, y cayó a la plaza en donde quedó tendido y maltrecho. Un momento después pasaba una ronda, vio un bulto, se acercó a reconocerle, halló al criminal y dio con sus huesos en la cárcel pública a disposición de la justicia ordinaria y amenazando a la garganta de Luis, el dogal del verdugo.

Al día siguiente el obispo reclamó el preso como aprendido en lugar sagrado, pretestando que formaba parte del templo la lonja que entonces había y en donde se le encontró. El corregidor se negó a entregarlo, aduciendo que fuera de los muros de la iglesia no alcanzaba



el derecho de asilo. Entablada la competencia, ambas autoridades reclamaron al rey y asu real consejo. Y pasó mucho tiempo sin que S,M, contestara y hasta ignoramos si contestó. Pero el corregidor terminó la causa, sentenció a Luis y después de ahorcado colocó su cuerpo exánime en una sepultura donde pudiera descansar y aguardar el favorable real fallo.


Toledo 28 de julio de 1887


CUENTOS Y TRADICIONES ( DON RAFAEL RAMÍREZ ARELLANO )



miércoles, 16 de marzo de 2022

EL ALMA EN PENA DE DON JULIÁN (LEYENDA POPULAR)

 

En la ciudad de Córdoba, había un lagarero honrado, que estaba en la sierra, «gente», pidió a los guardas de la Puerta del Rincón que le abriesen la puerta, porque tenía mucho que hacer en su lagar. Por ser muy conocido y amigo de todos, lo hicieron.

Iba con su caballo y lanza, y enllegando a la puerta del Convento de la Merced, que está en el campo buen trecho de los muros, le habló un hombre que estaba a caballo y le dijo:

- Hidalgo, lléguese acá y hablemos un poco, que es muy temprano y no han dado las doce, y yo también tengo que negociar, y en dándolas, luego nos iremos.

Espantado el lagarero que fuese tan temprano, se allegó donde estaba el caballero y comenzaron a tratar de la sierra de Córdoba y de su fertilidad. Preguntóle si había todavía jardínes y naranjales y si había todavía las acequias de agua clara que en sus tiempos, porque al gusto de hombres discretos no había semejante fertilidad en el mundo. A esto le respondió el lagarero:

-Señor, parte de eso ha quedado, pero va todo de caída porque las alcabalas son tantas que los esquilmos no llegan, y así se va perdiendo todo. Si no no son las heredades de mayorazgos y canónigos, que tienen renta, no hay otra cosa lucida ni bien tratada; los demás, todos se van perdiendo.

-Es así – dijo el lagarero - ; nada va en aumento antes, en los pocos años que tengo, echo de ver que se caen edificios que honraban esta ciudad y, como he dicho, aún son tantos los gastos y la carestía de las cosas que harto se hace en vivir.

A esto dio el caballero un gran suspiro y dijo:

- ¡Qué florida vide yo esta ciudad y qué de gente principal vivía en ella! ¡Qué de fiestas, qué de toros, qué de ejercicios de armas, qué de conformidad de chicos y grandes! Y era tanta la grandeza de esta ciudad que, en dando la oración, se encendía lumbre desde el Potro hasta los puentes de Alcolea y se comunicaba toda la gente y se iban paseando de una parte a otra.

A esto respondió el lagarero:

-¡Vale Dios, señor! ¿tan viejo sois?

-Sí soy- respondió -, porque soy aquel desventurado don Julián por quien se perdió España, y estoy padeciendo tormentos increibles en el infierno.

Y diciendo esto, dio un estampido terrible y desapareció, dejando malísimo hedor, tanto que el pobre hombre, del espanto y hedor, pensó expirar.

Y en esto dio el reloj las doce, y el pobre lagarero se volvió a su casa, y dentro de cuatro días que esto pasó,murió, habiéndolo contado delante de muchas personas, y a mí me lo contó un sobrino suyo que se lo oyó decir y estuvo a su cabecera a la hora de la muerte, y se llamaba Baltasar de Ahumada.

