jueves, 12 de noviembre de 2009
DE OTRO MODO
si las cosas de espaldas (fijas desde los siglos)
se volviesen de frente
y las cosas de frente (inmutables)
volviesen las espaldas,
y lo diestro viniese a ser siniestro
y lo izquierdo derecho...
¡No sé cómo decirlo!
Sueñalo
con un sueño que está detrás del sueño,
un sueño no soñado todavía,
al que habría que ir,
al que hay que ir,
(¡no se como decirlo!)
como arrancando mil velos de niebla
y al fin el mismo sueño fuese niebla.
De todos modos, suéñalo
en ese mundo, o en éste que nos cerca y nos apaga
donde las cosas son como son, o como dicen que son
o como dices que deberian ser...
Vendríamos cantando por una misma senda
y yo abriría los brazos
y tú abrirías los brazos
y nos alcanzaríamos.
Nuestras voces unidas rodarían
hechas un mismo eco.
Para vernos felices
se asomarían todas las estrellas.
Querría conocernos el arcoiris
palpándonos con todos sus colores
y se levantarían las rosas
para bañarse un poco en nuestra dicha...
(¡Si pudiera ser como es,
o como no es... En absoluto diferente!)
Pero jamás,
jamás.
¿Sabes el tamaño de esta palabra:
Jamás?
¿Conoces el sordo gris de esta piedra:
Jamás?
¿Y el ruido que hace
al caer para siempre en el vacío:
Jamás?
No la pronuncies, dejámela.
(Cuando esté solo yo la diré en voz baja
suavizada de llanto, así:
Jamás...)
Emilio Ballagas
EL RUGIDO DE LA SIRENA DE LA FÁBRICA
para nosotros un grito de júbilo que cortase
el espacio con color rojo de sangre y no el
latigazo que sacude nuestras cansadas espaldas.
Deberíamos ser alegres creadores (creadores
de cosas diversas y maravillosas) y no máquinas
cansadas que trabajan con miembros pesados
y ojos muertos y un alma caída como una
brasa medio apagada, perdida en las profundidades.
EL fondo de nuestra vida es negro como la noche
y sus estrellas son escasas y pálidas
-¡oh, debería ser azul y estar iluminado por el sol!
Artur Lundkvist
miércoles, 11 de noviembre de 2009
El placer de lo prohibido
Menores, religión y sexo, un cóctel de lo más explosivo
El placer de lo prohibido
El arte continúa teniendo sus propios tabúes y los creadores que los representan de un modo subversivo lo pagan con la censura. Esta es la lista negra de las obras prohibidas en Córdoba
Julia Zafra
j.zafra@lacalledecordoba.com
En arte no todo vale. Y es que, aunque se diga que a estas alturas está todo visto y la vida cotidiana ya suministre la sobredosis de imágenes impactantes necesaria para perder toda sensibilidad, hoy, obras controvertidas acaban guillotinadas por la censura, ya sea a manos de las instituciones propietarias de la sala donde se exponen, de la crítica más despiadada, o de los propios artistas, que no tienen más remedio que tamizarlas para poder exhibirlas.
En Córdoba, la pintura, la videocreación, la literatura o la música tampoco se han librado de la censura, y algunos de sus autores han pasado a engrosar lo que podría denominarse como la lista negra del arte cordobés. Su pecado, tocar temas incómodos para un determinado sector. El Semanario hace un repaso por las más destacadas, al tiempo que cuestiones como qué empujó a sus creadores a hacerlas y qué esconden los que las vetaron, reabren las viejas heridas de, por un lado, la falta de libertad de expresión y, por otro, la necesidad de imponer límites éticos al arte. Cinco de estas piezas prohibidas conforman la colección de fotografías que el malagueño Carlos Aires realizó por encargo para la primera edición de Eutopía en el 2006. En ellas, diversos menores promocionaban otros tantos eventos culturales ficticios que tenían lugar en el Polígono Sur.
Sin embargo, días antes de su exposición, Aires recibió un correo electrónico en el que la organización le comunicaba que retiraba su trabajo del festival. Dichas instantáneas constituían una crítica a la centralización y el elitismo de la cultura actual, pero el argumento que le facilitaron fue que una administración no estaba obligada a mostrar imágenes de menores. Como solución, Aires, que también revolucionó el panorama artístico vienés con un cartel publicitario de un menage à trois protagonizado por unos personajes que lucían las caretas de George Bush, Isabel II y Jacques Chirac, se prestó a presentar los contratos firmados por los padres, pero de nuevo obtuvo un no rotundo como respuesta.
Tres años después, en septiembre del 2009, el festival Scarpia ha rescatado las mismas fotografías, que se han visto sin reparos en vallas publicitarias colocadas en distintas zonas de la ciudad, lo que cuestiona aún más el verdadero motivo de aquella exclusión.
El pudor después del erotismo
Otro ejemplo, Paco Serrano. Este pintor cordobés, que se ha ganado la fama de provocador en los círculos más moralistas por cuadros como el del desfile de esqueletos encapuchados con ropa interior de Victoria’s Secret, lleva nueve años sin exponer en la ciudad. “Las galerías de aquí no me quieren”, dice. Mientras tanto, Serrano es requerido desde otros lugares y en breve exhibirá su obra en Granada y Viena. El problema surgió cuando presentó un cuadro en una exposición homenaje a Julio Romero de Torres en el 2006. “Pinté a una mujer con mucho vello en los genitales femeninos y lo titulé Viva el pelo del coño”, relata. Las reacciones no se hicieron esperar, y mientras algunos se lo tomaron como un descarado desnudo y alabaron la osadía, otros lo tacharon de pornográfico y obsceno. Al final, “me dijeron que no lo colgaban”, indica Serrano.
