martes, 21 de enero de 2025
MARIANO JOSÉ DE LARRA (ARTÍCULOS) NADIE PASE SI HABLAR AL PORTERO
NADIE PASE SIN HABLAR AL PORTERO O LOS VIAJEROS EN VITORIA
¿Por qué no ha de tener España su portero, cuando no hay casa medianamente grande que no tenga el suyo? En Francia eran antiguamente los suizos los que encargaban de esta comisión; en España parece que la toman sobre sí algunos vizcaínos. Y efectivamente, si nadie ha de pasar hasta hablar con el portero, ¿cuándo pasarán los de allende si se han de entender con un vizcaíno? El hecho es que desde París a Madrid no había antes más inconveniente que vencer que 365 leguas, las landas de Burdeos y el registro de la puerta de Fuencarral. Pero hete aquí que una mañana se levantan unos cuantos alaveses (Dios los perdone) con humor de discurrir; caen en la cuenta de que están en la mitad del camino de París a Madrid, como si dijéramos estorbando, y hete que exclaman:
Pues qué, ¿no hay más que venir a pasar? ¡Nadie pase sin hablar la portero!
De entonces acá cada alavés de aquellos es un portero, y Vitoria es un cucurucho tumbado en medio del camino de Francia; todo el que viene entra; pero hacia la parte de acá está el fondo del cucurucho, y fuerza es romperle para pasar.
Pero no ocupemos a nuestros lectores con inútiles digresiones. Amaneció en Vitoria y en Álava uno de los primeros días del corriente, y cuando amanecía poco más o menos como en los demás del mundo; es decir que se empezaba a ver claro, digámoslo así, por aquellas provincias, cuando una nubecilla de ligero polvo anunció en la carretera de Francia la precipitada carrera de algún carruaje procedente de la vecina nación. Dos importantes viajeros, francés el uno, español el otro, envuelto éste en su capa y aquél en su capote, venían dentro. El primero hacia castillos en España, el segundo los hacía en el aire, porque venían echando cuentas del día y hora en que llegar debían a la villa de Madrid, leal y coronada (sea dicho con permiso del padre Vaca). Llegó el veloz carruaje a las puertas de Vitoria, y una voz estentórea, de estas que salen de un cuerpo bien nutrido, intimó la orden de detener a los ilusos viajeros.
¡Hola! ¡Eh! - dijo la voz-, nadie pase.
¡Nadie pase!- repitió el español.
¿Son ladrones) – dijo el francés.
No, señor – repuso el español asomándose- son de la aduana
Pero, ¿cuál no fue su admiración cuando, sacando la cabeza del empolvado carruaje, echó la vista sobre un corpulento religioso, que era el que toda aquella bulla metía? Dudoso todavía el viajero, extendía la vista por el horizonte por ver si descubría alguno del resguardo; pero sólo vio otro padre al lado, y otro más allá, y ciento más repartidos por aquí y allí como los árboles en un paseo.
- ¡Santo Dios! - exclamó - . ¡Cochero! Este hombre ha equivocado el camino; ¿nos ha traído usted al yermo o a España?
Señor –dijo el cochero-, si Álava está en España, en España debemos estar.
Vaya, ¡poca conversación! -dijo el padre, cansado ya de admiraciones y asombros- ; conmigo es con quien se las ha de haber usted, señor viajero.
¡Con usted, padre! ¿Y qué puede tener que mandarme su reverencia? Mire que yo vengo confesado desde Bayona, y de allá aquí maldito si tuvimos ocasión de pecar, ni aun venialmente, mi compañero y yo, como no sea pecado viajar por estas tierras.
Calle -dijo el padre- , y mejor para su alma. En el nombre del Padre y del Hijo...
¡Ay, Dios mío! - exclamó el viajero, erizados los cabellos- , que han creído en este pueblo que traemos los malos y nos conjuran.
Y del Espíritu Santo -prosiguió el padre-; apéense y hablaremos.