Heme alegrado de haber oído este tan admirable caso que le sucedió a ese hidalgo de Córdoba, y porque viene a propósito y es en la misma materia de don Julián, os contaré lo que me dijo Morales, alguacil de Córdoba, que le había a él sucedido yendo a los Pedroches a una comisión; y es de esta suerte:

Este alguacil Morales iba a los Pedroches con una comisión y, pérdido el camino por mitad de aquella sierra, fue a dar a un colmenar donde estaba un hombre con su mujer. Luego que lo vieron los colmeneros, se quedaron espantados de ver venir aquel hombre porque, fuera de los señores del colmenar, jamás habían visto a otro hombre sino a él.

Preguntándole a qué venía por aquellas sierras, respondió:

- Yo voy a los Pedroches y perdí el camino y, en más de cuatro leguas que he andado, no he hallado persona humana a quien preguntar y así le pido, por amor de Dios, me cojan aquí esta noche porque venimos yo y la mula hechos mil pedazos.

Dijo el colmenero:

- Señor, yo no tengo grano de cebada ni paja para la mula ni cama para vuesa merced, y fuera de esto, os aviso que, si sois hombre temeroso, os moriréis de espanto viendo y oyendo lo que pasa aquí cerca de esa choza.

Díjole el alguacil que qué era lo que pasaba.

-Un tiro de escopeta -dijo el colmenero -está una fortaleza que dicen que fue de don Julián; y todas las noches del mundo, en siendo la media noche, son tantos los gritos y alborotos, llamas de fuego y cadenas que se oyen que es milagro vivir nosotros aquí; y así los señores de estas colmenas, cuando las vienen a ver, vienen temprano y se vuelven a dormir a su casa.

-Pues¿cómo están aquí y tienen estas colmenas dijo el alguacil- pasando estas cosas que decís?

-A eso respondo que es un sitio tan bueno y de tan buen temple que todo el año hay flores, y está muy lindo y hermoso el campo, donde las abejas tienen muy buen pasto con que se coge gran cantidad de miel y de cera.

-¿Y aquí hay otros ganados? -preguntó el alguacil.

-No señor, porque algunos que han traído, en viniendo la noche y oyendo el estruendo y gritería, quedan tan amedrentados que no hay quien los haga parar aquí.

-¿Y cómo pasan todo el año en este desierto sin oír misa ni sermón?

-Señor, el mucho interese que hallamos nos hace estar en esta incomodidad.

Al fin, él les dijo que determinaba quedarse allí aquella nocheo, aunque no hubiese qué comer, porque quería ver si era verdad todo lo que lo habían dicho. Pidió que le dieran por sus dineros cuatro panes para su mula, y él cenó con los colmeneros una buena olla de venado y puerco jabalí, y le acomodaron en una cama de retamas y rogóle al colmenero le avisase cuando sintiese el alboroto y ruido.

Con esto se durmió por venir cansado y, venida la media noche, comenzaron aquellos espíritus condenados a dar tales voces y hacer tal ruido que parecía que los infiernos se habían despoblado. Repetían muchas voces:

-¡Conde don Julián, mirá que es ya hora! ¡Vengan los pájaros, vengan los lebreles, vengan los sabuesos con todos los demás aparejos de caza! ¡Ea, criados; ea, maestresalas, aderezad lo que ha de comer el Conde don Julián; esté todo aderezado, no haya falta en nada; miren que viene!

Y diciendo esto, se oían unos gemidos tan dolorosos que retumbaban en toda aquella montaña.

-¡Ay! decía aquel desventurado don Julián -, ¡ay que me abraso! ¡ay que no tengo esperanza de salir de esta pena!, ¡malditos sean mis pensamientos y gustos! ¿De qué me sirvió ser poderoso en el mundo sino de condenarme? ¡Ay que me abraso!

A todo esto estuvo despierto el alguacil y, con ser un hombre valiente y de la hampa, estuvo hincado de rodillas pidiéndole a Dios perdón de sus pecados y esfuerzo para salir de aquel lugar, prometiendo de ser bueno de allí adelante.