Pero éste no es el único caso polémico relacionado con la exhibición de las partes íntimas. La primera vez que Juan López recibió una amonestación fue en 2005. Optaba a unas ayudas a la creación contemporánea de una institución, en las que recaló con una videocreación en torno a los nuevos conceptos de masculinidad: “Un miembro del jurado me dijo que mi obra estuvo a punto de no ser seleccionada porque mostraba a hombres desnudos y semidesnudos de forma muy explícita y se tuvo que discutir si aquello estaba bien visto”, cuenta. Años más tarde, y gracias a otra beca, expuso en otro organismo público. “Había desnudos en todo su potencial y penes erectos”, describe. A una semana de inaugurar la muestra, López se acercó por la sede para comprobar si sus vídeos arrancaban, pero se encontró con que a todos les habían cortado el audio. “Era una semana de mucha tensión política y aquel día, además, se celebraba un pleno –recuerda-. El de seguridad me explicó que ya estaban las cosas demasiado tirantes como para que mi obra metiera más cizaña”.
Cuando el arte es un pecado
Así, para no pasar a integrar la lista de artistas prohibidos y seguir trabajando, algunos se han visto obligados a desplegar la picaresca para eludir la censura. Sus trucos consisten básicamente en “hilar fino”, indica López, y abarcan desde cuidar el tratamiento estético y narrativo, a dejar las obras abiertas o hacer “malabares verbales” a la hora de justificarlas.
Mientras, otros como Alfonso Alonso, no han tenido más remedio que optar por la autocensura, suavizando unos originales que sabía levantarían ampollas. De este modo, su obra más polémica, La Pasión, constituye un homenaje a la erección, pues “todos estamos en este mundo gracias a una”, esgrime. La fotografía en cuestión muestra a un personaje masculino con los brazos en cruz rodeado por tres mujeres en actitud sádica, una de ellas agarrada al miembro erecto. La imagen, que puede interpretarse como un Cristo crucificado y que esconde en realidad “una crítica a la postura de la Iglesia de utilizar ciertos placeres como algo pecaminoso”, revela, ya fue censurada en Almería, donde la crítica la hizo añicos calificándola como un “insulto a la sensibilidad cristiana”.
Antes de que la historia se volviera a repetir en Córdoba, Alonso pidió consejo a un amigo artista, famoso por pintar escenas pornográficas con personajes religiosos. A él “le habían quemado el coche dos veces, recibía amenazas y tenía que salir de casa disfrazado”, comenta, así que, la experiencia de su colega de profesión acabó disuadiéndolo y presentó una obra “más light”.
Pero, ¿cuál es la verdadera intención que hay detrás de estas controvertidas obras? ¿Se trata de libertad creativa o de provocación?
¿Libertad o provocación?
Según estos artistas, con tales obras no pretenden provocar ni escandalizar, sino reivindicar un tratamiento más natural de ciertas cuestiones como el cuerpo humano o la sexualidad que, consideran, no se han abordado de forma explícita.
De hecho, López, con su último trabajo ha vuelto a sumergirse en otro polémico asunto, que le ha valido el Primer Premio en el III Concurso de Creación Contemporánea sobre la Memoria de Andalucía, Imaginera, en el apartado documental. En Espectros pone rostro a la muerte, el de personas y lugares decadentes, que planta frente al espectador. Y por ello, asegura, no teme que lo tilden de morboso. “Para mí todos los temas son iguales”, zanja.
Una vez abierta la Caja de Pandora, estos artistas reparan en la eterna disyuntiva de a qué se debe llamar arte y a qué no. En este sentido, Serrano defiende su trabajo alegando que urge más decidir si piezas “enfermizas” como los cuerpos humanos plastinados de Gunther Von Hagens, el canibalismo infantil o la muerte en directo de un perro (por la obra del artista costarricense Guillermo Vargas, Habacuc), deben elevarse a la categoría de arte. “Hay cosas que no se pueden hacer”, agrega.
La moral de unos pocos
En cualquier caso, ellos rechazan la censura por cuanto, en vez de controlar cuestiones realmente graves y bizarras, favorece “el interés” de unos pocos, cuya ideología puede diferir de la del resto: “No pueden censurarme una obra porque sus creencias sean distintas a las mías. Yo no ofendo a nadie cuando expreso algo como yo lo veo y según mis principios”, defiende Alonso. “Para mí sólo existe mi propia moral, no la que impongan los demás”, asevera Serrano. Máxime cuando los medios de comunicación bombardean diariamente con imágenes de asesinatos de niños a sangre fría y sexo explícito que se consumen con la sopa del mediodía.
El problema, opinan, estriba en que por ignorancia hoy el arte provoca más que la realidad. “Es la doble moral -increpa López-. Lo cotidiano es lo cotidiano, sin lecturas subliminales, y en arte no se sabe si hay una doble intención”. “Nos creemos y asimilamos todo lo que sale en los medios y el arte no es mediático”, añade Alonso.
La lista de obras y autores censurados se extiende, salpicando también a la música y a la literatura cordobesas. No obstante, como indica Serrano, al igual que ocurre en las artes plásticas, al final sus interpretaciones dependerán del mismo criterio inquisidor, de los ojos que las miren, de modo que, donde unos ven un cono, otros verán un falo y hasta un capirote nazareno.
