martes, 14 de marzo de 2023

La Ternura

 

La Ternura


Marta Carpentier


Desde aquí miro las olas abrirse como colmillos y caer con fuerza mordiendo la arena. Dicen que vemos el mundo como somos. Que incluso los colores, algo que siempre pensamos que todos compartimos en una misma gama de apariencias y tonos, dependen de quiénes somos. Lo oscuro es paz para algunos, pero terror para otros.

No sé por qué escribo esto, por qué ahora. Creo que es porque en el fondo estoy empezando a entender cómo funciona esta isla y cómo eran de ciertas laspalabras de mi padre que tanto intentó explicarme la mecánica de su naturaleza y de mí misma. Mi padre amaba los números, aunque nunca estudió tanto como él habría querido. Todos los matemáticos creen que lo saben todo, y todos los escritores también. Creemos que podemos acercarnos a las cosas y limitarlas, definirlas, estudiarlas, hacerles una tremenda autopsia y mostrárselas al mundo como realmente son. Los matemáticos se enamoran de ecuaciones, te dicen que eso es belleza, que todos estamos hechos de números.

Los escritores se piensan que pueden con sus palabras, ya ves, con una herramienta tan pobre, abarcar la esencia de algo tan asombroso como la misma existencia. Somos tan torpes y mediocres que hasta los más poderosos terminan sintiendo lástima de sí mismos, al notar que ni siquiera con poder puede uno acercarse un poco a la esencia de las cosas.

La naturaleza es eso, es rabia y literatura, pero la literatura no son palabras sobre un papel, no son frases recitadas sobre una plataforma rodeada de gente en medio de una gran plaza. La literatura es caos. Esta isla también es caos, lo muestra y lo representa en todo lo que permite que en ella ocurra. Yo soy como un nervio que sobresale de ella, y de mí se multiplican en dirección al vacío muchos más nervios, más brazos, cada uno lleno de células perfectas.


Su carga es parpadeante, pero está ciega. Me acuerdo de todas esas veces que me caía de pequeña cuando salíamos a andar, luego besaba mis huesos si me había hecho algún daño y seguía andando. Siempre tan, tan imprudente que se me hacía imposible no sentirme en ocasiones una víctima de mí misma, de este empeño incesante por sorprenderme. Mi valentía me permitía quererme un poquito más, pero también suponía irremediablemente un lastre, ya que ¿dónde queda la barrera que parte la mitad honrada y bella de atreverse y la feroz, la que nos vuelve

animales que no miden consecuencias más allá de la inmediata? Aprendes a convivir contigo misma a veces por pura inercia, y otras, como en mi caso, porque me era muy difícil que importase más lo malo que lo bueno. En realidad, los términos "malo" y "bueno" se desvían mucho de los significados que quiero mostrar aquí para analizarlos, aunque sea sólo de paso y con la punta de los dedos.

Me admiraba a mí misma en posición de rezo a los antiguos dioses de la selva, con la boca fría y casi en las piedras, seca, con la mirada hacia dentro, aunque mis irises apuntasen afuera. Golpeaba el suelo sobre el que me había agachado con la palma abierta de par en par, y el mismo suelo subía y se expandía alrededor a base de hondas. Yo notaba el movimiento, cómo este me levantaba levemente tras mi golpe, cómo mi pelo caía hasta cubrir mis orejas del todo. Rezaba mucho antes, de pequeña y también de adolescente, cuando tenía la edad que tiene mi hija ahora. Con los años, entre muchas otras cosas, una deja de rezar, o al menos con esa frecuencia.

Mi madre, y no deja de llamarme la atención, sólo rezaba a los dioses que ella creía superiores, más poderosos o más útiles, o según le convenían al momento de soplar las velas y echar en falta. Ella me había enseñado así, y con esa enseñanza debí haber crecido yo tras haberla perdido; pero no, porque al fin de este camino, no podemos evitar ser quienes somos. Está bien, entonces seamos justo lo que somos. En mi caso, yo rezaba siempre a todos. A los dioses del color y a los de la oscuridad, a los dioses de la cascada, los dioses de la tortura, a los que se desdibujaban en los ojos delirantes de la bestia casi muerta, y también a los que observaban impasibles, satisfechos, las concepciones y nacimientos. Y por si no fuera poco, también rezaba a las nubes, a las rocas y a los árboles. A todo lo que mi ojo catalogase como bello, a todo lo que lograse captar mi atención de una forma fuera de lo habitual. Casi todo alrededor, realmente, porque fui una niña viva e inflada de inocencia a la que todo le sorprendía, le resultaba fascinante y digno de admiración. Nunca me ha sido fácil distinguir ni participar de la todopoderosa dualidad de la que hacían uso todos, beber de esa misma copa donde si adoras lo alto, pasas por alto lo bajo. Yo no, yo no. Yo lo necesitaba siempre todo, la imagen y su reflejo, el vientre y lo que absorbía, lo que dejaban detrás y lo que luego buscaban desesperados delante.

Cuando Victoria nació, tan bonita y tan débil a la vez, sentí el mensaje de la isla, esa voz que siempre había estado ahí susurrando entre arrebatos de impotencia que yo le pertenecía, que tanto tenía de ella como ella también de mí, que ambas éramos y seríamos para siempre indivisibles. "Dos sistemas que interactúan uno con el otro durante un determinado período, aun siendo separados de alguna forma después, en algún momento perdido en el tiempo, siguen influyendo el uno en el otro de una manera sutil, siendo parte del uno para siempre ya parte del otro." Uno y otro, otro y uno. Vueltas y vueltas absurdas que sólo dicen lo mismo, todo el tiempo sin decirlo. Ah, el tiempo, ese invento tan ruin fabricado a duras penas por el hombre. Lo que esa redicha frase pretende decir es lo siguiente: cuando un lagarto se posa mucho sobre una roca, ¿no queda parte del lagarto para siempre en esa roca? Y en esta isla todo es roca, y yo nací siendo ya una especie de lagarto que se torcía con el sol, y mi compasión se extiende hasta llegar a esas rocas, y las incluye y las envuelve.

¿Por qué escribo esto ahora? Cinquecento había sido siempre una isla de pescadores, pero a mí me daban pena los peces. Es curioso, por un lado, no parezco de esta isla, con esta extraña obsesión de proteger lo que no puede protegerse; pero por otro soy completamente ella, como dos partículas en una. No, no soy tan analítica ni mi capacidad de introspección es tan alta como puede parecer al leer estas palabras. Mi auténtico estado natural no es otro que el de la incontinencia. Primero actúo, y después, en caso de que ese "después" se hiciese efectivo y llegase a tomar forma, mi pensamiento decide si debía actuar o no. Exacto, llega tarde. Así funcionan mis nervios y mis estados de alerta, mis guerreros interiores: llegando tarde.

Recuerdo perfectamente una mañana de verano hace ahora algunos años. Bajé a la playa, me senté sobre las piedras y sentí el agua subirme fría desde las piernas a la espalda. Metí mi mano izquierda en el agua y encontré una piedra un poco más alargada que el resto, roja como el pelo de Victoria, que aún tardaría años en nacer. Al cogerla, surgieron en el lugar donde había estado varias burbujas del color de la lluvia sucia. Supuse que había vida allí abajo. Cada vez que uno golpea algo que todos creían imposible de golpear, surgen cosas imprevisibles. Cogí otra piedra, más azul esta vez, y luego otra algo más verde, del verde del musgo oscuro que cubre y rodea al castillo. Y luego metí todas ellas en un joyero de cristal con forma de pentágono. Rodeé el joyero con un trozo de papel, sujeto con un lazo, en el cual podía leerse "las piedras más bonitas de la playa."

La culpa de que el resto de familias que vivían en Cinquecento se marchasen fue sin duda de las guerras. Se lucha y se soporta una guerra, tal vez dos, pero cuando llega a cinco es injusto etiquetar a las personas de cobardes. Se marcharon en sus barcos en busca de islas más suaves donde edificar de nuevo sus castillos y construir sus jardines. Cinquecento estaba seco, las cenizas eran ya parte de su maquillaje, sus ríos corrían por inercia, casi sin fuerza, y cerraban los párpados justo antes de fundirse con el mar. Tampoco los animales que quedaron parecían estar demasiado satisfechos. A algunos los cazaron, pero se arrepintieron todos los años que vinieron. Y el océano no era más que una trampa para peces, porque si no nos quedase la pesca, ¿de qué viviríamos? Teníamos barcos, claro que los teníamos, las únicas dos familias que quedábamos todavía en esta isla, pero ¿a dónde íbamos a ir? Éste era nuestro hogar.

Me senté a explicarle todo esto a Victoria cuando cumplió los cinco años, pero entonces comprendí que ella ya lo sabía todo, porque ella miraba a la isla como la he mirado yo desde siempre. Con piedad. Después de la última guerra, cuando Jonás, el hijo pequeño de Leroy el jardinero, cumplió la edad apropiada para aprender el oficio de su padre, Leroy se dirigió a mi padre para pedirle un favor. Ya apenas quedaban plantas en pie alrededor del castillo, el jardín era un lugar al que parecía mejor no entrar si uno buscaba o esperaba presenciar algo medianamente decente, y la isla había quedado abandonada y sumida en un continuo funeral. Monstruos que no se dejaban cuidar, fueron exactamente las palabras que Leroy utilizó para explicarle su zozobra a mi padre. "Zozobra", qué palabra más horrible ¿Qué sería de su hijo en un lugar como aquél? Ya no había sitio para un jardinero en la isla de las cenizas y las piedras, en la "isla de la muerte".

Añadió que cualquier día nos tragaría, por esa "manía" que teníamos por aferrarnos a ella a pesar de haberse convertido en un lugar tan inhóspito. Ante las honestas palabras del jardinero, mi padre decidió mandar a buscar profesores que enseñasen a Jonás otro tipo de oficios y conocimientos, y de esta forma ayudar al muchacho a contar con herramientas suficientes para salir de esta isla del demonio y encontrar un futuro mejor. Aquí nunca hemos sido de acoger a visitas durante mucho tiempo, porque de hecho casi nunca viene nadie, ¿quién va a venir? No hay nada que ver aquí, al menos para el que llega y va de paso, para el clásico navegante que anda centrado en su ruta y no se para a encontrar lo que no estaba buscando. Hay bellezas que están sólo en el ojo del que mira esperando esa belleza. Creamos lo que esperamos.

En el barco que topó con nuestra isla, aquel amanecer helado del invierno más largo que recuerdo haber pasado, venían cuatro pasajeros. La primera en bajarse, quejándose por la inclinación de la orilla y el movimiento de las piedras al pisarlas, fue Laura, la profesora de solfeo. Hestia le dedicó una de sus famosas miradas de desconfianza, a ella y a todos y cada uno de los que bajaron de aquel barco. Sabía que venían gracias al ruego de su padre y para echarle una mano a su hermano pequeño, pero le costaba mucho confiar de verdad en alguien. Ahora que lo pienso, quitándome a mí, y no siempre, no la recuerdo confiando en nadie más. Ella llevaba sus trenzas rubias sujetas sobre la nuca y un vestido color gris ceniza. No sabría decir cómo llevaba yo el pelo.

Tras Laura se bajó Ana, una señora mayor de expresión seria y que apenas tenía cuello. Caminaba echando su cuerpo, casi redondo completamente, hacia ambos lados, como si fuese a caerse todo el tiempo, tanto si pisaba sobre las piedras como sobre suelo firme. Ana se encargaría, según indicó mi padre al verla pisar la orilla, de instruir a Jonás en Geografía y en otras lenguas del océano, idiomas y dialectos de otras islas y pueblos distintos al nuestro.

La tercera persona en bajar fue Sonia, una mujer ancha de caderas, de pelo corto y ojos excesivamente abiertos y claros, que enseñaría a Jonás a leer con propiedad y a escribir siguiendo todas las normas de ortografía. Y, por último, poniendo sus pies sobre las puntiagudas piedras casi a cámara lenta, calculando exactamente el ángulo de aquella superficie y cómo debía situar el pie, se incorporó a nuestra isla un caballero de casi cincuenta años, unos veinte más que yo y que Hestia, muy bien peinado, mostrando una sonrisa amplia a todo el mundo, que se hacía llamar Raúl y era el esposo de Sonia. Raúl enseñaría a Jonás a hacer cuentas, los números y las fórmulas, y, como decía Leroy, a conocer lo que somos y lo que todo en el mundo realmente es, desde los cielos hasta las olas, porque él pensaba que en las cifras se encontraban las respuestas a cualquier pregunta, como si fuesen milagrosas.

La cena de bienvenida que organizó mi padre fue abundante y tranquila, todos cumplieron con su papel correspondiente y comieron y bebieron y sonrieron, incluida mi preciosa Hestia. Yo también comí y bebí hasta que quedé harta y luego, pidiendo permiso educadamente, me puse de pie y me retiré, buscando el frescor del exterior del castillo. Allí abajo no había luz, sólo algún rayo debilucho que caía de la luna a las piedras bajo mis pies. Sentí entonces unos pasos tímidos detrás de mí y me volví bruscamente, "Siento asustarte", dijo el supuesto marido de Sonia. "No pasa nada", dije yo. A lo lejos, unas nubes imprevistas habían empezado a recubrir parte del techo abovedado del mar. Pensé que eso quizá quería decir que llovería, y me concentré cerrando fuerte los ojos para respirar muy hondo y no agobiarme, ya que la falta de sol siempre me había provocado algo de asfixia.

