jueves, 20 de junio de 2024

Ricardo de Montis y Romero Notas cordobesas. Recuerdos del pasado. Vol 1(1911)

 

EL TENORIO

En Córdoba, como en toda España, el 2 de Noviembre es indispensable la representación del popular drama de Zorrilla.

Y en nuestros teatros han interpretado al travieso Don Juan todos los actores que más se han distinguido en ese papel, excepto el inolvidable Rafael Calvo.

Vico, Tamayo, don Pedro Delgado, Perrín, Thuiller, Fuentes, Felipe Vaz y otros muchos nos han deleitado con losversos maravillosos del insigne cantor de Granada, declamándolos según la escuela de cada uno.

Del primero conservarán los buenos aficionados al arte teatral un recuerdo indeleble. Fué una temporada muy mala para el ilustre artista; el Gran Teatro estaba casi todas las noches desierto y Vico rezaba sus papeles con aquel sonsonete que le hacia insoportable cuando no tenía ganas de trabajar.

El critico de un periódico local emprendió una campaña contra él y, en el colmo del apasionamiento, llegó á decir, refiriéndose á la representación de El zapatero y el Rey, que la obra estaba mal ensayada y que Vico no supo vestirla.

Esta enormidad sublevó al insigne actor, que al día siguiente del en que leyera la crítica volvió á poner en escena el drama citado, representándolo sin apuntador. Y á aquella obra de Zorrilla, que fué interpretada de modo magistral, sucedió Don Juan Tenorio.

El público acudió, más que para recrearse con el drama, impulsado por la curiosidad de ver cómo lo hacía el anciano Vico.

Don Antonio rezó su papel en el primer acto, provocando algunas sonrisas al decir: yo gallardo y calavera; pasó sin pena ni gloria en el segundo y en el tercero, pero llegó el cuarto y en él tuvo una de esas transformaciones súbitas que le eran frecuentes; el cómico adocenado convirtióse en un coloso, su figura se ajigantó y en el parlamento con el Comendador, en el desafío con Don Luís y, sobre todo, en la situación final, realizó tales prodigios de arte, cosas tan extraordinarias tan inesperadas, tan admirables, que al caer el telón, el público en masa, como una sola persona, levantóse de sus asientos y prorrumpió en la ovación mayor que ha obtenido artista alguno en nuestros teatros.


Las señoras, también en pie, agitaban sus pañuelos saludando á Vico que, presa de gran emoción, tuvo que presentarse en el proscenio infinidad de veces. Este ha sido el Tenorio más notable de todos los representados en Córdoba.

De los demás, actores que mencionamos al principio de estas notas sólo Perrín y Felipe Vaz supieron personificar al Burlador de Sevilla apartándose de realismos que no encajan bien en ese personaje é imprimiédoles el carácter romántico con que nos lo presenta el autor.

Hay otro Tenorio memorable en nuestra población y no ciertamente por su protagonista, sino por Doña Inés: ¡como que hizo este papel, no una actriz, sino una gimnasta, norteamericana por añadidura!

Trabajaba en el Gran Teatro la hermosa artista Geraldine Leopold, que además de sus ejercicios en el trapecio, de sus danzas fantásticas y de sus tiros al blanco, ponía en escena algunos juguetes con un modesto cuadro Cómico que la acompañaba.

Como se aproximase la fiesta de Todos los Santos, el autor de estas líneas le indicó la idea de que representara la popular obra de Zorrilla, interpretando ella á Doña Inés de Ulloa. Al principio le asustó la proposición, pero después encariñóse con el pensamiento y concluyó por aceptarlo.

Estuvo ensayando cuidadosamente su papel y logró personificar á la hija del Comendador mejor que no pocas actrices.

A pesar de ser extranjera, su dicción resultaba correcta; únicamente una palabra le fué imposible pronunciar, filtro, y esa se le sustituyó en el verso por otra análoga.

Para caracterizar con toda propiedad al personaje envió á las monjas Calatravas de Madrid una muñeca,encargándoles que se la vistieran con un traje igual al que ellas usan, y la muñeca sirvió de modelo para que le confeccionaran el hábito.

No hay que decir que la Geraldine resultó una Doña Inés, encantadora, ideal, como sin duda la soñó Zorrilla.