PUNTO DE ATENCIÓN
La nueva censura, la económica
Pese a que la censura persiste en la actualidad, sí es cierto que no en la misma medida que en periodos más represivos de la historia. No obstante, algunos artistas como Juan López no respiran tranquilos y hablan de un nuevo modelo de veto que para él es incluso peor, el económico. Y es que, “si la economía te impide hacer lo que quieres, es un límite externo que ya no depende de ti”, afirma. De modo que, ya sea por las pocas subvenciones a la creación, como por el escaso respaldo a las iniciativas de los artistas, la falta de apoyo económico se ha convertido en el mal endémico del arte cordobés.
Sin embargo, Alonso no está de acuerdo y considera “un error” pensar que el arte debe ser subvencionado. “Hoy el artista vive de ayudas y eso no es así. El que es artista puro le importa un pepino la censura y hace su obra por encima de cualquier cosa”, arroja.
No obstante, aparte del cierre del grifo monetario, López menciona otras “pequeñas cortapisas: yo he participado en exposiciones sin cobrar con la excusa de meter a creadores cordobeses con otros nacionales, y esta es una censura que pretende callar bocas y aquí habría que ser díscolo y no participar”, reconoce.
FUENTE: 2000-2009 © Copyright El Semanario la Calle de CÓRDOBA
domingo, 1 de noviembre de 2009
FOTOGRAFÍA "DESDE LA RETAGUARDIA"
El horror en los ojos de los testigos
Las 34 fotografías que componen los Retratos de la contienda 1937, de la artista Kati Horna, muestran la guerra civil “desde la retaguardia”
Sara Arguijo Escalante
s.arguijo@lacalledecordoba.com
El horror de una guerra no está en la cara de los muertos, ni siquiera en la de los asesinos. La verdadera barbarie está en el rostro de los testigos. En los ojos de esos niños que comen pan con manteca esperando a que llegue ese padre que se ha ido, en los de aquellas mujeres que tienen que seguir llevando sus casas adelante y yendo al mercado para buscar algo que poner en la mesa ese día, en los de los hombres que escriben cartas de amor a una novia que no saben si volverá a ver, en los de las ancianas que han perdido el miedo porque no tienen ya otra cosa que perder... en esas ciudades que por puro afán de supervivencia continúan la rutina diaria, al margen de los disparos y de las bombas.
Esta es, al menos, la mirada que se ve en los Retratos de la contienda 1937 de Kati Horna, que se exponen estos días y hasta el 21 de noviembre en el Palacio de la Merced de la Diputación de Córdoba. Una selección de 34 fotografías que reflejan “el lado más cercano y más íntimo de la guerra civil”, explica la comisaria, Mónica Carabias. Así, el verdadero valor de estas imágenes está más en lo que se intuye que en lo que se ve y su crudeza no lo es tanto por lo que se muestra de forma explícita, sino por lo que se sabe que se esconde detrás. De hecho, la importancia de la obra radica en que presenta una crónica de la guerra civil, “pero desde la óptica de la retaguardia, de las sesiones cotidianas y de la complicidad con sus protagonistas”, matiza Carabias.
Obrera del arte
Esto es posible porque, de alguna forma, esta fotógrafa de origen húngaro (1912-2000), simpatizante de la causa republicana, fue uno de los primeros ejemplos de arte comprometido o, mejor dicho, -aclara la comisaria- “de arte con mensaje”. Ella no sólo convivió con los protagonistas de sus imágenes, sino que durante años guardó en una cajita de hojalata los 272 negativos que tomó en esta época y no fue hasta que España alcanzó la democracia cuando decidió donarlos al archivo del Ministerio de Cultura para que pudieran estar al alcance de todos.
En otras palabras, Horna concibe el arte “siempre al servicio del pueblo” y se califica a ella misma como una “obrera” cuya misión era difundir lo que estaba ocurriendo, de ahí que nunca vendiera ningún trabajo ni cobrara por las fotografías que, por ejemplo, publicó en muchas revistas anarquistas de la época y que incluso fueron utilizadas para carteles propagandísticos.
No hay duda, por tanto de que esta fotógrafa fue una mujer de ideas arraigadas y, por eso, sus negativos se mueven a caballo entre el retrato y el reportaje, combinando lo informativo y lo artístico, lo documental con las técnicas compositivas más innovadoras.
Entre surrealismo y documental
Es más, desde el punto de vista de la comisaria de la exposición, es esto lo que precisamente la diferencia de otros reporteros y lo novedoso de su fotografía. Esta artista bebe en su primera etapa del surrealismo y este bagaje se percibe en detalles como los primeros planos que se muestran en algunos de estos Retratos de la Contienda 1937. Por otro lado, estas características hacen que su obra goce de una completa actualidad y, como destaca Carabias, “si coges una de las 34 fotografías que hay y la pones en un museo de arte contemporáneo te das cuenta de que son de una modernidad increíble”.
Malestar histórico
Además, al mismo tiempo, permiten ver de cerca la otra cara de un momento -la guerra civil- “que nos toca muy de cerca”, con lo que en opinión de la comisaria, el visitante acaba con una sensación de “malestar histórico”, porque lo que se ofrece es un recorrido por un fragmento histórico triste, con una España completamente dividida en dos.
Un camino que empieza por una imagen de Barcelona desde arriba, “sobre la que en ningún momento piensas que es una ciudad en guerra” pero que luego va sumergiendo en la cruda realidad de soldados con metralletas que podrían estar pasando por cualquier de sus calles.
En definitiva, no es que estos Retratos de una Contienda 1937 busquen el dramatismo gratuito, es que simplemente la sordidez está en los otros, en los testigos presenciales de una guerra que no tienen más remedio que seguir viviendo.