¿Estás bien?

Me agaché sin contestar y me senté sobre las piedras. Raúl se agachó también para sentarse junto a mí. "Si te incomodo dímelo y me voy sin más". Me explicó que se sentía algo agobiado entre tanta pared, que allí dentro ya todos hablaban de lo mismo. Tenía canas en el pelo detrás de las orejas, unas tímidas arrugas que le empezaban en el cuello, y los ojos de un marrón muy parecido al de los troncos cuando son viejos, con pestañas muy largas. Me preguntó si solía bajar allí, y yo no supe muy bien qué responder, ya que pensaba que había cosas que no se debían contar a desconocidos. Él no insistió, se puso a contar cosas sobre sí mismo mientras yo me dedicaba a colar los dedos entre las piedras. Algunas de las historietas que contaba se asemejaban a algunas que había vivido yo. "Yo tengo menos experiencia en todo que usted", le dije, "pero también he vivido cosas parecidas".

Oh, por favor, no me hables de usted — me dijo.

Me disculpé y seguí escuchándolo. Era un hombre que sabía decir las cosas, y casi todo lo que decía era agradable, interesante o divertido. Me recordaba a los antiguos trovadores, como los que mi padre había hecho llamar en mis primeros cumpleaños. Un equilibrista nuevo que trabajaba con palabras en vez de cuerdas u objetos, un cantante que no cantaba, un cuentacuentos. Pensé que existía la posibilidad de que todo lo que contase fuese verdad, al fin y al cabo, tenía edad para haberlo vivido. Aventuras de todo tipo, acompañadas de una expresividad a veces algo excesiva, pero sin rozar jamás lo inadecuado. De vez en cuando hacía pausas, sonreía, y se le colaba algo de la luna entre las patas de gallo y en unos disimulados hoyuelos, haciéndole parecer más niño. "Si tiras de la cuerda, las estrellas se mecen", me dijo una vez mi abuelo cuando yo era todavía muy pequeña. Su voz, la voz de Raúl, se balanceaba en el aire y tiraba de esa cuerda, y las estrellas del cielo parecía que se meciesen, que se acercasen unas a otras y se separasen luego.

Tras varias horas sin sacar más de dos frases de mí, Raúl se puso de pie y se dispuso a marcharse. "Eres más dura que las piedras", añadió antes de irse sacudiéndose la chaqueta.

**

Al día siguiente, en el cuartillo de madera blanca del jardín, empezaron las lecciones. Las de Jonás y las de todos. Yo bajé buscando a Hestia, pero ella no había bajado todavía; allí sólo estaba Ana, la señora sin cuello que caminaba hacia los lados, explicándole algunos términos en una lengua extraña al hijo de Leroy, que la miraba bastante interesado y tomaba apuntes en su cuaderno. Creo que fue la primera vez que Jonás usaba uno, aunque ya le habíamos enseñado a leer y a escribir años antes. Me senté a su lado unos minutos esperando a mi amiga, y le pasé el dedo por detrás de la oreja para que me la apartase riéndose, ya que siempre ha tenido muchas cosquillas. Ana sacó uno de sus libros enormes y llenos de ilustraciones de una bolsa gigantesca de tela que había traído, y abrió uno de ellos por una página con muchos animales y palabras. No logré entender ninguna. Ella, ante mi interés mostrado por su libro, se dirigió hacia mí antes de empezar su clase.

Anoche te fuiste muy pronto a la playa.

Me aburro con facilidad.

Estuviste bien acompañada.

¿Cómo dice?

Ten cuidado, niña, es lo único que siento la obligación de decirte.

¿A qué se refiere?

A Raúl.

Me sorprendió escuchar eso de alguien que supuestamente había viajado y trabajado mucho tiempo junto a él.

¿Puedo preguntar por qué?

Es muy amable, ¿verdad? Quizá demasiado.

Sí, sí que lo es.

Y no dejará de serlo. Digamos que... desde siempre ha mostrado un especial interés en entretener a jóvenes como tú. Intenta no tomarme a mal este aviso, sé que es la primera vez que hablamos y…

No se preocupe.

¿Entretener? Una parte de mí sí se sintió ofendida en aquel momento, a pesar de que era cierto que yo no le conocía de absolutamente nada, pero me sentí de pronto como un trofeo inútil, una joven incauta a la que aquel señor había intentado seducir con extraños encantamientos otras mil veces aplicados de igual forma. Era, al fin y al cabo, veinte años mayor que yo, y si esa era su afición, debía ser muy bueno en ella.

**

Algunas noches después, volví a bajar a la playa, esta vez acompañada por Hestia. A lo lejos, pudimos ver a Raúl sentado sobre una cuesta de rocas grandes mirando al mar.

He hablado varias veces con él, y ya no hablo ni una más me dijo Hestia, que hable contigo, conmigo no tiene nada que hacer.

Es un tipo divertido me atreví a decir en mi insensatez.

Es como un fantasma, Elena, dime que tú también lo ves. Es el típico vendedor de humo.

Yo asentí con la cabeza y nos volvimos al castillo, pero me parecía injustotener que renunciar a mis momentos junto al mar sólo porque me decían que huyese de aquel señor. No quería tener que ser yo la que se protegiese de nada ni de nadie, y sentía que no tenía por qué hacerlo, fuese o no verdad la advertencia de Ana. Confié en mi criterio y en mis mecanismos de defensa: si era un vendedor de humo, pues que me vendiese humo, yo tenía claro que no estaba interesada en humo alguno, y que al menos, si yo iba a convertirme en un entretenimiento para él, también él lo sería para mí. Al fin y al cabo, me hacía gracia su manera de decir las cosas, y pensé que nunca estaba de más reír de verdad de vez en cuando.

Al verme aparecer a su derecha, Raúl se echó al lado para que yo me sentase. Estaba un poco más serio que la otra vez. Me preguntó si mi prometido vivía en la isla y le expliqué que no, que era de una isla no muy lejana con la que manteníamos tratados de comercio muy útiles para la supervivencia de la nuestra. "Sobrevivir es importante", añadió a su largo discurso sobre islas y sobre comercio. Después yo insistí en que, de todas maneras, nos iba muy bien juntos, que hacíamos un buen equipo y que me hacía feliz, y él pareció regalarme una sonrisa sincera. Sentí que se abría una puerta para que él también me hablase de su mujer y su vida junto a ella, y me expuso tranquilo y con una luz honesta sobre sus ojos lo enamorado que estaba, que nunca antes se había sentido como se sentía con ella, que era la mujer perfecta para él. Todo mi cuerpo se relajó, y pensé que era absurdo haber pensado que su amabilidad pudiese formar parte de alguna estratagema de acoso y derribo hacia mí; eso ya carecía de sentido, sino no me estaría hablando de esa forma de su esposa.

Me quedé entonces mirándole en silencio y admirando las palabras que le estaba dedicando a Sonia en ese momento, y por primera vez en todo el rato que habíamos estado hablando, sus ojos marrones soltaron las olas y se pararon frente a los míos.

Me encanta — me dijo.

Te encanta ¿qué?

Tu expresividad, Elena. Eres increíblemente expresiva, aunque no te des ni cuenta.

¿Lo dices en serio?

Y esos ojillos que pones cuando no comprendes algo, o cuando te digo algo que no te esperas. Ahora acabas de ponerlos cuando te he dicho lo expresiva que eres. ¿Ves? Otra vez.

Rompió a reírse a carcajadas y yo no supe reaccionar, de modo que me quedé mitad sonriendo, mitad intentando no hacer ningún gesto exagerado, porque me sentí ridícula y pensé que se reía de mí.

Eres muy bonita, si me permites decirlo. Por favor, no te enfades.

Y lo cierto es que, tras esa frase tan simple y que me repetiría después en tantas ocasiones, se me hacía imposible enfadarme. Ahora la leo y la escribo y son tan sólo palabras. No sé si llenas de humo, de arena o sal. Pero palabras. Pasaron muchos días, a un ritmo que aun hoy soy incapaz de encarcelar entre frases, de acotar con el lenguaje. Jonás aprendía mucho muy deprisa, porque siempre fue un chico muy listo y muy aplicado. Yo estaba siendo instruida para tomar cargo del negocio de la isla cuando mi padre faltara.

Odiaba la pesca, odiaba los barcos, odiaba todo lo odiable y dormía solamente noches sueltas. "Si tiras de la cuerda, las estrellas se mecen." Bajé una de tantas noches hasta los dormitorios de los invitados con una hoja pequeña de uno de mis cuadernos, y sobre ella escribí "que pases mañana un buen día", me agaché frente a la puerta del dormitorio de Raúl y la dejé sobrevolar el frío suelo, como a veces sobrevuelan las olas más pequeñas y tímidas la orilla mojada. Raúl y Sonia dormían en cuartos distintos por exigencias de mis padres, que siempre funcionan según sus propias y antiguas creencias.

A la noche siguiente, mientras me encontraba escribiendo en mi habitación, sentí que algo raspaba el hueco entre mi puerta y la piedra del suelo, y me asomé tras los bordes de mi mesa. Era un trozo muy pequeño de papel que decía: "Gracias. No eres tan dura como las piedras, me precipité al decirlo." Lo leí varias veces y después lo arrugué.

—Eres increíblemente divertida, no permitas que te convenzan de lo contrario — me dijo Raúl en nuestro siguiente encuentro. — En serio, nadie consigue hacerme reír tanto, absolutamente nadie. Le reconocí que, al menos, sí que era peculiar, pero nunca lo había visto de esa forma, y nunca nadie me lo había dicho. Pero él insistió y siguió contándome cosas, intentando provocar opiniones contrarias en mí. Me di cuenta de que lo hacía para que yo me enfadase brevemente, ya que eso le divertía, pero siempre con la mejor de las intenciones, ya que decía que jamás soportaría verme enfadada de veras. De vez en cuando hacía pausas, me miraba y sonreía, y yo sentía una extrema e incómoda sensación de vergüenza, acompañada de ese reconocible calor bajo las mejillas. Aquella noche, tras retirarnos a dormir, volví a escuchar el vuelo torpe del papel y me agaché para abrirlo. "Eres lo que da vida a esta isla", decía la tinta sobre el blanco.

Tuve entonces la idea de prepararle algo más original, algo distinto detanta carta y tanta noche sobre las piedras. Escribí la frase correspondiente, por supuesto, pero rompí aquel papel y metí cada uno de los trozos en una página distinta de varios libros antiguos de la enorme biblioteca de mi padre. Le hice bajar hasta allí y buscar cada uno de los libros hasta reunir todos y cada uno de los trozos. Sobre el único rincón de arena mojada de la playa, con un palo muy flaco y pequeño, le escribí la primera parte de la frase. Sobre una de las piedras gigantes blancuzcas, con un pico de carbón, la segunda, y en qué libros debía buscar su continuación. Y así hasta que las tuvo todas, las montó sobre el suelo de su dormitorio y pudo leer mi mensaje, que decía "eres tú quien trae esa vida."

**

Hestia empezaba a mirarme cada vez con más furia. Me convencía muchas noches para que me quedase con ella en los jardines y no bajase a la playa. Empezaba todas las conversaciones atravesándome con su mirada, más azul que el universo, y me dolía ya antes de que ella empezase a hablar.

Jamás lo entenderé.

¿No entenderás qué, Hestia?

Cómo puedes llegar a ser tan ridícula.

No sé a qué te refieres.

Oh, Elena, por todos los dioses habidos y por haber. Sí que lo sabes, lo peor de todo es que lo sabes, que lo has sabido desde el principio. No supe qué contestarle. Sí, me sentía ridícula cuando ella me lo decía, a pesar del descomunal amor con que solía hacerlo.

Hestia…

No tienes justificación. En serio, ¿por qué haces esto? Ya escuchaste que más sabe el diablo por viejo que por diablo, y él es de hecho ambas cosas, viejo y diablo. Quizá más lo segundo que lo primero.

No lo conoces.

¿Y crees que tú sí?

Somos amigos, Hestia. Y eso, hasta donde mi mente "ridícula" alcanza, no es algo de lo que huir.

Tienes tu vida, Elena, y él no es parte de esa vida. Él vino, con su barco, su trabajo, su mujer. Y cuando acabe se irá. Sus palabras se posaron en mi cuerpo haciendo fuerza, y sentí que mi corazón hacía a su vez fuerza hacia fuera, defendiéndose del daño. Porque aquello era daño. También las rocas vinieron del mismo lugar que nosotros, la misma cuna. Dicen que no albergan vida, pero ¿no es el daño acaso parte intrínseca de todo lo que existe?

Me ha prometido que nunca nos alejaremos mucho.

Hestia se rio entonces con ganas al escucharme. Paró y arrancó de nuevo, tapándose media cara e incluso inclinándose hacia detrás. Después volvió a dirigirse a mí con un tono más solemne.

