lunes, 22 de febrero de 2010

FLAMENCOS DE PLUMA Y PAPEL

FLAMENCO CULTURAS | 22

Con vocación de maestros, sinceros y dispuestos a perder amigos. Así son los críticos del jondo, profesionales que deben saber tanto o más que un artista

Guadalupe Carmona

g.carmona@lacalledecordoba.com


Conocen todos los palos, acordes, técnicas y estéticas del jondo, y recorren festivales, conciertos, peñas y fiestas flamencas, habidas y por haber. Pero nunca se suben al escenario.

Son los críticos flamencos, profesionales que esta semana están de actualidad por conceder los premios Flamenco Hoy – cuya gala se celebra el día 23 en el Gran Teatro–, pero que ejercen su juicio y vocación docente en cada espectáculo y cada grabación. En esta labor, tienen la responsabilidad de encumbrar o lastrar la carrera de un artista, por ello aclaran que cualquiera no puede ser crítico y que, para serlo, se necesitan una amplia formación y ciertas cualidades.


Conocimiento y generosidad

En este sentido, un crítico flamenco debe tener un conocimiento profundo, seguido de amor por ese arte y “generosidad para inmolarse”, según expresa Agustín Gómez, ex director de la Cátedra de Flamencología y crítico durante 30 años en radio, a lo que ha sumado cerca de 20 años de trayectoria en prensa escrita cordobesa, y una amplia experiencia como conferenciante y jurado de los más prestigiosos certámenes.“El crítico debe poseer una vocación de magisterio, de ahí que necesite un gran conocimiento y amor por el género, para divulgarlo y defenderlo. Y luego, generosidad, porque entregas lo mejor de ti, de tu sabiduría y de tu sentido de la justicia, y por eso no vas a recibir nada a cambio. Al contrario, vas a encontrar críticas y rechazo”, añade el maestro, explicando que el desprecio que reciben viene de un doble frente: el de los aficionados, a quienes los críticos, muchas veces, rompen los esquemas, y el de los artistas que se ven o sienten criticados.

Por ello, este profesional no puede perder ni un ápice de sinceridad o justicia, lo que el también crítico cordobés Francisco Martínez llama “ser ecuánime sobre lo que escuchas y ves”. Y matiza: no se trata de ser objetivo –que es imposible– sino de “llegar a un equilibrio para que lo que escribas sea un reflejo de la realidad”.

Para conseguir esto se requiere una formación completa y exhaustiva. Ahora existen los estudios de Flamencología en el Conservatorio Superior de Música Rafael Orozco, pero hasta hace poco no había nada y la formación se debía obtener bien a través de academias, o bien a base de “escuchar, escuchar y escuchar”. O mediante las dos. Al respecto, Martínez se ha preocupado hasta de aprender a tocar la guitarra “no para ser guitarrista, sino para conocer los acordes y la técnica del flamenco”, y lo mismo ha hecho con el baile o el cante, de lo que considera imprescindible una formación “y hay gente que escribe de flamenco y que adolece de ella”.

También menciona el importante papel que ha jugado Agustín Gómez en su aprendizaje, para el que es muy importante tener una formación amplia en cultura, pues “si sólo sabes de flamenco, y no lo sabes correlacionar con la cultura, con otras artes o la sociedad, no puedes defenderte ni explicar plenamente”.


Una profesión de pocos amigos

A esto, Gómez añade una cosa que, aunque es obvia, prima sobre todo lo demás: la tribuna. “Hasta que no la tengas, no eres definitivamente un crítico. Y quien le da esa tribuna a un flamencólogo es realmente el que tiene la responsabilidad de lo que divulga éste. Así, si un medio le da ese espacio a un crítico poco formado, él es el responsable”. Y es aquí, cuando el experto, entre risas, dice que, siguiendo su propia regla, él ya no es crítico, “aunque el espíritu sí lo sigo teniendo”.

Un espíritu que ha hecho muy difícil sus relaciones con los artistas del mundo flamenco, entre los que tiene amigos que siempre no ha sido fácil conseguir o conservar. Esto es, porque “tienes que ser muy sincero, y cuando esa sinceridad se hace pública, a veces molesta. El crítico desnuda los fallos del artista, y eso no se perdona. De ahí lo de la generosidad para inmolarse”, explica Gómez.