Aquí empezaron a aparecerse algunos facciosos y alborotados, con un Carlos V cada uno en el sombrero por escarapela.
Nada entendía a todo esto el francés del diálogo; pero bien presumía que podía ser negocio de puertas. Apeáronse, pues, y no bien hubo visto el francés a los padres interrogadores.
- ¡Cáspita! -dijo en su lengua, que no sé como lo dijo-, ¡y qué uniforme tan incómodo traen en España las gentes del resguardo, y qué sanos están y qué bien portados.
Nunca hubiera hablado en su lengua el pobre francés.
¡Contrabando! -clamó el uno.
¡Contrabando! - clamó otro; y ¡contrabando! Fue repitiéndose de fila en fila. Bien cuando cae una gota de agua en el aceite hirviendo de una sartén puesta a la lumbre, álzase el líquido hervidor y bulle, y salta, y levanta llama, y chilla, y chisporretea, y caen en el hogar, y alborota la lumbre, y subleva la ceniza, espelúznase el gato inmediato que descansado junto al rescoldo dormía, quemánse los chicos, y la casa es un infierno; así se alborotó, y quemó, y se espeluznó y chillo la retahila de aquel resguardo de nueva especie, compuesto de facciosos y de padres, al caer entre ellos la primera palabra francesa del extranjero desdichado.
Mejor es ahorcarle -decía uno, y servía el español al francés de truchiman.
¡Cómo ha de ser mejor! -exclamaba el infeliz.
Conforme – respondía uno-; veremos.
¿Qué hemos de ver? -clamaba otra voz- sino que es francés?
Cálmose, en fin, la zalagarda; metiéronlos con los equipajes en una casa, y el español creía que soñaba con una de aquellas pesadillas en que uno se figura haber caído en poder de osos, o en el país de los caballos, o Hounhoins, como Gulliver.
Figúrese el lector una sala llena de cofres y maletas, provisiones para comer, barriles de escabeche y botellas, repartidas aquí y allí, como suele verse en las muestras de las lonjas de ultramarinos. ¡Ya se ve! Era la intendencia. Dos monacillos hacían en la antesala con dos voluntariosos facciosos el servicio que suelen hacer los porteros de estrado en ciertas casas, y un robusto sacristán, que debía de ser el portero de golpe, los introdujo. Varios carlistas y padres registraban allí las maletas, que no parecía sino que buscaban pecados por entre los pliegues de las camisas, y otros varios viajeros, tan asombrados como los nuestros, se hacían cruces como si vieran al diablo. Allá en un bufete, un padre más reverendo que los demás, comenzó a interrogar a los recién llegados.
¿Quién es usted? -le dijo al francés.
Y el francés, callado, que no entendía. Pidiósele entonces el pasaporte.
¡Pues! Francés -dijo el padre- ¿Quié ha dado ese pasaporte?
Su majestad Luis Felipe, rey de los franceses.
¿Quién es ese rey? Nosotros no reconocemos a la Francia, un a ese don Luis. Por consiguiente, este papel no vale. ¡Mire usted -añadió entre dientes-, si no habrá algún sacerdote en todo París que pueda dar un pasaporte, y no que nos vienen con papeles mojados! ¿A qué viene usted?
A estudiar este hermoso país -contestó el francés con aquella afabilidad tan natural en el que está debajo.
¿A estudiar, eh? Apunte usted secretario; estas gentes vienen a estudiar; me parece que los enviaremos al tribunal de Logroño... ¿Qué trae usted en la maleta? Libros... pues... Recherches sur... al sur ¿eh? Este Recherches será algún autor de máximas; algún herejote. Vayan los libros a la lumbre. ¿Qué más? ¡Ah! Una partida de relojes: a ver... London... ese será el nombre del autor. ¿Qué es esto?
Relojes para un amigo relojero que tengo en Madrid.
De comiso -dijo el padre, y al decir de comiso, cada circunstante cogió un reloj, y metióselo en la faltriquera. Es fama que hubo alguno que adelanto la hora del suyo para que llegara más pronto la del refectorio.
