miércoles, 15 de enero de 2020

Castilla (V), un cuento de Jesús Pérez Saiz

Castilla (V), un cuento de Jesús Pérez Saiz
Jesús Pérez Saiz ama los cuentos. Esta pasión la demuestra como profesor, como lector y también como escritor. Su última colección, El pez raya era mujer, es un ensoñador compedio de relatos que vienen de lo canónico para llevarnos a terrenos muy personales: los creados por su talento y desbordante imaginación. El contexto en el que se mueven estas nuevas historias es el que mejor conoce: la meseta castellana en la que nació, un territorio yermo que en sus manos se convierte en un lugar mágico que nos recuerda a Macondo o Yoknapatawpha. A continuación reproduzco Castilla (V), un cuento de Jesús Pérez Saiz.
CASTILLA (V)
Sabía que un día iba a volver a ese pueblo, que iba a girar a la izquierda en el cruce del árbol para tomar la carretera comarcal y recorrer los tres kilómetros y medio que había hasta la iglesia. Después ya solo iba a tener que bajar la calle de la derecha, comprobar si en aquella casa que miraba a la montaña aún alquilaban habitaciones y llamar a su puerta.
Tuvo suerte. Además, la mujer lo recordaba.
¿Hace dos años?
¿En mayo?
Se acordaba de él, de ella y del perro, pero no preguntó. Solo dijo, sí, sí, me acuerdo de ti y claro que está disponible.
¿Sabes cuánto vas a estar?
No.

Ella seguía siendo tan amable como entonces, y resuelta, y aunque sabía que él conocía bien la casa, se la enseñó de nuevo, le dijo que podía utilizar la cocina cuando quisiera, y el resto, claro, y subió delante de él las escaleras para mostrarle su habitación.
Llevaba un vestido corto y bragas negras. Y tenía la piel tan blanca que las venas azules de las corvas daban la impresión de pertenecer a un mundo fotografiado desde mucha altura. Antes de entrar en la habitación, sacó unas sábanas de la cómoda del pasillo y las puso encima de la cama. Comprobó que el flexo de la pared funcionaba y retiró el edredón. Luego se puso en uno de los lados y le pasó el otro extremo de la sábana.
¿Vas a necesitar algo más?
Té.
Eso siempre hay.
Y huevos.
Desde luego.
Te lo preparo y salgo, que me esperan en el pueblo.

Se descalzó, apartó un poco la mochila y se tumbó en aquella cama de matrimonio que recordaba extremadamente cómoda. Estiró los brazos para ver si llegaba a los dos lados del colchón, abrió las piernas, tensó bien los músculos y luego los relajó. Después se puso una almohada en el vientre y cerró los ojos. Podía oír a la mujer abajo, la taza, la tetera y la kettle que pitaba. Luego nada. Ella se había ido. Al pueblo. Al grande. A ocho kilómetros. Y el único sonido que le llegaba era el del viento en los árboles y el silencio que no es silencio en un sitio así. También algo metálico que había querido dejar a más de seiscientos kilómetros de distancia, pero que aún seguía con él.

Cuando despertó era ya de noche y el té estaba frío. Lo tomó, cogió las llaves y se fue a dar un paseo por un camino que salía del pueblo hacia atrás, paralelo a un riachuelo. Quería llegar hasta la cascada y, aunque fuera de noche, con la luna fuerte y el firme del camino blanco, se veía bien. También escuchaba el sonido del agua del riachuelo, primero, y del salto después. No lo veía y no bajó hasta allí como la otra vez, pero se oía, y se acordaba de lo que hicieron su mujer y él, lo de la ropa, lo de meterse desnudos bajo el agua, el choque del torrente en la cabeza y el frío en la piel, el perro ladrando a dos metros de ellos y los brincos que daba cuando salieron. Lo que pasó después.
Lo recordaba todo, pero no sentía nada. Era como una fotografía en manos de otro. Como cuando eres mayor y alguien te muestra a un adolescente que, para hacerse el gracioso, distorsiona su cara dentro de una olla de cobre.
Ni te reconoces. No sé quién es, dices.
Pues así con los recuerdos. Aunque le da pena.

