Aria de antaño
"Son joyeux, importum, d'un clavecin sonore"
Petrus Borel
Lucen vagamente las teclas del piano
a la luz del suave crepúsculo rosa,
y bajo los finos dedos de su mano
un aire de antaño canta y se querella
en la diminuta cámara suntuosa
en donde palpitan los perfumes de Ella.
Un plácido ensueño mi espíritu mece
mientras que el teclado sus notas desgrana;
¿por qué me acaricia, por qué me enternece
esa canción dulce, llorosa e incierta
que apaciblemente muere en la ventana
a las tibias auras del jardín abierta...?
Canción de otoño
Los sollozos más hondos
del violín del otoño
son igual
que una herida en el alma
de congojas extrañas
sin final.
Tembloroso recuerdo
esta huida del tiempo
que se fue.
Evocando el pasado
y los días lejanos
lloraré.
Este viento se lleva
el ayer de tiniebla
que pasó,
una mala borrasca
que levanta hojarasca
como yo.
Lasitud
Encantadora mía, ten dulzura, dulzura...
calma un poco, oh fogosa, tu fiebre pasional;
la amante, a veces, debe tener una hora pura
y amarnos con un suave cariño fraternal.
Sé lánguida, acaricia con tu mano mimosa;
yo prefiero al espasmo de la hora violenta
el suspiro y la ingenua mirada luminosa
y una boca que me sepa besar aunque me mienta.
Dices que se desborda tu loco corazón
y que grita en tu sangre la más loca pasión;
deja que clarinee la fiera voluptuosa.
En mi pecho reclina tu cabeza galana;
júrame dulces cosas que olvidarás mañana
Y hasta el alba lloremos, mi pequeña fogosa.
Mi sueño
Sueño a menudo el sueño sencillo y penetrante
de una mujer ignota que adoro y que me adora,
que, siendo igual, es siempre distinta a cada hora
y que las huellas sigue de mi existencia errante.
Se vuelve transparente mi corazón sangrante
para ella, que comprende lo que mi mente añora;
ella me enjuga el llanto del alma cuando llora
y lo perdona todo con su sonrisa amante.
¿Es morena ardorosa? ¿Frágil rubia? Lo ignoro.
¿Su nombre? Lo imagino por lo blando y sonoro,
el de virgen de aquellas que adorando murieron.
Como el de las estatuas es su mirar de suave
y tienen los acordes de su voz, lenta y grave,
un eco de las voces queridas que se fueron...
Serenata
Como la voz de un muerto que cantara
desde el fondo de su fosa,
amante, escucha subir hasta tu retiro
mi voz agria y falsa.
Abre tu alma y tu oído al son
de mi mandolina:
para ti he hecho, para ti, esta canción
cruel y zalamera.
Cantaré tus ojos de oro y de onix
puros de toda sombra,
cantaré el Leteo de tu seno, luego el
de tus cabellos oscuros.
Como la voz de un muerto que cantara
desde el fondo de su fosa,
amante, escucha subir hasta tu retiro
mi voz agria y falsa.
Después loare mucho, como conviene,
A esta carne bendita
Cuyo perfume opulento evoco
Las noches de insomnio.
Y para acabar cantaré el beso
de tu labio rojo
y tu dulzura al martirizarme,
¡Mi ángel, mi gubia!
Abre tu alma y tu oído al son
de mi mandolina:
para ti he hecho, para ti, esta canción
cruel y zalamera.
jueves, 3 de junio de 2010
ANDRES SEGOVIA

FUENTE: Wikipedia, la enciclopedia libre
Andrés Segovia Torres, I Marqués de Salobreña, (Linares, Jaén, 21 de febrero de 1893 - Madrid, 3 de junio de 1987) fue un guitarrista clásico español, considerado como el padre del movimiento moderno de la guitarra clásica.
Muchos estudiosos creen que, sin los esfuerzos de Segovia, la guitarra seguiría estando considerada como un instrumento de campesinos, válida para los bares pero no para las salas de concierto.
Sus comienzos
Conoció la guitarra desde niño, en la ciudad de Linares donde nació. Más tarde, criado en Granada en casa de unos tíos acomodados, aprendió la técnica del instrumento con un tocador de flamenco convertido en barbero. Ya en su adolescencia, cuando quiso encontrar un mejor maestro no lo logró, por lo que durante sus estudios de música en el Instituto de Música de Granada tuvo que continuar sus aprendizaje de este instrumento de forma autodidacta.