Está bien, imaginemos que es verdad. Sí, no me mires así. Imaginemos que le compro ese humo, eso de que no se alejará de ti. ¿De verdad crees que debería? ¿Crees que lo mejor es que no se aleje?

Abrí la boca para hablar hasta en tres ocasiones, pero ya su sonrisa satisfecha se había dado por ganadora. No, tenía razón. Algo en mí me decía que lo mejor para ambos era acabar con aquella amistad en aquel momento. Pero a la vez me enfadaba, igual o más que las palabras de mi amiga, solamente atreverme a pensarlo, reconocérmelo a mí misma. ¿No podíamos ser amigos?, ¿tan insostenible era? Le insistí otra vez a Hestia, exponiéndole que había gente más dulce que otra, que él expresaba de esa forma su inmensa confianza en mí y su amistad. "Amistad", "amistad"... Cada vez que esa palabra atravesaba mi boca, algo en las pupilas de Hestia se abría.

No es tu amigo, y tú no eres su amiga — me dijo.

Por supuesto que lo es.

¿Estás segura?

¿Dónde está el problema? Sí, la diferencia de edad es abismal, yo estoy felizmente prometida y él felizmente casado. Eso no es impedimento para forjar amistades.

Elena, tú no eres más que su aplauso de turno en esta parada de su viaje, que por supuesto no acaba aquí.

Tragué saliva sabiendo que de nada serviría volver a enfrentarme a ella, me di la vuelta y me fui. No dejé de bajar a la playa porque aquella era mi playa, no dejé de hablar con él porque las personas son sólo personas, pensé, y él se merecía de mí la confianza que casi nadie parecía mostrarle. Si algún día la tristeza me despertaba y lograba que bajase la cabeza, él sabía qué decir, cómo decirlo, para lograr confortarme. Se lo dije, y él me dijo que saber que tenía el poder de confortarme le llenaba de orgullo, y que yo era un regalo oportuno para él en un momento "extraño" de su vida, que mi presencia le había iluminado y hecho feliz, y que se sentía asombrado y afortunado de que así fuera.

Lo que al principio habían sido sólo palabras amables, tomaron forma de perlas fascinantes para mí, y me acariciaba a ratos con las uñas de su voz hasta que dormía. Aun así, los insectos de la duda lograban algunas veces trepar hasta el cabecero para espantarme la paz, de forma que decidí acercarme a hablar con Ana, la señora sin cuello que conocía todas las lenguas del océano. Nos sentamos en el banco de hierro que estaba justo al bajar desde las puertas de los baños. Era un buen sitio para conversar, porque desde aquel lugar no podía verse la playa, solamente un trozo largo de manto azul.

Llevo años trabajando con Raúl, y sólo puedo decirte que no hay rumor incierto sobre él — me confesó Ana.

¿Y su esposa lo sabe?

Yo no voy a entrar ahí. Hemos parado en otras islas, me acuerdo muy bien de todas. Les había prometido el cielo, con sus nubes y sus pájaros, con sus…

¿Y cómo sé que es verdad?

Si no lo sabes ya, yo me preocuparía. Grábate esta frase en el cerebro, niña: no eres importante para él. "No eres importante para él."

**

Siguieron pasando días, y uno de tantos, de repente, la expresión de Raúl era distinta. Fue entonces cuando empecé a comprender. Comprender no que ellas tuviesen razón, porque yo seguí apostando por él en todo momento, sino comprender lo idiota que había sido al no haberme dado cuenta de lo que había entrado en mí, con disimulo, de puntillas, como entraban los papeles por la finísima raja sobre el suelo. Esperé a que los demás se retirasen y escribí, "por favor, déjame ayudarte, no soporto verte mal." Tras dejárselo caer sobre la piedra, me retiré a mi habitación, pero alguien golpeó la puerta. Abrí y no había nadie. Supe entonces que debía bajar a la playa.

Gracias por la atención, realmente me hacía falta — me dijo él al llegar.

¿Va todo bien? Llevas varios días con el gesto del revés.

No sabes cómo me alegra que te des cuenta. Eso significa que estás pendiente, que te importo.

Por supuesto que me importas.

Reparé en que no había pensado antes de decir aquello. Él, que no estaba acostumbrado a que yo fuese la de las frases amables, abrió los ojos sorprendido. Me habló de lo especial que era yo para él, cómo en poquísimo tiempo había logrado crear algo dentro de él que no estaba y se sentía frágil frente a mí. "Eres mi debilidad, Elena", fueron literalmente sus palabras. Sintiendo cómo ese humo, real o ficticio, que llegaba a mí desde su voz, se colaba por mis párpados, oídos y labios, llegaba hasta mi garganta y bajaba hasta el lugar donde casi nada llega, perdí toda capacidad de distinción respecto a los límites de mis propias frases. Dije sin más, hablé lo que de mi cuerpo mi idioma le quiso hablar, y me escuché desde lejos, como si una parte de mí ya no estuviese conmigo.

Le dije que no sabía qué me ocurría junto a él, y él respondió que a los dos nos ocurría exactamente lo mismo, que nos sentíamos en paz el uno junto al otro, que sentíamos que podíamos hablar de cualquier cosa sin juzgarnos, que quizá justo por eso había entrado yo en su vida "como entra toda la espuma de las olas en las rocas, que cortan, pero suavizan." Añadió que yo ya me había ganado preguntarle lo que fuese, que jamás podría mentirme. Yo le dije que me habían advertido contra él. Asintió, ya lo sabía, sabía lo que todo el mundo iba contando de él. No le importaba, ese hombre del que hablaban no era él.

Dijo que ninguno de ellos le conocía. "Yo no voy a hacerte daño, ¿me crees?" Dudé antes de contestarle, pero no le molestó. Le comuniqué entonces sin reparos ese oleaje de dudas que aparecían a veces y me asaltaban, y añadió que él contra eso nada podía hacer. Me recomendó que mirase en mi interior y me contestase yo misma. Y justo antes de que yo dijese nada, él me detuvo diciendo "ya lo has dicho todo con los ojos." Cuando le conté a Hestia esa conversación, ella se llevó las manos a la cabeza. Tardó un buen rato en arrancar, creo que porque no quería hacerme daño.

Elena, dime una cosa.

Pregúntala.

Pero dime la verdad.

Yo siempre digo la verdad.

Me creyó porque sabía que era cierto. Siempre lo digo todo con la expresión, como los animalillos. Si tengo hambre, lo ve todo el que me mire.Si tengo sueño, también.

Dime qué sientes — me dijo Hestia.

Siento que es verdad lo que dice, y si miente al hacerlo, es una pena que no lo vea, porque lo cierto es que es verdad, que está ahí y yo lo veo.

¿Qué ves?, ¿de qué hablas?

Esa paz. Existe, la vea él o no, me mienta o no. De modo que, en caso de que todo en sus palabras sea mentira, está diciendo algo cierto mientras miente, está hablando la verdad, aunque crea que la inventa. Me escuché, otra vez, desde lo alto, mirándome a mí misma y apuntándome a la vez con el dedo. No quería tener que juzgarme, pero tampoco quería rendirme frente mí misma, perderme ante mis palabras.

¿Qué ves en él, Elena?

Tardé algo en darle una respuesta. Después me concentré en ese punto de adentro que tanto sabe de todo, que todo lo entiende siempre.

Veo lo que él no ve, lo que parece que todos aquí han perdido de vista. Veo un cúmulo precioso de estrellas conectadas entre sí formando a partir del barro una persona. Veo un ser que ama y que sufre, que intenta sobrevivir, que habla y abraza y desea, que pierde y vuelve a empezar. Veo un humano, un hombre. Veo alguien eterno que ha olvidado que lo es, que ha olvidado que es un trozo de universo inconsciente de sí mismo. Veo belleza.

También existe violencia en el ser humano, Elena.

No he dicho que no exista.

No has dicho que la veas. Respóndeme a algo: ¿a qué temes más que a nada en este mundo?

¿Por qué me preguntas tanto? Ya lo sabes.

No, Elena, no lo sé. Dímelo tú.

Le temo al dolor.

Es cierto, le temes mucho al dolor. Le temes porque sabes cómo eres, sabes qué eres, sabes que no llevas bien el daño, que entra en ti como la espuma ésa de la que él te habla que entra en las piedras, destrozándolas. Pero el dolor es una mera consecuencia, no es a lo que más debes temer.

¿Y a qué crees que debería tenerle mucho más miedo que al dolor?

Entendía lo que Hestia estaba intentando hacer, pero no quise ser yo la que se atreviese entonces a verbalizarlo. La dejé hablar a ella, dejé que lo que explicaba se clavase en mi frente como espinas y la sangre me cubriese como una gasa los ojos.

La ternura, Elena. Hay hombres que temen la violencia, que temen el odio, que temen la guerra. Todo eso se puede devolver, todo eso se puede vengar. Si me odias, yo te odiaré en consecuencia. Si usas violencia contra mí, yo la usaré contra ti. Pero, ¿cómo se defiende uno de la ternura? No hay forma de defenderse de ella. Si entra en ti, si la recibes, la única forma de devolverla es haciéndola crecer. No hay manera de frenarla, la ternura sólo sirve para destruir aquello que la toca. Con ternura abraza el agua asesina a las rocas que desgasta, Elena. Con ternura abraza el sol lo que seca, lo que arruga, lo que oxida. La única forma de ganar es huyendo de ella, no existe ninguna otra. Yo no supe contestarle, no recuerdo si lo hice, si me atreví a decir algo que nada tuviese que ver con aquello, algo trivial que intentase desnivelar unas décimas la balanza e inclinarla hacia mi ego.

Fue ese día cuando decidí alejarme un poco más de Raúl, no por él, no porque dudase de él, sino por mí. Le veía de lejos pasear con Sonia por la playa, por los jardines oscuros, por los pasillos de mi casa. Me sorprendía no sentir ni el más mínimo atisbo de algo parecido a la envidia. Me hacía tan increíblemente feliz verle feliz, de la manera que fuese, al lado de quien fuese, que la sola recompensa o condición que pedía a cambio de mi atención era ésa, aunque fuese al otro extremo de la mesa, al otro lado de las puertas, a lo lejos en la playa. Poder ser testigo al menos de esos momentos en que él demostraba estar feliz. No tener que contemplar su rostro serio jamás, no tener que observarle mirar triste, ya que había tomado forma en mí un sentimiento parecido al que describen los ancianos cuando hablan de las madres, ese deseo incesante de evitarle el sufrimiento a sus hijos, a pesar de la certeza de que éste es inevitable y a veces un buen maestro.

Me acosté una de esas noches y permanecí en silencio mirando al techo. No sonó ningún papel, ningún golpe tras la puerta. Fuera todo estaba oscuro, pero dentro la oscuridad era peor y sólo podía oír mi latido a tropezones. Al despertar, miré el suelo. Nada. Miré a la playa, y él estaba allí sentado, como tantas otras veces, manoseando unas piedras y tirándolas al agua. Bajé y le hablé como si no hubiese hablado antes con Hestia, como si no hubiese habido noche oscura tras de mí, como si no hubiese en mí nada aparte de ternura.

Le hablé como si nada y él también me respondió como si nada, sonriendo, mostrándome algunas piedras de colores que tenían formas curiosas. No recuerdo qué me dijo, pero recuerdo lo que pensé. Ése es el mayor defecto que he tenido desde siempre, ya me lo decía mi padre de pequeña y yo lo veo de mayor, el peor defecto de todos. No sé pensar con la mente, pienso con el corazón. Hestia tenía razón, era imposible defenderse. Opté por no hacerlo entonces, por disfrutar en silencio de su voz y de su compañía, hasta que llegase el día en que tuviese que irse. Después, ya me encargaría yo sola, tranquila, de reencontrarme conmigo misma.

Gracias, Elena — me dijo Raúl.

¿Gracias por qué?

Por confiar en mí.

Me habló sobre su infancia y algunas de las cosas que decía ya me sonaban de antes. "A este ritmo creo que vas a saberlo todo sobre mí", bromeó. Algunas veces disparaba algún halago que otro, pero ya no conseguía sonrojarme. Supongo que me estaba acostumbrando y me interesaba ahora mucho más no apartar la vista de su rostro, no perderme desde ese palco magnífico su limpia y abierta risa, que estar pendiente de sus palabras. Era entonces cuando él decidía dejar caer una broma algo grosera, intentando sorprenderme para hacerme reaccionar.

Ya ni te cambia el gesto, te da igual lo que te diga.

Pero realmente no se creía lo que decía, por eso guiñaba un ojo al hacerlo.

Sé que estás bromeando, Raúl.

Vaya, entonces ya distingues cuándo bromeo de cuándo no.

Es fácil: siempre estás bromeando y nunca estás bromeando.

Le impactó y le hizo gracia mi comentario.

Chica lista — concluyó.

Algunos rayos del sol, que se volvían más anchos a medida que caían, le aclaraban el pelo. Las pocas canas que mostraba se veían brillantes, como hilos de oro sobre un manto. Había algo que le caracterizaba especialmente, y eran sus pestañas. Las tenía largas y muy negras, como barrotes que cortaban las barras amarillas que nos regalaba el cielo. Cada vez que cerraba los ojos al sonreír, parecía que sus pestañas los defendiesen. ¿De mi ternura? Puede ser, al fin y al cabo, llegó un momento en que ésta se disparaba en todas las direcciones. Igual que el rayo de sol que se estiraba hasta romperse, yo me rompía torpemente y mi rostro era un cristal, desde el cual se iban mostrando uno a uno mis demonios ante el mundo.