Un sábado sale con la casera y sus amigos al monte. Temprano. Van a por setas y a la charca, a ver patos. Hay una población estable de ocas que alguien dejó para el turismo y una variable de patos migratorios. Ánades. Gansos. Esas cosas.
La charca está a varios kilómetros, cinco quizá, o más, y hay que subir y bajar un buen número de cuestas para llegar allí. Y no hay senda. Al menos él no la ve. Es todo campo a través, piedras, matorral bajo y encinas, y él no tiene calzado apropiado. Un par de veces se tuerce el tobillo, el mismo, y les dice que sigan sin él, que ya sabrá volver.
Lo dice en serio. No le importaría. No sabe si encontraría el camino de vuelta, pero tampoco le preocupa. En realidad, lo que él busca es otra cosa. No está seguro de qué, pero otra cosa, y está a gusto allí, sentado sobre las piedras resecas y la vista hacia el llano. Un amigo mallorquín le dijo una vez que él, mirara hacia donde mirara, sabía que estaba el mar. No importaba dónde. Ni la distancia. Solo la certeza. La sensación de que en la meseta eso no era así le maravillaba.
Él no está seguro de que en ese mismo momento, al fondo, no esté el mar. Un pez inmenso e ineludible. Con rayas. Lo piensa así. Totalmente en serio. Con la idea de que a veces la atmósfera es solo agua.
Su casera se ofrece a quedarse y él nota que uno de los amigos no responde bien. No oye exactamente qué es lo que dice, pero el tono es de helecho.
Él se levanta y dice perdonad, creo que necesitaba un descanso. Ya está. Y sonríe. Al de la voz. Un poco para decirle no te preocupes, tío, y otro para tocarle los huevos.

Avanzan agachados, procurando no hacer ruido. Tampoco hablan. Cuando llegan a un mirador natural, en lo alto de una roca, se tumban y sacan sus prismáticos. Dicen Oh, ohh, ohhh en voz muy bajita. Como cuando sus amigos y él espiaban a las chicas de la Escuela Hogar. Le llama la atención que disfruten tanto mirando pájaros. Que sepan sus nombres. De dónde vienen. Qué hacen en invierno. Cuánto vuelan. Que sigan a uno de ellos que se ha quedado solo con las ocas y que se pregunten por qué ha permanecido atrás. ¿Espera a alguien o es que no puede seguir? No parece que esté mal, pero si no puede seguir, ¿sobrevivirá? El invierno es duro. ¿Por qué lo haces, patito?
Ella le deja unos prismáticos y le indica dónde está el pato del que hablan. Tiene la mitad de tamaño que las ocas y el pico rojo, aunque parecen franjas que suben a cada lado.
Es un tarro blanco, dice uno, y otro lo pone con interrogantes: ¿Un tarro? No está seguro y le importa bastante estarlo.
De vez en cuando, el pato se acerca al grupo de las ocas, pero ellas lo rechazan. Antes graznaban, le dice la casera. Ahora ya no, pero tampoco lo acogen.
Es bonito.
Sí, dice ella.
Y no está triste.
¿Cómo lo sabes?
Míralo.