Realizó su primera aparición pública en Granada a los catorce años y, con pocos más, ofreció en Madrid su primer concierto, en el que interpretó transcripciones para guitarra de Francisco Tárrega y algunas piezas de Johann Sebastian Bach que él mismo había transcrito.
Para dicho concierto de 1913 en Madrid, que consideraba su verdadero debut, entendía que necesitaba una mejor guitarra. Sabiendo que los concertistas de piano en ocasiones alquilan el instrumento, acudió al establecimiento del constructor de guitarras Manuel Ramírez con la intención de proponerle al dueño que le rentara un instrumento por esa noche. Después de probarlo y ensayar durante media hora la música que había preparado para el recital, el asombrado Ramírez le rogó que aceptara la guitarra elegida como un regalo.
Segovia continuó con sus estudios de guitarra durante toda su vida, aún a pesar de aquellos que trataron de disuadirlo por no confiar en el futuro de dicho instrumento para la música clásica, incluyendo a su propia familia.
Aceptación del talento
Fueron muchos los músicos que creyeron que la guitarra de Segovia no sería aceptada por la comunidad clásica ya que, según sus creencias, la guitarra no se podía considerar como un instrumento capaz de interpretar a los clásicos. Sin embargo, la técnica de Andrés Segovia asombró al público. A partir de entonces, la guitarra dejó de considerarse solamente un instrumento popular y se aceptó también como instrumento de concierto.
Su aporte a la guitarra
A la vez que progresaba en su carrera y tocaba para audiencias mayores, Segovia descubrió que las guitarras existentes no producían el volumen suficiente como para tocar en grandes salas de conciertos. Esto le animó a buscar entre los avances tecnológicos para intentar mejorar la amplificación natural de la guitarra.
Trabajando conjuntamente con los fabricantes, ayudó a diseñar lo que conocemos hoy en día como guitarra clásica, realizada con una madera de más calidad y con cuerda de nailon. La forma de la guitarra se modificó también para mejorar la acústica. Esta nueva guitarra era capaz de producir notas más bajas que las que hasta entonces se utilizaban en España y en otras partes del mundo.
Realizó aportes a la técnica del instrumento, como mantener el pulgar de la mano izquierda bajo el mástil en lugar de doblarlo alrededor del mismo, ya que con ello se lograba extender el alcance de los otros cuatro dedos y se podía pisar cualquier cuerda sin sordear las inferiores a ella. Otro aporte significativo fue colocar la mano derecha en posición vertical a las cuerdas, con lo que se incrementaba la fuerza al tocarlas.
Tras realizar una gira por América en 1928, autores como el brasileño Heitor Villa-Lobos empezaron a componer piezas especialmente para él; asimismo, el compositor mexicano Manuel M. Ponce realizó una copiosa producción de obras para la guitarra sola y orquesta dedicadas a éste insigne guitarrista. Segovia transcribió también múltiples piezas clásicas y resucitó algunas de las transcripciones de Tárrega.
Desatada la cruenta Guerra Civil Española, Segovia decide abandonar junto a su familia el territorio convulsionado y radicarse en Montevideo (República Oriental del Uruguay), entre 1937 y 1946. Allí, conoce a un joven Abel Carlevaro y lo adopta como su discípulo.
La guitarra de Andrés Segovia, es obra del guitarrero de Múnich Hermann Hauser (1882 - 1952), y fue donada por Emilita Segovia, Marquesa de Salobreña, al Museo Metropolitano de Arte.
Entre los discípulos de Segovia se encuentra guitarristas como John Williams, Alirio Díaz, Ben Bolt o Christopher Parkening.
En reconocimiento a su contribución a la música y las artes, Segovia fue ennoblecido el 24 de junio de 1981 por Su Majestad el Rey Juan Carlos I, quien le nombró como primer Marqués de Salobreña y obtuvo el Premio Nacional de Música de España.
En 1982 fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Cádiz.1
Andrés Segovia murió en Madrid a causa de un ataque al corazón a la edad de 94 años.
Entre los discípulos de Segovia se encuentra guitarristas como John Williams, Alirio Díaz, Ben Bolt o Christopher Parkening.
En reconocimiento a su contribución a la música y las artes, Segovia fue ennoblecido el 24 de junio de 1981 por Su Majestad el Rey Juan Carlos I, quien le nombró como primer Marqués de Salobreña y obtuvo el Premio Nacional de Música de España.