Martínez, en cambio, cree que la cercanía que existe entre el crítico y el artista facilita esas amistades y, además, no son problemáticas. “Siempre hay gente que se puede sentir molesto en algún momento porque espera que lo sobrevalores por tomarte una cerveza con él, pero vamos, nunca llega la sangre al río. Al menos, conmigo”, dice. Además, reconoce que a él le gusta destacar lo positivo de un artista y, “si hay algo negativo, se señala, pero como un elemento a superar, no como un lastre que arrastrar”. En este punto, les recuerda a aquellos autores que buscan el defecto y la polémica para ser conocidos que “el flamenco existe gracias a los artistas, y éstos pueden tener un día malo, pero por ello no se puede emborronar su carrera”.


El mayor criterio: el gusto

Y tanto para emborronarla como para ensalzarla, existen varios criterios, aunque estos críticos cordobeses destacan dos: el “análisis organoléptico. Esto es, el de los sentidos, el de los gustos. El crítico debe tener un gusto bien formado, y seguirlo. Y esto se consigue a base de experiencia y educación”, expresa Gómez.

Martínez, por su parte, se deja seducir por un artista que, siguiendo el legado tradicional flamenco, no sea un clon, y haga un aporte personal, abriéndose a cualquier innovación.


PUNTO DE ATENCIÓN

Críticos sin sombrero de ala ancha

En torno a la figura del crítico flamenco existen muchos tópicos. De algunos, según dicen Agustín Gómez y Francisco Martínez, tienen culpa los propios profesionales que han ido de “sabelotodos y moisés del flamenco”, asociando una imagen a ese papel. “Algunos creen que para ser críticos tienen que llevar sombrero de ala ancha, y no tiene por qué”, comenta Gómez, aclarando, además, que este sombrero no lo puede, ni sabe, llevar cualquiera. “Tienes que tener una cabeza adecuada y, luego, nunca debe llevarse con gafas o corbata. Eso es pecado mortal, y a veces, precisamente quienes se creen más críticos por tener esa imagen, son los que cometen estos pecados”. Como críticos alejados de ese cliché estilístico, Gómez y Martínez tampoco son flamencos cerrados, y aman y siguen otras músicas. El primero, la lírica –de la que también fue crítico–y la música ligera de Frank Sinatra, The Beatles o Nino Bravo. A Martínez, además, le encanta el jazz, la música clásica y la étnica.




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EL REFRANERO EN LOS ANDALUCES - FEBRERO

El que quiera saber, embustes en él.

Truenos en enero, agrandan el granero.

Como te vi, te nombré.

Haz mal y guárdate.

En mal de muerte, no hay médico que acierte.

A la liebre ida, palos a la madriguera.

Con una misa y un marrano hay para todo el año, sobra misa y falta marrano.

Hijos criados, duelos doblados.

Buen vino y jamón añejo es vida para el viejo.

Donde te creas que hay jamones, no hay ni estacas.

Cuando Dios no quiere, santos no valen.

El que más mira, menos ve.

No dejes los caminos por las trochas.

El que de amigo carece, prueba es que no lo merece.

Por un gustazo, un trancazo.

Es cosa del monaguillo, ser pillo.

Si llueve el día de la Ascensión, cuarenta días de agua son.

Enero mojado, bueno para el tiempo y para el ganado.

Agua y lunas, tiempo de aceitunas.

Cada loco con su tema, y cada llaga con su postema.

El que poco sabe, pronto termina.

Cuando canta el cuco, lluvia y sol.

Por la facha y el traje, se conoce el personaje.

Abriles y caballeros, pocos y buenos.

A cuenta de los gitanos hurtan muchos castellanos.

En octubre, el hogar de leña se cubre.

El que se capa por sus manos, se deja los huevos que quiere.

Ayúdale al anciano si quieres que te den mañana la mano.

Niño endentado, pronto hermanado.

Quien te cubre, te descubre.

Esparto harás y migas comerás.

Hombre refranero, medido y entero.

La comida reposada y la cena paseada.

El que de ajos se alimenta se pee sin darse cuenta.

El día de San Matías entra el sol por las umbrías.

La uva no es uva hasta que está madura.

La palabra honesta mucho vale y poco cuesta.

La oración cortita al cielo va derechita.

El que tenga trabajo, que no pregunte la hora.

El que tenga hijo varón, no llame a otro ladrón.

Nadie es buen juez en causa propia.

Quien tiene vergüenza, no come ni almuerza.

Más vale vivir que matarse trabajando.

El vino y el jamón nos salvan del perdón.

Por dinero baila el perro, no por el son que le toca el ciego.

Si fío, pierdo lo mío.

Remienda tu sayo y pasará tu año.

En tiempo de verano, no dejes tu capote en casa de tu amo.