Además de agujetas, tiene el tobillo hinchado. Se lo dice cuando ella sube porque no baja a desayunar.
No me puedo mover.
Ella retira las sábanas y le toca el tobillo.
Ay.
Lo recorre y palpa para ver dónde le duele y cómo está de duro.
Vaya, dice. Te voy a preparar un antiinflamatorio y luego si eso te subo al centro de salud. ¿Has notado algo de rotura?
No.
Ella vuelve al cabo de un cuarto de hora. Trae un ungüento que ha hecho a base de manzanilla, hierbabuena y limón y se lo aplica alrededor del tobillo, muy despacio, muy suave también.
¿Por qué las mujeres movéis tan bien los dedos?
Lo disfruta, a pesar de estar molido. Le pide que le deje recostarse un poco y se tumba sobre la almohada. Cierra los ojos y siente los dedos de ella en su piel, en las partes menos hinchadas, la presión y el movimiento tranquilizador de las yemas, el desplazamiento que hace en esferas, como las manecillas del reloj y al revés. Le llega el olor de la hierbabuena y el limón mezclados con sus propios olores de la noche, el sudor y lo demás, y le gusta. Y le gusta que ella esté allí, consciente también de ello.
Un par de horas después, ella le pregunta si quiere ir al médico y él contesta que no, que las friegas han sido maravillosas, y la manzanilla que ha tomado en infusión también. Ya no le han recordado a enfermedad, a estómago revuelto ni a vómitos. Estaba buena. Y con las galletas que ella hace, más. Gracias.
La segunda friega es por la tarde, después de comer y antes de la siesta, pero el masaje no se limita solo al tobillo. Ella le ha pedido que se quitara el pantalón y, una vez que la piel ha absorbido el ungüento, ha empezado a masajear sus piernas. Primero hasta la rodilla y luego hacia arriba. Después se ha quitado la ropa, se la ha quitado a él y se ha puesto encima.
¿Te duele?
No.

Él se ha vuelto a fijar en las venillas azules de su cuerpo, pero esta vez en los pechos y por la cadera, bajando hacia el pubis. Azul dentro del blanco. Algo que es suyo, pero parece que no lo es, que solo emerge de vez en cuando. Las ha recorrido con sus dedos y luego ha entrado en ella.
Túmbate sobre mí, le ha dicho.
El tamaño de las caderas de una mujer al doblarse es algo que le maravilla. Intenta abarcarlas con sus manos. La cadera. Las nalgas. Hacerse una idea de su tamaño. De su importancia. Y se siente mono. Hay antropólogos que afirman que en el ser humano las tetas se desarrollaron para atraer al macho. Que las monas no tienen. Que lo que les pone a los monos es el culo. A él le pasa lo mismo. Las tetas le encantan, pero el culo lo vuelve mono. Tenerlo entre sus manos. Empujarlo. Entretenerse en él.

Queda la pandilla en la plaza Mayor.
Hace tiempo que él no los ve. Casi desde lo de los patos. Ha estado en un par de cenas con ellos, pero nada más. Para él, más que suficiente. Buena gente, pero no su gente. Universos distintos. Y además el de la voz de helecho. Su presencia. Su frío.
Esta vez se juntan para manifestarse frente al ayuntamiento. Toca protestar. No importa contra qué. Siempre hay algo por lo que protestar y es siempre lo mismo: gente que busca tajada y gente que prefiere las cosas como están. Él se sitúa en la opción que está más lejos del dinero. Por principio. Porque nunca está tan sucio como el otro lado. Pero tampoco tiene una convicción profunda hacia nada.
Da besos y manos, pregunta qué tal y contesta bien.
¿Y el tobillo?
Perfecto.
Hace varias semanas que tuvo el esguince, pero le siguen preguntando. Y él, bien, no le importa. O lo agradece, así no tiene que hablar de otras cosas.
¿Apoyas la causa?
Es el helecho quien pregunta.
Claro, dice él, y procura irse a la parte de atrás del grupo, junto a una pareja de médicos retirados.
Desde allí contempla todo: el ayuntamiento vacío, a los que suben al balcón y colocan una pancarta, y los cristales de las ventanas que parecen rotos; no lo están, pero con los cambios de luz reflejan honduras extrañas. Luego un par de chicas colocan un reproductor de música y poco a poco se forma un corro alrededor. Todos cogidos de las manos. A bailar. Ritmo de tambores y, al final de cada serie, gritos. Como los indios.
Él se siente ridículo y se va.
El tobillo, le dice a ella.
Se sienta en la terraza de un bar, pide una cerveza, coge un periódico y espera a que acabe todo. Cuando lo hace, nadie se acerca. Tampoco ella. Solo el de la voz desagradable que ha ido al bar a por unos botellines de agua.
¿Y tú, qué?, le dice.
¿Yo?
Sí.
¿Qué?
¿Con quién estás?
Con mi casera.
No la quieres.
¿Y tú?
¿Tú qué crees?
No la mereces.
Eres un poco hijoputa, ¿no?
No te digo que no.

