jueves, 18 de mayo de 2023
lunes, 1 de mayo de 2023
LOS FOTOGRAFOS Notas cordobesas. Recuerdos del pasado. Vol. 9 (1928). Ricardo de Montis Ed. 2021 de la Red Municipal de Bibliotecas de CórdobaEd. 2021 de la Red Municipal de Bibliotecas de Córdoba
LOS FOTOGRAFOS
El arte de la fotografía es uno de los que más se han transformado y perfeccionado en el transcurso del tiempo. ¡Que diferencia hay entre los antiguos fotógrafos, sus laboratorios y gabinetes y los modernos!
Hace medio siglo el vulgo consideraba al fotógrafo algo así como un alquimista y no le faltaba motivo para ello, pues estaba obligado a poseer conocimientos nada comunes, si no de nigromancia, de química, que es algo parecido. Horas y horas pasaban diariamente combinando substancias y líquidos para la preparación de las placas, operación innecesaria hoy puesto que se adquieren preparadas y así se facilita extraordinariamente la profesión.
Todas las manipulaciones indispensables para obtener un retrato resultaban entonces más complicadas que ahora y especialmente las de impresionar las placas, porque como se necesitaba una larguísima exposición, la persona que trataba de retratarse tenía que permanecer inmóvil mucho tiempo,¡y cualquiera conseguía, por ejemplo, que un chiquillo estuviese quieto siquiera un par de segundos!
La invención de la máquina instantánea evitó un verdadero martirio a los camaradas de Daguerre. Como la fotografía era un articulo de lujo y no estaba al alcance de todas las familias, no producía, de ordinario, lo suficiente para vivir a los fotógrafos y estos dedicábanse a la vez, a otras profesiones, generalmente relacionadas con las artes. Muchos días, especialmente los nublados y lluviosos, en que no se podía retratar por falta de luz, los gabinetes fotográficos permanecían desiertos, o les visitaba sólo alguna que otra persona para recoger un encargo.
Los escasos establecimientos que había de esta clase, los de mayor lujo lo mismo que los mas modestos, eran muy parecidos. Su cabaña semejaba, a la vez, un palomar, por el sitio y las condiciones en que se hallaba y un baratillo, por el número de trastos desiguales, viejos y generalmente rotos, almacenados en ella. La dependencia destinada para recibir al público solía servir también de gabinete de retocar y de laboratorio de química, por lo cual hallábase, asimismo, repleta de múltiples efectos y cachivaches.
En el portal de la casa nunca faltaba la exposición de retratos, más o menos modesta. Hace cincuenta años el establecimiento de fotografía más importante de nuestra ciudad era el de don José García Córdoba, que se hallaba en el sitio conocido por los Dolores chicos, hoy calle de Ramírez de las Casas Deza. El poseía las mejores máquinas y una variadísima colección de accesorios para los retratos, tales como asientos, pedestales, jarrones y caprichosos juguetes. Por su gabinete desfilaba toda la aristocracia y los domingos y días festivos pesaba sobre el señor García Córdoba un trabajo abrumador. En cierta ocasión presentósele, para que le retratase: de cuerpo entero, un hombre alto, fornido, de aspecto rudo y de mirada siniestra. Vestía el traje de la gente del pueblo y entre la faja y el chaleco asomábale una enorme pistola. Era el famoso bandido Pacheco. Cuando poco tiempo después lo mataron, el fotógrafo colocó en su exposición el retrato del tristemente celebre salteador de caminos y numerosísirno público desfiló por ella para verlo.
Al morir don José García Córdoba se encargó de su establecimiento el retocador del mismo don Miguel Bravo, que lo trasladó a la calle de Gondomar. En la de Pedregosa, hubo durante muchos años otra fotografía, la de don Ventura Reyes Corradi. Este ejercía, a la vez, la profesión de periodista y, en sus ratos de ocio, consagrábase a las musas, y en su despacho veíanse mezclados los efectos propios del arte de Daguerre, libros, cuartillas y periódicos, todo en completo desorden. El portal y la fachada de su casa estaban llenos de retratos y vistas de los monumentos de la ciudad; no había extranjero que, al dirigirse a la Mezquita, pasara sin detenerse ante tal exposición y muchos compraban fotografías reproduciendo el Mirhab, el Triunfo de San Rafael o el Puente Romano. Don Romualdo de Castro no sólo era fotógrafo, sino pintor, y en la exposición de su establecimiento, situado en la calle de San Eulogio, abundaban los retratos, tan bien iluminados, que parecían retratos al óleo.
