lunes, 24 de agosto de 2026
Artur Lundkvist (1906-1991) fue escritor, traductor, introductor de literatura extranjera y crítico literario. Debutó con el poemario Glöd en 1928 y posteriormente escribió un gran número de obras de diversos géneros. En 1968 fue elegido miembro de la Academia Sueca.
La obra de Lundkvist es una de las más extensas de la literatura sueca moderna, con 37 publicaciones de poesía y prosa, 28 novelas y libros de cuentos, nueve libros de viajes, unos 20 de ensayos, media docena de antologías y 19 volúmenes de traducciones de poetas individuales. De 1934 a 1935, Lundkvist fue director de la revista cultural modernista Karavan, de 1941 a 1944 formó parte del Consejo editorial del calendario Horisont de Bonnier y de 1948 a 1950 del Consejo editorial de la revista Poesi. Aquí, al igual que en la prensa diaria y en otras revistas, siguió presentando a autores extranjeros, pero también escribió cada vez más sobre cine, artes visuales y política. A partir de los años 50, su propia escritura estuvo dominada por la prosa: novelas, relatos cortos y la poesía en prosa que se convertiría en una de sus señas de identidad.
FLAUTA DE BARRO
Soy una simple flauta hecha de arcilla,
quemada a fuego lento.
Tengo por ello el tono suave
de las palomas en primavera
y soy así de roja como el sol.
Tócame un rato, peregrino errante
antes de que me tires
y me vuelva polvo del camino.
Sopla en mí tu poderoso espíritu,
¡tierra, mar y espacio!
(Traducción al español de Aleisa Ribalta Guzmán)
domingo, 23 de agosto de 2026
Soledad y comunidad: de la compañía a la pertenencia
Soledad y comunidad:
de la compañía a la pertenencia
Una persona puede recibir visitas, participar en actividades y seguir sintiéndose fuera. La compañía reduce el tiempo de aislamiento; la pertenencia transforma el lugar que alguien ocupa entre los demás. No consiste únicamente en tener a alguien cerca, sino en sentirse reconocido, esperado y necesario.
En sociedades longevas, combatir la soledad no deseada exige avanzar más allá de los programas que proporcionan contacto puntual. La cuestión no es solo cuántas personas acompañamos, sino cuántas consiguen volver a formar parte de una trama de relaciones en la que pueden recibir, aportar y decidir. Una visita dice: «He venido a verte». Una comunidad añade algo más importante: «Te estábamos esperando».
Estar acompañado no siempre es pertenecer
La compañía tiene valor. Una llamada, una conversación o un paseo compartido pueden aliviar una tarde difícil y abrir una puerta que parecía cerrada. Pero el contacto, por sí solo, no garantiza vínculo. Podemos estar rodeados de personas y seguir sintiendo que no contamos para ninguna de ellas.
La pertenencia aparece cuando dejamos de ser una presencia anónima. Cuando alguien conoce nuestro nombre, recuerda lo que nos interesa, pregunta por nosotros si faltamos y tiene en cuenta nuestra opinión. No se construye únicamente mediante proximidad física, sino a través de continuidad, confianza y reconocimiento.
Por eso, llenar una agenda de actividades no equivale necesariamente a reducir la soledad. Se puede acudir cada semana a un taller y continuar ocupando el papel de usuario: llegar, participar y marcharse sin que nada cambie en la relación con el entorno. La actividad entretiene; la pertenencia vincula.
De destinatarios a participantes
Muchas iniciativas contra la soledad se diseñan para las personas, pero no siempre con ellas. Quienes participan reciben una propuesta ya definida, en un horario fijado y con un papel previsto de antemano. Esa intervención puede ser útil, pero corre el riesgo de reproducir una relación desigual: unos organizan, otros reciben.
Construir comunidad exige modificar esa lógica. Una persona deja de ser únicamente destinataria cuando puede proponer, enseñar, organizar, cuidar a otra o influir en una decisión. No se trata de negar sus necesidades, sino de reconocer también sus capacidades.
La diferencia es profunda. No es lo mismo invitar a alguien a una actividad que preguntarle qué actividad tendría sentido crear. No es igual acompañar a una persona a una biblioteca que contar con ella para coordinar un grupo de lectura. No es lo mismo llevarle comida que hacer posible que comparta una receta, una conversación o un saber.