No me puedo defender.

Eso fue lo que le dije un día a Hestia, justo cuando ya el último sol naranja había entrado por completo en el océano, derramándose y tiñendo toda el agua de mil tonos.

**

Los días se sucedieron, y ahora algunos se entremezclan y los detalles se pierden en mi cabeza. Ahora aprieto los codos sobre la mesa y un poco también de paso las neuronas más dormidas.

Recuerdo aquel día en que me sentía inmensamente triste a causa de una pelea que había tenido con Hestia, y cómo él canceló las lecciones que ya había organizado con Jonás para ese día para pasar horas conmigo intentando que me olvidase de todo. Sentí esa cercanía y amistad de las que me había hablado, que no estaba sola si él observaba en mi rostro la tristeza.

Recuerdo también aquella mañana que nos tumbamos en las piedras, mis dedos sobre los suyos y su mano apretando la mía. Mi dedo índice peinando los pelos de su brazo, justo antes de llegar a la muñeca, y luego subiendo al cuello y acariciándolo despacio, mientras observaba un gesto incomparable de paz dibujarse sobre su cara tranquila.

Y sobre todo recuerdo el día en que se marcharon como si fuese ayer mismo, como si hubiera despertado esta mañana y no hubiese pasado ni un año. Ni un sólo año. Jonás y Leroy se mostraron agradecidos y satisfechos, se abrazaron a todos y cada uno de ellos. Laura, tan dulce y tan abierta como siempre, le deseó lo mejor a Jonás y después se despidió de Hestia con palabras muy amables. Ana también lo hizo, aunque a su forma, más sobria y un poco menos sentimental.

Sonia las siguió después, muy sonriente y cercana, recordándole a Jonás que no tardase en poner en práctica todos sus nuevos conocimientos, ya que no todos los muchachos de su edad los tenían y eso era un privilegio increíble que no debía jamás obviar. Mi padre les dedicó también algunas palabras y yo les di un breve abrazo a cada uno. Cuando llegué a donde estaba Raúl, que acababa de darle una palmada en la espalda a Jonás y le decía adiós a Hestia sin atreverse a acercarse demasiado, intenté decirle algo, pero no pude.

¿Vas a hablar? — me invitó él, con una media sonrisa.

Reconoce que disfrutas como un niño.

Disfruto como un adulto.

Tras decir eso, me dio la impresión de que no estaba bromeando, porque al decirlo no volvió a sonreír más, y sus ojos se cubrieron de un aire serio. Quise decirle que no hacía falta decir nada, pero ya estaría hablando de todas formas, y era absurdo gastar voz para no decir apenas. Me acerqué, él abrió los brazos, y yo caí sobre ellos abriendo los míos como un pájaro que cae a descansar después de un vuelo muy largo, o que intenta incrementar toda la fuerza que posee justo antes, precisamente, de ese vuelo.

Una pequeña oración dirigida al inmenso y desdentado océano se separó de mis labios, una oración que pedía protección para todos, y sobre todo para él. "Ten cuidado con el mar, no atiende a lógica alguna cuando se enfurece", decidí decirle al fin en pleno abrazo, con la barbilla pegada a su cuello. "Este abrazo tan largo es una estrategia magnífica para ocultarme tu cara", contestó él entre susurros. Tenía razón, así que sonreí de nuevo cerrando los brazos un poco más, y ya por fin le solté.

Le miré mientras subía en aquel barco de madera azul y observé cómo la embarcación subía poco a poco los escalones de las olas, entrando seguro y fuerte en el mar. "Iba a pasar", habló Hestia detrás de mí. Cuando ya no se veía ni rastro del barco, me retiré de aquella orilla, de pronto tan grande. Siempre había estado allí, pero su paso por ella le había cambiado el rostro a todas las realidades que habían formado esta isla.

Caminé hasta los jardines siguiendo a Hestia, aunque a mitad de camino algo consiguió frenarme. Mi sorpresa fue más grande que el vacío que acababa de sentir. Miré al suelo, a las piedras, y a mis pies… Algo vibraba bajo ellas, algo distinto. Hestia se acercó hasta donde yo me había quedado inmóvil, su mirada me preguntó qué ocurría, y la frase resbaló de mis labios casi sin hacer yo fuerza: "la isla está respirando." Para mi padre fue incluso más sorprendente. Cuando me hizo llamar a su despacho, no tuve claro si estaba enfadado o simplemente en estado de alerta. Se había sentado mirando a la ventana, pensativo.

Hola, padre. Supongo que me has llamado porque te inquieta la isla.

¿Es cierto?

Sí. Pero le pondré remedio, lo prometo.

Muchos pensarían que estamos locos, pero no han vivido nunca en esta isla.

No nos puede juzgar nadie.

Nos dirían que cómo podemos intentar frenar el aire, que cómo nos atrevemos a ponerle barreras a la vida, que cómo puede faltarnos tanta sensibilidad.

Van a nacer flores, padre — tragué saliva, reconozco que asustada, tras decir eso.

¿Crees que no lo sé? Puede que sea lo que más me preocupa. Ya hemos hablado de esto: las flores adornan lo suficiente hasta que mueren, ninguna flor de ésas que salgan ahora va a aguantar el día a día de esta tierra, la pesadez de este viento, la falta de calidez de estos muros. Caerán como todas las demás cayeron antes, y volveremos a ser un puñado de seres quejumbrosos sobre un montón de agua sólida que deambulan sombríos, deseando que su isla fuese más acogedora algunas veces, pero sabiendo la verdad. Al final, uno sólo puede y debe ser lo que es.

Se puso entonces de pie y me miró antes de seguir hablando. Vio lo que había tras mis ojos. Sentí pena de mí misma, de cómo alguien podía ser tan extremadamente frágil mientras fingía que era poco menos que invencible. Me dio pena mi propia soberbia y eché de menos el rencor y la rabia primitivas con las que había crecido, pero ahora ya no era esa chiquilla contestona que nada sabía del mar ni de la roca. Ahora podía sostenerle la mirada a mi padre por muy turbia que ésta fuese y levantar la barbilla, aunque estuviese arrodillada por dentro.

Elena, tú sabes quién eres. Puede que lo hayas olvidado y que lo olvides a veces, no pasa nada, todos lo hacemos. Pero yo sé que lo sabes: sabes quién eres y sabes qué eres.

Qué suerte tengo de tenerte.

No, hija. Soy yo el afortunado por tenerte a ti.

**

Crecieron flores, y muchas, y las odié mientras crecían; y la respiración de la isla, al principio tan enérgica y vital, cada vez se levantaba de su infierno con más trabajo. Ahí abajo debía hacer mucho calor, y su aliento sabía a centro de la tierra, a sangre del corazón del mundo. El aire a veces venía limpio con las olas, que refrescan todo aquello que acarician, y otras venía como humo, llenándolo todo de nostalgia, impregnando los vestidos, los abrigos, los muebles, de pegajosa, insoportable memoria. Me convencí de que esa playa había estado siempre así, pero lo cierto es que ahora era otra playa distinta. Me casé con el que era mi prometido algunos meses más tarde, en la isla de la que él venía, bajo un sol maravilloso, y no mucho después llegó la que sería la sorpresa más grande de todas, la más bella con tanta diferencia que hizo que todo lo demás, cualquier daño, cualquier lástima, se volviese de golpe insignificante. Victoria.

Al nacimiento de Victoria le siguió la repentina enfermedad y muerte de mi marido. Los pocos que quedábamos en la isla vivimos un largo y pesado luto. Los años pasaron, como pasan las olas sin mirar lo que dejan atrás ni lo que barren consigo. Hestia conoció a un muchacho de otra isla y también se casaron, y vinieron a vivir con nosotros a Cinquecento. El hijo de Hestia, Leonardo, nació cuando Victoria ya había cumplido los nueve años. Tenía el pelo tan rubio como ella e igual de abundante.

Leroy y mi padre también murieron, como murieron las flores, desgastados también por el agua y por el frío. El exceso de humedad se coló en sus huesos viejos y nos dejó levitando de dolor sobre las piedras. No recuerdo haber llorado tanto en toda mi vida como el día en que tuve que enterrar a mi padre. La isla ahora era mía, y tendría que encargarme de sus negocios y de la pesca, lo cual al principio fue bastante duro, pero no tenía más remedio. Jonás viajó por multitud de sitios y trabajó de todo lo que uno puede trabajar, antes de decidir al fin quedarse también aquí, con su familia y amigos, descansando y deleitándonos muchas noches con las historias de sus aventuras. Estaba bien tener otro hombre en la isla, aunque fuese uno tan joven, aparte del pequeño Leonardo, cuyo padre estaba siempre en alta mar.

La misma noche del décimo quinto cumpleaños de Victoria, unos gritos procedentes de la playa nos despertaron. Me puse de pie temblando del susto y en el pasillo me encontré a un acelerado Jonás. Juntos bajamos de inmediato a ver qué ocurría. Se trataba de un navío gigante que se había desviado en mitad de la tormenta hasta acabar volcándose y chocando contra nosotros. Algunosde mis hombres, que pasaban la noche en unas cabañas junto a la playa esperando a que amaneciera para echarse al mar, consiguieron con esfuerzo sacar de aquella vorágine de láminas rotas, velas y enseres, los cuerpos de algunos hombres. Era plena madrugada y apenas se podía ver a causa de la terrible tormenta. Apestaba a sal y algas, y los cuerpos de aquellos navegantes habían sido maltratados por los golpes de las olas y las repentinas rocas.

A la mañana siguiente, que tanto tardó en llegar, estábamos todos agotados y todavía con el susto en el pecho. Hestia se había pasado horas intentando dormir a Leonardo, y Victoria no dejaba de hacer preguntas y de asomarse a las cabañas de los trabajadores, donde habíamos logrado recostar, curar un poco y limpiar por encima a aquellos hombres. Uno de ellos abrió un ojo y solamente dijo "¿cuántos quedamos?" Yo había pasado toda la noche y toda la madrugada junto a ellos, preocupada por su estado, y le contesté que habíamos logrado salvar a siete. "Siete...", repitió aquel hombre, visiblemente entristecido. Me explicó en voz muy baja, casi imperceptible, que en el navío viajaban más de setenta. Después siguió tosiendo, y me sorprendió que aún quedase algo de agua marina en sus pulmones.

Se los ha tragado el mar. Lo siento.

No supe muy bien qué añadir, era una situación desagradable para todos. Mi playa estaba repleta de piezas sueltas y destrozadas de su barco. Tantas que seguramente todavía deben quedar a día de hoy. El océano acabará por llevárselas todas algún día.

Como la mayoría de mis trabajadores se tuvieron que marchar, mandé a Victoria a quedarse junto a Jonás en el despacho y yo me quedé sentada junto a algunos de esos hombres. Me paseaba de vez en cuando de un lado a otro y de cabaña en cabaña, pendiente de lo que pudiesen necesitar. Había dos en la primera cabaña, otros dos en la siguiente, y en la tercera los tres restantes. El resto de las cabañas habían sido construidas tierra adentro y no hizo falta utilizarlas. Todos mis trabajadores tuvieron que reorganizarse para dormir en ellas como buenamente cupiesen. Les traje jarras con agua a los que vi más dispuestos y ya más recuperados. Y a los que parecían mostrarse más preparados mental y físicamente, también algo de comida. Al principio en forma de purés y de caldos, después más elaborada.

—Esta isla está maldita — me dijo uno de ellos sin pestañear. Le expliqué que no era cierto, pero que el mar no comprendía de las vidas que lo rompen ni de las almas que lo navegan. El mar todo lo hace a ciegas, se lo intenté explicar bien, porque en el fondo es oscuro, aunque desde fuera todos lo veamos color azul. Su majestuosidad nos engaña, como todo lo que es bello en un principio. Pero si besas las olas, si metes el cuerpo entero entre ola y ola, si te dejas arrastrar por el agua que has besado, empiezas a darte cuenta de que solamente hay frío y oscuridad allí abajo. Que solo fue bello desde afuera.

Salí de la segunda cabaña y me dirigí entonces a la tercera. De los tres hombres que había allí, uno de ellos estaba moribundo, tan exhausto que no quería beber nada y era incapaz de mirarte cuando le hablabas. Supuse que no tardaría mucho en dejarnos y no me equivoqué. La misma rabia salvaje que lo había empujado aquí fue la que se lo llevó, sobre una balsa serena, a la tumba más antigua y más sagrada de todas.