Una mañana, le pide a ella que le indique cómo ir a la charca de los patos. Más o menos, le dice, aunque ella le deja un mapa cartográfico del ejército y le señala con rotulador rojo unos hitos para que no se pierda.
¿Quieres que te acompañe?
No.

Sale alrededor de las doce. Con la mochila, un callado y gorra para el sol. Son como dos horas de marcha. Caminos. Luego atravesar tierras de labranza. Un río. Un pinar y hacia arriba. En el bosque de pinos es donde hay más peligro de perderse, por eso ella le ha dicho que tiene que ir solo por el sendero señalizado. Es local, con los colores blanco y verde tanto en los troncos como en un hito de piedras que hemos puesto los de la asociación en la entrada, ¿de acuerdo?
Tiene que recorrer el perímetro de pinos hasta dar con la senda, pero al final lo consigue. Y se siente un poco tonto. Ir por todo lo señalizado. Cada poco tiempo, en troncos y rocas, la misma pinturita blanca y verde.
Al final, se sale. Y se entretiene con unos níscalos que encuentra. Y luego, al salir del bosque, se da cuenta de que no sabe dónde está y busca lo alto. Hacia arriba. Al monte y a la montaña. Y al cabo de una hora, desde un risco y con el mapa, consigue orientarse. Se ha ido bastante lejos de la charca y le ha entrado hambre. Saca un bocadillo y lo come allí sentado, sobre rocas partidas cubiertas de helechos. Debe de ser el hielo lo que las rompe, hace lajas y poco a poco se van deshaciendo. Y el sol. Tienen los cortes lisos, de cuchillo, y son tan ásperas que cree que podría encender una cerilla en ellas. Piensa que seguro que habrá más de un fósil, pero no se entretiene en buscarlo y reemprende el camino.
Llega a la charca una hora después. Sin agacharse. El mirador está lejos, pero los patos salen volando cuando asoma la cabeza. Luego graznan las ocas. Se acercan a la orilla más próxima a él y graznan, aunque está a unos cincuenta metros. Él se sienta y poco a poco todo vuelve a la normalidad. Las ocas retornan al espacio que ocupaban antes y los pocos patos que hay se posan de nuevo en la charca. Los mira, buscando al tarro de las rayas rojas, pero no está. En cambio hay patos nuevos, ánades, como dicen los de la asociación, y utiliza algunos de esos nombres raros que se le han quedado en la memoria: el tarro blanco, el piquicorto, el careto y alguno más. Son bonitos. Y se mueven mucho. En grupo. Vuelan de un lado a otro y luego vuelven.
Cuando se cansa de observarlos, limpia de piedras el suelo, echa una esterilla, pone la mochila de almohada y se tumba. Al principio permanece con los ojos abiertos y ve volar por allí pajaritos, alguna bandada de patos y poco más. Luego se queda dormido.
Despierta media hora después porque la sensación de calor en el cuerpo ha desaparecido. Antes le daba el sol y ahora hay nubes. En el horizonte ve los mismos reflejos que en la ventana del ayuntamiento. También con sus honduras. Como si estuviera roto. Ahora la diferencia respecto a aquel día es el viento que le da en la cara. Y la amenaza de lluvia. Por fin. Aunque no le asusta.
Se queda observando el cielo y ve, pero no ve. Solo nota el frío en la cara. Y algunas gotas. Y graznidos de vez en cuando. Y piensa en si el cielo se puede romper.
Esa noche, ella no va a su habitación. Ni él a la de ella. Cenan juntos y dicen un montón de tonterías. Él le cuenta que hizo unas pruebas para los servicios secretos y que le preguntaron si se lo había dicho a alguien.
¿Y?
Se lo había dicho a la familia. Y a la panda de amigos; a los de Madrid y a los de su ciudad. Y a los amigos de una amiga con la que había estado la noche anterior. Y a los de matemáticas también.
Me dijeron que pusiera los nombres y algunos ni los conocía.
Ella le cuenta lo de las uñas. Era su pesadilla de pequeña y de no tan pequeña. Soñaba que se levantaba y se encontraba uñas en la cama. A los veintitantos salió con un chico muy tímido muy tímido y se fue a vivir con él. Su primer amor. Estuvo meses guardando uñas de todo tipo, de animales también, y el día de mi cumpleaños me las metió en la cama mientras dormía.
Hablaron hasta las dos de la mañana. Con unos gintonics. Luego se quedaron en silencio. Los hielos. La chimenea. Yo me voy. Yo luego subo. La atmósfera inmóvil que producen las brasas. Él que se va. A dormir, aunque no duerme mucho. Ni ella tampoco. Se le nota en la cara al día siguiente. Aparece una venilla azul por debajo del ojo y en su mirada algo difícil de precisar. En la de ella y en la de él. Ajenos a lo que les rodea. Formas que son y no son. El bizcocho, los maderos y la campana. Las tazas. Las margaritas. Las fotos de una cascada. Un niño. Un cielo. El mar.