Su daño pretende quien a su prójimo ofende.

jueves, 18 de febrero de 2010

EL TAPIZ

¿Por dónde alcanzaríamos
ser y concierto en tu armoniosa trama?
Cuando a esas forma que dictara el fallo
de una urgencia anterior -donde ademanes
narran y preceptúan
los rasgos de la vida-
un movimiento externo las agita,
aquella fatigosa maravilla
vuelve a los hilos de la incertidumbre.

A su compacta masa, desbordada,
¿le irá el sosiego nuestro? A su reposo,
¿nuestra inquietud y oficio de mortales?
Dócil bandera que se dio el azote
de tan frágil verdugo
y se cumple dañándose
con la modulación de sus arrugas,
tal vez de sus ligámenes
exenta no encontrara
el reposo o la fama,
ni tan alta vigilia
en el solar de la urdidumbre.

Los que dota y congrega
un supremo designio,
la ligereza y pauta de la vida
toman sin aflicción, mientras que ausentes
de sí mismos se colman perdurando.
Y si vuelven un día
helos ya aquí investidos
de nuestra indumentaria,
entre cuyos plegados reconquistan
ociosidad pretérita y afanes.

Pero en la servidumbre
de este tiempo, que borra
la rauda negligencia de las formas
con su duro rigor impenetrable;
ámbito mío, estéril obra incierta
como estancia que aunase
a los rebeldes hijos en el seno
de un encuentro fugaz,
nos urde el destejer a que doblega
la caudalosa trama originaria.

¿Y tendrán cañamazo
para tales despojos
bajo los cobertizos
en que los mercachifles pontifican?
Cuelgan los hombres, y lo que subsiste
deberá perecer más todavía.
Así el ave o la pieza dardeadas
en la podrida escarpia de los zocos.

Enorme fue la vida.
No tendrá ya su forma
quien primero la tuvo.
E incluso en los ovillos,
con pertinaz encono,
nuestro contorno allí delataría
su perfil primitivo:
la firme huella y trazo
que la existencia imprime siempre.


VICENTE NUÑEZ

UN POCO DE ROCK & BLUES



















sábado, 13 de febrero de 2010

FOTOS



¿Como se podría lograr una imagen del sueño?

El sueño no es oscuridad ni luz,
ni tampoco una vena de leche
que cruza un bosque negro,
no se eleva ni baja, ni tampoco avanza,
y sin embargo no está inmóvil.
El sueño es más bien como un barco sin remos ni velas
meciéndose bajo un sauce llorón en una ribera,
o como un hombro semidesnudo bajo una cabellera negra
como la noche,
o como un cisne que se ha degollado
con el cuchillo de la superficie del agua.
El sueño no pesa más que la plomada formada
por un sólo perdigón que lucha con la lombriz
del anzuelo en la corriente,
su cargamento de sueños es tan liviano como esqueletos
de alondra sobre un escaramujo,
liviano como elefantes blancos que caminan
en las aguas del alba.
Una imagen del sueño debe ser múltiple e infinita,
sin embargo debe estar en el espacio y en el tiempo,
pero en un espacio y en un tiempo que desaparecen
uno en otro fundiéndose en una canica rodante
que estalla al despertar haciendo resucitar al mundo nuevo.

ARTUR LUNDKVIST

martes, 9 de febrero de 2010

CONVENTOS, PALACIOS Y PLAZAS, EL OTRO LEGADO QUE NADIE VE (LA CÓRDOBA OCULTA)

PATRIMONIO CULTURAS 19

Varios expertos descubren la enorme riqueza patrimonial con la que cuenta la ciudad, más allá de la Mezquita. Una herencia que por falta de promoción y de propuestas atractivas pasa desapercibida para los cordobeses y turistas

Sara Arguijo Escalante

s.arguijo@lacalledecordoba.com



Hace unos días, Manuel Pérez Lozano, profesor de Historia del Arte de la Universidad de Córdoba quiso enseñar a sus alumnos cuál es el patrimonio de la ciudad que se proyecta en el mundo. Para ello, utilizó como ejemplo una de las herramientas más usadas hoy día, el google earth. Pues bien, como él mismo explica, las imágenes que van apareciendo son de la Mezquita –mucho–, la judería, plaza del Potro y Cristo de los Faroles –algo– y, “de lo demás, prácticamente nada, como si el resto del legado no existiese”.

Es más, por extraño que parezca, los distintos expertos entrevistados por El Semanario coinciden en que la mayor parte del enorme patrimonio con el que cuenta la ciudad pasa desapercibido ante los ojos no sólo de los turistas sino también de los propios cordobeses.