PUNTO DE ATENCIÓN
Noviembre de anarquía
La Diputación de Córdoba se ha convertido este mes en un espacio para el recuerdo de los republicanos que sufrieron la represión del régimen. Por un lado, del 4 al 22 de noviembre, se exponen en el Salón de Plenos fotografías, objetos personales y documentos de los presidentes de las Comisiones Gestoras Provinciales tras la II República. Al mismo tiempo, en el Palacio de la Merced se puede ver la muestra de Kati Horna hasta el día 21 y simultáneamente -del 16 al 21- dará comienzo La España Perdida: Los exiliados de la II República. Así, en la Facultad de Derecho estará hasta el 14 Presas de Franco, que recoge el testimonio de las primeras mujeres encarceladas en la dictadura.
FUENTE: 2000-2009 © Copyright El Semanario la Calle de CÓRDOBA
ADIOS AL MOBBING...... LLEGA EL BOSSING
Adiós al mobbing... llega el bossing
Los recortes en muchas empresas provocan un aumento del acoso laboral en el que los jefes utilizan rebajas de sueldo, y otras prácticas abusivas, para presionar a sus empleados a que abandonen su puesto
Laura Pérez
l.perez@lacalledecordoba.com
En los últimos meses hay un fenómeno que está expandiéndose por muchas de las empresas que empiezan a pasar verdaderos apuros para salir airosas de la crisis. Lo llaman acoso laboral como estrategia empresarial, lo definen como aquel en el que el hostigamiento nace desde la propia dirección y su denominación más técnica es bossing. Es decir, aquel acoso laboral que no se desarrolla entre iguales sino aquel en el que la víctima ocupa una posición de inferioridad, ya sea jerárquica o de hecho, respecto del agresor.
Aunque esta tendencia no está haciendo que el mobbing o acoso entre trabajadores de igual categoría profesional desaparezca, pues de hecho, según confirma el vicepresidente de la Asociación contra el Acoso y el Maltrato Laboral, Francisco Fermín Galdúf, continúa estando presente, sí es cierto que desde hace unos seis meses están aumentando de forma considerable los casos de acoso laboral en los que el empresario emplea todo tipo de prácticas abusivas y de presión a sus trabajadores a causa de los recortes presupuestarios que están haciendo muchas empresas.
En concreto, según lo define la jurisprudencia más reciente al respecto, lo que está aumentando es ese bossing que consiste en una “política de empresa basada en la persecución o el acoso respecto de un trabajador o trabajadores por motivos de reorganización, recortes o de reducción de personal”. Galduf explica que en realidad, esta forma de acoso laboral es básicamente una cuestión de número en la que el empresario se plantea todo tipo de prácticas encaminadas a apretar a sus trabajadores hasta conseguir que abandonen su puesto de trabajo sin tener que hacer frente a la indemnización que supondría despedirlos.
De hecho, en este momento muchas empresas ya utilizan la necesidad de recortar gastos para paliar las pérdidas ocasionadas por la crisis para presionando a sus empleados con rebajas de sueldo, reducciones de jornadas o incluso dejando de pagar las horas extras de trabajo no sólo para conseguir ahorrarse dinero sino para empujar a que alguno de ellos renuncie a su puesto de trabajo de forma voluntaria.
Ahora nadie se va
Lo que sí resulta llamativo es que en los nuevos casos de bossing que se están dando, las víctimas, en lugar de dar la espalda al abuso empresarial que están sufriendo, aguantan y aguantan durante mucho tiempo y por lo general, no suelen abandonar sus puestos de trabajo aún cuando hay un psicólogo que así lo aconseja.
La situación de desempleo que se vive a nivel general, y con especial virulencia en el sector de los servicios y la hostelería, donde es muy habitual el bossing, obliga a la gente a soportar situación límite con sus jefes. “Hay muchas familias agobiadas y a las que ya les cuesta llegar a final de mes, otros que no pueden permitirse perder su sueldo porque tienen que pagar una manutención, y aunque hay otros muchos que soportan el bossing porque no se resignan a rebajar su nivel de vida o a vender el coche, hay situaciones en las que están permitiendo que les pisoteen su dignidad como personas”, explica Galduf.
Un caso típico
Las expresiones que está tomando el bossing varían mucho, aunque el caso de Javier R., aquel en el que la empresa busca un pretexto objetivo para poder echar a sus empleados, es uno de los más típicos. Este joven de 34 años era vendedor en grandes superficies y hace seis meses que lo han despedido sin pagarle indemnización. Después de embarcarse en un proceso judicial para conseguir que su despido sea declarado improcedente, acaba de enterarse que es víctima de bossing. Sus jefes lo despidieron alegando un incumplimiento de contrato por una bajada en su productividad, cuando en realidad fue el equipo directivo el que propició esa situación al no facilitarle los nuevos catálogos, ni las direcciones de los clientes.
Aunque aún quedan unos meses para que Javier pueda obtener el resultado de haber denunciado a sus jefes, todo apunta a que ganará. Sin embargo, de momento, no ha cobrado ni su finiquito, ni su último sueldo ni su indemnización.
A sus jefes les pudo salir bien y haberse ahorrado algunos cientos de euros en su despido. Sin embargo, ahora, puede que haberse librado de Javier R., les salga mucho más caro. Con toda probabilidad, el asunto del bossing no influirá en la decisión del juez, pues como denuncian las asociaciones en defensa de las víctimas de acoso laboral, aún es complicado que todas las sentencias judiciales contemplen el mobbing y el bossing. La indemnización que recibirá este joven tras meses embarcado en un proceso judicial se limitará con toda probabilidad al hecho de que lo hayan echado de su trabajo alegando unas razones falsas y en esta ocasión, la crisis y la política de su empresa, habrán convertido a Javier en una víctima más del bossing.