La pertenencia empieza cuando la persona no solo ocupa una silla, sino un lugar.
La reciprocidad cambia el vínculo
Toda comunidad necesita reciprocidad. No una equivalencia exacta —hoy una persona puede necesitar mucho y ofrecer poco—, sino la posibilidad de que el vínculo no quede definido para siempre por quién ayuda y quién recibe ayuda.
Cuando alguien es tratado únicamente como vulnerable, su identidad se estrecha. Deja de ser vecino, compañero, amigo, lector, cocinera, artesano o persona con criterio. Se convierte en «la persona sola» a la que hay que atender.
Esa mirada, aunque nazca de una buena intención, puede producir una nueva forma de aislamiento: estar incluido en un programa, pero excluido de una relación entre iguales.
La reciprocidad devuelve dignidad porque permite aportar desde las capacidades presentes. Escuchar, llamar, recordar, enseñar, recibir a alguien, cuidar una planta común o advertir que un vecino lleva varios días sin salir también son formas de contribución. En una comunidad, todos pueden necesitar apoyo y todos pueden ofrecer algo.
Ecosistemas, no calendarios de actividades
Un programa tiene una fecha de inicio, un presupuesto y unos participantes. Un ecosistema comunitario es algo más complejo: una trama estable de lugares, servicios, relaciones y oportunidades que permite encontrarse, colaborar y pedir ayuda sin sentirse una carga.
La soledad no deseada no se reduce únicamente desde los servicios sociales. También intervienen el centro de salud que detecta una desconexión, la biblioteca que genera encuentros, el comercio que conoce a su clientela, la asociación que abre sus puertas, la escuela que conecta generaciones, el transporte que permite llegar y la vivienda que no encierra.
Ningún actor puede construir pertenencia por sí solo. Pero muchos pueden contribuir a que la vida cotidiana contenga más posibilidades de relación.
El cambio consiste en pasar de iniciativas aisladas a redes conectadas. De acompañar durante unas horas a crear condiciones para que el vínculo continúe cuando termina la actividad. De intervenir sobre una persona a fortalecer el entorno en el que esa persona vive.
Los lugares también crean comunidad
La pertenencia necesita espacios donde pueda ocurrir. Bancos, plazas, mercados, bibliotecas, centros culturales, parques y locales vecinales no son simples equipamientos. Son escenarios de reconocimiento cotidiano.
Para que produzcan comunidad deben ser accesibles, próximos y habitables. No basta con poder entrar; también hay que poder permanecer. Un lugar sin asientos, sin sombra, sin baños o al que resulta difícil llegar excluye antes incluso de que comience cualquier actividad.
También importa que existan espacios donde estar no obligue a consumir. Cuando toda presencia en la ciudad depende de comprar algo, la participación se convierte en una posibilidad desigual.
Los encuentros repetidos construyen familiaridad. La persona que atiende una tienda, quien pasea a la misma hora o la vecina que se sienta en el mismo banco pueden parecer relaciones menores. Sin embargo, forman parte de esa red de baja intensidad que hace que alguien sea visible. No todos los vínculos deben ser íntimos para ser protectores.
Medir lo que permanece
Las políticas necesitan indicadores, pero contar asistentes no basta. Un programa puede reunir a muchas personas sin crear una sola relación duradera.
Tal vez deberíamos preguntar otras cosas: si alguien ha ampliado su red, si se siente capaz de pedir ayuda, si ha encontrado un lugar al que regresar, si participa en decisiones o si su ausencia sería advertida. Medir pertenencia es más difícil que registrar actividades, pero se acerca mucho más al resultado que importa.
El éxito no consiste solo en que una persona deje de estar sola durante dos horas. Consiste en que vuelva a sentirse parte de algo cuando esas dos horas terminan.
Una comunidad que acompaña sin invadir
Tampoco conviene idealizar la comunidad. Los entornos próximos pueden cuidar, pero también controlar, excluir o imponer maneras de vivir. Pertenecer no significa perder intimidad ni estar siempre disponible.
Una comunidad madura respeta la elección de estar solo y sabe distinguirla de la soledad no deseada. Ofrece presencia sin vigilancia, apoyo sin paternalismo y oportunidades sin obligación. No exige sociabilidad permanente como prueba de bienestar.