En 1982 fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Cádiz.1
Andrés Segovia murió en Madrid a causa de un ataque al corazón a la edad de 94 años.
domingo, 30 de mayo de 2010
sábado, 22 de mayo de 2010
jueves, 20 de mayo de 2010
HISTORIAS DE CÓRDOBA (LA INQUISICIÓN EN EL SEISCIENTOS) (EL FINAL DE LA INQUISICIÓN)
La Inquisición fue una institución muy enraizada en la sociedad en general y en la de Córdoba en particular. Nada de lo que tuviera que ver con los pensamientos y sentimientos de las personas escapaba a su vigilante pesquisa ni se libraba de sus enjuiciamientos y, en su caso, condenas.
Desde la perspectiva religiosa, la Inquisición se preocupó por la pureza de la fe católica, siendo competencias especiales suyas la lucha contra la herejía, la bigamia, la blasfemia, la usura, la sodomía, la brujería y la inmoralidad del clero. Desde el ángulo político impidió que los ideales y prácticas católicas se resquebrajasen dotando el cuerpo social de una inconsútil unidad doctrinal. Y desde una dimensión sociológica, las clases dominantes económicamente contaron con una poderosa arma eclesiástica que apuntalaba, con su defensa de valores transcendentales, una inmanente sociedad jerarquizada en estamentos sociales.
El Tribunal de la Inquisición de Córdoba fue muy celoso de su jurisdicción cuando ésta era cuestionada por el obispo o el cabildo eclesiástico, Así, en 1609, el Santo Oficio prendió al provisor del obispado, el licenciado Pedro Fernández Mansilla, por estimar que se había extralimitado en sus competencias al castigar a un clérigo de Puente de Don Gonzalo, que era también comisario de la Inquisición. No obstante la fulgurante excomunión del obispo fray Diego de Mardones, el tribunal no se arredró y el provisor continuó en la cárcel inquisitorial.
En 1643 volvió a estallar otro conflicto jurisdiccional, pero en este caso por motivos de precedencia y cortesía. El obispo Pimentel no toleraba que los predicadores de la Catedral se dirigieran al Tribunal de la Inquisición con el tratamiento de "Señor", porque entendía que éste sólo le correspondía al Rey. Lo que aparentemente parecía una causa nimia resultó ser un escándalo de dimensiones nacionales, puesto que las iglesias locales no estaban dispuestas a consentir la prepotencia inquisitorial. Naturalmente, estos conflictos jurisdiccionales traspasaban la ya lamentable significación del enfrentamiento entre las dos instituciones eclesiásticas para convertirse -y esto era lo grave- en motivo de zozobra, inquietud e, incluso, bandería entre los fieles.
En aquel "siglo de hierro" se cometieron más delitos contra las buenas costumbres -blasfemia, bigamia y brujería- que contra la ortodoxia de la fe: luteranismo, islamismo y judaismo. Todos eran cuidadosamente examinados por el Santo Oficio, pero sólo algunos de ellos eran objeto de autos de fe, en los que resaltaba la solemnidad de los desfiles procesionales y la lectura pública de las sentencias, que se pronunciaban normalmente en el convento de San Pablo, pero a veces también en San Basilio y en la plaza de la Corredera. En la Córdoba del Seiscientos, los condenados, encartados y penitenciados pasaron del medio millar. De éstos fueron condenados a la horca y a la hoguera unos 25 por lo menos. El tribunal civil era el responsable de ejecutar siempre la pena capital.
J.M.B.A.
Desde la perspectiva religiosa, la Inquisición se preocupó por la pureza de la fe católica, siendo competencias especiales suyas la lucha contra la herejía, la bigamia, la blasfemia, la usura, la sodomía, la brujería y la inmoralidad del clero. Desde el ángulo político impidió que los ideales y prácticas católicas se resquebrajasen dotando el cuerpo social de una inconsútil unidad doctrinal. Y desde una dimensión sociológica, las clases dominantes económicamente contaron con una poderosa arma eclesiástica que apuntalaba, con su defensa de valores transcendentales, una inmanente sociedad jerarquizada en estamentos sociales.