El segundo de esos hombres era un viejo cascarrabias. Después de dos o tres días, insistió en levantarse y ponerse a montar de nuevo el barco. Estaba claro: había perdido la razón. Se pensaba que él solo lograría encajar todas las piezas y levantar su navío de nuevo, y que podrían seguir con su ruta como si nada. Nunca sabré si me maravilla más la inocencia de los niños o la de los ancianos. Ambos comparten esa sabiduría que sólo te da sentirte a uno de los extremos de la vida. También deduje que parte de lo adorable en aquel hombre me lo producía el hecho de verme tan reflejada en él. Ese deseo de hacer todo lo que el espíritu me había pedido siempre, sin atender a órdenes, ni a líneas trazadas, ni a mapas. Yo había pasado ya la imponente frontera de los cuarenta, y el mundo no era tan bravo ni tan sorprendente como antes. La juventud se me estaba escapando entre los dedos y todo a mi alrededor empezaba a parecerse a la isla que describía el bueno de Leroy. Arena bajo tierra, personas miserables, solitarias o simplemente decepcionadas. Seguía viendo lo bello, lo seguía reconociendo, pero ya no penetraba en mis poros como el aire, ya no inundaba mi existencia ni mis pulmones. Había aprendido a defenderme de lo indefendible.

El tercero de los hombres que ocupaban esa cabaña era Raúl. Lo había reconocido desde que lo vi tirarse desde proa en mitad de la tormenta, dar varias vueltas sobre las piedras protegiéndose los ojos y caer casi a los pies de uno de mis hombres, que lo había levantado y llevado a la cabaña. Llevaba con fiebre varios días y había vomitado todo lo que le habíamos llevado para comer. Hestia me había pedido que no pasase mucho tiempo allí, pero no había insistido. Le rodeamos el cuello con unas vendas, ya que se había arañado y temíamos que sangrase demasiado. Mostraba unas ojeras muy blancas y respiraba con algo de dificultad.

Esperé varias semanas hasta que él empezó a mejorar. Cuando por fin pudo hablar, aunque todavía seguía tumbado y sin mucha fuerza en las piernas, logró incorporarse un poco y me miró agradecido. Pensé que sus ojos eran exactamente los mismos, que eso debía ser algo que jamás envejecía.

Estás igual — arrancó a decirme finalmente. Su voz también era la misma, sólo que ahora en la dureza no se intuía suavidad. Tosió varias veces tras hablar, y luego bajó la vista a su mano para ver si había sangre. No había, de forma que suspiró con alivio.

Sabes que no — le contesté.

Prácticamente. No deberías estar aquí, sólo hay enfermos.

Por eso estoy aquí.

No había el más mínimo rastro de dulzura en mis palabras, en el tono de mi voz, ni en mi mirada. La sentía salir de mí robusta como las rocas y posarse en sus pupilas agotadas por la fiebre. Pensé en lo que él pensaría de mí en aquel momento. Había conocido hacía más de quince años a una mujer joven y entregada, llena de brillo e ilusión en los ojos, que le había ofrecido todo, o casi todo. Había hecho que respirase una isla ya gastada de tristeza. La había hecho respirar por él.

**

Fueron días raros. Una tarde, a mitad de camino, Hestia me paró en la playa y me dijo que quería hablar conmigo. Asentí con la cabeza y paseamos. Ella sí que había envejecido más que yo, su pelo antes fue rubio era ahora color gris ceniza, y sus ojos desconfiados se mostraban siempre tristes. Una pena, porque no conocí nunca mujer más guapa que Hestia.

Raúl pronto podrá andar, Elena. Deberías procurarles a los que salgan de ésta una barca en condiciones e ir preparando su marcha.

Tenía razón, eso era justo lo que debía hacer, así que me dispuse a hacerlo. Puse a muchos de mis hombres a preparar una buena embarcación que echar al mar con los que sobreviviesen. Las tardes y las noches se sucedían y Raúl fue mejorando, aunque todos los demás, uno a uno, fueron cayendo en el abismo somnoliento de la isla.

Todos perdieron la vida con lentitud, sin fiereza. Simplemente estaba escrito de esa forma. Raúl fue mejorando y el color de sus mejillas fue tomando cada día más forma. Decidí no frenar la construcción de su barca, y no tenía por qué ser más pequeña de lo que había sido pensada en un principio. Sí, sería el único navegante sobre ella y todavía no estaba claro ni si podría volver a usar sus piernas, pero ¿me quedaba otra?

Una mañana, cuando todavía el sol ni había asomado su corona sobre las olas, me acerqué hasta la cabaña de Raúl. Él aún seguía dormido, así que me senté en una silla de madera que uno de mis hombres había dejado allí para mí. Al poco tiempo, él se pasó la mano por los ojos y los abrió, y después intentó estirar el cuerpo entero, pero el dolor le frenó. Miró a su derecha, pero se encontró con la pared de troncos de la cabaña.

Pediré que te abran una ventana — le dije.

No tienes por qué, me iré pronto.

No puedes andar aún.

Sentí que, por una parte, él no parecía tener demasiado interés en pasar ni un segundo más sobre esta isla, y lo entendí porque, ¿quién querría pasar tanto tiempo aquí? Nadie comprende cómo funciona, ni siquiera los que nacimos y estamos hechos de ella, sus criaturas, sus monstruos. Noté mi gesto cambiar, noté cómo el viejo eco del insomnio acumulado aparecía y se pegaba a mis párpados. Miré al suelo y respiré hondo. Le expliqué que estábamos construyéndole un barco, pero él seguía desviando la vista hacia las otras dos camas, tan endebluchas e improvisadas como la suya, ahora vacías y malolientes. Le prometí que ese olor se iría en algunos días, y él asintió sin mirarme. Me puse de pie entonces para irme, pero vi cómo su brazo se alzaba para hacerme una pregunta. Me senté de nuevo entonces y esperé a que fuese él quien me hablase.

Victoria se parece a ti — me dijo.

No sé si eso es bueno o malo, pero gracias.

Sonrió. Se miró las dos palmas de las manos, no sé bien si buscando algo concreto.

No estoy durmiendo muy bien, Elena.

Si quieres pido que te trasladen arriba, pero he pensado que cuanto menos te moviese…

Claro, no. Aquí mejor.

El silencio, por muy breves que fuesen sus apariciones, lucía un cuerpo denso y resplandeciente. Era una persona más, un fantasma hecho de carne y de agua que pedía a gritos participar cada vez que alguno hablaba.

Ya no enseñas números a chicos perdidos — le dije.

No, ya no. Ahora ayudo a transportar mercancías.

La vida no pasa sólo por las piedras, pasa también por nosotros.

Sí que lo hace. ¿Cómo ha ido todo por aquí? Sé lo de tu marido y Leroy y... Lo siento mucho.

No te preocupes. Las muertes llegan porque hacen falta también.

Percibo la isla distinta, ¿estoy loco?

No, no lo estás. Su forma ha cambiado mucho desde entonces. Cuando enterramos a mi padre, dos nuevos acantilados se abrieron mirando al norte, y el río que atraviesa el bosque es ahora mucho más ancho, con más corriente y más hierro.

¿Hierro?

Lo arrastra de las montañas.

Me miraba sorprendido. Volvió a bajar la vista despacio hasta sus manos, y luego se incorporó un poco más, intentando estar más cómodo.

Nunca me hablaste del bosque, del interior de la isla.

No es un sitio que yo suela pisar mucho. Quizá debería.

Leroy decía que allí sólo quedaban tumbas de plantas muertas.

También quedan animales. Su casa es el interior, la mía es la orilla.

¿Os tienen miedo?

Temen acercarse al mar, demasiada exposición.

Parece parte de un cuento de terror para niños. Todo eso que me cuentas de las criaturas temerosas y del bosque.

Sonreí, porque tenía toda la razón.

Supongo que sí.

Tu hija quiere viajar, Elena. Quiere salir de aquí.

Miré unos segundos al mar a través de la entrada a la cabaña. Después volví a dejar posarse mis pupilas en las suyas como mariposas negras. Sin aletear apenas, sin hacer mucho ruido.

Lo sé. ¿Qué fue de tu esposa?

Aquello se echó a perder poco después de marcharnos.

Vaya, lo siento.

No hay mucho que contar. Sigo intentando amarrarme a la marea, seguir con la corriente intentando no pisarla. Pero a veces es difícil, sobre todo cada vez que ella acelera o que me detengo yo.

Asentí con la cabeza y dejé que siguiese hablando.

He echado de menos esto. El olor a mar revuelto, el vuelo de las gaviotas por las mañanas... La luz. He echado de menos la exposición.

Ambos nos sonreímos. Le pedí a todos los dioses que sus frases no acabasen con algún innecesario "y a ti."

No te creo — decidí contestarle. Esperaba que él me disparase entonces algún gesto de desaprobación, pero en su lugar tan sólo se puso a pasarse el dedo por las caderas. Apretaba algunas veces para ver si le dolía, y soltaba un grito mudo momentáneo.

¿Cuándo voy a poder levantarme? — preguntó finalmente.

Cuanto más te toques, más te dolerá. Las cosas se curan cuando no se tocan.

A veces no tengo claro si lo que parece malo en el fondo ha sido bueno, y al revés.

Eso nos pasa a todos.

¿También a las criaturas del bosque?

¿Lo estás preguntando en serio?

Siempre.

¿Y por qué sonríes tanto?

Esperabas que me ofendiese cuando has dicho que no me crees. No me ofendes. Te adoré entonces por eso, porque siempre me decías lo que pensabas. Me alegra que sigas siendo así.

Sigo teniendo también los mismos defectos

Siempre que eso no lo sepan las criaturas del bosque…

Ambos reímos de nuevo. Sí que sonaba ridículo eso de los animales salvajes, desconocidos, las dichosas criaturas del corazón de la isla, así que intenté ponerme por un momento más seria y cogí impulso para explicarlo.

Somos todos lo mismo, Raúl. Las criaturas, tú y yo.

¿No son algo más cobardes que nosotros? Yo creo que sí, que lo son.

Opté por no contestar a eso. Maldita sea, ¿no somos todos cobardes cuando nos toca, animaluchos perdidos entre enigmas naturales y divinos que se encuentran y se pierden, que viven y se desviven implorando unos gramos de ternura, y que después de tenerlos no saben qué hacer con ellos?

¿Ves lo que te digo, Elena? Los que no pisan la orilla te tienen miedo.

Por supuesto que no.

Por supuesto que sí, tú eres mucho más valiente.

Mi hija me recuerda a mí algunas veces, pero somos muy distintas. Y lo agradezco.

No seas tan dura contigo, no eres tan horrible.

Soy complicada, lo sabes.

Lo que sé es que no lo eres. Ni la isla es tan complicada, ni tú tampoco.

Todos somos más simples de lo que parecemos. Todo es insultantemente simple siempre. Yo no quise añadir nada más. Ya habíamos dicho bastante para un encuentro como aquel. Aquella noche, cenando, Victoria me preguntó quién era exactamente el "superviviente amable de la cabaña", y yo le aclaré sin más que un viejo amigo. "Nunca me habías hablado de él", insistió. "No es importante, cariño. La gente viene y se va." Hestia me atravesaba con sus ojos cansados justo desde el otro extremo de la mesa. Cuando acabamos de cenar, Victoria se fue a su cuarto y yo me dispuse entonces a dirigirme al mío, hasta que me di cuenta de que Hestia me seguía. Me volví levantando la cabeza, quizá para defenderme de su incesante juicio, de esa lanza asesina que dispara con los ojos siempre que no aprueba algo. Eso no envejece nunca, eso nunca se le arruga.

No te atrevas a mirarme de esa forma, Elena — me dijo.

No sé qué quieres decirme, pero dime lo que sea y deja que me retire.

Ya lo sabes.

No, Hestia, no lo sé. Y, ¿sabes qué?, no creo que deba saberlo. Estás podrida en ti misma, bébete tú ese veneno y déjame en paz a mí.

No me dio tiempo a volverme, ni a dar un paso adelante, cuando volví a escucharla hablar.

Le escribiste, Elena.

Solté el picaporte.

¿De qué estás hablando?

Le escribiste muchas cartas, pero él no te contestó, y al cabo de algún tiempo fuiste tú la que le volvió a escribir, siempre eras tú. Le escribiste y él te dijo, en una carta muchísimo más breve que la tuya, que no podría volver a contestarte hasta que tuviese algo más de tiempo, que esperases a que él fuese el que escribiera, que cuando tuviese tiempo te escribiría mucho más, y que vendría a visitarte y que te añoraba tanto que se le hacía insufrible ver cada día el océano. Te dijo que le dolían los ojos desde que no podían verte.

Eso es sólo una expresión, no seas imbécil.

¿Una expresión?

Son palabras.

¿No eran tuyas todas esas palabras, Elena?, ¿no te pertenecían? ¿Cuánto tiempo ha pasado?

No me importa en absoluto, Hestia. Te dejas en evidencia.

¿Estás segura? Se olvidó completamente de ti, de vuestra supuestamente maravillosa amistad, de…

La interrumpí cogiéndola del cuello con fuerza, casi levantando a pulso su cuerpo de los bloques de piedra helada del suelo. Empezó a golpearme y a arañarme los dedos para soltarse, pero yo apretaba más. Miré sus ojos pedirme que la soltara, sus labios intentando respirar, y al final solté la mano y me quedé allí de pie, junto a ella sin tocarla, mientras la veía tosiendo asustada.

Entonces me agaché un poco y la miré sin piedad a los ojos. "No vuelvas a molestarme para decirme la verdad, Hestia."