El objetivo no es que todas las personas participen del mismo modo, sino que ninguna quede desconectada por falta de alternativas. La pertenencia debe poder elegirse y construirse desde identidades, capacidades y deseos diferentes.
Del acompañamiento a la ciudadanía
La soledad no deseada suele abordarse como un problema individual: alguien carece de relaciones y necesita compañía. Pero también puede leerse como una señal colectiva. Tal vez falten lugares de encuentro, movilidad, tiempo, vínculos entre generaciones o posibilidades reales de contribuir.
Por eso, pasar de la compañía a la pertenencia no es solo mejorar una intervención social. Es ampliar ciudadanía. Significa garantizar que las personas puedan seguir participando, influyendo y siendo reconocidas en su comunidad a medida que pasa el tiempo.
Una sociedad longeva no debería conformarse con que nadie esté físicamente solo. Debería aspirar a que todas las personas puedan sentir que tienen un lugar, que su presencia cuenta y que su historia continúa conectada con la de los demás.
Porque acompañar alivia la soledad. Pertenecer devuelve mundo.
viernes, 21 de agosto de 2026
El precio de no envejecer: Cinco obras para pensar la vejez, de Oscar Wilde a Michael Haneke
El precio de no envejecer: Cinco obras para pensar la vejez, de Oscar Wilde a Michael Haneke
El verano invita a leer más despacio, a ver películas sin prisa, a dejar que las historias nos alcancen de otra manera. Es también, quizá sin que lo busquemos, un buen momento para hacerse preguntas incómodas: ¿por qué nos cuesta tanto envejecer? ¿Qué significa aceptar el paso del tiempo? ¿Es realmente la inmortalidad lo que deseamos, o es otra cosa lo que está en juego?
Este mes, el Festival Grec de Barcelona estrena una nueva adaptación teatral de El retrato de Dorian Gray. Una obra escrita hace más de 130 años que sigue resultando inquietantemente actual. Antes de que existieran los relojes epigenéticos, las terapias de rejuvenecimiento o la medicina de la longevidad, la literatura y el cine ya exploraban nuestra relación con el tiempo. Y lo hacían, en muchos casos, mejor que cualquier ensayo científico.
Estas cinco obras no dan respuestas al paso del tiempo, pero plantean preguntas que merecen un hueco en nuestras maletas.
Todos hemos mirado alguna vez una foto de hace diez años y tardado un segundo de más en reconocernos. O hemos evitado sin querer un espejo con mala luz. Oscar Wilde lo convirtió en literatura hace más de un siglo: ¿qué estaríamos dispuestos a sacrificar por permanecer jóvenes? Dorian Gray conserva su belleza mientras un retrato acumula en su lugar las marcas del tiempo y de los actos. No es una historia de terror gótico. Es una metáfora sobre el precio de la apariencia y la ilusión de que se puede escapar del tiempo sin pagar nada a cambio.
Coralie Fargeat, la directora y guionista francesa, retoma esa misma pregunta en The Substance y la lleva al límite del cuerpo y de la identidad: ¿cuánto de una misma está dispuesta a sacrificar para seguir siendo vista? Cambian el siglo y el lenguaje, pero la incomodidad es la misma. Y en ambos casos, lo que empieza como un deseo termina siendo una trampa.
Frente a esa obsesión por detener el tiempo, otras obras proponen algo más difícil: mirarlo de frente. Hay personas que llevan años aplazando una conversación pendiente, una visita que nunca acaba de llegar, una reconciliación que siempre puede esperar un poco más.
The Fountain de Darren Aronofsky no busca cómo vivir para siempre, sino cómo vivir sabiendo que un día dejaremos de estar. Es una película sobre el amor y la pérdida, pero sobre todo sobre lo que se pierde cuando la resistencia a morir se convierte en la única forma de existir. David Lynch, conocido por todo lo contrario, filma en Una historia verdadera con una quietud que descoloca. Alvin Straight tiene 73 años, el cuerpo ya no le responde como antes, y decide recorrer cientos de kilómetros por Estados Unidos en un cortacésped para reconciliarse con su hermano enfermo. Hay algo en ese gesto, la urgencia tardía, el orgullo que cede, que resulta reconocible para casi cualquiera que haya tenido que hacer las paces con alguien querido.
