viernes, 9 de octubre de 2015

Perplejo durante un instante
Escucho el sonido urbano
Elevándose despacio hasta el éter
Formando  voces manifestándose
En gritos desgarrados que suben cual trinos
De pájaros desvencijados
Hasta el infinito cielo negro
De la ciudad,
 Mientras un blues
Brillante,
Metálico,
Duro,
Me envuelve
Girando
Cual peonza
En torno a mi persona
Como un torbellino
De luces blancas
Y gentes sin rostro que me rodean
En un abrazo transparente.


Otoño,
El resplandor inicial,
Igual que un fogonazo
De movimientos descoordinados,
Me lleva
En pos de un signo escrito
En cualquier lado;
No hay esperanza para mí
Hoy el humo de los tubos de escape
De los coches 
Satura  el ambiente matutino
De ojos somnolientos
Que miran pero no ven,
Inunda  el levantar del día
De manos blandas
Que toman entre sus dedos esponjosos
Blancas tazas de café
Que son sorbidas
Entre estruendosos ruidos
Hasta las bocas sin labios
De seres sin rostro.



Perplejo durante un segundo
Tomo una gota de rocío
Que acerco  hasta el principio de mi boca
Mientras el sonido caliente de un blues
Me rodea  ligero como un soplo
De aire olvidado que llena mis pulmones
Al tiempo que ando invisible
Entre herrumbrosas muchedumbres
Que cubren sus cuerpos
De brillantes telas sin color.


Octubre 2015

lunes, 21 de septiembre de 2015

SÉNECA – CONSOLACIÓN A HELVIA - extracto




Todos hemos nacido para la felicidad, si  no salimos de nuestra condición. La naturaleza ha querido que para vivir felices no se necesite grande aparato: cada cual puede labrarse su dicha. Las cosas adventicias tienen poco peso, y no pueden obrar con fuerza en ningún sentido: la prosperidad no eleva al sabio, ni la adversidad puede abatirle, porque ha trabajado sin cesar en aglomerar cuanto ha podido dentro de sí mismo y en buscar en su interior toda su alegría. ¡Cómo! ¿Quiero llamarme sabio? De ningún modo; porque si pretendiese serlo, no solamente negaría que soy desgraciado, sino que me proclamaría el más feliz de todos, siendo casi igual a dios. Hasta ahora, y esto basta para dulcificar todos mis dolores, no he más que entregarme en manos de los sabios: siendo demasiado débil para defenderme por mí mismo, he buscado refugio en el campamento de aquellos que fácilmente defienden su cuerpo  y sus bienes. Estos son los que me han aconsejado permanecer constantemente de pie, como centinela; prever todas las empresas y ataques de la fortuna mucho antes de se realicen. La fortuna agobia a aquellos sobre quienes cae de improviso: el que vigila constantemente la vence sin trabajo. Así el enemigo, al llegar, derriba a aquellos que encuentra desprevenidos; pero los que se prepararon antes de la guerra para la guerra próxima, dispuestos y ordenados, sostienen sin dificultad el primer choque, que es el más violento. Nunca confié en la fortuna, hasta cuando parecía que ajustaba paces conmigo. Todos los favores con que me colmaba, riquezas, honores, gloria, los he colocado en un paraje donde pudiese ella recobrarlos sin conmoverme. Intervalo muy grande he establecido entre esas cosas y yo, por cuya razón me las ha arrebatado sin arrancármelas. Los reveses solamente abaten al ánimo engañado por los triunfos.


 Los que se adhieren a los dones de la fortuna como a bienes personales y duraderos, y por ellos quisieron se les rindiera homenaje, se abaten y afligen cuando su alma, vana y frívola, que no conoce los placeres sólidos, queda privada de esos goces engañosos y pasajeros. Pero aquel a quien no hincha la prosperidad, no queda consternado por los reveses, oponiendo a la favorable y adversa fortuna ánimo invencible y probada firmeza, porque en la prosperidad ensaya sus fuerzas contra la desgracia. Por esta razón he creído siempre que no hay nada de verdadero en esas cosas que todos los hombres desean: las he encontrado vacías, adornadas con exterioridades seductoras y engañosas y sin tener nada en el fondo que correspondiese a las apariencias. En lo que llaman males, no encuentro todo lo espantoso y terrible con que me amenazaba la opinión vulgar. La palabra misma, tal es la preocupación sobre al cual todos están de acuerdo, llega con aspereza al oído, siendo cosa lúgubre que no se escucha sin horror, así lo quiso el pueblo; pero muchos acuerdos del pueblo los derogan los sabios.