domingo, 9 de enero de 2022

Notas cordobesas. Recuerdos del pasado. Vol. 1 (1911). Ricardo de Montis


 LAS GIRAS CAMPESTRES


Aunque no se ha perdido en Córdoba la costumbre de organizar jiras campestres, las que hoy se celebran difieren mucho de las antiguas. En la actualidad las familias que disponen de medios para ello pasan una temporada todos los años en las incomparables huertas de nuestra sierra, y las que no pueden permitirse este lujo se conforman con ir los domingos, un rato por la tarde, al Ventorrillo del Brillante ó a la carretera de Trassierra, lugares que se han convertido hoy en paseos, y solamente la clase obrera suele echar un día de campo o ir de perol, según las frases gráficas, lo cual hacían antiguamente desde la persona mejor acomodada hasta el último trabajador.

El sábado ó la víspera del día festivo preparábase todo lo necesario para la jira; los canastos de las viandas, la esportilla bien repleta de sabrosas aceitunas, la bota del vino, que hoy ha desaparecido por completo, la guitarra, las castañuelas para el baile y la soga larga y resistente para el columpio.



Los muchachos no dormían pensando en la ida de campo. Antes de que amaneciera ya estaban levantados todos los expedicionarios, reflejándose una aleda indescriptible en sus rostros, y apenas se divisaba la primera claridad del alba emprendían el camino de la sierra, las mujeres cargadas con los cestos, los mozos llevando la guitarra, la bota y el frasco del aguardiente, y los hombres de más peso la escopeta ó las redes y los palotes para cazar unos pajarillas que dieran buen gusto al arroz.

Estas caravanas sentaban sus reales en sitios donde hubiese buen agua, un llano próximo para bailar y correr y un par de olivos en condiciones para hacer en ellos el columpio. Y allí pasaban las horas inadvertidas, unos cazando, otros entregándose á honestas diversiones, las viejas dedicadas al arte culinario.




Y cuando el sol daba su último beso de luz á las crestas de los montes, emprendían todos el regreso tan alegres como estuvieran a la ida, sin mostrar cansancio, llenos los pulmones de aire puro, y dispuestos, después de unas horas de reposo, a continuar su labor diaria. Eran famosas las jiras campestres de los plateros, de aquellos artífices que dieron fama universal á una industria cordobesa. Ellos no las celebraban únicamente los domingos, improvisábanlas cualquier día, un día hermoso de invierno, de esos que convidan a tornar el sol. Bastaba que un operario de un taller iniciara la idea para que todos, desde el maestro hasta el último aprendiz, la acogiesen con entusiasmo; al punto dejaban su delicada labor y media hora después veíaseles marchar camino del campo, rebosantes de satisfacción y de júbilo. Y eran estas de los plateros jiras espléndidas en las que había derroche de todo: de buen humor, de alegría, de vino, sin que jamás la sombra de un disgusto empañara el contento de los expedicionarios.

Nuestra ciudad, como casi todas las de España, tiene también su clásica romería, la de la fiesta de la Candelaria, que primero se celebró en el arroyo de las Piedras y hoy se verifica en el de Pedroches.

El hermoso espectáculo que presenta dicho paraje el 2 de Febrero ha sido descrito y cantado por nuestros mejores poetas y la romería en cuestión sirvió de tema, hace muchos años, en unos Juegos florales. Más de una vez registráronse en estas excursiones accidentes desagradables ó cómicos y se represento á lo vivo la escena del célebre cuadro Se aguó la fiesta, a causa de la inesperada aparición de un toro. Estas visitas, desagradables siempre, nos recuerdan el siguiente hecho: un pobre blanqueador, muy aficionado al campo, a quien sus amigos llamaban el Conde Negri, sorprendió en cierta ocasión á aquellos con la noticia de que había inventado un procedimiento, acerca del cual guardaba gran reserva, para que huyese de la persona que lo pusiera en práctica el toro más temible por su bravura. Un día en que, según su costumbre, se fue de perol con varios camaradas, hallándose todos sentados tranquilamente á la orilla del río, presentóse un novillo, y apenas divisó el grupo dirigióse hacia él en carrera vertiginosa. El Conde Negri, radiante de gozo porque iba a demostrar la eficacia de su invento, levantóse de un salto, se quitó el sombrero, inclinó el cuerpo hacia adelante como si fuera a andar a gatas, y en esta forma, muy despacio, marchó hacia donde estaba la fiera, caminando para atrás y moviendo a la vez el sombrero con ambas manos colocadas por debajo de la cintura.