Pero, señor -dijo el francés-, yo no los traía para usted...
Pues nosotros los tomamos para nosotros.
¿Está prohibido en España el saber la hora que es? -preguntó el francés al español.
Calle -dijo el padre-, si no quiere que se le exorcise -y aquí le echó la bendición por si acaso. Aturdido estaba el francés, y más aturdido el español.
Habiánle entretanto desvalijado a éste dos de los facciosos, que con los padres estaban, hasta del bolsillo, con más de tres mil reales que en él traía.
Y usted, señor de acá -le preguntaron de allí a poco-, ¿qué es? ¿Quién es?
Soy español y me llamo don Juan Fernández.
Para servir a Dios -dijo el padre.
Y a su Majestad la Reina nuestra señora -añadió muy complacido y satisfecho el español.
La cárcel -gritó una voz-, ¡A la cárcel! -gritaron mil.
Pero, señor ¿por qué?
¿No sabe usted, señor revolucionario, que aquí no hay más reina que el señor rey don Carlos V, que felizmente gobierna la monarquía sin oposición ninguna?
¡Ah! Yo no sabía...
Pues sépalo, y confiéselo, y...
Sé y confieso, y... -dijo el amedrentado dando diente con diente.
¿Y que pasaporte trae? También francés... Repare usted, padre secretario, que estos pasaportes traen la fecha del año 1833. ¡Qué de prisa han vivido estas gentes!
¿Pues no es el año en que estamos? ¡Pesia mi! -dijo Fernández, que estaba ya a punto de volverse loco.
En Vitoria -dijo enfadado el padre, dando un porrazo en la mesa- estamos en el año 1º de la cristiandad, y cuidado con pasarme de aquí
¡Santo Dios! ¡En el año 1º de la cristiandad! ¿Con que todavía no hemos nacido ninguno de los que aquí estamos? -exclamó para sí el español-, ¡Pues vive Dios que esto va largo!
Aquí se acabó de convencer, así como el francés, de que se había vuelto loco, y lloraba el hombre y andaba pidiendo su juicio a todos los santos del Paraíso.
Tuvieron su club secreto los facciosos y los padres, y decidiéronse por dejar pasar a los viajeros; no dice la historia por qué; pero se susurra que hubo quien dijo, que si bien ellos no reconocían a Luis Felipe, ni lo reconocerían nunca jamás, podría ocurrir que quisiera Luis Felipe venir a reconocerlos a ellos, y por quitarse de encima la molestia de esta visita, dijeron que pasasen, mas no con pasaportes, que eran nulos evidentemente por las razones dichas.
Díjoles, pues, el que hacía cabeza sin tenerla:
Supuesto que ustedes van a la revolucionaria villa de Madrid, la cual se ha sublevado contra Álava, vayan en buena hora, y cárguenlo sobre su conciencia: el Gobierno de esta gran nación no quiere detener a nadie; pero les daremos en seguida un pasaporte en el forma siguiente:
AÑO PRIMERO DE LA CRISTIANDAD
†
NOS fray Pedro Jiménez Vaca. -Concedo libre y seguro pasaporte a don Juan Fernández, de profesión católico, apostólico y romano, que pasa a la villa revolucionaria de Madrid a diligencias propias; deja asegurada su conducta de catolicismo.
Yo, además, que soy padre intendente, habilitado por la Junta Suprema de Vitoria, en nombre de Su Majestad el Emperador Carlos V, y el padre administrador de correos que está ahí aguardando el correo de Madrid, para despacharlo a su modo, y el padre capitán del resguardo, y el padre Gobierno que está allí durmiendo en aquel rincón, por quitarnos de quebraderos de cabeza con la Francia, quedamos fiadores de la conducta de catolicismo de ustedes; y como no somos capaces de robar a nadie, tome usted señor Fernández, sus tres mil reales en esas, y en doce onzas, que es cuenta cabal -y se las dio el padre efectivamente.