El Tribunal de la Inquisición de Córdoba fue muy celoso de su jurisdicción cuando ésta era cuestionada por el obispo o el cabildo eclesiástico, Así, en 1609, el Santo Oficio prendió al provisor del obispado, el licenciado Pedro Fernández Mansilla, por estimar que se había extralimitado en sus competencias al castigar a un clérigo de Puente de Don Gonzalo, que era también comisario de la Inquisición. No obstante la fulgurante excomunión del obispo fray Diego de Mardones, el tribunal no se arredró y el provisor continuó en la cárcel inquisitorial.
En 1643 volvió a estallar otro conflicto jurisdiccional, pero en este caso por motivos de precedencia y cortesía. El obispo Pimentel no toleraba que los predicadores de la Catedral se dirigieran al Tribunal de la Inquisición con el tratamiento de "Señor", porque entendía que éste sólo le correspondía al Rey. Lo que aparentemente parecía una causa nimia resultó ser un escándalo de dimensiones nacionales, puesto que las iglesias locales no estaban dispuestas a consentir la prepotencia inquisitorial. Naturalmente, estos conflictos jurisdiccionales traspasaban la ya lamentable significación del enfrentamiento entre las dos instituciones eclesiásticas para convertirse -y esto era lo grave- en motivo de zozobra, inquietud e, incluso, bandería entre los fieles.
En aquel "siglo de hierro" se cometieron más delitos contra las buenas costumbres -blasfemia, bigamia y brujería- que contra la ortodoxia de la fe: luteranismo, islamismo y judaismo. Todos eran cuidadosamente examinados por el Santo Oficio, pero sólo algunos de ellos eran objeto de autos de fe, en los que resaltaba la solemnidad de los desfiles procesionales y la lectura pública de las sentencias, que se pronunciaban normalmente en el convento de San Pablo, pero a veces también en San Basilio y en la plaza de la Corredera. En la Córdoba del Seiscientos, los condenados, encartados y penitenciados pasaron del medio millar. De éstos fueron condenados a la horca y a la hoguera unos 25 por lo menos. El tribunal civil era el responsable de ejecutar siempre la pena capital.
J.M.B.A.
============================================
El giro fundamental que la Revolución Francesa produce en la marcha de la historia afecta de forma decisiva a España a partir de la invasión y guerra de 1808. La defensa de las libertades y derechos del hombre y del ciudadano que están en el trasfondo dan vida a ese movimiento revolucionario y atacan en sus raíces a la esencia misma de la Inquisición. Entre las primeras disposiciones de Napoleón está la de suprimir los tribunales del Santo Oficio por considerar que es atentatorio a la soberanía y a la autoridad civil. En Córdoba actuaron como liquidadores nombrados por el comisario regio, José Marchena, secretario provincial, José Garrido, arcediano de la Catedral, y José María de Arjona, canónigo penitenciario. El 20 de febrero de 1810 comunicaba Arjona que había "entregado a las llamas todas las causas criminales y sólo he reservado algunas otras que podran conducir para elaborar la historia literaria y de ellas he mandado formar un índice particular. He reservado las pruebas de limpieza porque tal vez contienen documentos útiles para algunas familias".
Tras el decreto de 4 de diciembre de 1809 la Inquisición deja de existir. Pero serán las Cortes de Cádiz las encargadas de resolver definitivamente el tema de la abolición o no del Santo Tribunal. Decisión ésta que dio lugar a largas discusiones. Para los liberales la Inquisición era la causa de la decadencia y descrédito de España, y para los conservadores era la guardesa de las esencias patrias. El decreto de 22 de febrero de 1813 suponía la victoria final de los liberales que lograban con él su abolición.
Córdoba se opuso al decreto de abolición. En la sesión capitular del 22 de enero de 1813 Rafael Vázquez propuso que sería muy conveniente que el Ayuntamiento se presentase al congreso nacional pidiendo el restablecimiento del Santo Tribunal de la Fe. Y por mayoría la ciudad de Córdoba envió su petición a las Cortes para que se restableciera la Inquisición.
Las cosas cambiarán sustancialmente con la llegada a España de Fernando VII. Por un decreto de 21 de julio de 1814 se decidió que funcionaran la Inquisición y demás tribunales del Santo Oficio, pero tras el levantamiento de Riego, Fernando VII decretó una vez más su abolición el 9 de marzo de 1820.
El cambio de ritmo en la historia española, tras la intervención de las tropas francesas en 1823 y el comienzo de la "década ominosa", conlleva la revocación de todos los decretos aprobados por el rey durante el trienio. Sin embargo, no hubo definición expresa de ningún tipo de impulso para un tribunal que llevará una vida lánguida hasta su total desaparición.