PUNTO DE ATENCIÓN
Las empresas públicas son el gran foco del acoso laboral . El sector de la administración ha aparecido en los últimos informes sobre acoso laboral, como Cisneros VI, como uno de los principales núcleos en los que se están concentrando más prácticas de mobbing y bossing de los últimos años.
Si bien, es en aquellas empresas públicas gestionadas por entidades privadas en las que sobre todo el bossing se da con mayor virulencia. El vicepresidente de la Asociación Contra el Acoso y el Maltrato Laboral de Córdoba, Francisco Fermín Galduf, explica que estas empresas carecen de protocolos de actuación claros a la hora de incorporar o prescindir de personal y esto provoca que el campo esté abierto a las presiones ejercidas de superiores a empleados de rango inferior.
En este sentido, Galduf insiste en que “los sindicatos deben exigir tanto a la propia administración como a las empresas privadas que tienen en sus manos entidades públicas que apliquen el Estatuto del Empleado Público pues es una forma de proteger a los trabajadores de prácticas abusivas muy válida”.
FUENTE: 2000-2009 © Copyright El Semanario la Calle de CÓRDOBA
jueves, 29 de octubre de 2009
EDUARDO SUBIRATS "LOS DÍAS QUE VENDRÁN"

Recuerdo haber pasado, hace algunos años, en las calles de Berlín, junto a un muro en el que se había pintado con gruesos trazos: ¡Ya falta poco para 1984! En aquellos años tal frase se leía todavía como un oscuro presagio. Aquella ciudad -y Berlín es un sensible termómetro de lo que Europa piensa y siente- recien había atravesado el desencanto de la reconstrucción y la democracia de la postguerra, la efervescencia revolucionaria de los sesenta, y el declinar lento de aquella crítica hacia actitudes nostalgicas y pesimistas. ¡Ya falta poco para 1984! Significaba el tácito reconocimiento de una realidad que la entonces generación joven se había resistido a ver. En aquellos días, la explosión efímera de grupos radicales, que las circunstancias decantaron fácilmente hacia el terrorismo, daba fe de la desesperación de una crítica liberal de la cultura moderna. Fue precisamente el terrorismo alemán quien puso de manifiesto, indirectamente, los nuevos y futuristas medios de que disponía el poder social. Se revelaron técnicas de manipulación química, neurológica y psicológica en las cárceles, así como los medios de masivo, a la vez que selectivo control ciudadano a través de los modernos sistemas electrónicos. Por aquel entonces, la conciencia de los fenómenos destructivos para la naturaleza y la vida inherentes al progreso industrial comenzaba a difundirse socialmente, y con ella también la perspectiva -nítidamente formulada por intelectuales como R.Jungk- de un creciente desarrollo, suscitado por exigencias estrictamente tecnológicas, de formas sociales de control totalitario. La visión negativa del futuro se reforzaba todavía más ante la constatación de que el consenso, lo suficientemente fuerte como para constrarrestar un proceso objetivo de progresiva racionalización y no-libertad.
Quizá no sea excesivo recordar una conferencia célebre pronunciada en Berlín a finales de los sesenta bajo el título: "El fín de la Utopía". En ella se formuló hegelianamente el fin de la utopía como idéntico con su realización histórica, con arreglo a un principio que allí mismo habían formulado, cincuenta años antes, las vanguardias artísticas revolucionarias. Algunas veces se ha pensado que la imaginación crítica y la poesía revolucionaria de los años sesenta eran como una enorme pantalla en la que no sólo se proyectaban sueños milenaristas, sino que también se ocultaban los paisajes del futuro previsible. Y así parece ser, al menos, respecto de aquel topos del fin de la utopía. la utopía murió, pero más bien como fracaso del principio crítico que la alentaba. La imaginación parecía haber claudicado frente al desarrollo de una ciencia agresiva, de una tecnología destructiva y de formas totalitarias de dominación.
¡Ya falta poco para 1984! Expresaba este oscuro presentimiento. Por entonces se hablaba mucho del "modelo alemán" de progreso, de desarrollo, de bienestar y de no-libertad. El "modelo alemás" era concebido cono una utopía negativa del futuro en la que los signos de una vida aséptica y clínicamente controlada se intercambiaban con los de una naturaleza integralmente reducida por la tecnología bajo el principio de una racionalización total de la vida. Era la visión futura de una sociedad en que la vida y la muerte diluían su límites bajo los signos de un integral orden tecnológico. El rigor cartesiano del intelectualismo protestante, junto con la frialdad e indiferencias humanas subyacentes a los procesos de regulación técnica de los aspectos más íntimos de la existencia parecían garantizar un futuro histórico en el que totalitarismo y la coacción de la vida se cumplían y legitimaban bajo un principio funcional de eficacia y de racionalidad económica. Bajo el lema del "modelo alemán", en fin, se anunciaban aquellas virtudes filosóficas, éticas y tecnológicas que permitían pensar en una psicología política de la hibernación humana.

Sin embargo, aquella perspectiva acabó siendo rebasada. No, por cierto, a causa de que los términos de su conflicto hayan sido superados. Pero la historia no es tanto la progresiva superación de sus conflictos, cuanto el sucesivo desplazamiento de sus problemas por otros problemas más drásticos. A mi modo de ver, la crítica de un mundo integralmente racionalizado de aquellos años adolecía, lo mismo que la utopía concreta de los sesenta, de una y la misma ingenuidad, a saber: "pasaba por alto el hecho mismo del desarrollo tecnológico, por así decirlo, su inherente necesidad, inscrita tanto en los procesos objetivos de reproducció y autoconservación social y política, cuanto en la estructura de la subjetividad moderna, abocada a la conquista de la naturaleza y a las empresas futuras".