Tomó Fernández las doce onzas, y no extrañó que en un país donde cada 1833 años no hacen más que uno, doce onzas hagan tres mil reales.
Dicho esto, y hecha la despedida en regla del padre prior, y del desgobernador Gobierno que dormía, llegó la mala de Francia, y en expurgar la pública correspondencia, y en hacernos el favor de leer por nosotros nuestras cartas, quedaba aquella nación poderosa y monástica ocupada a la salida de entrambos viajeros, que hacía Madrid venían, no acabando de comprender si estaban real y efectivamente en este mundo, o si habían muerto en la última posada sin haberlo echado de ver; que así lo contaron en llegando a la revolucionaria villa de Madrid, añadiendo que por allí nadie pasa sin hablar al portero
Mariano José de Larra (Artículos)
MARIANO JOSÉ DE LARRA (ARTÍCULOS) MUERTE DEL POBRECITO HABLADOR
MUERTE DEL POBRECITO HABLADOR
ESCRÍBELA PARA EL PÚBLICO ANDRÉS NIPORESAS, SU CORRESPONSAL
Habló el que tenía que hablar, y expiró
pág. 155, col. 2”
¿Qué se hizo el rey don Juan?
Lo que los infantes de Aragón
¿Qué se hicieron?
…....…......................................................
Más como fuese mortal
metiólo la muerte luego
en su fragua:
¡oh juicio divinal!
Cuando más ardía el fuego
echaste agua
JORGE MANRIQUE
¡ Oh fragilidad de las cosas humanas! ¿ Será cierto ? El fuerte, el terrible cayó. ¡ No existe ya el Pobrecito Hablador ! Pero ¿qué mucho ? Caen y pasan los Imperios, ¡ y no habrán de caer y pasar los habladores ! Los asirios cayeron; los babilonios hicieron lugar a los persas; los persas sucumbieron a los griegos; los griegos se refundieron en los romanos. Roma humilló su altiva frente a las hordas del Norte, y a los bárbaros su águilas imperantes... Todo pasó: el recuerdo de su soberbia existe sólo para hacer más humillante su caída. ¿ Qué le prestó a la colonia de Dido su mala fe ? ¿ Qué le prestaron sus ciencias a la ciudad de Minerva ? ¿ Qué la corte del Zenobia sus altos monumentos ? ¿ Qué la capital del mundo su severidad republicana un sus fuertes muro ? Todo lo destruyó el tiempo. ¿Y no podría destruir a un hablador ?
Entre lágrimas y congojas escribo tristes renglones que acaso la posteridad leerá; pero por si la posteridad no los leyese, porque de las posteridad no se sabe cosa cierta, leánlos a lo menos nuestros coetáneos.
Un pañuelo en la mano, apoyada en esta la mejilla, mis cabellos esparcidos, los ojos anegados en lágrimas, las huellas del dolor sobre mi frente.... Heme aquí, discípulo de Apeles; pinta mi desesperación si alcanzan tus pinceles a pintar el mayor dolor que un mortal y que un Andrés han alcanzado jamás a padecer.
Tregua por fin a los sollozos: corra mi pluma sobre el papel; selle con caracteres de tinta y consigne en la eternidad tan funesto acontecimiento.
No ha dos horas aún esperaba el correo...; la alegría brillaba en mis ojos. ¡ Noticias de las Batuecas !, exclamaba. ¡ Cuánto se engaña el hombre ! Llega un propio acelerado; mi mano trémula se resiste a romper el negro lema... y …. ¡ Qué horror ! El Bachiller.... ¡ ha muerto ! ¿ Alguna alevosa pulmonía ? No, no era un soplo de aire quien había de matar a un hablador. ¿ Una apoplejía fulminante ? ¡ Ah ! Un pobrecito no muere de aplplejía, ¿ Murió de tener razón ? ¿ Murió de la verdad ? ¿ Murió de alguna paliza ? Pero, ¡ ay ! Era su estrella dar palos y no recibirlos. ¿ Dió con alguno más hablador que él ? ¿ Murió de algún tragantón de palabras ?