Aprovechándose de sus aptitudes de gimnasta ideó una combinación escénica de gran efecto: la estatua que aparece y desaparece en la tumba no fue, como de costumbre, un lienzo pintado, sino ella misma.

Barrilaro, aquel cómico tan modesto como trabajador, que accidentalmente se hallaba en Córdoba, brindóse á servirle de traspunte, y como al verle en el escenario le dijésemos: pero hombre, ¿usted se dedica ahora á esto? nos contestó con orgullo: tal actriz merece que la apunte un actor.

El retrato de la Geraldine, vestida de monja, apareció en casi todos periódicos ilustrados, que trataron del acontecimiento artístico, y la hermosísima Doña Inés, como recuerdo de lo que ella calificaba de atrevimiento inaudito, nos envió una fotografía con la siguiente dedicatoria: "Sr. D. Ricardo de Montis y Romero: A usted que tanto ha ensalzado la interpretación que he hecho del papel de Doña Inés, con gran perjuicio del arte, le dedico este recuerdo, que le servirá de remordimiento de su conciencia. Su amiga, Geraldine Leopold. - Córdoba-7-11-97".

En nuestra capital, como en todas partes, la representación de Don Juan Tenorio ha originado multitud deincidentes graciosísimos.

Salgado, un pobre cómico de los de última categoría, declamó los versos de un modo tal que ni su autor los hubiera conocido, y como alguien le advirtiese las innovaciones de que los hacía objeto, se arrancó con una disertación literaria deliciosa. Los escritores, decía, se preocupan poco de la puntatura, por que eso lo dejan á la discreción y al talento del actor, y este es el que cuida, como lo hago yo, de darles la puntatura alta ó la puntatura baja, según lo requiere el caso. No es necesario añadir que cuantos oyeron tal discurso quedaron completamente en ayunas de lo que había querido decir el revolucionario Don Juan.

Otro Tenorio exclamó á grito pelado en el Gran Teatro:

Si volvieran á salir

de las tumbas en que están

á las manos de Don Juan

volverían á Madrid.

Muchos aficionados han representado también en Córdoba el drama de Zorrilla, distinguiéndose don Manuel Lorenzo, que lo interpretaba con gran discreción.

Hace ya bastantes años, varios jovenes, de los cuales sólo uno ó dos habían pisado el proscenio, pusiéronlo en escena para destinar los productos de la entrada á la sociedad obrera La Caridad sin límites.

Y aquel fué un Tenorio memorable. Hubo actor que no conformándose con decir su parlamento dijo el de los demás, y Don Juan, en el último acto,clamó con toda la fuerza de sus pulmones:

¡Yo, señor don Dios, creo en tí!

Además ocurrió el caso excepcional de que el apuesto sevillano á quien jamás causaron pavor ni muertos ni vivos, temblara de miedo en la escena del desafío con Don Luis, por temor de que este, á causa de su gran miopía, le atravesase de una estocada.

¿Quieren saber los lectores quienes eran ambos? Don Juan el hoy aplaudido autor cómico Julio Pellicer; Don Luís el que suscribe estas notas.

Un redactor de un periódico local, antes de que se efectuara esta representación y sin tener en cuenta su fin benéfico, emitió ciertos juicios, nada favorables, de los improvisados actores.

Y los protagonistas de la obra le dedicaron una serie de cartas, que aparecieron en otro periódico, firmando cada cual la suya con el nombre del personaje que había interpretado, en las que le pusieron verde, según la frase vulgar.

Don Diego Tenorio se concretó á decirle lo siguiente: Yo no sé escribir, pero he leído hace pocos días unos versos de Sinesio Delgado y me limito á dedicárselos al crítico en cuestión. Helos aquí:

"Una turba de niños nos abruma

con la audacia sin fin del majadero,

se salen del pañal, cojen la pluma

y dejan la vergüenza en el tintero".


Ricardo de Montis y Romero Notas cordobesas. Recuerdos del pasado. Vol 1(1911)

 


"CARLILLOS EL PINTOR" Y MONTESINOS


Entre los tipos que lograron hacerse populares en Córdoba por su ingenio, por su gracia, por sus excentricidadesó travesuras, merecen ocupar un puesto preferente Carlitos el pintor y Montesinos.