Muchas Córdobas que ver

Es decir, el hecho de contar con uno de los monumentos más espectaculares del mundo, como es la Mezquita-Catedral, ha provocado que se deje de lado a otro sinfín de edificios, conventos, museos, plazuelas, palacios, iglesias, callejuelas que tienen un valor envidiable por sí solos, “como si por tener resuelto el problema del turismo ya no hubiera que interesarse por nada más”, matiza Pérez. Por eso, historiadores del arte y guías turísticos recuerdan que no sólo hay una ciudad que ver, sino muchas, porque, en palabras de Pablo Rabasco, doctor en Historia del Arte y profesor en la UCO, “somos herederos de muchas cosas y las calles están salpicadas de ejemplos de la Córdoba romana, la musulmana, medieval, barroca o renacentista, todas diferentes, y de las que queda un patrimonio importante”, opina.

Sin embargo, la realidad es que pocas personas conocen, por citar algunos ejemplos, la espectacularidad de la Iglesia de San Agustín, el incalculable valor de las pinturas de Valdes Leal que se esconden en la Iglesia conventual Carmen Calzado, conocida popularmente como Carmen de Puerta Nueva (junto a la Facultad de Derecho), la belleza de muchos de los conventos de clausura, las tradiciones o leyendas que rodean fuentes como la Piedra Escrita o Fuenseca, la autenticidad de las callejuelas de Santa Marina, San Lorenzo o San Andrés o, hechos curiosos como que una de las fotografías más importantes de la historia, El Miliciano de Robert Capa, fue tomada en Cerro Muriano.

La ciudad-decorado

Claro que el verdadero problema por el que existe una Córdoba oculta no es que la Mezquita le quite un protagonismo lógico al resto del patrimonio cordobés sino que en vez de aprovechar este icono mundial “como punto de inicio para descubrir una ciudad llena de rincones especiales”, comentan, se use “como punto final”. Así, para estos expertos no tiene sentido que se presente a Córdoba como una ciudad-decorado en la que todo gira en torno al citado monumento y sus alrededores. “Es alucinante ver cómo todo el turismo se concentra desde la Mezquita hasta la Puerta de Almodóvar y, sin embargo, por otras calles de la ciudad no te encuentras a nadie”, critica María José Sanz, una de las guías turísticas de la ciudad.

De hecho, para muchos de ellos, es lamentable que “se invierta sólo en lo que genera riqueza y por tanto en los bienes inmuebles que entran en el circuito pensado para el turista, que son los que se promocionan porque económicamente interesa que se queden ahí”, sostiene Rabasco. Sobre todo, porque además, según coinciden, con esto se está menospreciando o malentendiendo a un visitante al que también le interesa conocer la verdadera Córdoba, la que hay detrás de ese “parque de atracciones”, como la define el historiador del arte. En este sentido, Sanz cuenta que cuando lleva a los turistas por los barrios antiguos de La Axerquía se van encantados porque, además, tienen la oportunidad de ver tabernas auténticas, mercados de abasto, “calles sinuosas, casas encaladas” y, sobre todo, el encanto y el sabor de cómo vive la gente aquí, “que es lo que muestra la verdadera idiosincrasia de un lugar”.

El patrimonio de barrio

Un lugar que muchas veces tampoco conocen los propios habitantes. Para María Ángeles Jordano, también historiadora del arte, es muy triste que los cordobeses no conozcan lo que esconde su ciudad y que la mayoría, por ejemplo, “viva en calles que ni siquiera sabe por qué se llaman así, algo que les permitiría valorar mucho más lo que tienen al lado, en sus propios barrios”, dice.

A este respecto, los expertos lamentan que exista tan poco interés por investigar y perderse paseando por la ciudad ya que, como explica Sanz, lo común es que “la gente se mueva por su barrio y vaya al centro sólo para comprar. Tengo muchos amigos que cuando los llevo por el casco histórico me comentan que no habían pasado nunca antes por esas calles”, explica Sanz. Por eso, creen que desde las instituciones se debería de potenciar el conocimiento de este legado y repetir iniciativas como la del proyecto Lucano en la que universitarios explicaban las iglesias del barrio a los vecinos, y “fue todo un éxito”, destaca Pérez.