No más dudas, en fin: recorro con la vista el pliego funesto, y la siguiente carta del infeliz escribiente del Pobrecito Hablador desenvuelve a mis ojos las horribles circunstancias de tan espantosa catástrofe.
<< Señor don Andrés Niporesas. Aunque a riesgo de que usted no me crea, pues sé de muy buena tinta que no cree en cosa nacida ni por nacer, en lo cual hace como aquel que es experimentado y sabe cuánto viven los hombres de mentira, no dudo un momento de participarle la desgracia que en el día y aun en la noche tiene hecha un mar de lágrimas esta su casa y, lo que vale más, gran parte ya de las Batuecas.
>> Bien sabe usted, y lo sabe mejor que nadie, que mi principal el señor Bachiller, que Dios haya perdonado, dio en hablar por los codos, y valga lo que valga esa frasecilla. No fueron parte, como usted sabe, atarle la lengua, ni los respetos debidos a los necios en todo país poco menos que civilizado, ni las consideraciones que la sinrazón merece más de una vez entre nosotros, ni los gritos de su familia, que los poníamos en el cielo suplicándole que no se metiese en habladurías, para lo cual le acumulábamos un sin fin de refranes, como verbigracia: al buen callar llaman Sancho; cada uno en su casa, y Dios en la de todos; por la boca muere el pez; y otros tales y tan significativos como estos; ya conoce usted que a mi sobre todo no me faltarían, porque soy de nacimiento castellano y de profesión batueco; pero a todo hacía mi amo orejas de mercader, o respondía de una manera victoriosa: en cuanto al primero, que él no quería ser Sancho; en lo de cada uno en su casa, ni estaba decidido si él la tenía, ni si él era cada uno; en cuanto a lo de Dios por su casa, mucho le amaba en verdad... Y en lo de que el pez muere por la boca, añadía que tanto tenía él de pez, como los batuecos de personas. Así no había entrarle. Ya ve usted que un hombre para quien no tenía autoridad los refranes, que tienen toda la legitimidad de la antigüedad, es hombre desahuciado. Había de hablar y habló.
>>Y no fue peor que hablase, señor don Andrés, porque al fin si siempre hubiera hablado a cien leguas de sus interlocutores, como en un principio le acontecía, ¡ santo y bueno ! Que hay cosas que o no se deben decir o se deben decir desde muy lejos... Pero ¡ Ay de mí !, el señor Bachiller la quiso echar de fanfarrón: supo que en las Batuecas no todos le agradecían los elogios que de ello hacía y había hecho continuamente, porque cuatro lectores de mala fe le daban tormentos a las expresiones y exprimían el limón hasta extraer lo amargo. ¡ Vea usted que injusticia ! Bien sabe Dios, y lo sé yo también por más señas, que nunca fue la intención del señor Bachiller hablar mal de su país, ¡ Jesús ! ¡ Dios nos libre ! Antes queríalo como un padre a su hijo; bien se echa de ver que este cariño no es incompatible con cuatro zurras más o menos al cabo del año. Además de ser él persona muy bien intencionada, de una pasta admirable y ajena de toda malicia, tanto que todo lo que decía lo decía de buena fe y como lo sentía. Ni el quisiera ofender a nadie, porque amaba a su prójimo poco menos que a sí mismo, y toda la dificultad solía ponerla en saber cuál era su prójimo, porque ha de saber usted que no todos se le parecían.
>> Fue, pues el caso, y tenga usted paciencia con mis digresiones, porque yo nunca acerté a escribir de otra manera, antes suelo distraerme y salirme del camino como bestia hambrienta para meterme por los sembrados de las laderas y ver si cojo alguna espiga; así llevando viaje para Alcalá suelo salir junto a Zaragoza, y como de esas veces me anochece en Huete y salgo a la mañana por los Cerros de Ubeda, digo, pues, fue el caso que supo mi señor las habladurías que de su persona andaban, y cómo se corría en las Batuecas que de tanto como había hablado y tan malo no le sería posible la vuelta para allá, aunque quisiera, puesto que tendría miedo.
