domingo, 18 de enero de 2026
GABRIEL MIRÓ (PARÁBOLA DEL PINO
PARÁBOLA DEL PINO
El viejo hidalgo don Luis había heredado de sus abuelos templanza y sabiduría, algunas fanegas de sembradura y un pinar que empezaba delante de su casona, labrada en las afueras del pueblo, con un pino grande y añoso.
Todas las tardes acudían y se sentaban al amparo oscuro y fragante de las ramas los amigos y discípulos de don Luis. No podían pasar sin verle y escucharle, porque era maestro y señor de todos en la causa de un príncipe desterrado. Como ellos vivían en la ciudad se congregaban a su antojo; decidían cualquier empresa, pero a punto de realizarla se les aparecía, en la memoria, el solitario caballero, majestuoso y dulce, de barbas blancas y copiosas que le bajaban hasta el magno pecho, y calvo y limpísimo cráneo en cuya cima resplandecía la lumbre llegada entre el ramaje del pino.
Era fuerza recibir su consejo y permiso. ¡Y siempre el árbol endoselándolo como un trono de patriarca! Sentían su pesadumbre y oscuridad; y hasta llegó a parecerles que el entredicho, la aprobación o censura brotaba del ancho y venerable tronco, como la goma de su corteza. Y he aquí que los fieles amigos del hidalgo le respetaban con grandísimo amor y murmuraban del pino del portal; de modo que, amando al monarca, vinieron a malquerer el trono.
Acabado el examen y discernimiento de lo político y lugareño, don Luis les decía serenamente filosofías de mucho donaire y sencillez; y luego dedicaba a su buen árbol palabras de gratitud y alabanza.
—Sí, que debe de querer esta sombra compañera —le dijeron una tarde— pero también le priva de contemplar todo el valle, que es una bendición para los ojos.
Don Luis defendió su pino. Para ver el paisaje en su inmensidad bastábale salir del abrigo y umbría de las ramas; así, tenía valle y sombra amiga. Sin el árbol pareceríale su casa demasiado sola, desnuda y como avergonzada y medrosa. Y el viejo pino, que semejaba oír y agradecer esta privanza, producía una música de mucho apaciblimiento
Y otra tarde, porque el hidalgo amonestó a sus amigos con grande severidad, sintieron ellos en su corazón densa y enemiga la sombra del ramaje. Y ya lo aborrecieron como se aborrece a un hombre. Lo miraron, lo celaron ansiosos de hallarle motivo que justificase la malquerencia. Las miradas de los hombres bajaron desde las ramas cimeras a la fuerte raigambre. Vieron en la cercanía otros pinos menudos y ruines, quizás engendrados por el frondoso del portal, y se conmovieron de lástima.
Entonces, el más audaz y valido del maestro, le mostró los arbolitos recientes, y exclamó: —¡Todo el amor es para el viejo, mientras esos pobretes se mueren!
Una voz logrera,
dijo: —Si lo cortara medrarían los otros, y no faltaría quien se lo mercase por treinta duros.
Don Luis se enfureció, se afligió... Mas supo perdonar a los blasfemos. Fingiendo sumisión y arrepentimiento, se fueron los amigos.
¿Qué tenía el árbol amado?
Amarilleaba, empobrecía su verdor. Vanos fueron los sabios y tiernos cuidados de don Luis. Desprendióse la pinocha. Y el árbol quedó raído, seco, siniestro.
Lloró el anciano oyendo los hachazos de los leñadores.
En el crepúsculo se derrumbó todo el árbol, muerto, con estrépito y quejumbres, como si las brisas, furias del vendaval y cantos de aves que en él se recogieran tantos años escaparan gimiendo para buscar otra fronda viva y lozana.
No quiso el hidalgo que partieran el tronco, y entero lo guardó en su inmenso patio, donde gallinas y gorriones lo envilecieron, lluvias lo pudrieron y ratas y carcomas lo devoraron...
Lo tocaba suavemente don Luis, auscultando las pobres entrañas; lo contemplaban sus ojos, ayudados de recia lente, buscándole el mal que lo secara; y el áspero crujido de su aniquilamiento le conmovía dolorosamente. Y al cabo decidióse a que un leñador abriera el tronco. Sonó el golpe del hacha astillándolo, desgarrándolo, y el hidalgo apartaba con angustia la mirada, temblándole la voz al preguntar qué iba mostrando la honda herida.