Finalmente, con la turbación que tenía, no sabía si estaba en cielo o en tierra.

Duró este estruendo por espacio de una hora, desapareció todo, quedando la noche serena como de antes, y el pobre alguacil quedó tan desvelado que no pudo más dormir ni volver en sí en hartos días. Después que amaneció, le rogó al huésped que fuesen a la fortaleza, que la quería ver; díjole que llevase la escopeta cargada, porque la casa es habitación de bestias fieras.

Díjome después este alguacil que era la fortaleza, muestra de grandeza de aquellos tiempos, una fortaleza inexpugnable, con muchos torreones, y a los lados sus aljibes para agua, con todas las demás cosas que honran una fortaleza. Hallaron en la casa muchos jabalíes, cuatro osos y gran multitud de lobos, gran cantidad de zorros y otros animales nunca vistos, los cuales salieron huyendo cuando oyeron gente.

La vista que se ve desde la fortaleza es muy larga y apacible, y se alegró el alguacil de haberse perdido por haber visto lo que vio y oyó. Todo lo cual lo contó en Córdoba a cuantos se lo preguntaban.

Al fin, el buen Morales se quitó de alguacilerías y de todo lo demás que le podía ser ocasión de ofender a Dios, a quien de allí adelante procuró servir como buen cristiano, con mucho ejemplo de los que le concían, que daban gracias a Dios viendo esta mudanza.


Fuente: Leyendas Populares y literarias de Andalucía (Ed.Almuzara 2006)

MIGUEL DELIBES ( EL TRASLADO )

Para él, el traslado suponía bien poco. Después de todo, nada significaba que en vez de pasar las angustias y sordideces de la vida en Salamanca hubiera de pasarlas en Santander, y, al fin de cuentas, su naturaleza catarrosa, y su estreñimiento crónico, y su reuma poco iban a ganar con las humedades y las brisas del Cantábrico. ¿Que aquello era un cambio? Bien; ya lo sabía. Pero no todos los cambios envuelven una alegría ni tan siquiera una esperanza.

Su mujer opinaba de distinta manera. Claro que cada cual es como es. Para Felisa, el traslado era algo así como una liberación, como un tránsito de la miseria a la holgura, de la sombra a la luz. Aunque Felisa nunca aclarase de que iba a liberarse ni qué holgura ni qué luces pensaba encontrar en Santander. « Por de pronto – decía ella – no hay quien nos quite el veraneo gratis, y, además, malo será que no salte por ahí un primo que nos alquile unas habitaciones para julio y agosto por el doble de lo que nosotros paguemos por la casa todo el año. Pero sobre todo – añadía - , los chicos tomarán sus baños de mar, y es más que seguro que, con ellos, el raquitismo de Ramonín se lo lleve el diablo.»

También los chicos estaban contentos con el traslado. Ellos creían, un poco bobamente, que irse a Santander, un puerto de mar, suponía estarse holgando en taparrabos de sol a sol, disponer de una piragua a voluntad para hacer músculo y darse cada mañana una tripada de mariscos después del chapuzón. Ellos no sospechaban que en Santander las cosas seguirían, más o menos como en Salamanca, con un poquitín más de mar y un poquito menos de piedras arcaicas, con la particularidad de que tendrían que reforzarles las suelas de los zapatos para preservar los pies de la humedad, El cambio no era muy ventajoso que digamos para nadie, y menos para él, para su constitución endeble, y su afección catarrosa, y su estreñimiento crónico, y su reuma. Exactamente, el traslado no era otra cosa que trocar una angustia y una monotonía de tierra adentro por una angustia y una monotonía de litoral.