Como el arte de la fotografía, según ya hemos dicho, no producía lo suficiente para vivir, las personas dedicadas a él ejercían otras profesiones; los señores García Córdoba y Reyes Corradi fueron profesores de la Escuela provincial de Bellas Artes y el señor Castro también estuvo encargado de una cátedra en la Escuela de Artes y Oficios. La fotografía popular era la de don José Nogales, situada en la calle de la Feria. Todos los soldados de la guarnición desfilaban por ella los domingos para que les hicieran media docena de retratos económicos de cuerpo entero, en los que siempre aparecían con el humeante puro en la boca, apuestos y arrogantes como el Cid Campeador. Las criadas, con los trapitos de cristianar, iban también a que la prodigiosa máquina les reprodujera la efigie, para que los novios de las pobres chicas retratadas pudieran recrearse en su contemplación.
En la época a que nos referimos, como el fotógrafo tenía que realizar la difícil operación de preparar las placas, según ya hemos dicho, había pocos aficionados a aquel arte; uno de ellos, joven perteneciente a una distinguida familia, aprendiz de todos los oficios y maestro de ninguno, se daba tanta maña en las manipulaciones químicas necesarias para obtener un retrato, que su madre solía decir con mucha gracia: Mi debe haber inventado un procedimiento de trabajar en la fotografía como trabajan los torneros, con los pies, pues hasta los calcetines se los mancha de colodium.
Andando el tiempo, el arte fotográfico se perfeccionó y popularizó extraordinariamente; ya los fotógrafos no eran considerados algo así como alquimistas o nigromantes; a sus gabinetes modestos sustituyeron lujosos gabinetes como los de don Eleuterio Almenara y don Tomás Molina y, por último, el invento de la máquina instantánea concedió a todo el mundo aptitud para hacer retratos.
“No hay motivo de alarma; esta es una de las molestias a que estamos expuestos los hombres públicos”, decía una tarde, en el Gran Teatro, don Nicolás Salmerón, interrumpiendo uno de sus discursos, para calmar la agitación producido entre el auditorio por el fogonazo de magnesio de una máquina fotográfica. Pues bien; hoy no solamente los hombres públicos, sino los más oscuros e ignorados, tienen que sufrir, a cada momento, la molestia a que se refería el ilustre político, porque, desgraciadamente, nos hallamos en el siglo del cinematógrafo y la instantánea.
Agosto, 1924.
viernes, 28 de abril de 2023
miércoles, 26 de abril de 2023
LA ARROPIERA Notas cordobesas. Recuerdos del pasado. Vol. 5 (1924). Ricardo de Montis Ed. 2021 de la Red Municipal de Bibliotecas de Córdoba
LA ARROPIERA
Uno de tos tipos característicos de Córdoba que se van perdiendo es la arropiera, aquella viejecita muy simpática, muy limpia, a la que nunca faltaba en verano el ramo de jazmines como remate de su moño de lino, que sin cesar recorría nuestras calles pregonando su dulce mercancía o pasaba la existencia en una plaza, sentada detrás de una mesa a la que pudiéramos llamar su establecimiento.
El dulce que da nombre a esta característica vendedora, la arropía, es genuinamente cordobés y uno de los más antiguos que se conoce. Lo empezaron a fabricar los moros de la época del Califato, que con él obsequiaban a sus mujeres y desde aquella época remota ha llegado hasta nosotros sin modificación alguna en su nombre ni en su confección.
Nos referimos a la arropía de miel, a la llamada de clavo, porque un clavo sujeto a una pared es el principal elemento para elaborarla, pues la arropía blanca o de azúcar apareció mucho después de aquella. La arropiera, aunque éste fuese el elemento principal y más productivo de su modestísimo comercio, tenía en su cesta o en su mesilla infinidad de artículos, multitud de chucherías cuya posesión constituía el sueño dorado de los muchachos y, en muchas ocasiones; les costaba llantos y azotes.
Todos los diminutos establecimientos de las arropieras eran análogos, pudiera decirse que estaban cortados por el mismo patrón. Consistían, como ya hemos dicho, en una mesa muy pequeña, muy baja, pintada de azul, con el tablero rodeado por unos listones, a fin de que no se pudieran rodar las mercancías. En el lado derecho tenía una especie de jarrero y debajo, para darle consistencia, dos listones cruzados en forma de aspa. En el centro de la mesa, ocupando lugar preferente, destacábanse, sobre un pedazo de hoja de lata, las melosas arropías de clavo y, a su alrededor, en papeles, una infinidad de dulcesillos, mucho de los cuales han desaparecido ya; los pedazos de piñonate, los cañamones, los suspiros de canela, los barquillos de gran tamaño semejantes a sombreros de teja, los cartuchitos de anises de colores. Y en cajas de cartón que antes guardaron ovillos de hilo, las arropías blancas, las cerezas y las guindillas de caramelo, las escaleritas y las tijeras llenas de licor.