Con todo, es digna de ser recordada la diferencia de actitudes que a lo largo de poco más de una década se han sucedido en lo que respecta a las espectativas del futuro: la confianza trivial en una utopía de signo emancipador en los sesenta había desembocado en la superficial confianza en una crítica de la modernización tecnológica, sin mayor fundamento en ambas que el un rechazo moral.La perspectiva bajo la que hoy contemplamos el futuro parece distinta. La proximidad o el cumplimiento de las utopías negativas de un poder totalitario articulado con la racionalidad tecnológic ya no despierta tanto la exigencia interior de la crítica, sino que se contempla como un destino cumplido. Su signo no es la protesta, sino el espanto. Aquella frase de los muros de Berlín,¡Ya falta poco para 1984!, ya no tendría hoy tanto el carácter de una crítica, cuando la expresión del pánico, quizá de las desesperación. De lo que se trata hoy parece ser de la simple visión negativa del futuro como un reino en el que la racionalización tecnológica de la vida se identifica con la no-libertad, la destrucción o el siniestro.
Quiza pueda decirse que en la historia de Occidente la figura de un pesimismo artístico y filosófico que contempla fríamente la identidad de la empresa civilizatoria con el horror, la destrucción y lo siniestro no es nueva. En el Renacimiento, la obra de Bruegel y, particularmente, su Torre de Babel constituyen un exponente definitivo y radical de esta visión desesperanzadora: la misma arquitectura genérica que representa el progreso de la civilización se presenta ante nosotros como una ruina y un mundo absurdo en el que las ambigüedades y conflictos destruyen la humanidad, más no las relaciones de dominio, centralmente descritas por el pintor. El otro gran ejemplo en la cultura europea es Piranesi, cuyas Carceri muestran ambivalentemente el intercambio de signos entre la racionalidad clasicista de la arquitectura y del espíritu de las luces, y la atmósfera oprimente, irracional y angustiante que genera su impecable rigor. El orden racional del espacio se convierte en sus visiones arquitectónicas en principio de desorden, de lo caótico, al igual que la construcción de la civilización en Bruegel es descrita como la destrucción de la humanidad por sí misma. Esta identificación de lo oprimente, lo siniestro y lo angustiante es propia y central, sin embargo, en una obra literaria como la de 1984 de Orwell y, después de ella, la gran mayoría de las utopías negativas del futuro que hemos podido ver en el cine, en la pintura o en la literatura.

La constelación semejante de un pesimismo histórico la encontramos de nuevo en múltiples manifestaciones artísticas de nuestro tiempo: un drama expresionista como GAS de Georg Kaiser, una película como METROPOLIS de Fritz Lang, un programa arquitectónico como el de Hugh Ferriss, en su THE METROPOLIS OF TOMORROW, la pintura de Georg Grosz y de la NEUE SACHLICHKEIT o una obra literaria como 1984 de George Orwell. En todos ellos se identifican aquellos signos portadores del futuro histórico o más propiamente del progreso industrial o tecnológico, con la deshumanización, la destrucción y el terror. En todos ellos se identifican los valores seculares del progreso, con lo de una concepción igualmente secularizada de un infierno histórico.
Y, sin embargo, debemos plantearnos la pregunta por el sentido específico que esta visión negativa del presente y el futuro históricos puede adquirir para nosotros. Tal sentido debe de desprenderse del lugar que semejantes concepciones de la cultura y su porvenir ocupan en el conjunto del pensamiento moderno. Este lugar no es, por lo pronto, y desde un punto de vista formal, la literatura o el arte en un sentido estricto, es decir, estético, como tampoco lo es la filosofía, la sociología o cualquier otra forma de pensamiento crítico y científicamente fundado, sino que pertenece al marco de la profecía, de lo visionario o de la utopía como su figura secularizada y moderna. El lugar de las visiones de Orwell, por ejemplo, es el que,en otros contextos culturales, por ejemplo, en el pensamiento socialista del S. XIX o en los pensadores sociales del S. XVIII, ocupaba la utopía. Frente a la utopía de signo liberal o libertario del S. XVIII, frente a las utopías del progreso creadas y difundidas por los socialismos del XIX e incluso frente a las utopías de un mundo cultural racionalizado y armónico de las vanguardias artísticas de comienzos del siglo presente, nuestra edad ha creado esta figura de una utopía negativa del futuro.
Eso quiere decir que el hombre moderno de nuestros días, o más bien el ciudadano de las metrópolis industriales, vive con la imagen de un futuro peor, así como el hombre del siglo XIX soñaba en un progreso material y moral de la humanidad. Las visiones de humillación y destrucción se han vuelto cotidianas en nuestros días, y nuestra sensibilidad y nuestra inteligencia ya han sido adaptadas e inmunizadas gracias a los medios de masas a los posibles efectos de una catástrofe, de la vida degradada bajo un universo plenamente racionalizado o simplemente a la política psicológica de la hibernación.
Con ello, o mejor dicho, a través de la unilateralidad que este cotidiano espectáculo nos brinda en nuestro mundo actual, nos acercamos un paso más a aquella pregunta por el sentido posible de la utopía negativa. En efecto, que lo siniestro sea presentado en un terreno cercano al orden de la razón -otrora sublime-, o bien, que la angustia sea vivenciada en las proximidades de aquel reino virtual, el de la proyección hacia el futuro, en el que la filosofía moderna de la historia vislumbraba todo el ser y toda la libertad, supone un cambio radical en la concepción general de nuestras vidads, de la sociedad, de la cultura y la historia.