Pero lo peor no era eso. Lo peor era tener que bracear todo el día de Dios contra el entusiasmo infundado de la familia y tener que pechar con el banquete de despedida, como si su marcha fuese a dejar allí una huella para alguien, o un pobre rastro, o un mal recuerdo, o una nostalgia. Lo peor era eso; que se emperrasen en hacerle creer que le iban a echar de menos, que Blas era en Salamanca algo así como su Plaza Mayor, una cosa fundamental. ¿Por qué el diablo se entretiene siempre enredando las cosas de los más tontos? Porque, a fin de cuentas, vamos a ver, ¿quién era él? ¿No era el más nulo, el más insignificante, el más necio y el más atolondrado de todos? Entonces, ¿a qué esos aspavientos, esos condescendientes abrazos, ese tumultuoso adiós? ¿Era que verdaderamente iban a echarle de menos a Blas en la oficina? ¿Qué les importaba a ellos que a Blas le sustituyese Pedro? ¿Qué ganaban o que perdían con el cambio? ¿No eran cabalmente, uno y otro, dos ceros a la izquierda, un par de minúsculos tornillos del enorme mecanismo? Pero no. Al parecer, las idas y las venidas, en estos tiempos, habían que impregnarlas de una afectuosa agresividad. De otro modo, resultaban insulsas, insípidas y vacías. ¡Con lo que él amaba la tranquilidad y el silencio!

Lo de Felisa ya no tenía remedio. El se había casado con una forma apetecible de mujer. Nada más. Si ahora resultaba chinchorrera, puntillosa y charlatana, él se lo había ganado por no haber indagado a tiempo qué es lo que tenía dentro aquella forma apetitosa de mujer. El pecado estaba en no reparar los veintitrés años en lo que el cerebro de las mujeres, y el corazón de las mujeres, y la boca de las mujeres guardan dentro. Aunque, al fin y a la postre, tampoco Felisa fue mala con él, y la había dado seis hijos , y los había criado a sus pechos y él no era justo ni razonable quejándose interiormente de Felisa ahora, cuando por tener seis hijos y criarlos a sus pechos había perdido su apetecible forma de mujer. Y si ahora él iba al banquete tan tieso y tan satisfecho, embutido en su camisita de popelín blanco, con el cuello almidonado, a Felisa se lo debía; a la Felisa de ahora, locuaz, puntillosa y chinchorrera, y no a la antigua forma apetecible de mujer. Luego Felisa no era tan mala, ni él era justo antes insultándola y menospreciándola para sus adentros.

Y al entrar en el salón de bajo techo, con el olor de la comida agarrado a los baldosines y al yeso de las paredes, y casi todas las sillas ocupadas por sus superiores, esperándole, se sentía menos cohibido al notar en el pescuezo la presión de la camisa almidonada de popelín. Y casi le dieron ganas de llorar al pensar en Felisa, en lo injusto que acababa de ser con ella. Pero se sentó, después de saludar, en la silla de al lado de don León, el director. Y casi antes de darse cuenta, se vio comiendo y bebiendo entre una barahúnda de órdenes del jefe de cocina y conversaciones entrecruzadas, y chasquidos de loza y cubiertos resonantes, y la mirada, con un desesperante matiz conmiserativo, del camarero que le servía y que parecía decirle «Ea, Blas, come, hínchate y déjate de finuras. Llena tu estómago por una vez en la vida; no pierdas la oportunidad.» Bueno, la mirada del camarero podía indicar eso y podía indicar otra cosa. El no lo sabía. Acaso lo estaba interpretando maliciosamente. Ahora, sí. Ahora le daban un codazo a mano izquierda y alguien decía: « En Corea se juega el mundo el ser o no ser.» Y siguió comiendo sin mirar a los lados, no por voracidad, sino porque le violentaba levantar los ojos y sorprender el movimiento feroz de aquellas treintena de mandíbulas; las miradas ávidas en los platos, que se vaciaban apresuradamente; las copas con vinos de tres colores, y pensar que todo aquello se movía y prosperaba gracias a su traslado a Santander, gracias al traslado del hombre más oscuro e inútil de toda la oficina.
Para no pensar en ello, Blas repitió: «Estamos sobre un volcán.» No sabía a punto fijo qué era un volcán, pero sospechaba que estar sobre un volcán era correr un riesgo inminente de cataclismo. Ignoraba de dónde salían las voces y a quiénes iban dirigidas, pero él contestaba a todo cuanto capturaban sus oídos, sin parar mientes en la impersonalidad de las palabras y de las frases. A mano derecha, alguien dijo: «Para suerte, la de ese industrial de Albacete, ¿eh? Las seis series. Eso es saber jugar a la lotería.» Y sintió que él gritaba y dijo: «A mí jamás me ha tocado ni un reintegro.»