Al lado, en el suelo, aparecían el tosco barreño con los altramuces bien sazonados, la fuente de pedernal con las chufas en agua y, en determinadas épocas, la macetilla con las almezas y los canutos de caña para arrojarlas o el canasto lleno de madroños. Tampoco faltaba al lado de las arropieras un par de raíces de palo dulce que, a veces, le servían de arma defensiva contra las travesuras de los chiquillos.
En verano descollaban en la mesa dos jarras limpias, sudorosas, que convidaban a beber su agua fresquísima y al pie, los ramos de jazmines con su estrellita brillante de talco en el centro. La arropiera pasaba la vida arrellanada en una silla de amplio asiento detrás de la mesa, ya entretenida en hacer calceta, ya en agitar el mosquero policromo, cuando el sueño no la rendía, lo cual procuraba evitar porque la gente menuda, siempre traviesa, aprovechaba las breves siestas de la pobre anciana para arrebatarle algunas chucherías.
En casi todas las plazas y calles de Córdoba en que había una fuente, hallábase al lado de ella una de las clásicas mesillas que hemos descrito, las cuales jamás faltaron en el Caño gordo, en la Fuenseca, ni en le plazas de San Andrés, la Magdalena, San Lorenzo y Santa Marina. En las tardes y las noches de estío la gente moza acudía a los puestos citados para beber y en la limpia jarra después de haberse endulzado la boca con una arropía o para comprar los ramos de jazmines y los muchachos para gastar en golosinas los cuartos que obtuvieran de sus padres a fuerza de lloriqueos.
En las noches de verbena en los barrios populares o de paseo en la Ribera del Guadalquivir, la mayoría de las arropieras trasladaba sus puestos a aquellos parajes en que se congregaba la gente para pasar algunas horas entregada a honestas expansiones y la hilera de mesillas, con sus pequeños faroles de aceite que semejaban luciérnagas constituía una de las notas más características de tales veladas.
Chiquillos, mozos y mozas rodeaban continuamente los puestos de las viejas vendedoras -para adquirir sus múltiples golosinas. En las primeras horas dela tarde, sin temor al sol en el verano ni a la lluvia en el invierno, las arropieras ambulantes, con su enorme cesta al brazo, bien repleta de chucherías, lanzábanse a la calle y recorrían la población varias veces, interrunpiendo su silencio con destemplados pregones, para obtener una mezquina ganancia, con la cual podían, en aquellos felices tiempos, atender a su más perentorias necesidades.
De las típicas arropieras de Córdoba sólo quedaba una y esa murió hace varios meses; la popular Matea, una viejecita muy simpática, muy lista que, a pesar de sus ochenta años, daba diariamente varias vueltas a la ciudad, sin olvidar el rincón más apartado, vendiendo por la mañana cintas, al mediodía piñones y por la tarde arropías y altramuces, porque hoy no hubiera podido vivir dedicándose sólo a su primitiva profesión de arropiera.
En el último tercio del siglo XIX había varias fábricas de los dulces mencionados, que se hallaban situadas en los barrios de San Nicolás de la Ajerquía y de San Pedro; en la actualidad, sólo queda una. Hace muchos años también se estableció en una de las pequeñas casas, ya desaparecidas, de la puerta de Gallegos, una familia judía, la cual dedicábase a la mencionada industria e introdujo en ella algunas modificaciones, varias: novedades que fueron acogidas con beneplácito por el público, sobre todo por la gente menuda.
Y no terminaremos estos recuerdos del pasado sin mencionar otro dulce tan cordobés como la arropía, que está a punto de desaparecer; el piñonate. Sin que nadie se lo hubiese concedido y pasando de una a otra generación, dos o tres familias tenían el privilegio exclusivo de elaborar ese exquisito componente de miel y piñones que, durante dos épocas del año, era indispensable en todas las mesas. Cuando se aproximaban, la feria de la Salud y la Nochebuena, las familias indicadas dedicábanse, sin descanso, a fabricar el piñonate y nunca faltaba en la puerta de Gallegos durante la Pascua de Pentecostés, o en la plaza de la Corredera durante la fiesta de Navidad un puesto del rico dulce, presentado en trozos de media libra envueltos en blancos papeles. Estos envoltorios formaban grandes pilas en mesas y escaparates, las cuales desaparecían rápidamente porque ¿quien que se considerase cordobés de pura cepa abandonaría la feria o la Plaza en Pascua de Navidad sin haber comprado un par de medias libras de piñonate?
Junio, 1920.