>>-¡ Miedo !- decía cuando lo supo - ¡ Voto a tal ! Que nunca le ví la cara al miedo, y tengo de ir a las Batuecas sólo para ver si comen bachilleres esos señores tragaldabas.
>>-¡ Ay ! No haga usted, señor Bachiller, tal disparate, le dijimos a una voz: mire que aunque tuviera miedo a los tontos, no haría nada de más, porque no hay nada más terrible que un tonto.
>>- Pero señor don Andrés Niporesas, dio en pensar en ello, y se pasaba los días de claro en claro, y las noches de turbio en turbio, dando y tomando en lo del viaje, hasta que hubo de efectuarlo. Fuímonos, señor de mi alma, a las Batuecas... Sosiéguese usted, porque nada le aconteció por entonces que digno de contar sea.
>> Llegó por fin un viernes, que viernes había de ser él para ser bueno, y fue preciso meter entre sábanas al señor Bachiller, q. s. g. h. Sintiéndose allí morir por momentos, no quiso expirar sin practicar todas aquellas diligencias que a su conciencia debía como buen cristiano, porque ha de saber usted que bueno no diré, pero cristiano si sé que era. Practicadas estas diligencias, para las cuales le dejamos largo rato solo y recogido, llamónos a todos, y luego que nos tuvo en derredor:
-<< Hijos míos – dijo con voz bien diversa de la que solía tener cuando hablaba claro, porque es de advertir que a lo último ya apenas se le entendía -: hijos míos, os reuno porque no quiero que se diga de mí que morí sin hacer disposición alguna, ni declarar mi verdadero modo de pensar, y tuviera más, sin más lugar me diera la muerte, que me siento aquí me aprieta en la misma garganta. Ni menos quien sólo de hablar vivió, que eso fuera mengua.
>> En cuanto a bienes, harto sabéis, queridos míos, que nada tengo que dejar sino el mundo en que he vivido, y ese bien sabe Dios, que no lo dejo yo, sino que me le hacen dejar mal me pese. Ni necesito hacer ninguna declaración de pobre, porque bien público y notorio es que he sido poeta, que me dediqué desde chiquito a las letras en esta país, que he sido hombre de bien y honor, que no he sido intrigante ni adulador, ni yo anduve en empréstitos ajenos y ganancias propias, ni tuve mujer bonita, ni hija que lo pareciese, ni tío obispo o padre covachuelo. Así que, ¿ por dónde he de ser rico ?
>> Dejo, pues, lo poco que se halle, si se halla algo, para misas por mi ánima, porque no las tengo todas conmigo; y si se quejase mi hijo que lo dejo por ello sin ese poco que le quedaría, que tenga paciencia, que primero son mis gustos que sus necesidades, y mi alma que su cuerpo.
>> Declaro y confieso en la hora de mi muerte, y como se me hallase en ella, que tengo miedo y que de miedo muero; lo cual no me da vergüenza, así como hay otras cosas que tampoco se la dan a otros; antes me da mucha pena y estoy muy arrepentido de no haberlo tenido un poco antes. ¡ Cómo ha de ser ! Todo no se puede hacer a un tiempo.
>>Item más: en consideración a que conozco mucha personas, que están buenas y gordas y bien establecidas, que se han retractado de sus opiniones o expresiones, siempre que han creído serles conveniente o venir muy al caso, en consideración a esto, me retracto no sólo de todo lo que he dicho, sino también de lo que me he dejado por decir, que no es poco. Y esta retractación deberá entenderse reservándome el derecho de volverme a retractar cuando y como me acomodare, si vivo, y así sucesivamente hasta el fin de los siglos; porque esta es mi voluntad, y en esas cosas de cada uno nadie tiene que mezclarse; siempre tuve mis opiniones como mis vestidos, y cada día me puse uno, en lo cual batuecos hay que no tienen nada que echarme en cara.