Y luego está Amour. Su director, Michael Haneke filma sin concesiones una pareja mayor, la enfermedad, la dependencia, el deterioro lento. Y el amor cuando ya no quedan la juventud ni las certezas. Muchos espectadores han salido del cine pensando en sus padres, en cómo será cuidarlos, en cómo fue ser cuidados. Es a mi parecer la más exigente de las cinco, a veces dolorosa, pero también la que más directamente interpela algo que la conversación sobre longevidad olvida con frecuencia: que envejecer bien no depende solo de cuántos años se viven, sino de cómo se cuida y se es cuidado cuando llega la vulnerabilidad.
Llama la atención que casi todas las grandes historias sobre la juventud eterna acaben en tragedia. Quizá porque lo que buscamos no es vivir para siempre, sino vivir con sentido. La ciencia trabaja para añadir años a la vida. El cine y la literatura llevan siglos preguntando cómo dar más vida a esos años. Este verano, quizá, merece la pena escucharlos.
miércoles, 12 de agosto de 2026
El juego del tiempo: cómo habitar las vacaciones sin llenarlas
El juego del tiempo: cómo habitar las vacaciones sin llenarlas
Las
vacaciones llegan con una paradoja. Pasamos meses deseando tener más
tiempo y, cuando por fin aparece, corremos a llenarlo: viajes,
planes, pantallas, comidas, visitas, fotografías. Hasta el descanso
entra en la agenda. Volvemos con recuerdos, sí, pero también con la
sensación de necesitar vacaciones de las vacaciones.
¿Y
si el tiempo libre no tuviera que ocuparse, sino habitarse? En
sociedades longevas, saber descansar, conservar la curiosidad, cuidar
los vínculos y disfrutar sin convertir cada experiencia en un
objetivo también forma parte del bienestar.
Para ensayar una relación menos acelerada y exigente con el tiempo puede bastar algo tan pequeño como un dado. Seis puertas harán el resto.
Descansar sin justificarlo
Nuestra cultura ha aprendido a medir casi todo por su utilidad. El trabajo produce, el estudio prepara, el ejercicio mejora, la tecnología resuelve. Por eso incluso el ocio suele presentarse con una coartada: descansamos para rendir después, viajamos para acumular experiencias, leemos para aprender.
Pero no todo minuto necesita demostrar su rentabilidad.
Las vacaciones permiten recuperar actividades que no conducen a un resultado: pasear sin destino, conversar sin mirar el reloj, observar, recordar, probar algo nuevo sin aspirar a dominarlo. Ese tiempo no está vacío; nos devuelve atención, presencia y capacidad de disfrute.
El problema aparece cuando confundimos descanso con pasividad absoluta o con consumo permanente. Entre no hacer nada y llenar cada minuto existe un territorio amplio: el de la curiosidad, el juego, el vínculo y el descubrimiento cotidiano.
Jugar no tiene edad
Jugar es entrar voluntariamente en una experiencia que vale por sí misma, no solo por la meta. Durante un rato, la obligación de ser útiles queda en suspenso.
Con los años, sin embargo, solemos dejarle menos espacio. Lo sustituimos por entretenimiento programado o por competición, como si un adulto solo pudiera jugar cuando hay deporte, reglas serias o una pantalla de por medio.
Recuperar esa disposición no significa comportarse de manera infantil. Significa conservar la capacidad de explorar, improvisar, sorprenderse y compartir algo sin convertirlo de inmediato en tarea.
En vacaciones, esa disposición ayuda a salir de dos extremos igualmente agotadores: la agenda saturada y el aburrimiento resignado.
El dado del tiempo: una invitación, no otra agenda
Solo hace falta un dado —físico o digital— y reservar un pequeño espacio sin decidir de antemano. Se puede jugar a solas o en compañía, una vez al día, de vez en cuando o únicamente cuando apetezca.
Cada número abre una puerta. Si la propuesta no encaja con el lugar, el estado de ánimo o las posibilidades de ese día, se puede adaptar, omitir o volver a lanzar el dado. El azar propone; nunca obliga.
Moverse
Elige un movimiento agradable y posible para ti hoy: caminar, nadar, bailar una canción, estirarte, recorrer una calle nueva o movilizar brazos, manos, hombros o piernas desde una silla. No hay una distancia que alcanzar ni una marca que superar; la invitación es notar qué movimiento sienta bien en ese momento.