Esta nueva constelación puede contemplarse desde dos perspectivas relacionadas entre sí, pero claramente distintas. La visión de un futuro social coactivo, siniestro, la proyección del terror y la angustia en le futuro histórico, pueden cumplir la misión de un sucedáneo del progreso, del principio trascendente de esperanza y de viejos ídolos. De hecho, la función catártica de la angustia tal cual es presentada y vehiculada por los medios de masa no se encuentra lejos de una función ritual, identificatoria e integradora semejante. Así como los sesenta consumían en el sentido más estrictamente económico utopías eróticas del futuro, los años ochenta consumen utopías necrófilas. Hay en ello un momento que no dudaría llamas existencialista. Se trata de aquella dialéctica de radicalismo moral y resignación histórica que los pioneros del existencialismo, como SEIN UND ZEIT de Heidegger, elevaron a sistema conceptual. La música popular moderna, por mencionar un ejemplo cotidiano de los medios de comunicación, anticipa no sólo la fealdad de la civilización industrial, el horror al vacío cósmico, la disonancia estética de un mundo plenamente tecnológico, sino, precisamente el caos, la catástrofe, la muerte. En las formas de la moda más joven pueden sugerirse igualmente la evolución anticipatoria de los signos de la violencia, la angustia, y el culto del terror y la muerte, tachonadas con OBJETS TROUVÉES en los que los símbolos del feminismo, del anarquismo, de los movimientos de resistencia, del terrorismo, pero también del militarismo, de los cultos fascistas del heroísmo y el valor agresivo, junto con piezas mecánicas o signos variados de la destrucción se amalgama confusamente bajo una común expresión negativa, radical y provocativa, al tiempo que resignada.
En estos gestos y en estas formas, lo mismo que en la fascinación estética que hoy suscitan y capitalizan las imágenes colectivas de la destrucción y la crueldad, ode un futuro tenebroso, habitan un momento de rechazo moral, de verdad y de crítica. Y, sin embargo, el horizonte de estas expresiones, y de la utopía negativa en general, no deja de ser el triunfo de la muerte, la glorificación de la destrucción y el nihilismo. El límite entre la protesta y la asunción de la realidad mala es en ello tan tenue como una brisa. Tal momento lo expresa la novela de Orwell en una sentencia que, a mi modo de ver, atraviesa el relato como una obsesión: "DEBÉIS ACOSTUMBRAROS A VIVIR SIN ESPERANZA". De ahí que deba considerarse la proximidad filosófica de esta actitud hoy generalizada con el existencialismo -de acuerdo con su versión pionera en SEIN UND ZEIT de Heidegger o en su visión vulgarizada por un pensador mediocre como Ciorán-, el cual, precisamente, junto a una moral de la autenticidad y de la resistencia, proclamaba, a final de cuentas, la prioridad de la nada sobre el ser, de la muerte sobre la vida, y de la destrucción y la guerra como dimensión heroica y trascendente.
La crítica del progreso puede asumir, sin embargo, un sentido destinto a la mirada paralizada por la visión terrorífica de la Gorgona. Quiero definir esta segunda posibilidad en los términos de un límite que atañe a la objetividad histórica, al progreso material de la sociedad, y al mismo tiempo a la estructura de la conciencia que los condiciona; un límite a la vez subjetivo y social, capaz de suscitar como tal una nueva figura de la reflexión.
Para analizar esta segunda posibilidad es preciso subrayar una circunstancia: la figura de una utopía negativa del futuro de la civilización tecnológica como se da en 1984 de Orwell es históricamente contemporánez de las utopías positivas y concretas de una civilización tecnológica o tecnocrática integralmente racionalizada, como las que plantearon las vanguardias históricas en un intento de aunar un ideal artístico con el poder. En los escritos programáticos de Mondrian, Le Corbusier, Hilbersheimer, Ferriss, Malewitch o Marinetti el nuevo orden social totalmente subsumido a un principio de racionalización instrumental era anunciado como el nuevo y verdadero reino de la libertad y la armonía humanas. Le Corbusier o Hilbersheimer, en su definición de la arquitectura como un monumental sistema de integración social a las exigencias de la industrialización, definían incluso su utopía de una completa mecanización de la vida como núcleo de un nuevo humanismo.
Esta simple yuxtaposicón pone de relieve precisamente el carácter relativo de la utopía negativa moderna tal como, desde el expresionismo hasta nuestros días, ha sido desarrollado en el pensamiento artístico y literario. En otras palabras, muestras su dependencia con respecto a esa otra referencia que es el ideal de un universo cultural completamente tecnocratizado. Al mismo tiempo, la visión ampia de estos dos aspecto permanentes a lo largo de la cultura moderna revela también la unilateralidad de las utopías recionalistas que particularmente ha patrocinado la arquitectura a través de su directa vinculación con las formas de dominio total.
He señalado dos perspectivas y dos sentidos bajo los que contemplar la utopía negativa en el mundo de hoy. En ambos se partía de un mismo núcleo o de una misma experiencia: la angustia del hombre moderno frente al futuro histórico. En un caso nos habíamos encontrado con una forma última y radical de negatividad, con una concepción nihilista de la vida, con una reivindicación inapelable de la angustia como valor último de la historia. Bajo la segunda actitud el acento reside, en cambio, en la reflexión.