**

Algunas semanas más tarde, me levanté y me vestí para bajar a la playa. Al irme acercando a la cabaña, vi de lejos a Raúl intentando andar él solo sobre las piedras movedizas, abriendo mucho los brazos para sostenerse bien y no perder el equilibrio. Corrí hasta él gritándole que se caería, pero él me rogó que le dejase hacerlo, así que seguí sus pasos de cerca por si daba algún traspiés. Poco a poco, fue acercando los brazos de nuevo a su cuerpo, y para mi grata sorpresa, logró andar hasta la orilla.

Al llegar, se dio la vuelta despacio con muchísimo cuidado, y abrió los brazos otra vez, pero esta vez para pedirme que le abrazara. Le abracé sin aspavientos. Su cuello tenía el mismo olor en el que hundí mi barbilla hacía casi veinte años al despedirme de él. Como arrastrada por una inercia antigua, pasé la palma derecha por su nuca, y por un breve momento pareció que no hubiese pasado por la isla tantísimo tiempo, que no la hubiesen atravesado tantos veranos, con sus golpes de calor faltos de misericordia, ni tantas primaveras, con su despliegue de formas y colores, ni tantos inviernos largos difuminando a su paso esas formas y colores. Parecía que ese mar, el que ahora nos enmarcaba y flanqueaba por los bordes, fuese el mismo que le había visto marcharse dos décadas atrás.

Nos separamos, y él me sujetó la cara con ambas manos. "Gracias. Gracias otra vez por todo. Por el cuidado incesante, por las noches de vigilia..." Bajó las manos y yo le contesté. Le dije que no podía actuar de otra manera con él, que mi actitud hacia él nunca sería distinta a una de benevolencia y compasión. Que no me importaba el tiempo que pasara, lo que él hiciese o no hiciese, cuántas olas se marcharan y cuantas llegasen luego. Había intentado de veras sonar cordial, no vehemente. Él abrió mucho los ojos y después sonrió de nuevo. "Por muchos años que pasen, no dejarás de sorprenderme."

Le llevé hasta donde estaban construyendo su barco, y por su gesto supuse que le gustaba el progreso. Si lo terminaban pronto, podría escapar otra vez y ya no volver a Cinquecento jamás.

Aquella noche al tumbarme, un cúmulo de recuerdos me punzó la sien hirviendo, como suelen llegar ellos, de esa forma inesperada y angustiosa.

Comprendí la actitud desafiante de Hestia, esa sobreprotección y dureza con la que siempre me había hablado. Porque hay veces en que sí, en que la entiendo. Parpadeé varias veces, me pesaba la vista. Sin hacer esfuerzo apenas, dos lágrimas anchas como serpientes, calientes como el agua de los hoyos de la orilla, bajaron arañando mi cara entera, de extremo a extremo, de ojo a cuello.

Siempre tuvieron razón: la ternura es mucho más peligrosa que cualquier otro sentimiento. Logra doblegar la esencia del animal cuyo cuerpo posee, y una vez que forma parte de nosotros, es imposible curarla, se expande y extiende como una araña tejiendo su propia casa en nuestra sangre, transformándonos por dentro y para siempre. Nos esclaviza y no deja lugar a la claridad, la dignidad o la lógica. Nos descentra y nos resta perspectiva. Estaba enferma, llevaba años enferma y moriría ya con esa enfermedad metida dentro, agarrada al corazón como un niño que se abraza a su madre para no caer al suelo, como un primate que aprieta las ramas fuertes del árbol temeroso de sudar y resbalarse. Miras debajo de ti, pero sólo ves abismo, y enfrente el mundo se asoma con toda su deslealtad, pero sabes que no puedes arreglarlo, que tú no eres parte de eso.

Es lo mismo que desgasta y que deforma a las piedras, recordé, el beso cruel de las olas, ese amor de espuma y frío que nunca llega del todo ni marcha para siempre. Lo mismo que nos ha hecho personas, lo mismo que alguna vez nos ayudó a sentir vida, es lo que nos aniquila después. La miserable, triunfante y majestuosa ternura.

Me levanté de la cama y fui hasta el cuarto de Hestia. Leonardo dormía tranquilo bañado en la suave luz de la luna. Hestia se sorprendió al verme, pero me invitó a pasar sin problema. Nos sentamos en el filo de su cama. Yo no me atrevía a mirarla a los ojos todavía, después de lo que le hice. Habló ella primero, qué remedio, ya que a mí no me salía la voz.

Te lo advertí, lo hice desde el primer día.

Lo sé.

Te dije que esa actitud tan valiente que mostrabas sólo lograría traerte decepción, que cada vez que hiciera acto de presencia, se lo llevaría todo con ella. Te dije que era peor que el miedo y que la violencia.

Lo sé.

Te expliqué cuánto destruía.

Pero también crea.

Oh, Elena. Pero si ahora ya lo sabes: sabes que destruye siempre mucho más de lo que crea. Si ni siquiera el tiempo, que es el más poderoso y temido adversario de todos, puede derrotarle aún.

No, ni siquiera lo roza — Las palabras caían desde mi boca sin fuerza.

Noté la mano de Hestia acariciarme el pelo, pero no quería sentir ni el más mínimo atisbo de lástima. Temo a la lástima más que a la muerte. Me retiré los restos de llanto seco con los dedos y me incorporé despacio para irme. Hestia no quiso decir nada más, sólo me miró marcharme y volvió a acostarse junto a su hijo.

**

Y la mañana volvió como vuelve todo siempre.

¿Te gusta tu nuevo navío? — le pregunté.

No esperaba nada menos de ti.

Ya casi andaba perfectamente, aunque a veces todavía parecía que su cadera se quedaba algo encogida con algunos movimientos.

En poco tiempo estarás listo.

Elena.

¿Qué ocurre?

Sé que debí haberte escrito, pero…

Ni se te ocurra. No hagas eso.

Déjame que me explique.

No quiero tu explicación. Han pasado muchas olas por aquí, ya no me interesa nada de lo que quieras decirme.

Todavía no comprendo qué viste en mí.

Qué tontería.

¿Eso es una tontería?

No he necesitado nunca ver nada concreto en ti. Te vi a ti, y eso ya me parecía suficiente. No hace falta buscar nada bajo eso, no hay un secreto entre líneas, no hay nada más.

Eres increíble.

Pues yo me creo bastante.

Esa fue mi última frase antes de volver arriba para comer con mi hija. Desde que había empezado la construcción del navío había estado persiguiéndome y pidiéndome marcharse a otras islas a estudiar. Que quería conocer mundo, decía, aprender otros idiomas como Jonás, conocer el misterio de los números y de las ecuaciones. Me preguntó si era cierto que había una fórmula matemática para absolutamente todo, y se pasaba los días entrando en la biblioteca de mi padre, buscando libros de Geografía. También insistía mucho en que Jonás sabía hablar de música, y que la música era algo que estaba relacionado con los números. "Todo lo está", le había contestado Raúl en una ocasión, allí junto a la cabaña. Pensé que era quizá a eso a lo que se refería cuando decía que Victoria sí le recordaba a mí, a esa curiosidad cruda que le infectaba la vida y hacía de ella lo que era.

**

Cuando el navío fue finalmente acabado, le hicimos también varias pruebas bajo el sol y después bajo la luna, ya que el naufragio había creado miedos nuevos en la mente de Raúl. Ahora se mostraba serio a todas horas al saber que tendría que viajar solo y repetía todo el tiempo que no quería pecar de imprudente. Cuando por fin decidimos que estaba listo para echarse al océano de nuevo, preparamos la comida, el agua, la ropa y todo lo que pensamos que le haría falta y lo que él nos había pedido.

No quiero volver a ver lo que vi en ti la otra noche — me había dicho a mí Hestia poco antes de aquel día. Le insistí en que no debía preocuparse, ya que el hecho de que él volviese a irse era sin duda lo mejor de una enfermedad así. El momento en que recuerdas lo pequeños que realmente somos y hemos sido todos.

Me sentiré un poco más cansada los primeros días, después se me pasará

le contesté.

No quiero verte cansada

Sentiré el órgano que siempre trabaja, y sentir tanto el trabajo de ese órgano me agota.

Pues vigílamelo bien, que ya sé cómo funciona.

Tranquila, sigue ahí metido en su cabaña sin ventanas a la orilla, tosiendo y mirando luego sus manos por si echa sangre.

Se lo dije sonriente, serena. Era yo la que la tranquilizaba a ella ahora. Al fin y al cabo, ya me sabía esa historia: la isla respiraría unos días, tal vez algunas semanas, y después todo sería como había sido desde antes, y yo apretaría los puños para golpear el suelo y las piedras tras el golpe temblarían, escupirían su polvo como un dragón gigantesco que se despierta asustado.

Nacerían algunas flores, y Hestia las arrancaría y las dejaría en la orilla, y los dientes de las olas vendrían para buscarlas. La ropa que le presté había sido de mi padre. Una camisa del color de la arena seca, una chaqueta en perfectas condiciones de color azul oscuro, un pañuelo para el cuello y unas botas. La ilusión por partir y seguir adelante con su vida iluminaba su rostro con más orgullo que el día. Quise subirme a ese carro, pero mis piernas ya no eran tan altas como mis ganas, ya no era aquella niña tan fácil de sonrojar que había apostado la isla, la mañana y las estrellas por él. Tenía razón Raúl en algo, en el fondo todo es simple si lo miramos de frente, sin darle muchas más vueltas, como miramos al mar.

Se despidió uno a uno de todos mis hombres y de Hestia, a la que besó la mano mientras ella lo miraba con desprecio. Él no se lo tuvo en cuenta. Después abrazó a Jonás y le pidió a Victoria que estudiase y que viajase, pero que también cuidase de mí. Al final llegó a mi encuentro y me sonrió de oreja a oreja; no supe adivinar si había tristeza en sus ojos.

Ten cuidado con el mar, no atiende a lógica alguna cuando se enfurece

le dije sin apartar mi mirada de la suya esta vez.

Bien sabes que una parte de mí se quedó para siempre en esta isla, Elena, y ha sido un absoluto honor reencontrarla. Reza para que el océano se muestre noble conmigo.

Es tu corazón, Raúl, el que domina el océano — le cogí de las dos manos apretando antes de continuar. — Cuando te despiertes triste o con miedo, recuerda que una parte diminuta de este mundo, un cuerpo con vida y voz, estará siempre preocupada por ti.

¿El universo recuerda?

El universo lo oye todo. Y cuando la onda de ruegos que se expande partiendo desde nosotros es tan grande, no puede fingir siquiera que la ignora.

Mi onda es inabarcable

Iré en paz al encuentro del mar, entonces.

Ve en paz, amigo mío. No vas a viajar solo jamás.

Él se acercó y apoyó su barbilla en mi hombro derecho, y después abrió los brazos y yo los míos también, para recibir su abrazo sin lucha y sin aspavientos.

**

Los días siguientes a que Victoria y Raúl se marchasen, cada uno en una dirección y con un rumbo distinto, fueron días largos y vacíos de palabras por parte de Hestia. En una de tantas cenas, me senté junto a ella y le dije "eres increíble tal como eres." Ella soltó la copa de vino que bebía, me devolvió la mirada y contestó "siempre he sido increíble pero nunca suficiente." Pude haberla ahorcado en tantas ocasiones de haber querido, pensé, pero ¿de qué habría servido? Sus palabras seguirían resonando, creando ecos repetitivos, con el tono de su puntillosa voz, sobre mi cráneo día tras día, noche tras noche, aunque su cuerpo y sus ojos ya no estuviesen delante.

Sí, podía matarla a ella, pero no podría matar las ideas ni las palabras. De modo que me marché y cerré mi dormitorio, y pedí que nadie entrase hasta que yo no saliese. Comí lo justo y dormí sólo cuando ya mis músculos pedían desesperados el descanso. Su ruego era el que formulan las piernas cuando han andado ya mucho, y los tendones se rompen y sólo entonces empiezas a sentir que se hacen fuertes. Sólo cuando se rompen es cuando crecen.

Escribir, eso es lo que más he hecho desde entonces. Abrir la ventana entera para respirar del viento que me llega de las olas, escuchando ese choque del agua contra las piedras, de las columnas marinas que se deshacen y pierden entre la arena. Nadie sabe en realidad si la primera intención del mar ha sido besarla, besar la arena paciente que le dio forma a las rocas. Nadie sabe si hubo algo en su corazón de algas que realmente latiese por ella. Nadie sabe si en el fondo de su estómago, donde todos aseguran que sólo hay monstruos azules, también alberga ternura, en mitad de la rabia y de la tinta, ya que de allí salen cosas asombrosas, miserables, pero también ese beso desalmado que moja y raja la arena.

Yo no soy nadie aquí para juzgar, yo sólo puedo observarlo. Soy una privilegiada por poder verlo tan cerca, desde este palco en el cual el espectáculo se magnifica.


Fuente: FREE EDITORIAL

lunes, 13 de marzo de 2023

El Café

El Café

Mariano José de Larra

No sé en qué consiste que soy naturalmente curioso; es un deseo de saberlo todo que nació conmigo, que siento bullir en todas mis venas, y que me obliga más de cuatro veces al día a meterme en rincones excusados por escuchar caprichos ajenos, que luego me proporcionan materia de diversión para aquellos ratos que paso en mi cuarto y a veces en mi cama sin dormir; en ellos recapacito lo que he oído, y río como un loco de los locos que he escuchado.