El 26 de junio de 1823 el cabildo del Ayuntamiento se une al del Ayuntamiento de Burgos solicitando al rey la rápida reposición del Tribunal de la Inquisición, editándose un folleto el 22 de febrero de 1824 que se tituló: "Representación que ha dirigido a S.M., el Ayuntamiento de la Ciudad de Córdoba, sobre el restablecimiento de la Inquisición". El texto es una defensa a ultranza de la Inquisición desde unas posiciones ultrarreaccionarias.
El punto final, puramente formal, sería el decreto de 15 de julio de 1834, promulgado por la reina Cristina en nombre de la reina Isabel II.
L.P.B.
Fuente: La Caja obra cultural (Caja Provincial de Ahorros de Córdoba)
domingo, 16 de mayo de 2010
MONSTRUOS
No tengo por costumbre expresar mis pensamientos en el blog, pero, hay veces en las que uno percibe a su alrededor ciertas cosas extrañas que le llaman la atención, especialmente en lo que damos por llamar relaciones humanas.
Noto como poco a poco las relaciones entre las personas se van deteriorando, como día a día la tensión se asienta entre todos nosotros, no se si es por nuestro estilo de vida o por que causa los seres humanos vamos cayendo en una especie de vacío en el que intentamos escapar y evadirnos de todo aquello que nos rodea para finalmente no llegar a ningún lugar. ¿Qué nos esta fallando? Se supone que hoy en día prácticamente tenemos acceso a todo aquello que podría hacernos felices llamense bienes materiales, llamense bienes culturales o quizás espirituales y sin embargo somos más infelices que cuando teníamos menos, al menos antes cuando mirabas a los ojos de la gente podías ver un destello, hoy cada día que pasa notas como lo oscuro, lo ambiguo y lo carente de sentido a llenado vidas enteras.
Y me pregunto ¿Cuántas pieles de todas aquellas que nos cubren hemos de desechar para poder descubrir de nuevo nuestra piel primigenia y de esta forma volver a sentirnos personas? ¿Cuántas vidas hemos de vivir para poder vivir la nuestra propia? La lucha resulta agotadora y estéril desde el momento en el que sientes como cada mañana, tarde o noche es un muro que tienes que saltar para poder seguir viviendo o sobreviviendo.
Hay un texto de Erasmo de Rotterdam en su libro de "Elogio de la Locura" que no si servirá para poder entender un poco lo que quiero expresar, pero bueno a mí particularmente me sirve:
"Para no seguir detalle por detalle, ya veis cuánto placer produce por todas partes a los mortales, sea individualmente o en su conjunto, el Amor Propio, y casi igual que él su hermana: la Adulación. El Amor Propio, en efecto, no es otra cosa que el hecho de que alguien se lisonjee a sí mismo. Si esa misma lisonja va dirigida a otro, se tratará de Adulación. En nuestros días la adulación es tenida como algo infame; pero sucede así entre las gentes que se impresionan más por los nombres de las cosas que por las cosas mismas. Estiman que con la adulación cuadra mal la fidelidad; pero muy otra sería su opinión si se les pudiese ilustrar con ejemplos de animales irracionales. ¿Qué hay, en efecto, más adulador que un perro? No obstante eso, ¿quién más fiel? ¿Y quién más zalamero que la ardilla? ¿Hay, sin embargo, algo más amigo del hombre que ella? No; a no ser que hayamos de considerar a los fieros leones, a los crueles tigres, a los furibundos leopardos como más acordes con el modo de vida de los humanos.
De todos modos, hay cierta clase de adulación del todo perniciosa, mediante la cual algunos maliciosos y burlones llevan a los incautos hasta su perdición. En cambio, mi estilo de adulación proviene de la benignidad de ánimo y de cierta candidez, y está mucho más próximo a la virtud que aquella aspereza que es su oponente, la cual resulta hosca, ruda e insoportable, según dice Horacio. Es ella la Adulación, quien levanta los ánimos más decaídos, alienta a los tristes, estimula a los abatidos, despabila a los lerdos, repone a los enfermizos, ablanda a los iracundos, concilia afectos y luego los mantiene. Ella anima a los niños a emprender el estudio de las letras, alegra a los ancianos, da advertencias y enseñanzas a los príncipes bajo la apariencia de una alabanza, sin que se sientan ofendidos. Ella hace, en suma, que cada uno resulte a sus propios ojos más satisfactorio y apreciable, lo cual supone ya una parte muy sustancial de la felicidad. ¿Qué hay, por otra parte, más complaciente que la acción de dos mulos cuando se rascan uno a otro? Eso sin decir, además, que ella, la adulación, tiene gran importancia en las alabanzas de la elocuencia, mayor importancia aún en las de la medicina y la máxima en las de poesía: ella es, en fin, la miel y el condimento de toda relación humana."