El novillo, al fijarse en aquel bulto extraño, retrocedió algunos pasos, no se sabe si por miedo ó para tomar mayor carrera, pero volvió a avanzar ligero como un rayo dando tan terrible embestida al pobre blanqueador que fue a caer de bruces en el río con la rapidez de una saeta. No es necesario decir la carga que le dieron los amigos ni que desistió en aquel acto de volver a ensayar la experiencia. Aunque el tiempo propio de estas jiras es el invierno, nunca dejaron de celebrarse en Córdoba durante la primavera y el estío, ya por la tarde ó por la noche, para ir a los melonares y a comer lechugas e higo-chumbos. No hace muchos veranos se pusieron de moda las excursiones nocturnas a la Palomera, adonde iban innumerables familias para echar uno cana al aire con el pretexto de beber las ricas aguas de la fuente que hay en dicho lugar, aunque muchos las sustituyeran por el Montilla ó el amílico.

Y no debemos concluir estas Notas sin mencionar también otra clase de giras no menos características de nuestra ciudad que las indicadas: las que efectúan los muchachos a los habares para hacer la doctrina, frase genuinamente cordobesa con la que ellos califican el hurto de habas.



NOTAS CORDOBESAS

(RECUERDOS DEL PASADO)

por

Ricardo de Montis Romero


Fuente: Ed. 2021 de la Red Municipal de Bibliotecas de Córdoba


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viernes, 31 de diciembre de 2021

RICARDO DE MONTÍS Y ROMERO NOTAS CORDOBESAS 1911

 

LA PLAZA DE LA CORREDERA




Pocos lugares de Córdoba evocan los recuerdos del pasado con tanta intensidad como la plaza de la Corredera. Ese extenso paraje, rodeado de antiguas y simétricas construcciones que perdieron parte de su armonía a causa de dos formidables incendios, con sus arcadas y soportales, con sus balcones corridos, con sus ventanas casi cuadradas, habla al espíritu observador de otras épocas llenas de poesía y tiene un dulce encanto para el enamorado de la historia.


Allí, con poco esfuerzo, la imaginación compone los cuadros de los torneos, en que héroes como el Gran Capitán, don Alonso de Aguilar y otros muchos demostraban que eran tan diestros en las justas, disputándose el premio por su dama, como en la guerra luchando con ardimiento por su Dios y por su Rey; el acto solemne de la proclamación de Felipe V; asiste a la jura de banderas por .nuestros bizarros ejércitos y se regocija con las funciones de fuegos artificiales en honor de los Soberanos y con aquellas interminables fiestas de toros, que duraban casi todo un día, en las que hicieron gala de su valor y destreza Montes, Pedro Romero, Cilchares, Panchón, el Chiclanero y otros diestros de la antigüedad quienes mataban seis toros de ocho años en cada corrida lidiábanse doce o dieciseis por la exigua cantidad de doscientos reales, según consta en algunas cuentas que se conservan en nuestros archivos. Y la fantasía nos traslada al primitivo mercado de los jueves, fundado por Real dula de Carlos V en el año 1526, al que concurrían casi todos los cosarios de la provincia y en el que asediaba al comprador, para llevarle las cestas y los fardos á cambio de unos cuantos maravedises, una verdadera turba de muchachos vagabundos, envueltos en sus mantas, por lo que el pueblo Ilamábales manteses o mantesones, palabra genuinamente cordobesa, con la cual aún se designa a la gente perdida y de malas costumbres. Y después, ya en nuestros tiempos, recordamos el mercado al aire libre de hace pocos años, que en periodos de lluvia, con sus enormes sombrajos de lona, semejaba un campamento, y rememoramos con tristeza los días de nuestra infancia ya remota en que, al aproximarse la Navidad, íbamos a la Corredera para solazarnos con la contemplación de los puestos de zambombas, panderetas y toscas figurillas de barro y para adquirir el misterio y los pastores que habían de constituir el Nacimiento, uno de los sueños dorados de la niñez venturosa. . En la plaza y en sus alrededores,por la época a que nos referimos, había establecimientos é industrias que lograron merecida fama y popularidad; la fábrica de sombreros de aquel gran filántropo que se llamó don José Sánchez Peña, montada en vetusto edificio que fue prisión en tiempos remotos; la primitiva tienda de quincalla de Córdoba, denominada Fábrica de Cristal, porque su laborioso fundador empezó vendiendo objetos de vidrio y de hojalata que él mismo construía; los talleres de los esparteros, instalados exclusivamente en estos lugares y que dieron nombre a la calle Espartería; los clásicos mesones que evocaban el recuerdo de siglos pasados; los bodegones con sus mesas llenas de mal oliente bazofia; los puestos de loza basta y de jarras y botijos de La Rambla; el escritorio ambulante del memorialista; las mesillas de los zapateros remendones y de las chindas, nombre con que solo en nuestra capital se designa a las vendedoras de los despojos de reses.