Este deseo, pues, de saberlo todo me metió no hace dos días en cierto café de esta corte donde suelen acogerse a matar el tiempo y el fastidio dos o tres abogados que no podrían hablar sin sus anteojos puestos, un médico que no podría curar sin su bastón en la mano, cuatro chimeneas ambulantes que no podrían vivir si hubieran nacido antes del descubrimiento del tabaco: tan enlazada está su existencia con la nicociana, y varios de estos que apodan en el día con el tontísimo y chabacano nombre de lechuguinos, alias, botarates, que no acertarían a alternar en sociedad si los desnudasen de dos o tres cajas de joyas que llevan, como si fueran tiendas de alhajas, en todo el frontispicio desu persona, y si les mandasen que pensaran como racionales, que accionaran y se movieran como hombres, y, sobre todo, si les echaran un poco más de sal en la mollera.

Yo, pues, que no pertenecía a ninguno de estos partidos, me senté a la sombra de un sombrero hecho a manera de tejado que llevaba sobre sí, con no poco trabajo para mantener el equilibrio, otro loco cuya manía es pasar en Madrid por extranjero; seguro ya de que nadie podría echar de ver mi figura, que por fortuna no es de las más abultadas, pedí un vaso de naranja, aunque veía a todos tomar ponch o café, y dijera lo que dijera el mozo, de cuya opinión se me da dos bledos, traté de dar a mi paladar lo que me pedía, subí mi capa hasta los ojos, bajé el ala de mi sombrero, y en esta conformidad me puse en estado de atrapar al vuelo cuanta necedad iba a salir de aquel bullicioso concurso.

Se hablaba precisamente de la gran noticia que la Gaceta se había servido hacernos saber sobre la derrota naval de la escuadra turcoegipcia. Quien decía que la cosa estaba hecha: «Esto ya se acabó; de esta vez, los turcos salen de Europa», como si fueran chiquillos que se llevan a la escuela; quien opinaba que las altas potencias se mirarían en ello, y que la gran dificultad no estaba en desalojar a los turcos de su territorio, como se había creído hasta ahora, sino en la repartición de la Turquía entre los aliados, porque al cabo decía, y muy bien, que no era queso; y, por último, hubo un joven ex militar de los de estos días, que cree que tiene grandes conocimientos en la estrategia y que puede dar voto en materias de guerra por haber tenido varios desafíos a primera sangre y haberle favorecido en no sé qué encrucijada con un profundo arañazo en una mano, no sé si Marte o Venus; el cual dijo que todo era cosa de los ingleses, que era muy mala gente, y que lo que querían hacía mucho tiempo era apoderarse de Constantinopla para hacer del Serrallo una Bolsa de Comercio, porque decía que el edificio era bastante cómodo, y luego hacerse fuertes por mar.

Pero no le parezca a nadie que decían esto como quien conjetura, sino que a otro que no hubiera estado tan al corriente de la petulancia de este siglo le hubieran hecho creer que el que menos se carteaba con el Gran Señor o, por el pronto, que tenía espías pagados en los Gabinetes de la Santa Alianza; riendo estaba yo de ver cómo arreglaba la suerte del mundo una copa más o menos deron, cuando un caballero que me veía sin duda fuera de la conversación y creyó que el desprecio de las opiniones dichas era el que me hacía callar,creyéndome de su partido se arrimó con un tono tan misterioso como si fuera a descubrirme alguna conjuración contra el Estado, y me dijo al oído, con un aire de importancia que me acabó de convencer de que también estaba tocado de la politicomanía:

No dan en el punto, amigo mío; un niño que nació en el año II, y que nació rey, reinará sobre los griegos; las potencias aliadas le están haciendo la cama para que se eche en ella: desengañémonos (como si supiera que yo estaba engañado): el Austria no podrá ver con ojos serenos que un nieto suyo permanezca hecho un particular toda su vida. ¿Qué tal? –Como quien dice: ¿he profundizado? ¿He dado en el blanco? Yo le dije que sí, que tenía razón, y, efectivamente, yo no tenía noticia alguna en contrario ni motivo para decirle otra cosa, y aun si no se hubiera separado de mí tan pronto, y con tanta frialdad como interés manifestó al acercarse, le hubiera aconsejado que no perdiese momentos y que hiciese saber sus intenciones a las altas potencias, las que no dejarían de tomarlas en consideración, y mucho más si, como era muy factible, no les hubiera ocurrido aún aquel medio tan sencillo y trivial de salir de rompimientos de cabeza con la Grecia.

Volví la cabeza hacia otro lado, y en una mesa bastante inmediata a la mía se hallaba un literato; a lo menos le vendían por tal unos anteojos sumamente brillantes, por encima de cuyos cristales miraba, sin duda porque veía mejor sin ellos, y una caja llena de rapé, de cuyos polvos, que sacaba con bastante frecuencia y que llegaba a las narices con el objeto de descargar la cabeza, que debía tener pesada del mucho discurrir, tenía cubierto el suelo, parte de la mesa y porción no pequeña de su guirindola, chaleco y pantalones. Porque no quisiera que se me olvidase advertir a mis lectores que desde que Napoleón, que calculaba mucho, llegó a ser emperador, y que se supo podría haber contribuido mucho a su elevación el tener despejada la cabeza, y, por consiguiente, los puñados de tabaco que a este fin tomaba, se ha generalizado tanto el uso de este estornudorífico, que no hay hombre, que discurra que no discurra, que queriendo pasar por persona de conocimientos no se atasque las narices de este tan precioso como necesario polvo. Y volviendo a nuestro hombre:

¿Es posible –le decía a otro que estaba junto a él y que afectaba tener frío porque sin duda alguna señora le había dicho que se embozaba con gracia–, es posible –le decía mirando a un folleto que tenía en las manos–, es posible que en España hemos de ser tan desgraciados o, por mejor decir, tan brutos?En mi interior le di las gracias por el agasajo en la parte que me toca de español, y siguió–: Vea usted este folleto.

¿Qué es?

Me irrito; eso es insufrible –y se levantó y dio un golpe tremendo en la mesa para dar más fuerza a la expresión ; golpe que hubiera sido bastante a trastornar todos los vasos si alguno hubiera habido. Mirele de hito en hito, creyéndole muy interesado en alguna desgracia sucedida o un furioso digno de atar por no saber explicarse sino a porrazos, como si los trastos de nadie tuviesen la culpa de que en Madrid se publiquen folletos dignos de la indignación de nuestro hombre.

Pero, señor don Marcelo, ¿qué folleto es ése, que altera de ese modo la bilis de usted?

Sí, señor, y con motivo; los buenos españoles, los hombres que amamos a nuestra patria, no podemos tolerar la ignominia de que la cubren hace muchísimo tiempo esas bandadas de seudoautores, este empeño de que todo el mundo se ha de dar a luz, ¡maldita sea la luz! ¡Cuánto mejor viviríamos a oscuras que alumbrados por esos candiles de la literatura!

Aquí, todo el mundo reparó en la metáfora; pero nuestro hombre, que se creyó aplaudido tácitamente, y seguro de que su terminillo había tenido la felicidad de reasumir toda la atención de los concurrentes, prosiguió con más entereza:

Jamás, jamás he leído cosa peor; abra usted, amigo, abra usted, la primera hoja; lea usted: «Carta de las quejas que da el noble arte de la imprenta, por lo que le degrada el señor redactor del Diario de Avisos». ¿Qué dice usted ahora?

Hombre, la verdad: el objeto me parece laudable, porque yo también estoy cansado del señor diarista.

Sí, señor, y yo también; no hay duda que el señor diarista da mucho pábulo a la sátira y a la cólera de los hombres sensatos; pero si el diarista, con su malísima impresión y sus disparatados avisos, degrada la imprenta, no sé qué es lo que hace el señor S.C.B. cuando emplea ese noble arte en indecencias como las que escribe; lea usted y verá el cuarto o quinto renglón «todo el auge de su esplendor», el sueldo de inválidas que deben gozar las letras, gracia que después nos repite en verso, el país de los pigmeos, los ojos de linces, el anteojo de Galileo para estrellas, los tatarabuelos de las letras, y otras mil chocarrerías y machadas, tantas como palabras, que ni venían al caso ni han hecho gracia a ningún lector, y que sólo prueban que el que las forjó tenía la cabeza más mal hecha que la peor de sus décimas, si es que hay alguna que se pueda llamar mejor; pues entre usted luego... vamos... yo me sofoco...

El muy prosaico, ¿pues no se le antoja decir, después de habernos malzurcido un mediano pedazo de grana ajeno entre sus miserables retales, que tiene comercio con las musas, cuando en el Parnaso no le querrían ni para limpiar las inmundicias del Pegaso, no le darían entrada ni aun para recibir sus bien merecidas coces, y nos regala por muestra una cadena de décimas que no tienen más de verso que el estar partidos los renglones, y, después de mil insulseces y frías necedades, le da por imitar al señor Iriarte en el malísimo gusto de sus décimas disparatadas, como si tuviesen algo que ver los delirios de una cabeza enferma con la indolencia del señor diarista; y no ha leído la primera página del arte poética de Horacio, que hasta los chicos saben de

memoria, donde hubiera visto retratado su plan antes de escribirle tan descabelladamente, que no parece sino que se hicieron aquellos versos después de haber leído el folleto, aunque tengo para mí que si el señor Horacio

hubiera sabido que tales hombres habían de escribir con el tiempo tales cosas, no la hubiera hecho, porque no está la miel para... etcétera, y ¿hay quien haya dado cerca de un real (ocho cuartos, treinta y dos maravedís) por tal sarta de sandeces? ¿Por qué no le han de volver a uno su dinero? Señores, no puedo más: o ese hombre tiene mala la cabeza, o nació sin ella.

Aquí, el hombre pensó echar los bofes por la boca, y yo me lo temí cuando le interrumpió el que estaba con él.

Efectivamente, señor don Marcelo, y yo, si fuera usted, escribiría contra esos folletistas y les cardaría las liendres muy a mi sabor.

¿Qué dice usted? ¿Merece acaso ese hombre que se hable de él en letras de molde? Eso sería, como él dice, degradar aún más que él y el diarista el arte de la imprenta; además, que si yo me pusiera a escribir, ¿dónde habría papel?

Pues qué, ¿es el único que merece semejante tratamiento? Hace mucho tiempo que nos infestan autores insulsos; digo, pues, la leccioncita de modestia... Y, vamos, que siquiera allí hay gracias, hay sales de trecho en trecho; es verdad que, como dice Virgilio, sin que parezca ganas de citar, apparent rari nantes in gurgite vasto. Sí, señor, pocas, pero las hay; también hay majaderías; tan pronto dice que no vale nada la comedia, como que es buena; las décimas son poco mejores que las del antidiarista; y, sobre todo, señores, yo no puedo ver con serenidad que haya hombres tan faltos de sentido que se empeñen en hacer versos, como si no se pudiera hablar muy racionalmente en prosa; al menos, una prosa mala se puede sufrir; pero, en materia de verso, lean lo que dice Boileau:

Il est dans tout autre art des degrés différents,

on peut avec honneur remplir les seconds rangs,

mais dans l'art dangereux de rimer et d'écrire

il n'est point de degré du médiocre au pire.

Y siguió:

Si yo escribiera no dejaría tampoco en paz al autor del Clavel histórico de mística fragancia, o ramillete de flores cogido en el jardín espiritual en el día de San Juan, etc., siquiera por el título estrafalario, por esa hinchada e incomprensible metáfora, que hace cabeza de tanto disparate; y dale que ha de ser en verso, y que hasta los animales van a hablar en verso; y el autor petulante de la tragedia de Luis XVI. ¡Qué bien viene aquí el Quid feret...? de Horacio! ¿Se ha visto nunca modo más arrogante de alabarse a sí mismo en un cartel que forra los edificios de media calle?, y ¿para qué?, para producir versos prosaicos y una tragedia soporífera que debía hallarse en todas las boticas en lugar de opio; no digo nada, el de Orruc Barbarroja, cuyo autor se nos ha querido vender, y no menos petulantemente, por segundo Homero, con decir que es ciego; eso es una lástima; lo siento mucho; pero ¿qué culpa tienen las musas para que las asiente palos talmente de ciego? Pues ¿qué le parece a usted de otro título? No hace mucho tiempo que iba yo por la calle, pensando en cosa de muy poco valor, cuando levanto la cabeza y me hallo con un cartelón más grande que yo, que decía, con unas letras que dificulto se puedan escribir mayores: El té de las damas. ¿Querrán ustedes creer lo que voy a decir? Precisamente yo tengo una mujer demasiado afectada del histérico, y como este mal es tan común en las señoras, vea usted que el deseo mismo me hizo consentir en que sería alguna medicina para algún mal de las mujeres; de modo que me puse tan contento, creyendo haber encontrado la piedra filosofal, y sin leer más, ni dónde se vendía siquiera, pensando hallarlo en los cafés, me dirigí al primero que encontré, interiormente regocijado de ver los adelantos que hace la Medicina; pregunté por un té que acababa de descubrirse, exclusivamente para las señoras; respondiome el mozo: «Señor, yo le sacaré a usted té; pero hasta la presente, el que tenemos en estas casas puede servir, y ha servido siempre, para señoras y para caballeros». Creí, pues, hallarlo en alguna lonja, donde se rieron en mis hocicos; salí de aquí, y me sucedió otro tanto en una droguería, en una botica, y, por último, desesperado de encontrarlo, volví a mi cartel y distinguí, ¡necio de mí!, con la mayor admiración, que era un libro. ¡Oh, cabeza redonda, exclamé, la que produjo este título! En España, donde las señoras ni toman té, si no es cuando se desmayan y no hay por casualidad a mano manzanilla, flores cordiales, salvia o cosa semejante de las que dicen que son buenas para tales casos, ni, por consiguiente, hablan reunidas al tomarle; pues ya que quería poner un título de cosa de comer o de beber, ¿por qué no dijo El chocolate de las damas? ¡Como si fuera preciso que para hablar unas señoras estuviesen tomando algo! ¡Pues no andan por ahí mil títulos rodando, que, a lo menos, no hacen reír y no puede equivocarse lo que pueda dar de sí la obra, como Tertulias en Chinchón, Noches de invierno, y caso que fuese para hablar de personas muertas, llamáralas primero Tertulias en los infiernos o Noches en el otro mundo, y no El té de las damas, título que, después de habernos abierto el apetito, nos deja con una cuarta de boca abierta!