>> A propósito de batuecos, declaro que los batuecos no son tales batuecos por más que lo parezcan: me arrepiento de habérselo llamado y llamado, siendo esta una de las primeras cosas de que me retracto, y agradeciéndoles sin embargo la bondad con que han llevado esta impertinencia mía.
>> Arrepiéntome en la hora de la muete, y me pesa de lo poquillo que en esta vida he sabido, porque no me ha servido sino de dogal; y hago voto de no volver a saber cosa de provecho si de esta me saca con bien la Divina Majestad; y si hubiese de resucitar, como ya por su gran poder en ocasiones se ha visto, lo cual, sin embargo, no creo que se guarda para pecadores como yo, prometo de no volver a mirar libro alguno sino por defuera, dando siempre mi voto por la pasta.>>
>> Aquí fue preciso reforzarle algo, lo que logramos leyéndole algunos regloncitos de las últimas loas, por ser muy espitrituosas: moríasenos por instantes, pero algo repuesto, siguió:
<<- En cuanto a mi amogo, que dice lo es, Andrés Niporesas, que no firme en mis disposiciones testamentarias, aunque fuere de ellas testigo, sin embargo de que ya veo que no esta presente. Insisto, con todo, en lo dicho, porque he conocido testigos ausentes. Si da cuenta al público de mi fallecimiento, como es de esperar, que no firme tampoco. Y esto lo dispongo así, porque no parezca burla o chacota mi muerte ni mi arrepentimiento, si ve el público malicioso que concluye con lo Niporesas.
<< Mándole que me agradezca esta satisfacción que de mi voluntad le doy, puesto que pudiera excusármela; a muchos conozco yo que cuando mandan no dan nunca satisfacciones, y tengo para mí que van descaminados.
>> Item más: digo que en la corte no hay vicios, a pesar de mi segundo número, donde me dio por decir que sí. ¡Válgame Dios por decírmelo todo !
>> Item: confieso que en público es ilustrado, imparcial, respetable y demás zarandajas que de él se cuentan. Y si he dicho lo contrario preciso es que haya estado loco para desconocer simplezas de tanto bulto. Verdades serán cuando todo el mundo las dice.
>> Item: declaro que a veces he dicho las cosas como no las quería decir. No importa mucho, porque creo que de cualquiera manera que se digan, es como si no se dijeran. Hay cosas que no tienen remedio, y son las más.
>> Item: afirmo ahora que los versos de circunstancias nunca son malos, si vienen a pelo, por malos que sean, porque cada cosa es relativa a otra cosa, y si no me entendiesen lo que quiero decir en esto, ¡ cómo ha de ser ! Ahora estoy muy depriesa para detenerme a explicarme más claro.
<< Ea, pues, hijos, yo me muero todo: tomad para vos este escarmiento: antes de hablar, mirad lo que vais a decir; ved las consecuencias de las habladurías. Si apego tenéis a vuestra tranquilidad, olvidad lo que sepáis; pasad por todo, adulad de firme, que ni en eso cabe demasía, ni por ello prendieron nunca a nadie: no se os dé un bledo de cómo vayan o vengan las cosas; amad a todo el mundo con gran cordialidad, o a lo menos fingidlo si no os saliere de corazón, con lo cual pasaréis por personas de muy buena índole, y no como yo, que muero en olor de malicioso, porque he querido dar a entender que de algunos países nunca puede salir nada bueno... En fin... adiós hijos... ¡ de miedo !
>> De esta manera habló lo que tenía que hablar, y expiró a poco rato. Vímosle caer en la almohada, y no se le volvió a oír palabra: sólo si debió rendir el alma a manos del último accidente del miedo, pues tapaba la cabeza como si viera fantasmas; huía, temblaba, se escondía y se ponía el dedo en la boca, postura en la que murió. ¡Oh inescrutables fines de la Providencia, que castigas sin palo ni piedra! Apostara yo, señor Andrés, que no veía en aquel terrible momento sino duros enemigos, censuras amargas, y encarnizado criticadores de su vida y hechos... En fin, expiró, lo cual conocimos en que dejó de hablar.