En el Arco bajo las prenderías y los baratillos, manifestación pública de la miseria y recipientes de toda clase de gérmenes morbosos; más allá la renombrada pastelería del Socorro; pasando el Arco alto, las tiendas de tejidos baratos y de ropas hechas para la clase pobre, con sus fachadas llenas de bombachos, blusas, alpargatas, prendas interiores y gorras de quinto; los tenderetes de los vendedores de relaciones y romances que los extendían en las aceras y los colgaban en cuerdas sujetas con clavos a las paredes; en la calle Ayuntamiento las canastas llenas de flores, que semejaban trozos arrancados a los huertos cordobeses o a nuestra incomparable Sierra; en la plaza del Salvador los almacenes de calzado de recio cordobán, con sus zapateros de relucientes calvas, entre los que sobresalía el maestro Tena, un hombre casi analfabeto, no obstante lo cual era un prodigio como numismático, y en todas aquellas inmediaciones las clásicas tabernas con su sello especial que las distinguía de todas las del resto de España. A aumentar la animación propia de la Corredera en las horas de mercado, en que la invadían ancianas despenseras, frescas mozas y hombres chapados a la antigua, ocultando el canasto para la compra bajo la capa hasta en el mes de Agosto, contribuían y contribuyen los trabajadores del campo que por las mañanas se congregaban en la plaza del Salvador y en sus contornos, donde se conciertan los ajustes con los amos y se arreglan las viajadas. Y por todos los lugares indicados desfilaban los tipos más característicos de nuestra ciudad: el vendedor de El Cencerro, periódico que le arrebataba el pueblo en la época de la revolución, pues no había cortijada donde no se leyese de sobremesa; Antonet con su guitarra y sus canciones; Castillo, el expendedor ambulante de específicos, que tan pronto se presentaba en lo alto de su mesilla con bata y gorro griego como vestido de hebreo o de moro; el tonto Miguelinzo con su acordeón; Torrezno, el mendigo idiota, confidente de Zugasti durante su campaña contra el bandolerismo andaluz, y otros muchos que podríamos enumerar.

Y en tiempos de agitaciones políticas aparecía también en tales sitios, arengando a las masas con voz retumbante, don Francisco Leiva, aquel infatigable orador republicano de contextura atlética que tomó parte como voluntario en la celebre batalla de Alcolea y después escribió la obra más completa que se ha publicado relativa a tal episodio de nuestra historia.



Dominando el ruido ensordecedor de los pregones, de los cantares, de la charla, de los carros, la campana de la iglesia de San Pablo llamaba a los fieles, y vendedores y compradores, todo el pueblo, siempre católico, muchas mujeres cubriéndose la cabeza con el delantal ó con el pañuelo de mano a falta de mejores tocas, acudían al templo para oír la primera Misa al padre Cordobita, aquel respetable anciano, verdadero manojo de nervios, que llego a ser una institución en nuestra capital. Y no había jóvenes que después de pasar la noche de serenata o de fiesta, al retirarse a sus casas, dejaran de visitar la Corredera, así como de ir en busca de Navas, el guarda particular de la calle Almonas, arsenal ambulante de toda clase de armas, para darle una broma pesada o recordarle la ocasión en que le hicieron creer que hablaba por teléfono con su padre, muerto hacía muchos años.



Fiesta memorable para el vecindario de la plaza era la procesión de la Virgen del Socorro. Pocos actos religiosos han inspirado en Córdoba el entusiasmo que aquel. La noche en que se celebraba ofrecía la Corredera un golpe de vista hermoso. Ocupábala una inmensa muchedumbre, compuesta en su mayoría por gente del pueblo; los innumerables balcones y ventanas que le imprimen un sello característico, casi todos engalanados con pintorescas colgaduras, hallábanse repletos de hermosas mujeres que cubrían sus bustos con el airoso mantón de Manila y ostentaban entre el cabello un diluvio de flores. El alegre repique de las campanas, el incesante estallido de los cohetes, anunciaban la llegada de la procesión; a poco el Arco bajo inundábase de luz, aparecía en el la imagen venerada, y aquella multitud, ebria de gozo, de fervor, prorrumpía en delirantes, vítores, que no cesaban un momento hasta mucho después de haberse alejado la comitiva. Desde la torre de la fábrica de sombreros de Sánchez Peña enfocaban a la Virgen con una luz eléctrica, que por ser entonces poco conocida llamaba extraordinariamente la atención de las personas sencillas, y la efigie, bañada en resplandores, recorría majestuosa la plaza y parecía que entre sus labios carmíneos vagaba una sonrisa de satisfacción, la sonrisa con que la madre acoge las caricias y los halagos de sus hijos. Después había fuegos artificiales, cucañas, bailes, rifas y otras diversiones y algunos años se completó el programa con un espectáculo sensacional: los arriesgados ejercicios del celebre funámbulo Blondin que atravesaba la plaza sobre una maroma, sujeta a los balcones más altos, llevando, para que le viesen bien, dos grandes antorchas en los extremos de su balancín.



Hoy todo esto ha desaparecido, y la Corredera, con la construcción del Mercado en su centro, ha perdido el carácter primitivo, dejando de ser una de las plazas más pintorescas de España. Pero el progreso se impone y en aras de él hay que sacrificar todo, lo que significa tradici6n, aunque nos cueste gran trabajo y nos produzca honda pena a cuantos hemos pasado ya los linderos de la juventud.




Fuente: Ed. 2021 de la Red Municipal de Bibliotecas de Córdoba