BLINDSTONE


















ENRIQUE BUNBURY



















martes, 26 de noviembre de 2019

Alonso de Salazar y Frías, el buen inquisidor

Alonso de Salazar y Frías, el buen inquisidor burgalés que acabó con la caza de brujas en España

Alonso de Salazar y Frías, el buen inquisidor burgalés que acabó con la caza de brujas en España
En la “conversación en la catedral” mantenida por Elvira Roca y Jaime Contreras los nombres de dos inquisidores sobrevolaron la capilla de los Condestables de Castilla de la Catedral de Burgos. Los dos “nacidos” en la capital castellana, el uno de ficción, Jorge de Burgos, el arquetipo impreso en la retina del mundo y en la nuestra por la leyenda negra, el terrible monje ciego y fanático creado por la pluma de Umberto Eco en El nombre de la rosa, y a quien todos le ponemos rostro por el genial volcado al cine de Jean-Jacques Annaud. Un inquisidor de libro, tenebroso y asesino, español, claro, dominico, faltaría más y, encima, de Burgos.
"Poco pudo hacer el burgalés, y de ello se arrepintió de por vida. Logró salvar la vida de María de Arburu, pero en el Auto de Fe de 1611 seis murieron en la hoguera"
Pero el de verdad fue otro. Y este sí que era de carne y hueso, Alonso de Salazar y Frías, y sí, de Burgos, donde nació en 1564. Tras haber estudiado en Salamanca y Sigüenza, profesado como sacerdote en Jaén y Toledo, se convirtió en miembro del Tribunal del Santo Oficio. Y fue su primer cometido el ser instructor del más famoso y masivo proceso contra la brujería celebrado en España. Contra las brujas de Zugarramurdi primero y luego contra una multitud de gentes, miles, de todos los valles pirenaicos de Baztán y del Roncal que de pronto se habían llenado de aquelarres y de brujas volando por los aires.
El proceso tuvo lugar en Logroño y dio comienzo en el año 1609. Cuando Salazar llegó, sus dos antecesores y compañeros de tribunal, Alfonso Becerra y Juan del Valle, ya habían decidido la suerte de 29 personas tras la primera confesión de María de Ximillegui, a la que se unieron en tropel otras y tras lo que se inició una histeria colectiva donde todos denunciaban a todos y muchos se autoinculpaban de actos satánicos. Poco pudo hacer el burgalés, y de ello se arrepintió de por vida. Logró salvar la vida de María de Arburu, pero en el Auto de Fe de 1611 seis murieron en la hoguera, cinco se salvaron de la pena máxima al serlo solo en efigie y 19 alcanzaron el perdón y fueron “reconciliados”.
"Alfonso de Salazar regresó de su periplo con mil ochocientas dos confesiones y una certeza: no hubo brujos ni brujas hasta que se habló de ello"
Aquello, lejos de calmar la histeria, desató una fiebre por la caza de brujas en toda la región que se materializó en miles de acusaciones. Alfonso de Salazar, cada vez con más dudas sobre la culpabilidad de los condenados, arrepentido y consternado por lo que estaba sucediendo, decidió, apoyado por el obispo de Pamplona, trasladar al Consejo de la Inquisición sus preocupaciones, y este le ordenó viajar al Pirineo e intentar esclarecer lo sucedido. Inició su viaje, que duraría ocho meses, por las montañas, los valles ocultos y los pueblos perdidos desprovisto de prejuicio, buscando la verdad. Los hechos y las pruebas que logró consiguieron poner fin a aquel terror y aquella histeria desatadas.