Y cavando en ella salieron chispas azules, y el hacha se rompió.
El leñador y el viejo caballero se contemplaron con grande pasmo. Luego investigando afincadamente, vieron un hierro largo y un trozo agudo de pedernal.
Dijo el leñador, después de larga meditación:
—Pues el clavo lo hincaron encendido... y si es al pedernal, debieron darle algún unto del diablo.
Don Luis, la noble barba estremecida de ira, los ojos llorosos de compasión, alzó los brazos y gritó: —¡Me lo asesinaron!
...Inútilmente llamaban los amigos a la puerta de la noble casa. No lograban ver a su jefe y maestro. Siempre les decía que andaba por los campos; y don Luis no salía de su cámara. Pero se recibieron nuevas de que un señor, eminente en política y nobleza, llegaba al pueblo para descubrirles y preparar los designios del amado príncipe del destierro; y como el solitario era el caudillo de los políticos lugareños, y en su casa había de aposentarse al enviado, abrió sus puertas, y con el forastero pasó, también, el olvido de sus querellas. Y es que, aunque sabio y todo, el buen don Luis era hombre.
...Después de la recepción y comida; salieron al arcaico balconaje de la casona.
El ilustre enviado miraba con embelesamiento la alegría y feracidad del amplio valle y la valiente espesura del bosque, celebrando el gayo verdor y lozanía de un pinar joven que estaba cercano.
Entristecióse el hidalgo y, con apagada voz dijo:
—Aquí delante había un pino viejo, árbol fuerte, glorioso, que ya protegió los solaces de mi abuelo cuando era infantico... ¡Y me lo mataron!
—Pues desde que se secó —murmuró otro— que medran esos tiernos y han triplicado su valer, que el grande se chupaba todo el jugo...
—Entonces hicieron bien en matarlo —sentenció el forastero, que también debía de ser sabio—. La vida se renueva y perpetúa por el sacrificio de otras vidas, aunque éstas nos parezcan venerables.
—¡Qué hicieron bien! —gritó angustiado don Luis. Y no pensaba en su árbol. Sentía dentro de su carne y de su alma herida de pedernal untado y de hierro encendido. Vio a los pinos jóvenes, que parecían sonreír, dorados de sol, y a los amigos-discípulos alborozados, como si bebiesen jugos de una vida poderosa, que era la suya...
Por la noche hizo abdicación de su mando y señorío: bajó al patio y besó el tronco muerto...
GABRIEL MIRÓ
FUENTE: FREEDITORIAL
GABRIEL MIRÓ (EL ÁGUILA Y EL PASTOR)
EL ÁGUILA Y EL PASTOR
Un águila seguía siempre al rebaño. Su grito resonaba en todo el ámbito azul del día; las ovejas se paraban mirándola; a veces volaba tan terrera que se sentía el ruido de sus plumas y de su pico, y toda su sombra pasaba por los vellones de las reses.
Tendíase el pastor encima de la grama; y se apretaba el ganado contra el peñascal del resistero. Todo el hondo era de sol: labranza roja, árboles tiernos, huertas cerradas, caseríos como escombros, caminos hundidos en el horizonte de humo...
El pastor pensó: «Veo más mundo del que podré caminar en mi vida, y él no me ve; si ahora viniese el hijo del amo, y yo lo despeñara, nadie lo sabría, estando delante de tanta tierra.»
Se revolvía muy contento, hundiendo la nuca en el herbazal; pero le roía la frente una inquietud como de párpado que quiere abrirse, y alzaba los ojos. Agarrada a las esquinas de un tajo, doblándose toda, le miraba el águila. El pastor botaba, y maldecía, y apuñazaba el aire como un poseído. Crujía su honda, y zumbaba su cayado. Y el águila se iba elevando.
Cuando se acostaba en la besana la sombra del monte, el pastor recogía su rebujal; el mastín sendereaba a los recentales y acudía por las ovejas zagueras. Arriba, despacio y recta volaba el águila, vigilándoles su camino.