Era el primero lo que se llama un hombre de buen humor, ocurrentísimo, que había tomado la vida á broma y procuraba pasarla lo más divertidamente posible, aunque fuera á costa del prójimo.

Y á pesar de su condición de humilde obrero, pues ejercía el oficio de pintor de los llamados de brocha gorda,contaba, merced á su carácter, con la amistad de las personas de más prestigio que había en su tiempo en nuestra población, y alternaba con ellas en juergas y reuniones.

Como que él constituía el principal elemento de tales juergas e iniciaba todas las aventuras y trastadas que ponían en práctica sus compañeros de correrías, muchas de las cuales se hicieron celebres y han dado renombre á Carlillos el pintor.

Las principales víctimas de sus ocurrencias eran los boticarios, sin duda porque en la época á que se refieren estas notas había varios en nuestra población á quienes los años y los padecimientos dotaron de un carácter brusco y de un humor de todos los diablos.

Uno de aquellos habitaba en la calle de San Pablo; el piso de su farmacia estaba bastante más bajo que el de la vía pública y Carlillos, aprovechando esta circunstancia, decidióse á jugarle una mala pasada que no se le olvidaría en mucho tiempo al pobre anciano.

Una noche crudísima del mes de Enero enchufó una tripa de vaca, á guisa de manga de riego, en el caño de la fuente de la plaza del Salvador, que entonces hallábase en lugar distinto del que ocupa hoy, introdujo el otro extremo por una ventana de la botica, rompiendo un cristal con mucho cuidado para producir el menor ruido posible y dejó que cayera el agua durante largo tiempo.

Cuando la habitación estaba convertida en una alberca, quitó la improvisada manga, llamó insistentemente á la puerta hasta conseguir que el farmaéutico se asomase á un balcón y entonces, afectando un pesar muy grande y con súplicas y ruegos capaces de ablandar á una piedra, le pidió que le preparase un medicamento para su pobre mujer que estaba casi en la agonía.

Bajó, en efecto, el anciano y estuvo á punto de ahogarse al penetrar en la botica; tal era la cantidad de agua que había en ella.

A otro boticario que tampoco se distinguía por su buen genio, borróle una noche el rótulo de la muestra de su establecimiento, sustituyendo la palabra farmacia por la de casa de comidas, y al día siguiente mandóle dos ó tres mozos de cordel para que les sirviera un almuerzo.

Los lectores supondrán el recibimiento que tendrían aquellos infelices.

Un pobre zapatero que trabajaba en un portal de la calle Mesón del Sol había sustituido con un papel, para resguardarse del viento, un cristal que le faltaba á la puerta.

Cada vez que Carlillos el pintor pasaba por allí, y pasaba con gran frecuencia, introducía la cabeza por el papel, haciéndolo pedazos, para dar los buenos días ó las buenas tardes al maestro y obligarle á pegar otro periódico.

El zapatero contó lo que le ocurría al alcalde de barrio, hombre formal, enemigo de bromas y que había tomado muy en serio su cargo.

Indignóse aquel y prometió al maestro de obra prima apelar á los fueros de la autoridad para impedir las mofas del pintor.

Llamó á Carlillos y, efectivamente, este no acudió al llamamiento; volvió á citarle, ya con amenazas, y entonces se le presentó muy correcto y sumiso.

El alcalde de barrio, con una gravedad que infundía risa, le espetó una serie de reconvenciones que no tenía fin.

Oyólas atento nuestro hombre y cuando hubo terminado el discurso esclamó: ya sabía yo que me llamaba ustedpara alguna tontería.

Vivía en Córdoba un medico, trasnochador y bebedor incorregible, que diariamente llegaba á su domicilio á lasaltas horas de la madrugada y no muy sereno por efecto del alcohol.

Carlillos tuvo una idea diabólica, como suya, y acto seguido la puso en práctica. Buscó dos amigos albañiles y una noche los tres, provistos de yeso y ladrillos, encamináronse á la casa del médico.

El pintor se encargó de entretener al sereno y mientras tanto los albañiles construyeron un tabique delante de lapuerta de referida casa, enluciéndolo á fin de que pareciera la continuación de la pared. Realizada su obra se marcharon tranquilamente.