De pronto, sin advertir los preliminares, vio a don León de pie, y él, mecánicamente quiso ponerse de pie también, al ver así a su director, y sólo permaneció sentado gracias a un esfuerzo improbo de su voluntad. En torno a don León se extendió un siseo acuciante, que en algunos pretendía ser meritorio, como si realmente valiese la pena hacer un huequesito para la voz del director. Blas notó ahora que don León hablaba de él, y un tanto confundido, comenzó a hacer bolitas y bolitas con un pedazo de pan sobrante. Don León vino a decir que «durante treinta años había sido un sumiso y fiel burro de carga, y que por eso hoy le convidaban a comer». Le aplaudieron a don León y a él le dieron muchas palmaditas afectuosas en la espalda. Luego se levantó don Agapito, que vino a decir «que hoy el mundo era una gran porquería, y que todo en derredor estaba podrido, y que todo era interés personal y egoísmo y carnalidad, y que sólo ellos eran buenos y caritativos, y también Blas era bueno y lo había sido siempre, y por eso le convidaban a comer».

Blas se hallaba cada vez más aturdido. Lo que él hiciera en la vida no valía la pena, y lo mismito pensaba seguir haciendo en Santander ahora que lo trasladaban allí, Miró distraídamente a las bolitas que había ido amasando durante los discursos, y que ahora negreaban sobre la albura del mantel, y las contempló con una mezcla de orgullo e irritación, como una gallina al huevo recién puesto, Súbitamente experimentó un vértigo al oír que alguien decía fuerte:«¡ Qué hable Blas!» no había pensado en esta contingencia, y ahora, al hacerlo por primera vez, notó que algo se desplomaba sobre él sin remedio, que no podría salir de allí son soltar un discurso. «¡ Dios mío – se dijo-, a mí que nunca me gustó llamar la atención de nadie… Todos lo pueden decir que yo nunca quise figurar, y cuando… Y ahora, tendré que hablar a don León y a don Agapito, y a todas estas personalidades…. ¿ Es posible, Señor -pensó de repente- , que todas estas personas se hayan reunido por afecto a mí…?» Los rostros de los comensales se le diluyeron en una niebla mareante, y advirtió, sin poder impedirlo, que sus ojos se cargaban de lágrimas. Pero notó también, claramente, que no podría salir de allí sin soltar el discursito, y quiso pedirles de rodillas que le disculpasen de este deber, que hablase otro cualquiera por él. Presintió el tartajeo de su voz y su accionar desmanotado y torpe, y se miró por dentro y se encontró vacío de ideas y de conceptos y de palabras. Pero la voz volvió a insistir implacable: «¡Que hable Blas!», y otras voces le apoyaron y varias manos se juntaron aplaudiendo. «Vamos, Blas, díganos usted algo», le dijo don León a su lado, dándole en la espalda amablemente. Uno de los jóvenes y despreocupados auxiliares se río -¡ ji,ji, ji !- en un extremo de la mesa al ponerse Blas de pie, y a éste le pareció que le faltaba suelo estable donde pisar y mantenerse. Otro se rió -¡ jo, jo, jo!- en otro extremo de la mesa. Era otro auxiliar. Y Blas estaba ya en pie y no acertaba a decir nada porque le envaraba la conciencia de que era el más torpe de todos, el más ignorante de todos y el más despreciable, absurdo y ridículo de todos. Y cuando quiso empezar, sus labios se movieron hacia arriba y hacia abajo y para los lados, pero no emitió voz alguna, y un auxiliar se río -¡ji, ji, ji!- en un extremo de la mesa, y otro auxiliar también se rió -¡jo, jo, jo!- en el extremo opuesto, y entonces Blas vaciló y se encorvó por el estómago, donde le pareció que los ordubres finos, los huevos a la cardinal, la langosta Savoy con salsa tártara y el pollo glaseado con las legumbres del tiempo se ponían de pie y le punzaban las vísceras cargadas con una obstinación diabólica. La ofuscación le obstruía el raciocinio. Quiso empezar diciendo: «Nos hemos reunido hoy...», pero no pasó de «Nos...», que repitió hasta cinco veces, en tono cada vez más mortecino. La cabeza giraba sobre su cuello y se le antojaba que don León cambiaba de sitio constantemente, y que lo ojos de todos le dejaban huella en la piel, y que el techo del reservado se ponía a intervalos, vertical y horizontal.
Sintió que ordubres finos, los huevos a la cardinal, la langosta Savoy en salsa tártara y el pollo glaseado con las legumbres del tiempo buscaban con urgencia una salida, y tornó a sonar la risa -¡ji, ji, ji!- de un auxiliar en un extremo de la mesa, y la otra -¡jo, jo, jo!- de otro auxiliar en el extremo opuesto, y entonces Blas se dobló por la cintura, mirando sumisamente al director, y dijo lo único que había sabido decir en treinta años, lo que un día tras otro repitiera en su larga vida de subordinado:

-Con su permiso, don León,

Y salió desalado, escurriéndose por la escalerilla fría, húmeda y angosta de los sótanos. Allí mientras se desahogaba, se le ocurrieron muchas buenas ideas que podía haber expuesto en su discurso frustrado. Y al mirarse los puños de la camisa blanca pensó en Felisa, su mujer, y en los ahorros de ella, malbaratados en una camisa innecesaria, y en los críos, y en su traslado, y en Santander, tal como lo concibiera en su imaginación achatada por la rutina. Y pensó que, después de todo, después de lo que había pensado en su propensión a los catarros, y de su estreñimiento crónico y de su reuma, no le vendría mal cambiar de aires.


MIGUEL DELIBES (1954)


Fuente: Alianza Editorial (Biblioteca Fundamental de Nuestro Tiempo) 1984

domingo, 9 de enero de 2022

Notas cordobesas. Recuerdos del pasado. Vol. 1 (1911). Ricardo de Montis


 LAS GIRAS CAMPESTRES


Aunque no se ha perdido en Córdoba la costumbre de organizar jiras campestres, las que hoy se celebran difieren mucho de las antiguas. En la actualidad las familias que disponen de medios para ello pasan una temporada todos los años en las incomparables huertas de nuestra sierra, y las que no pueden permitirse este lujo se conforman con ir los domingos, un rato por la tarde, al Ventorrillo del Brillante ó a la carretera de Trassierra, lugares que se han convertido hoy en paseos, y solamente la clase obrera suele echar un día de campo o ir de perol, según las frases gráficas, lo cual hacían antiguamente desde la persona mejor acomodada hasta el último trabajador.

El sábado ó la víspera del día festivo preparábase todo lo necesario para la jira; los canastos de las viandas, la esportilla bien repleta de sabrosas aceitunas, la bota del vino, que hoy ha desaparecido por completo, la guitarra, las castañuelas para el baile y la soga larga y resistente para el columpio.



Los muchachos no dormían pensando en la ida de campo. Antes de que amaneciera ya estaban levantados todos los expedicionarios, reflejándose una aleda indescriptible en sus rostros, y apenas se divisaba la primera claridad del alba emprendían el camino de la sierra, las mujeres cargadas con los cestos, los mozos llevando la guitarra, la bota y el frasco del aguardiente, y los hombres de más peso la escopeta ó las redes y los palotes para cazar unos pajarillas que dieran buen gusto al arroz.

Estas caravanas sentaban sus reales en sitios donde hubiese buen agua, un llano próximo para bailar y correr y un par de olivos en condiciones para hacer en ellos el columpio. Y allí pasaban las horas inadvertidas, unos cazando, otros entregándose á honestas diversiones, las viejas dedicadas al arte culinario.