>> El facultativo, sin embargo, dudando si tendría algún resto de vida, se acerco poco a poco a su oído, y le decía a grandes voces:
<<- ¡ Señor Bachiller ! Vuelva en sí y repare que versos tan malos andan por esos mundos, qué autorcillos tan miserables, y qué traducciones tan malas el público aplaude, y que de cosas buenas desprecia... Mire usted que tiene aquí a media docena de necios; este es un elegante, aquel un enamorado, el otro un amigo, el de más allá dice que es un sabio, el otro es un militar, y el otro un abogado; todos se tiene por hombres de importancia. ¿ No les decís nada ?
>> Entonces, haciendo el último esfuerzo, cogió algunos periódicos españoles; púsoselos sobre la cara, y esperó un momento; pero no rebullendo mi amo, el doctor exclamó con la mayor pena, dejando caer la ropa sobre el difunto:
>>- Muerto está, cuando nada dice a todo esto; ni un soplo de vida le queda. En paz descanse. >>
<< Ésta fue la muerte de mi señor Bachiller, que lloraré hasta que llegue el momento de la mía.
>> Registráronse sus papeles en cuanto murió; pero hallamos medio quemados un gran legajo que los contenía; dímonos a entender que habría tratado en sus últimos momentos de juntarlos y dar con ellos en el fuego; acaso las fuerzas le habrían faltado, y así quedaban varios fragmentos enteros que el público conocerá tal vez algún día, si aciertan a caer en manos de algún editor escrupuloso que los expurgue de la mucha cizaña que deben necesariamente tener. La imaginación de quemarlos nos hizo caer en la cuenta de que su arrepentimiento habría sido verdadero, y válida su retractación.
>> Nada diré del entierro, que fue muy común: sólo advertiré que nadie se atrevió a hablar de él, antes todo mirábamos atentamente al féretro por ver si hablaría aún después de muerto.
>> Queda con esto, señor don Andrés de mi alma, muy de usted el escribiente privado más afligido que nunca tuvo escritor público. Ruego a usted que encomiende al señor Bachiller, que tan amigo suyo era, y mande a su criado.
El ex escribiente del Bachiller>>
Ésta fue la carta: ¡ murió el que dijo la verdad, y murió dejándose tanto por hablar ! ¿ No tenías, oh muerte, algún inútil sordomudo que sustituir a tan interesante victima ? ¿ Quién nos dirá de aquí en adelante que no hay más que sinrazón en la tierra ? ¿ Quién nos dirá que que no es tonto en el mundo, es pícaro, y que los más son tontos–pícaros? ¿ Quién nos dirá que no hay orgullo nacional, que no hay quien conozca sus deberes y cumpla con ellos, que no hay literatura, que no hay teatros, que no hay autores, que no hay actores, que no hay educación, que no hay instrucción ? ¿ Quién, en fin, nos dirá tanto como se ha dejado de decir ?
Juzgue ahora el lector desapasionado si tan horroroso golpe me deja espacio ni humor de hacer más largar reflexiones.
No; mi silencio dirá más que mis amargas quejas.
Yo te consagraré una memoria, mi querido y malogrado Bachiller, siempre que un abuso, siempre que una ridiculez se atraviese delante de mis ojos, siempre que la injusticia me hiera, que me ofenda la maldad, que me desconcierte la intriga, y que el vicio me horrorice. Yo, en defecto tuyo, cuya censura podía reprimir en algo a los batuecos, rogaré a Dios y a santa Riva, abogada de imposibles, por la prosperidad de nuestra patria, que tanto nos anuncian con tan fáciles como inconsideradas promesas.
Andrés Niporesas
Mariano José de Larra (Artículos)











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