Llegó el doctor y su asombro no tuvo límites al ver que había desaparecido la puerta. ¿Sería aquello un sueño,una pesadilla terrible? Lleno de dudas espantosas pasó el resto de la noche, dando vueltas por la calle, hasta que la claridad del día le puso al descubierto la broma

No sabemos si, á pesar de la lección, siguió trasnochando y embriagándose.

Carlillos era una de las primeras máscaras que aparecían en nuestras talles todos los Carnavales y la primera también que daba con sus huesos en el Galápago, antiguo arresto al que ha sustituido la Higuerilla.

Suponga el lector que no llegara á conocerle las hazañas que realizaría durante las fiestas del dios de la locura.

*

Montesinos se propuso lo que el pueblo expresa con una frase gráfica como casi todas las suyas: vivir sobre el país y hay que confesar que lo consiguió.

Ni consejos, ni castigos de su padre, un honradísimo panadero cordobés, lograron que se dedicara á un oficio, á una ocupación cualquiera, él decía que el trabajo se había inventado para las bestias y la diversión para los hombres y fundándose en esta máxima jamás pensó en otra cosa que en divertirse.

¿Que no tenía ropa? Pues se ponía la de cualquiera de sus hermanos, ó la levita y el sombrero de copa que usaba su padre en las grandes fiestas.

Por esto solía decir á sus amigos con la mayor tranquilidad del mundo: lo que siento es que se van casando todos mi hermanos y marchándose de mi casa y el día menos pensado voy á tener que salir á la calle con los hábitos del cura, (uno de ellos era presbítero) que es el único que no se marchará.

Gran aficionado á francachelas, cada vez que sus amigos organizaban alguna, excitábanle para que se apoderara de un par de gallinas del bien provisto corral de la tahona de sus padres y él accedía gustoso á la petición, pero tanto se repitieron las sustracciones de aves que al fin acabó con todas.


-Es menester que esta noche te traigas una gallina- dijéronle varios de sus camaradas en cierta ocasión –porque preparamos una gran fiesta.

-Imposible, contestó Montesinos; ya no queda más que el gallo.

-Pues tráetelo; lo mismo dá.

-Eso resulta más imposible todavía; el gallo es el reloj despertador de mi padre y si no lo oyera cantar al punto notaría su falta.

Siguieron á este diálogo razonamientos que ignoramos, pero que debieron ser poderosísimos pues al fin lograron decidir á nuestro hombre á apoderarse del gallo.

Y aquella noche hubo la gran juerga.

Montesinos, que imitaba con rara habilidad el canto de muchas aves, tuvo desde entonces gran cuidado de sustituir al gallo en la tarea de despertar al dueño de la tahona á una hora determinada, para que no advirtiese la falta del animalito.

Un día quedóse dormido y no pudo cumplir la misión que se había impuesto.

¿Qué le habrá ocurrido al gallo -preguntó el padre de Montesinos al levantarse- que hoy no ha cantado á la horade costumbre?, y el hijo le contestó con gran naturalidad: no se preocupe usted por eso; es que se habrá quitado de flamenco.

Montesinos tenía el afán de la notoriedad y no desperdiciaba ocasión para conseguirla.

El se exhibió en el circo de Díaz, donde lo presentó el famoso clown. Tony Grice, para lucir su habilidad de imitador de pájaros y otros animales; él tomó parte en las experiencias de hipnotismo que realizaba en el Gran Teatro el celebre Honofroff y, por último, dedicóse al toreo, arte en el que obtuvo sus mayores triunfos.

Salió dos ó tres veces á la plaza para tomar parte en corridas de novillos y apenas se le acercaba el toro arrojábase al suelo y se fingía lesionado para poder abandonar la arena.

El público, siempre numeroso cuando se anunciaba que torearía Montesinos, obsequiábale con ovaciones ensordecedoras.

En vista de tales éxitos se le ocurrió una idea peregrina; organizar una novillada en la que él actuaría de empresario, de único matador y hasta de expendedor de los billetes, pues dedicóse á colocar las localidades entre sus amigos y conocidos.

Cuando había vendido gran parte de ellas fijó el día de la corrida.