Y cuando el sol daba su último beso de luz á las crestas de los montes, emprendían todos el regreso tan alegres como estuvieran a la ida, sin mostrar cansancio, llenos los pulmones de aire puro, y dispuestos, después de unas horas de reposo, a continuar su labor diaria. Eran famosas las jiras campestres de los plateros, de aquellos artífices que dieron fama universal á una industria cordobesa. Ellos no las celebraban únicamente los domingos, improvisábanlas cualquier día, un día hermoso de invierno, de esos que convidan a tornar el sol. Bastaba que un operario de un taller iniciara la idea para que todos, desde el maestro hasta el último aprendiz, la acogiesen con entusiasmo; al punto dejaban su delicada labor y media hora después veíaseles marchar camino del campo, rebosantes de satisfacción y de júbilo. Y eran estas de los plateros jiras espléndidas en las que había derroche de todo: de buen humor, de alegría, de vino, sin que jamás la sombra de un disgusto empañara el contento de los expedicionarios.

Nuestra ciudad, como casi todas las de España, tiene también su clásica romería, la de la fiesta de la Candelaria, que primero se celebró en el arroyo de las Piedras y hoy se verifica en el de Pedroches.

El hermoso espectáculo que presenta dicho paraje el 2 de Febrero ha sido descrito y cantado por nuestros mejores poetas y la romería en cuestión sirvió de tema, hace muchos años, en unos Juegos florales. Más de una vez registráronse en estas excursiones accidentes desagradables ó cómicos y se represento á lo vivo la escena del célebre cuadro Se aguó la fiesta, a causa de la inesperada aparición de un toro. Estas visitas, desagradables siempre, nos recuerdan el siguiente hecho: un pobre blanqueador, muy aficionado al campo, a quien sus amigos llamaban el Conde Negri, sorprendió en cierta ocasión á aquellos con la noticia de que había inventado un procedimiento, acerca del cual guardaba gran reserva, para que huyese de la persona que lo pusiera en práctica el toro más temible por su bravura. Un día en que, según su costumbre, se fue de perol con varios camaradas, hallándose todos sentados tranquilamente á la orilla del río, presentóse un novillo, y apenas divisó el grupo dirigióse hacia él en carrera vertiginosa. El Conde Negri, radiante de gozo porque iba a demostrar la eficacia de su invento, levantóse de un salto, se quitó el sombrero, inclinó el cuerpo hacia adelante como si fuera a andar a gatas, y en esta forma, muy despacio, marchó hacia donde estaba la fiera, caminando para atrás y moviendo a la vez el sombrero con ambas manos colocadas por debajo de la cintura.




El novillo, al fijarse en aquel bulto extraño, retrocedió algunos pasos, no se sabe si por miedo ó para tomar mayor carrera, pero volvió a avanzar ligero como un rayo dando tan terrible embestida al pobre blanqueador que fue a caer de bruces en el río con la rapidez de una saeta. No es necesario decir la carga que le dieron los amigos ni que desistió en aquel acto de volver a ensayar la experiencia. Aunque el tiempo propio de estas jiras es el invierno, nunca dejaron de celebrarse en Córdoba durante la primavera y el estío, ya por la tarde ó por la noche, para ir a los melonares y a comer lechugas e higo-chumbos. No hace muchos veranos se pusieron de moda las excursiones nocturnas a la Palomera, adonde iban innumerables familias para echar uno cana al aire con el pretexto de beber las ricas aguas de la fuente que hay en dicho lugar, aunque muchos las sustituyeran por el Montilla ó el amílico.

Y no debemos concluir estas Notas sin mencionar también otra clase de giras no menos características de nuestra ciudad que las indicadas: las que efectúan los muchachos a los habares para hacer la doctrina, frase genuinamente cordobesa con la que ellos califican el hurto de habas.



NOTAS CORDOBESAS

(RECUERDOS DEL PASADO)

por

Ricardo de Montis Romero


Fuente: Ed. 2021 de la Red Municipal de Bibliotecas de Córdoba


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