Allí donde las imágenes de una civilización dominada por su propio proyecto civilizador es contrastada con las utopías de un dominio racional absoluto, allí también aquella angustia pierde su consistencia ontológica para convertirse en una experiencia histórica y, a la postre, crítica. Más aún: bajo esta última óptica la angustia se convierte, como en otro contexto lo ha formulado María Zambrano, en el medio de una reflexión radical sobre aquellas figuras del conocimiento y sobre aquellos procesos lógicos o racionales en los que se fundamenta nuestra civilización. La angustia, como experiencia individual y como categoría filosófica, asquiere así una dimensión crítica precisamente porque plantea la pregunta por el final del proceso de racionalización instrumental y, con ella, por una reformulación de la cultura.
Sin embargo, si la utopía negativa como forma artística de elaboración de la angustia del hombre moderno ante el futuro suscita como una posibilidad esta dimensión reflexiva, al mismo tiempo la cierra en su unilateralidad, en su dimensión negativa y sin tensiones, en su representación de una realidad mala en la que no habita la aspiración a otra realidad mejor. El mundo de Orwell en 1984 se ha convertido para nosotros en una representación clásica de esta unilateralidad. Se contempla la evolución de la realidad bajo las tendencias totalitarias inscritas en la objetividad misma de los descubrimientos tecnológicos y su creciente dominio, así como en la tradición de doctrinas morales y políticas autoritarias, y concepciones despóticas de la dominación. La utopía negativa asume una visión de la historia que es más bien las máquinas ideológicas y las maquinarias del terror, o biens las máquinas instrumentales de la reproducción tecnológica de la civilización. Su unilateralidd, en definitiva, reside en no contemplar el futuro como una dimensión propia de los seres humanos. Y el futuro histórico pertenece siempre al hombre, incluso allí donde es dominado hasta el anonadamiento de su existencia por los instrumentos de su propia invención.
Defender esta dimensión afirmativa y, pese a todo, optimista frente a la historia y el progreso no quiere decir que la conciencia moderna deba ocultarse en modo alguno las efectivas potencialidades, ideológicas tanto como tecnológicas, que el presente alberga en el sentido de un control totalitario sobre la vida humana y de formas de destrucción de la vida. Pero significa, al mismo tiempo, ir más allá de esta visión negativa o desesperanzada, y no detenerse jamás en el consuelo de una mirada nostálgica o una resistencia romántica.
Un sector importante de la conciencia intelectual de nuestros días ampara su actitud moralmente crítica y objetivamente inoperante en el rechazo nostálgico del progreso científico-técnico y los fenómenos de racionalización de la existencia que lleva consigo. Esta posición ética y política, surgida como reacción contra el culto de la racionalización y el desarrollo tecnológico como un factor objetivo y automáticamente emancipador, divulgado tenaz y retóricamente por el marxismo a lo ancho de los países subdesarrollados, encuentra hoy precisamente su más espectacular legitimación en los escenarios políticos de las catástrofes ecológicas, en la angustia políticamente manipulada ante una guerra nuclear o el simple miedo al futuro. El camino hacia el futuro está, sin embargo, en otra parte.
Quizá una simple anécdota, un ejemplo por lo demás trivial, sirva elocuentemente en el sentido de indicar este paso hacia delante ya hacia una crítica afirmativa de la civilización tardomoderna. Es un hecho notorio, y para muchos sorprendente, que hoy los niños manipulan como instrumento de juegos lo que ayer era rechazado como objeto de miedo. La habitual consideración sobre la obviedad de los cambios entre generaciones oculta sin duda el aspecto renovador de este detalle pequeño. El contraste que a él subyace reside, a mi parecer, en la diferencia entre la violencia del ataque contra las formas más desarrolladas de la tecnología en la generación de los años sesenta, y su nueva, pero sonriente ulilización técnica. Es preciso subrayar, una vez más, que aceptar esta dimensión del progreso no tiene por qué significar necesariamente el abandono de la crítica y de la resistencia contra los momentos destructivos o coactivos inherentes a la tecnología moderna. Sin embargo, y por seguir en quel ejemplo, que millones de aparatos verdaderamente inefables brinden sofisticadas tecnologías a los niños quiere decir que estos instrumentos se convierten en objetos a la escala de su fantasía.
habíamos partido de la negatividad inherente a los fenómenos de racionalización tecnológica de la vida. Tal era el problema central desarrollado por las utopías negativas bajo el signo de la angustia. Esta angustia, sentida hoy de manera general, y utilizada también de manera generalizada como modelo de manipulación política, ponía en cuestión el todo de la civilización, planteaba una reforma de la cultura porque exigía cuentas a la historia, al progreso y su sentido humano, y definía, en definitiva, el final del proceso de racionalización de la cultura comenzado en el Renacimiento y la Ilustración. Pero la anécdota del niño entregado a la fascinación del juego con la máquina añade a este límite el aspecto positivo de una alternativa. Su fantasía supera la unilateralidad del universo negativo de un miedo sin fisuras, pues por ella se reintroduce en la misma realidad tecnológica de nuestra civilización una dimensión metafórica y comunicativa ligada a la naturaleza, a la historia, a lo mítico o al mismo sentimiento de lo sagrado. Una nueva poesía se genera con ello al lado de un control técnico más perfeccionado de la naturaleza y del hombre. Y esa poesía es constructiva y contempla el futuro con esperanza incluso o precisamente allí donde, al mismo tiempo, no se oculta sino que afronta los peligros que entraña el progreso.
Fuente: ORWELL: 1984. Reflexiones desde 1984 (Selecciones Austral - Espasa Calpe-UNED)