La víspera expuso un retrato suyo, vestido con traje de luces, obra del malogrado pintor Rafael Romero, en el escaparate de un establecimiento de la Cuesta de Luján y aquella noche llevó una murga para que tocase ante él.

Todos estos reclamos produjeron el efecto apetecido: la plaza se puso de bote en bote.

Llegó la hora de empezar la fiesta; el Presidente ocupó su palco; á los acordes de una alegre marcha salió lacuadrilla, una cuadrilla originalísima, capitaneada por Montesinos; el clarín hizo la señal para abrir los toriles y aquí vino lo bueno; nuestro héroe se dió una palmada en la frente y exclamó entre iracundo y compungido: ahora caigo en que se me ha olvidado comprar los toros.

No es necesario decir que el olvido le costó algunos meses de prisión.

Cuando salió de la cárcel varias personas de buen humor cortáronle la coleta y él, presa de gran indignación,denunció el hecho al juzgado.

Citáronle á declarar y como el juez le dijera: pero hombre ¿y usted por que permitió que se la cortaran?, el torero mutilado contestó con gran aplomo: si á usia lo cojen tres hombres como me cogieron á mí y le sujetan del modo que me sujetaron no le cortan la coleta sino que le arrancan hasta el pellejo.

La contestación no debió satisfacer á la autoridad judicial porque absolvió á los autores de la broma.

Y aquel día concluyó la vida pública de Montesinos.


Notas cordobesas. Recuerdos del pasado. Vol 1 (1911)

domingo, 19 de mayo de 2024

LA TABERNA - RICARDO DE MONTIS Y ROMERO - NOTAS CORDOBESAS (RECUERDOS DEL PASADO) 1911

 


LA TABERNA


La taberna de Córdoba ha perdido el carácter típico, el sello especial que la distinguía de las tabernas de todas las demás poblaciones.

Hoy carece de aquella sencillez primitiva que le daba su mayor encanto; es, por regla general, un establecimiento lujoso, bien decorado, lleno de luces y hasta de espejos, ígual á todos los que hay dedicados al mismo comercio en el resto de España.

Antiguamente la taberna cordobesa hallábase instalada en una casa grande, que jamás carecia de patio, un patiode tapias bajas para que lo invadiera bien el sol; de piso formado por piedras menuditas; muy limpio, muy alegre, lleno de macetas de flores y de jaulas con pájaros.

El despacho no se parecía al de las demás tiendas: tras un amplio mostrador de pino, invariablemente pintado decolor de caoba, hallábanse, á un lado, las viejas botas, unas sobre otras, que contenían el oloroso nectar de Montilla; al otro la ventruda tinaja del vinagre y la orza con las ricas aceitunas, y frente la estantería, azul con filetes rojos, repleta de frascos y botellas, á los que servían de fondo relucientes bateas de latón apoyadas sobrela pared; debajo de la anaquelería el medidor, tosca mesa cubierta de zinc, y en ella el echador, pintarrajeado barreño procedente de Andújar, que hoy buscan con interés las personas aficionadas á las antigüedades, y el jarro para vaciar por el embudo, análogo al echador.

En un rincón el diminuto estante con puertas de cristales, que contenía en una tabla los bolados para los refrescos y en la otra los libritos de papel de fumar y las cajas de fósforos.

Sobre el mostrador, en primer término, una panzuda jarra, también compañera, por sus labores, del barreño; la botella de las guindas y la salvilla con los vasos y las copas.

Colgados de la pared el embudo y las medidas; pendientes del techo varios manojos de lentisco para cazar las moscas y dos ó tres quinqués de reverbero que durante la noche iluminaban débilmente la estancia.

En una de las paredes, cerca del mostrador, hallábase el indispensable ventanillo, que aún conservan muchas tabernas, por el cual serviase á las personas que rehusaban entrar en el despacho.

Todas las habitaciones de la casa ostentaban, en la parte superior de sus puertas, una pequeña cortina roja, formando puntas, cada una de las cuales terminaba en una borla, cortina que, como dice muy bien un estimado amigo nuestro, era un pedazo de la gloriosa bandera de la Patria.

El mobiliario de dichas habitaciones consistía en varias mesas, pintadas lo mismo que el mostrador, y multitud de sillas, bastas y recias, de las llamadas de Cabra.