Una histeria que, en realidad, había empezado al otro lado de las montañas, en la parte francesa, y luego contagiado su fiebre al sur de estas, donde un terrible juez, Pierre de Lancré, ya llevaba en 1609, antes de iniciarse el proceso de Logroño, quemadas vivas cerca de 80 personas entre brujos y brujas, cifra que iba a aumentar hasta superar las 600 en tan solo un año y a poner las bases de muchos otros procesos que seguirían llevándolas a la hoguera en Francia durante todo un siglo.
"Lo que en verdad había hallado era miedo, superstición, denuncias falsas y un estado de alucinación colectiva. En cada pueblo acudían a él gentes en tropel, autoinculpándose, muchos de ellos niños"
Alfonso de Salazar regresó de su periplo con mil ochocientas dos confesiones y una certeza: «No hubo brujos ni brujas hasta que se habló de ello». Más de mil de estos supuestos «brujos» tenían menos de ocho años y no halló prueba de la existencia de poderes sobrenaturales algunos. Ni de que volaran por el aire, ni de que mataran con tan solo una mirada, ni que pudieran colarse por el ojo de una cerradura o convertirse en cualquier animal a su antojo. Así que escribió con aguda ironía que, capaces de tales hazañas, “si las brujas existieran la ley debería reclutarlas para el Rey en lugar de perseguirlas”, pues con tales poderes sería invencible.
Lo que en verdad había hallado era miedo, superstición, denuncias falsas y un estado de alucinación colectiva. En cada pueblo acudían a él gentes en tropel, autoinculpándose, muchos de ellos niños, confesando que un vecino los llevaba de aquelarre y que ellos mismos eran ya expertos brujos. Venían muchachas a cientos afirmando que en sueños las había poseído y desflorado el Diablo. Las hizo mirar por matronas, y todas las doncellas, menos una, seguían siéndolo. Otros se le acercaban para retractarse de la confesión previa que habían hecho llevados por las torturas en sus pueblos a manos de sus vecinos, y muchos más acudían para ser “reconciliados” y perdonados, mientras otros se autoinculpaban para de inmediato pedir confesión y retractarse y así protegerse de futuras denuncias, en muchos casos hechas para arrebatarles sus tierras o por simple venganza. Los supuestos ungüentos preparados con entrañas de recién nacido, sangre de sapo y semen de ahorcado fueron certificados por galenos y boticarios como simples cocciones de hierbas. Él mismo probó, en su perro primero y luego en su persona, venenos que se decían matarían a mil personas con un solo frasco, y dejó anotado que ni siquiera había sufrido dolor de tripas.
"Las acusaciones, desde entonces, se saldaron con absoluciones o penas simbólicas. Salazar pudo afirmar que a poco la calma reinaba en todo el pirineo navarro"
Regresó con la conciencia dolorida, convencido de que había contribuido a quemar inocentes y de que las brujas no existían sino en la imaginación de las gentes y en la mente de algunos inquisidores, que se lanzaron contra él por decirlo. Escribió con sinceridad y arrepentimiento: “Cometimos culpa el tribunal… [al no reconocer] la ambigüedad y perplejidad de la materia. Cometimos [defectos] en la fidelidad y recto modo de proceder… en que no escribíamos enteramente en los procesos circunstancias graves… ni las promesas de libertad que les hacíamos y otras sugerencias para que acabasen de confesar toda la culpa que queríamos, reduciéndonos nosotros mismos a escribir sólo para llevar mayor consonancia de hacerlos culpados y delincuentes. Tanto que también por esto dejamos de escribir muchas revocaciones”