Propuestas para pasear

Y es que, para los entrevistados, esta ciudad tiene casi tantos recorridos como se quiera y una prueba de ello es que las propuestas de María Ángeles Jordano, María José Sanz, Pablo Rabasco y Manuel Pérez son todas distintas. La primera, por ejemplo, destaca el patrimonio que se oculta en la Capilla de San Bartolomé, situada dentro de la Facultad de Filosofía y Letras. Después de mucho tiempo cerrado al público, este edificio, exquisita muestra de arquitectura mudéjar de los siglos XIV-XV, abrirá sus puertas antes de Semana Santa dejando al descubierto finas yeserías, zócalos de azulejo, restos de pintura mural y un envidiable retablo barroco.

María José Sanz, por su parte, recomienda cualquier rincón de la zona de El Realejo o los barrios San Andrés, San Lorenzo, San Agustín, etc. donde –asegura– “siempre hay algún detalle que descubrir”. Del mismo modo, Rabasco opta por el entorno de La Magdalena o San Pedro, “zonas apasionantes, muy proclives para el paseo y tomar algo a cualquier hora”. Por último, Manuel Pérez, se queda con los alrededores de Santa Marina y la mencionada parroquia de Puerta Nueva, aunque al igual que el resto, mencionan calles como Encarnación, Rey Heredia, Cabezas u Horno del Cristo, museos como el arqueológico, el Bellas Artes o del desconocido Arte sobre Piel, las puertas y murallas, el paseo del río, los molinos, la plaza de Séneca o del Indiano, el ex convento de los Padres Capuchinos o la Casa de Los Luna, por citar lugares en los que nadie repara.

Saber venderse

Todo porque para revalorizar lo que Córdoba puede ofrecer hace falta “promocionar, divulgar y vender bien el producto”, describen. Dicho de otro modo, es necesario que se pongan en marcha propuestas atractivas que hagan que quien venga a la ciudad “no se vaya pensando que viendo la Mezquita, probando el salmorejo y paseando por la judería lo ha visto todo”, afirman.

Hace falta, según los expertos, paquetes que combinen el patrimonio con el ocio, es decir, la entrada en museos y monumentos con la asistencia a conciertos o espectáculos, “como Córdoba Ecuestre que tiene mucho tirón entre los extranjeros”, cita Jordano. Del mismo modo, ven interesante importar ideas que ya funcionan en otras ciudades, como la de los paseos teatralizados o las visitas organizadas en las que se ofrece música o tapeo. Tambien hay quienes, como Rabasco, ven fundamental modernizar la imagen de la ciudad poniendo en valor la obra de artistas como Pepe Espaliú o el arquitecto Rafael de la Hoz, reconocidos internacionalmente, y seguir el ejemplo de ciudades como Vitoria o Salamanca donde el pasado histórico convive con el contemporáneo “y esto les ha servido para promover un turismo cultural, que muchas veces es lo que lleva al turista a acudir a la ciudad”.

Y, desde luego, sea como fuere, contar con el “gancho” que suponen los guías turísticos. Más que nada para demostrarnos a nosotros mismos y a quienes nos ven que aquí hay huellas de un pasado que otros no tienen y que esta no es una ciudad souvenir.

PUNTO DE ATENCIÓN

El patrimonio que se cae a cachos

Si algo tiene claro la historiadora del arte de la UCO, María Ángeles Jordano, es que para vender el otro legado de Córdoba es necesario “que estos lugares luzcan en todo su esplendor y no se deje que estas joyas se vayan cayendo”. Es decir, desde el punto de vista de los entrevistados, no se puede permitir, que se dejen de cuidar estos otros elementos que le dan valor a la ciudad.

Así, un ejemplo de uno de estos casos es, para Manuel Pérez, el de la Iglesia Regina que, “pese a contar con uno de los mejores artesanados de Córdoba está en ruinas”. Algo, especialmente flagrante si se tiene en cuenta, como comenta Pérez, que se sitúa en una zona con pocos monumentos y que, por tanto, su restauración podría servir para revitalizarla. “Hasta el cartel de las obras está en malas condiciones”, añade. Asimismo, muchos de los edificios, palacetes, casas típicas o conventos están cerrados al público y hay museos, como el taurino o el Diocesano, que no se pueden visitar porque llevan años arreglándose, tal y como señalan todos.

Por otro lado, hay que destacar que también hay ejemplos de recuperación con excelentes resultados como es el caso de la Iglesia de San Agustín, el Centro de Interpretación de Medina Azahara o el Molino de Martos, “que ha quedado genial”, dice Jordano. Aunque para la mayoría, estos casos son aún insuficientes, sobre todo, porque si se quiere ganar la capitalidad cultural –dicen– “hay que aprovechar al máximo lo que tenemos”.


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