Descubrir
Busca algo que ayer no estaba en tu mapa: una plaza, una palabra, una receta, una película, un árbol, una historia local o una canción de otra generación. Lo desconocido no siempre está lejos; a veces lleva años esperando a tres calles de casa.
Compartir
Llama a alguien, invita a pasear, cocina en compañía o inicia una conversación sin una razón práctica. Una sola regla: escuchar sin mirar el reloj. Si el encuentro reúne edades distintas, mejor; cada persona puede aportar ritmos, gustos y maneras de mirar.
Crear
Escribe unas líneas, dibuja, fotografía un detalle, cuida una planta, inventa una receta o construye algo con las manos. El resultado no tiene que ser bueno ni mostrarse. Crear sin público es una pequeña rebelión en una época que convierte cada experiencia en contenido.
Recordar
Elige una fotografía, una canción, un objeto o un lugar y reconstruye la historia que contiene. Escríbela, cuéntala o pregunta a alguien qué recuerda. Cuando la memoria circula entre generaciones, enlaza lo que cambia con lo que permanece y abre conversaciones inesperadas.
Hacer una pausa
Durante cinco, diez o veinte minutos, no hagas nada que pueda convertirse en rendimiento. Si es posible, aparta el teléfono y las noticias. Mira por una ventana, escucha los sonidos cercanos o deja que el pensamiento siga su recorrido. No hace falta dejar la mente en blanco: basta con no pedirle nada a ese momento. Quizá sea la puerta más difícil. También puede ser la más reveladora.
Sin puntos, sin ganadores
El objetivo no es completar las seis opciones ni demostrar disciplina vacacional. Esto no es otro examen de bienestar. Lanza el dado cuando te apetezca, repite si el resultado no encaja y adapta la propuesta a tu situación, tu lugar y tus capacidades.
Cada puerta admite muchas versiones. Moverse puede ser recorrer varios kilómetros o hacer movimientos suaves; descubrir, visitar una exposición o escuchar por primera vez una canción; compartir, reunir a varias personas o sostener una llamada de cinco minutos.
Su función es más modesta: interrumpir por un momento nuestras inercias y observar qué sucede cuando dejamos una parte del día abierta a lo inesperado.
En compañía, puede convertirse en una experiencia intergeneracional sin necesidad de grandes discursos. Cada participante lanza el dado, adapta la propuesta y aporta algo propio. Las edades no determinan los papeles: cualquier persona puede elegir la música, sugerir un lugar, contar una historia o pedir una pausa.
Vacaciones posibles, no vacaciones perfectas
No todas las personas pueden viajar, disponer de varias semanas libres o asumir el coste de una determinada idea de vacaciones. Algunas continúan trabajando, cuidando o afrontando dificultades de movilidad, salud o acceso.
Por eso conviene separar el descanso del consumo. Cambiar la relación con el tiempo no siempre exige cambiar de lugar. Un barrio, un pueblo, una casa o una residencia pueden ofrecer posibilidades de descubrimiento, vínculo y creación. Pero esas posibilidades no dependen solo de la voluntad individual: hacen falta espacios públicos seguros y accesibles, sombra, bancos, transporte, bibliotecas, propuestas culturales asequibles y apoyos para superar barreras físicas, sensoriales, cognitivas, económicas o territoriales.
Si entendemos el ocio como un derecho, no basta con disponer de algunas horas libres. Es necesario contar con opciones reales para disfrutarlas, tomar decisiones y participar a cualquier edad.
Lo que no cabe en una maleta
Las vacaciones terminan. Regresan los horarios, las obligaciones y la sensación de que el tiempo vuelve a acelerarse. Pero algo puede permanecer: una conversación, una ruta cercana, una costumbre nueva, una memoria recuperada o la decisión de reservar espacios que no tengan que producir nada.
El juego no pretende organizar el verano. Recuerda que el tiempo es algo más que una sucesión de tareas: también es cuerpo, curiosidad, vínculo, creación, memoria y pausa.
Aprovechar bien el tiempo quizá no consista en llenarlo, sino en dejar suficiente espacio para que vuelva a pertenecernos.





