No decoraban entonces los muros vistosos carteles anunciadores de ferias y corridas de toros ni cuadros con cromos más ó menos artísticos, sino estampas hechas en la primitiva litografía malagueña de Mitjana representando episodios históricos, escenas taurinas ó retratos de los más célebres diestros de la antigüedad.

Lo único que no se ha modificado en nuestras tabernas con el transcurso del tiempo ha sido la denominación especial de las medidas. El sistema métrico-decimal no ha entrado en tales establecimientos.

Hoy, como ayer, se expende el vino por botellas, medios, vasos y medias y el aguardiente por copas y chicuelas, si bien el tamaño de las copas ha disminuido considerablemente, quedando casi relegadas al olvido las primitivas que ahora se designan con el nombre de clásicas.

Tampoco ha habido modificaciones en la original clasificación de los vinos, según su precio: siguen denominándose de veinte, de dieciseis y de doce, que eran los cuartos á que antiguamente se vendía el cuartillo.

En lo único que se advierte diferencia notable es en la calidad del líquido. La destrucción por la filoxera de los magníficos viñedos de nuestra provincia y los progresos de la química, no siempre útiles, son causa de que hoy no abunden, como antes, los riquísimos vinos de Montilla, que gozan de fama universal.

¡Quién no recuerda aquellos néctares deliciosos de las celebres tabernas de la Coja y la Cosaria!

En dichos establecimientos y en todos los que se hallaban en los barrios bajos de la población había vino de veinte que, según los buenos bebedores, era bálsamo. ¿A que obedecía esto? A que la clase pobre, moradora en tales barrios, sólo consumía el de doce y aquel hacíase viejo en las botas, adquiriendo un olor y un sabor riquísimos.

Hoy el de doce, por su inferior calidad, apenas tiene salida; en muchos establecimientos ni siquiera lo hay y todo el mundo recurre al de veinte ó, por lo menos, al de dieciseis.

No eran antes las tabernas de Córdoba, ni hoy lo son en su mayoría, y nos complace mucho declararlo, focos del vicio ni teatros de escándalos y pendencias.

Eran puntos de reunión de obreros, industriales y comerciantes que concurrían á ellas para pasar un rato con los amigos en amena charla, para cambiar impresiones sobre el trabajo ó para hacer algún negocio.

Poco antes de mediodía las tabernas llenábanse; el pueblo iba á tomar las once, lo que hoy llamamos el aperitivo, para comer á las doce y acostarse á dormir la siesta después de cerrar las puertas de las casas, costumbre patriarcal que paralizaba la vida de la población durante un par de horas en aquellos tiempos, mucho mejores que los actuales, en que el piso de nuestras calles estaba cubierto de yerba.

Muy rara vez se registraba una cuestión seria ó un accidente desagradable en la taberna; todo quedaba reducido á la discusión interminable de dos piconeros tras de haber apurado una infinidad de medias ó al alboroto del Zapatero largo y la Cumplía que iban, invariablemente, á dormir la mona en el Galápago.

Como en aquellos tiempos no se trasnochaba, los lugares de reunión á que nos estamos refiriendo cerrábanse temprano y se abrían antes de que las interminables recuas de hermosos burros cargados de costales llenos de trigo despertasen con su cencerreo al vecindario.

Los taberneros, hombres por regla general robustos, eran cordobeses chapados á la antigua, de buen carácter, de paciencia sin limites y de intachable honradez, aunque nunca ha faltado quien murmure que les gustaba bautizar el vino.

No por eso dejaban, alguna que otra vez, de jugar malas partidas á ciertos parroquianos, como lo demuestranlos dos casos siguientes con que ponemos fin á estas notas.

Una tarde del mes de Julio penetraron en una taberna dos segadores, con las fauces abrasadas por el calor; pidieron dos chicuelas de aguardiente y como vieran, mientras se las servían, unas enormes jarras, limpias y sudorosas, colgadas en el patio, abalanzáronse á ellas y de un solo trago apuraron su contenido.

Después bebieron las chicuelas y, al preguntar al tabernero qué le debían, aquel contestó con gran calma: por el aguardiente nada, por el agua dos pesetas.