Noto como poco a poco las relaciones entre las personas se van deteriorando, como día a día la tensión se asienta entre todos nosotros, no se si es por nuestro estilo de vida o por que causa los seres humanos vamos cayendo en una especie de vacío en el que intentamos escapar y evadirnos de todo aquello que nos rodea para finalmente no llegar a ningún lugar. ¿Qué nos esta fallando? Se supone que hoy en día prácticamente tenemos acceso a todo aquello que podría hacernos felices llamense bienes materiales, llamense bienes culturales o quizás espirituales y sin embargo somos más infelices que cuando teníamos menos, al menos antes cuando mirabas a los ojos de la gente podías ver un destello, hoy cada día que pasa notas como lo oscuro, lo ambiguo y lo carente de sentido a llenado vidas enteras.
Y me pregunto ¿Cuántas pieles de todas aquellas que nos cubren hemos de desechar para poder descubrir de nuevo nuestra piel primigenia y de esta forma volver a sentirnos personas? ¿Cuántas vidas hemos de vivir para poder vivir la nuestra propia? La lucha resulta agotadora y estéril desde el momento en el que sientes como cada mañana, tarde o noche es un muro que tienes que saltar para poder seguir viviendo o sobreviviendo.
Hay un texto de Erasmo de Rotterdam en su libro de "Elogio de la Locura" que no si servirá para poder entender un poco lo que quiero expresar, pero bueno a mí particularmente me sirve:
"Para no seguir detalle por detalle, ya veis cuánto placer produce por todas partes a los mortales, sea individualmente o en su conjunto, el Amor Propio, y casi igual que él su hermana: la Adulación. El Amor Propio, en efecto, no es otra cosa que el hecho de que alguien se lisonjee a sí mismo. Si esa misma lisonja va dirigida a otro, se tratará de Adulación. En nuestros días la adulación es tenida como algo infame; pero sucede así entre las gentes que se impresionan más por los nombres de las cosas que por las cosas mismas. Estiman que con la adulación cuadra mal la fidelidad; pero muy otra sería su opinión si se les pudiese ilustrar con ejemplos de animales irracionales. ¿Qué hay, en efecto, más adulador que un perro? No obstante eso, ¿quién más fiel? ¿Y quién más zalamero que la ardilla? ¿Hay, sin embargo, algo más amigo del hombre que ella? No; a no ser que hayamos de considerar a los fieros leones, a los crueles tigres, a los furibundos leopardos como más acordes con el modo de vida de los humanos.
De todos modos, hay cierta clase de adulación del todo perniciosa, mediante la cual algunos maliciosos y burlones llevan a los incautos hasta su perdición. En cambio, mi estilo de adulación proviene de la benignidad de ánimo y de cierta candidez, y está mucho más próximo a la virtud que aquella aspereza que es su oponente, la cual resulta hosca, ruda e insoportable, según dice Horacio. Es ella la Adulación, quien levanta los ánimos más decaídos, alienta a los tristes, estimula a los abatidos, despabila a los lerdos, repone a los enfermizos, ablanda a los iracundos, concilia afectos y luego los mantiene. Ella anima a los niños a emprender el estudio de las letras, alegra a los ancianos, da advertencias y enseñanzas a los príncipes bajo la apariencia de una alabanza, sin que se sientan ofendidos. Ella hace, en suma, que cada uno resulte a sus propios ojos más satisfactorio y apreciable, lo cual supone ya una parte muy sustancial de la felicidad. ¿Qué hay, por otra parte, más complaciente que la acción de dos mulos cuando se rascan uno a otro? Eso sin decir, además, que ella, la adulación, tiene gran importancia en las alabanzas de la elocuencia, mayor importancia aún en las de la medicina y la máxima en las de poesía: ella es, en fin, la miel y el condimento de toda relación humana."
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





