Toda la soledad estaba para el hombre llena del furor de los ojos del ave flaca y rubia; se sentía adivinado en sus pensamientos. ¿No hubo palomas enamoradas de hombres y corderos apasionados de mujeres? Pues el pastor y el águila se aborrecían. «¿Desde dónde estará mirándome ahora?», se preguntaba de noche el pastor. Y escondió armadijos cerca de la majada, y les puso cebo de carroña, de tasajo y hasta el pan de su comida.
Despertábale un temblor de huesos, de aletazos, de gañiles. En los cepos se retorcían raposas, grajas, perros, búhos...; y el pastor los aplastaba con sus esparteñas y con sus manos. No eran ellos los aborrecidos, y porque no eran los aborrecía y los chafaba. Y una mañana su risa y su voz rodaron triunfalmente por el valle. El águila aleteaba, desgraciada y magnífica, sangrándole las garras entre los muelles de presas. Recostóse el pastor a su lado y estuvo aguardando todo el sol para regodearse mirándola; quiso verse dentro de sus ojos inmóviles de brasas redondas, y en esas lumbres se estremecía una frialdad de bravura y de señorío indomable. Se los hubiera reventado, mordiéndolos como un fruto, lo mismo que ella a él, si el pastor hubiese muerto en el desamparo del monte. Pero, cegándola, ya no sabría que él la miraba. La miraba implacablemente. El águila entreabrió el pico convulso; se le doblaban las alas como unos hombros desventurados con su manto de hermosura a cuestas como una cruz. Vino el mastín; la rodeó latiéndole y humeándole las fauces. La cabeza del águila se erguía, toda tallada, sobre el azul, como la proa de una nave sobre el horizonte, y en sus ojos encendidos se reflejaba el perro, el pastor y un círculo gozoso de la mañana campesina.
«¿Cómo la mataré?», pensaba el pastor. ¿Cómo la mataría para que durase mucho muriendo? Entonces el mastín y el amo se miraron culpablemente; y el perro embistió. No pudo llegar a la cautiva, y le brincó la lengua en la tierra como un sacre herido, y le crujieron las quijadas. «¡No te atreves con ella!» —le dijo sin voz la risa gorda del amo—. Era verdad: no se atrevía. En torno del águila bramaba el aire con el ímpetu de su aliento, de sus plumas erizadas, de su rencor trágico. Y al pastor se le hinchaban de rabia las venas de su frontal, porque tampoco él osaba agarrarla ni acometerla. Levantóse de súbito, y se fue a su rancho. Dejó al mastín guardando el águila. No podía escaparse, pero es que no quería que descansara viéndose sola ni un instante. Un instante tardó en volver; trajo un bozal viejo.
Acudió gente: un labrador, una vieja del caserío, un arriero que pasaba, un chico que iba a la escuela rural. Y le preguntaron:
—¿Es ésta el águila que te seguía siempre como tu alma?
El chico quería que se la diesen para holgarse en la lección. La vieja le pidió una pluma remera, y una uña, y el entresijo, para hacer remedios de aojamientos y enfermedades. Todos rodearon al águila y le pusieron el bozal de perro trenzándole las ataderas de alambre. Después la arrancaron del cepo como si ya fuese una oca. Le colgaba un dedo, y el pastor se lo quebró del todo, tirándoselo al mastín, que lo cogió de un brinco y en seguida lo soltó y le huía como si le diese la sensación de toda el ave. Se la llegaba el pastor a los ojos. Dentro de la reja del bozal, la cabeza del águila tenía un infortunio pavoroso, y su mirada ardía tan humanamente, que el pastor se la apartó, porque, estando tan cerca, le angustiaba el bozal, como si fuese él quien lo llevara clavado en su carne y en su sangre.
Todos la cogían, pasándola de brazo en brazo; la tentaban la pechuga, soplándole al plumón para verle los piojos en la piel desnuda; le apretaban el pico, quitándole el resuello; sentían el palpitar de sus párpados; le rascaban las conchas y el callo de sus garfas. Removióse todo el animal en una sacudida delirante; tronó un aletazo duro y brincó entre el sol.
Y la gente decía:
—Se morirá como un perro, un perro en el cielo y en las cumbres.
—Se morirá de reconcomio como una persona y cuando era feliz.
Y la miraban, riéndose. El águila iba entrándose en el azul, gloriosa y libre, con el bozal de perro.
Gabriel Miró (CUENTOS)
FUENTE: FREE EDITORIAL

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