Protestaron los segadores, pero al fin tuvieron que pagar la suma que se les reclamaba, en virtud de los razonamientos del tabernero: todas las tardes reuníanse allí varios amigos que iban, no precisamente por el vino, sino por el agua de las jarras, y cuando se presentasen aquel día y las encontraran sin el fresco líquido, de seguro no harían su gasto corriente, que era de ocho ó diez reales.

El dueño de otra taberna, individuo que fué muy popular, hallábase en cierta ocasión desesperado porque no entraba un alma en su establecimiento.

Una noche presentóse, al fin, un parroquiano, portador de una soberbia curda; sentóse ante una mesa, pidió un medio, bebióselo y se quedó dormido.

El sueño iba haciéndose demasiado largo y el tabernero tuvo una idea feliz: fué á la cocina, cogió varios platos delos que le habían servido para su comida, todavía con las sobras de las viandas, y los llevó á la mesa del borracho.

Al despertar este, algunas horas después, llama al tabernero, entrególe los ocho cuartos, importe del medio, y se dispuso á proseguir su interrumpida marcha, pero el amo del establecimiento le detuvo, diciéndole con simulada extrañeza: ¡qué me da usted aquí, sólo el importe del vino! Y la cena ¿quien la paga?

-¿Qué cena? exclamó estupefacto el parroquiano.

-¡Pues la que se comió usted antes de dormirse! ¿No se acuerda y todavía tiene ahí los platos?

El pobre hombre miró con asombro aquellos restos de comida; quiso, en vano, recordar la escena del fantástico banquete, y acabó por entregar á su interlocutor los diez reales que le exigía.

Pero salió preguntándose á sí mismo: ¿qué habré comido yo de tan poco alimento que tengo el estómago como si estuviera en ayunas desde esta mañana?

ROMANCES Y RELACIONES - RICARDO DE MONTIS Y ROMERO - NOTAS CORDOBESAS (RECUERDOS DEL PASADO) 1911


ROMANCES Y RELACIONES

La musa popular que hoy se revela en los cantares, llenos de sencillez y de sentimentalismo, tuvo otras manifestaciones, en tiempos ya remotos, que han pasado á la historia: el romance, la relación y la jácara, denominada en nuestra región la andaluza.

Y como Córdoba siempre fue cuna de poetas, en pocas poblaciones se escribieron y editaron más romances y producciones análogas que en esta ciudad.

El primero de que tenemos noticia data del siglo XV. Su encabezamiento dice así:

"Famoso romance que trata de la gran Tempestad y Terremoto que uvo en la ciudad de Córdoua á los veynte yvno de Setiembre año mill y quinientos y ochenta y nueue días del Glorioso Apostol San Matheo. Compuesto porAmaro Centeno estante en la misma ciudad y natural de Senabria de la Montaña de Leon. Imprenta de DiegoGaluan. Açoñaycaz".

Del siglo XVIII han llegado hasta nosotros dos romances: uno se titula "Don Claudio y Doña Margarita" y está impreso por Esteban de Cabrera, y el otro se denomina "Romance nuevo en el que se declaran las excelencias de la Gente del campo, desempeñándose de otro Romance en que los Oficiales los motejaban". Su autor es Francisco Serrano y se halla editado en el taller de dona María de Ramos, plazuela de las Cañas.

En el siglo XIX adquirió gran desarrollo esta poesía y son innumerables los romances y relaciones compuestos é impresos en Córdoba.

Los hay de todos los géneros: históricos, religiosos, amatorios, burlescos; ya narran un hecho saliente, ya recuerdan una efeméride gloriosa, ya cantan la aparición de una imagen ó un milagro, ya describen las audacias de los famosos bandoleros de Sierra Morena ó las proezas de los toreros más renombrados, ya cuentan una aventura picarezca ó un incidente cómico.

Entre los más curiosos que conocemos figuran dos, los cuales ostentan los encabezamientos siguientes:"Romance del feliz hallazgo y milagros del S. S. Christo de Torrijos" y "A la resurección de los triunphos de nuestro glorioso monarcha el Señor San Fernando, en la proclamación que hizo esta nobilísima Ciudad de Córdoba á nuestro Cathólico nuevo Rey y Señor don Fernando Sexto de este nombre, etc".