»Pues qué, ¿le parece a usted que si yo me pusiera a escribir dejaría a nadie en paz? No, señor; tengo ya llenas las medidas; y volviendo a la “Carta”, mire usted un asunto tan bonito, si podía haber criticado al señor diarista el no pasar la vista por los anuncios que le dan, para redactarlos de modo que no hagan reír, como cuando nos dice que se venden “zapatos para muchachos rusos” “pantalones para hombres lisos”, “escarpines de mujer de cabra” y “elásticas de hombre de algodón”. Cuando anuncia que el sombrerero Fulano de Tal, deseando acabar cuanto antes con su corta existencia, se propone dar sus sombreros más baratos; que “una señora viuda quisiera entrar en una casa en clase de doncella, y que sabe todo lo perteneciente a este estado”. Y hay más; aquí creo que he de traer una apuntacioncita que he tenido la curiosidad de hacer de varios avisos; lean ustedes:

»“El lunes 8 del corriente, por la tarde, se perdió un librito encuadernado en papel de poesías alemanas, titulado Charitas. 20 de octubre”.

»“En la posada de la Gallega Vieja, Red de San Luis, número 20, hay un coche que caben seis asientos para Vitoria, Bilbao, Bayona, etc.: 8 de noviembre.”

»“En la calle del Baño, número 16, cuarto segundo, se venden desde hoy hasta el 12 del corriente, desde las diez de la mañana hasta el anochecer, pinturas originales de los pintores más clásicos y de varios tamaños, a precios equitativos.”

»“Un matrimonio sin hijos, que saben servir perfectamente bien, y tienen quien les abonen, desean colocarse con un sacerdote u otros cualesquiera señores. 4 de octubre.”

»“El día 2 del corriente se han perdido unos papeles desde la calle del Carmen hasta la iglesia del Buen Suceso, que contienen unas fees de matrimonio y bautismo de las parroquias de Santa Cruz y San Ginés.”

»“El miércoles 10 del corriente se extraviaron del palco bajo número 8, en el teatro de la Cruz, unos anteojos dobles, su autor Lemiere, metidos en una caja de tafilete encarnado. 16 de octubre.”

»“Se venden medias negras inglesas de estambre lisas, de hombre y mujer de superior calidad. Ídem.”

»Y sería nunca acabar; esto sólo es de octubre y noviembre. Lo del dinero está bien criticado, que yo también he tenido que poner algún aviso que otro y lo sé por mí, que no me lo han contado; y aunque no me duele el dinero cuando es preciso gastarlo, no hallo la razón por qué he de mantener con mi sueldo al señor diarista, y que el tal señor se quede riendo de mí y de cuantos tenemos la desgracia de haber perdido lo que nos hacía falta.

Dice usted muy bien, señor don Marcelo; ha hablado usted mucho y muy bueno.

¡Oh, si hablo! Y dijera más si no me llamase mi obligación. (Esto dijo levantándose y sacando el reloj, y yo me hubiera alegrado que hubiera apuntado con una hora de adelanto, que ya me dolía la cabeza, al paso que me gustaba aquel hombre estrepitoso.) Amo –siguió–, amo demasiado a mi patria para ver con indiferencia el estado de atraso en que se halla; aquí nunca haremos nada bueno... y de eso tiene la culpa... quien la tiene... Sí, señor… ¡Ah! ¡Si pudiera uno decir todo lo que siente! Pero no se puede hablar todo… no porque sea malo, pero es tarde y más vale dejarlo... ¡Pobre España!...

Buenas noches, señores. Entre paréntesis, y antes que se me olvide, debo prevenir que la misma curiosidad de que hablé antes me hizo al día siguiente indagar, por una casualidad que felizmente se me vino a las manos, quién era aquel buen español tan amante de su patria, que dice que nunca haremos nada bueno porque somos unos brutos (y efectivamente que lo debemos ser, pues aguantamos esta clase de hipócritas); supe que era un particular que tenía bastante dinero, el cual había hecho teniendo un destino en una provincia, comiéndose el pan de los pobres y el de los ricos, y haciendo tantas picardías que le habían valido el perder su plaza ignominiosamente, por lo que vivía en Madrid, como otros muchos, y entonces repetí para mí su expresión «¡Pobre España!».

Y volviendo a mi café, levànteme cansado de haber reunido tantos materiales para mi libreta; pero quise echar un vistazo, antes de marcharme,por varias mesas: en una de ellas se hallaba un subalterno vestido de paisano, que se conocía que huía de que le vieran, sin duda porque le estaba prohibido andar en aquel traje, al que hacían traición unos bigotes que no dejaba un instante de la mano, y los torcía, y los volvía a retorcer, como quien hace cordón, y apenas dejaba el vaso en el platillo cuando acudía con mucha prisa a los bigotes, como si tuviese miedo de que se le escapasen de la cara; hablaba en tono bastante bajo y como receloso de que le escucharan, aunque estaba en un rincón bastante retirado con una que parecía joven, y en cuyo examen no me quise detener mucho porque me hice prudentemente el cargo de que sería prima suya o cosa semejante.

Otro estaba más allá, afectando estar solo con mucho placer, indolentemente tirado sobre su silla, meneando muy deprisa una pierna sin saber por qué, sin fijar la vista particularmente en nada, como hombre que no se considera al nivel de las cosas que ocupan a los demás, con un cierto aire de vanidad e indiferencia hacia todo, que sabía aumentar metiéndose con mucha gracia en la boca un enorme cigarro, que se quemaba a manera de tizón, en medio de repetidas humaradas, que más parecían salir de un horno de tejas que de boca de hombre racional, y que, a pesar de eso, formaba la mayor parte de la vanidad del que le consumía, pues le debía haber costado el llenarse con él los pulmones de hollín más de un real.

Aparteme de él porque me fastidian los hombres vanos y no tenía gana de que me sofocara el humo que despedía; y en otra mesa reparé en otra clase de tonto que compraba los amigos que le rodeaban a fuerza de sorbetes, pagaba y bebía por vanidad, y creía que todos aquellos que se aprovechaban de su locura eran efectivamente amigos, porque por cada bebida se lo repetían un millón de veces; le habían hecho creer que tenía mucho talento, soltura, gracia, etcétera, y de este modo le hacían hacer un papel ridículo; él no conocía que nunca se granjea sino enemigos el que ofende el amor propio de los demás haciendo siempre el gasto, porque no hay uno que no quiera hallarse en el caso de hacerle para dar a los demás en cara; y como ésta es una situación envidiable, porque todos quieren ajar a los otros, sólo engendra odio hacia aquel que de este modo nos insulta, aunque saquemos partido por el pronto de su largueza; ni preveía que el día en que se le acabara el dinero serían aquellos mismos los primeros a ridiculizarle, a reírse en sus bigotes y a no hacerle más caso que si nunca le hubieran conocido. Vi que hacía ostentación de despreciar la vuelta que el mozo le dio, al mismo tiempo que una pobre anciana se le acercaba, pidiéndole alguno de aquellos cuartos que tanto despreciaba; y, efectivamente, vi que creyó cumplir con lo que debe a la humanidad el que tiene dinero, regalándola con un seco y repetido «Perdone usted, hermana»; y dándola un empellón al levantarse, añadió: «Vamos; ya se habrá empezado la sinfonía, y en esta ópera es preciso sacar todo el jugo posible a los doce reales y dos cuartos. También es desgracia que haya tanto pobre; a mí me parte el corazón; por todas partes no halla usted sino pobres». Al fin, dije para mí, el otro tenía la cabeza huera, pero éste tiene el corazón en la lengua.

Púseme a mirar en seguida con bastante atención a otro mozalbete muy bien vestido, cuya fisonomía me chocó, y el mozo, que gusta de hablar a veces conmigo porque le suelo dar algunos cuartos siempre que tomo algo, y que conoce mi curiosidad, se acercó y me dijo:

¿Está usted mirando a aquel caballero?

Sí, y quisiera saber quién es.

Es un joven, como usted ve, muy elegante, que viene a tomar todos los días café, ponche, ron en abundancia, almuerzos, jamón, aceitunas; que convida a varios, habla mucho de dinero y siempre me dice, al salir, con una cara muy amistosa y al mismo tiempo de imperio: «Mañana le pediré a usted la cuenta», o «pasado mañana te daré lo que te debo». Hace ya medio año que sucede esto; yo, todavía no he visto la cruz a la moneda, y le busco, y le hablo, y nada, no consigo nada, y lo peor es que tiene uno más vergüenza que él, porque no me atrevo a decirle: «Págueme usted, o no le sirvo», y resulta que se luce con mi bolsillo; ¡oh!, y si fuera el único; pero hay muchos que, a trueque de conde, marqués, caballero, y a la capa de sus vestidos, nunca pagan si no es con muy buenas palabras. Y ¿qué ha de hacer usted?

¡Bravo! ¿Y aquel otro que está ahora hablando con él?

Sí, señor, ya sé... aquel, ¿eh?... Si supiera usted; sólo a usted se lo diría; pero, de todos modos, no le diré cómo se llama, ni quién es, que aunque usted

me ve de mozo de café, también tengo mi poquito de miramiento y no quiero ajar la opinión de nadie.

Diga usted, que si él no cuida de la suya, ¿por qué se la ha de conservar usted, importándole mucho menos?

Pues aquel sujeto, ahí donde usted le ve tan bien vestido, suele traerme los días que hay apretura para ver la ópera algunos billetes, que le vendo por una friolera: al duplo o al triplo, según es aquélla; da una gratificación por una o dos docenas a quien se las proporciona a poco más del justo precio, y viene a sacar veinte, cuarenta o sesenta reales en luneta; estoy seguro que la Semíramis le ha valido más de tres onzas; luego suena que yo soy el vendedor, porque saca con mi mano el ascua, y él gana mucho y no pierde su opinión, y yo, de quien dicen que no la tengo porque se le figura a la gente que un hombre mal vestido o que sirve a los otros por precisión está dispensado de tener honor, gano poco de dinero y no gano nada en crédito.

En esto salía yo ya, y al pasar por un pasillo me quedaba todavía que observar; tuve que hacer la vista gorda porque un mozo, creyendo que nadie le veía, estaba echando un poco de agua en una cafetera de leche, sin duda para quitarle la parte mantecosa, que siempre fastidia al paladar; y al tiempo de salir de un billar contiguo, que atravesé con mucha prisa por el humo del tabaco, la bulla y las malísimas trazas de los que pasan el día en dar tacazos a una bola al ronco y estrepitoso ruido del bombo, acompañado del continuo gritar «El 1, el 2, etc., y en herir los oídos de las personas sensatas con palabras tan superfluas como indecentes, tropecé, por desgracia, con un buen hombre a quien los años no dejan andar tan de prisa como él quisiera, y que, a pesar de eso, sé yo que no deja de ir hace la friolera de unos cuarenta años a supartida de billar o a ser espectador de la de los demás cuando el pulso no le permite jugar a él mismo; el tropezón fue fuerte por su natural torpeza, y no pude menos de exclamar, en la fuerza del dolor: «¿A qué vendrán estos hombres, cargados con tantos años como vicios, al billar, como si no hubiera iglesias en Madrid, o no tuviesen casa y mujer, sobrina o ama de quiendespedirse para la otra vida?»

Seguí quejándome hasta mi casa, sin ninguna gana de reír de mis observaciones como otros días, aunque siempre convencido de que el hombre vive de ilusiones y según las circunstancias, y sólo al meterme en la cama, después de apagar mi luz, y al conciliar el sueño, confesé, como acostumbro:

«Éste es el único que no es quimera en este mundo».

El Duende Satírico del Día, n.º I, 26 de febrero de 1828