El primero es de autor desconocido y el segundo aparece con la firma de Bernardo Rodrígez Quadrado Mazo, Pertiguero de la Santa Iglesia Catedral.

Muchas de estas composiciones tienen sabor muy cordobés y casi todas constan de dos partes.

Están escritas con incorrección pero á la vez con gran soltura y con más ingenio y gracia que las obras dealgunos literatos que pasan hoy por festivos.

Generalmente los romances antiguos eran anónimos; ¡cuántos hombres de campo, analfabetos, los componían y conservaban en la memoria para decirlos ó representarlos en las fiestas de los cortijos, hasta que alguien se los escribía y, rodando, llegaban á manos de un impresor que los ponía en letras de molde!

En algunos, muy pocos, aparece el nombre de su autor, persona, por regla general, desconocida.

Sólo un romancero cordobés logró cierta notoriedad en su época, don Agustín Nieto, que vivió en la primera,mitad del siglo XIX.

El pueblo buscaba con interés sus romances, casi todos jocosos, y muchos de ellos hiciéronse popularísimos,tales como los titulados "Chasco que le sucedió á un mozo yendo á Maytines la Noche Buena", "La Tertulia","Suceso de la Pulga", y "De los toros".

Aunque todas las imprentas de nuestra población editaron durante la centuaria última gran cantidad de estas producciones, ninguna publicó tantas como la de don Luís de Ramos y Coria, establecida en la plaza de las Cañas, y la de don Rafael García Rodrígez, situada en la calle de la Librería.

En los talleres del Diario de Córdoba, oriundos de esta última tipografía, se conservan aun algunos toscos grabados, hechos en tarugos de madera, de los que imprescindiblemente lucían á la cabeza todos los romances y relaciones.

En vista del éxito obtenido por aquellas creaciones de la musa popular, varios de nuestros poetas, entre ellos don Antonio Alcalde Valladares y don Luís Maraver y Alfaro compusieron graciosas jácaras, á las que el vulgo daba el nombre de andaluzas por ser andaluces los personajes que en ellas intervenían y estar escritas en andaluz.

Recordamos haber leído una de Alcalde Valladares, no en romance sino en quintillas, publicada en un periódico de Madrid que se titulaba La Linterna mágica.

Al final del siglo XIX desapareció por completo la afición á esa poesía, á la que no le faltaba su encanto, y el último romance cordobés fue el escrito por el veterano periodista don Camilo González Atané narrando los crímenes de Cintabelde.

Hace cincuenta años no había fiesta popular, motivada por el bautizo, el otorgo, la boda ó cualquier acontecimiento de familia en que los mozos y mozas de genio más corriente no dijeran un romance ó representaran una relación.

Y el joven que no había aprendido algunas de esas composiciones era tan mal mirado por sus compañeros y sobre todo por las muchachas como el que no sabía bailar.

En cambio el que poseía extenso repertorio se llevaba de calle á toda la reunión.

Las amplias cocinas de los cortijos, durante las primeras horas de la noche, convertíanse en escenarios donde los campesinos declamaban el pasillo de "Moros y cristianos", disfrazados de modo grotesco, ó exponían "Los cuarenta motivos que tiene el hombre para no casarse y los treinta y seis que tiene para descasarse".

Cuando terminaban las faenas de la recolección ó de la molienda organizábanse originales funciones, á las que asistían los dueños de las fincas y en las que todos los trabajadores demostraban sus habilidades, ya diciendo relaciones; ya haciendo juegos, algunas veces un poco reñidos con la moral; ya agasajando al amo, obsequio indispensable, con una obra escultórica de barro ó de greda, generalmente simulando una suerte del toreo,hecha por el operario de más aptitudes artísticas.

Hoy todo esta ha desaparecido y á los romances, relaciones y jácaras han sustituido lás coplas pornográficas ó insulsas que cantan algunos ciegos y las espeluznantes narraciones de espantosos y falsos crímenes con que cuatro vividores aterran á las gentes sencillas, aguijoneándoles á la vez la curiosidad para que les compren los papeles, cuya lectura crispa los nervios á las ancianas y produce insomnios á las jóvenes y á los chiquillos.