Alonso de Salazar inició su particular combate. Escribió un memorial sobre todo e intentó hacerlo llegar a la máxima autoridad inquisitorial, pero sus cartas fueron interceptadas por sus dos compañeros de Tribunal, que le acusaron de estar poseído por el demonio. No cejó. Finalmente, logró hacer llegar su “Informe al Inquisidor General», en el que demostraba la nula fiabilidad del juicio, la ausencia de pruebas, las contradicciones y la falsedad de las acusaciones.
"Sin embargo nuestra imagen, la que está impresa en el mundo y en nuestras propias mentes, no es esa. Sino toda la contraria. Nosotros somos, y casi en exclusiva, los quemadores mundiales de brujas en la hoguera"
Consiguió la victoria, la de la razón frente al delirio. En 1614 el Tribunal Supremo de la Inquisición acepto sus tesis y promulgó el Edicto de Silencio para acabar con las delaciones, las acusaciones y las envidias. Estableció una serie de cautelas y garantías: no aceptar confesiones bajo tortura o de niños. Se desacreditó el medieval Malleus Maleficarum, que había sido el manual seguido hasta entonces por el Santo Oficio sobre brujería y que se basaba en leyendas y casos sin confirmar. En la practica consiguió medidas que supusieron la abolición de la quema de brujas en España cien años antes que en el resto de Europa y que dieron fin en nuestro país a los grandes procesos por brujería. Las acusaciones, desde entonces, se saldaron con absoluciones o penas simbólicas. Salazar pudo afirmar que a poco la calma reinaba en todo el pirineo navarro, y la propia inquisición paralizó en 1616 un proceso civil iniciado en Vizcaya que evitó fuera quemada ninguna bruja. Cien años antes que en el resto de Europa. Mientras, en Francia se seguirían quemando a cientos cada año, y en Centroeuropa, en especial en Alemania, a miles, llegando a sobrepasar allí las 40.000 victimas mortales. De la locura que siguió asesinando en Europa a incontables mujeres inocentes se salvaron en gran parte los países mediterráneos, y en concreto España. Gracias a Salazar, al buen inquisidor burgalés, el de verdad, solo hay recogidas documentalmente, y en España siempre se documenta burocráticamente todo, hasta lo peor, 59 ejecuciones de brujas.
Sin embargo nuestra imagen, la que está impresa en el mundo y en nuestras propias mentes, no es esa. Sino toda la contraria. Nosotros somos, y casi en exclusiva, los quemadores mundiales de brujas en la hoguera. Los hechos y la historia han sido vencidos por el relato falso, la leyenda negra, la propaganda y el sambenito de un pecado original que soportamos sobre nuestras espaldas y que no cesa ni hoy mismo sino que a cada tiempo se recrudece. Es el del arquetipo de Jorge de Burgos, el terrible y fanático inquisidor asesino creado por la imaginación de Umberto Eco, que nada quiso saber de Alonso de Salazar sino de un tal Guillermo de Baskerville, tan de ficción como el letal ciego al que convierte en héroe, y encima interpretado por Sean Connery. Pues no. Ese tenía que haber sido Salazar. El bueno era en realidad el de Burgos.

Fuente: 
https://www.zendalibros.com/alonso-de-salazar-y-frias-el-buen-inquisidor-burgales-que-acabo-con-la-caza-de-brujas-en-espana/

Abelardo y Eloísa

Los insólitos amores de Abelardo y Eloísa

Los insólitos amores de Abelardo y Eloísa

Cuando se construyó el cementerio del Père-Lachaise, no se puede decir que los parisinos lo miraran con benevolencia. Acababa de iniciarse el siglo XIX, la capital francesa veía cómo sus dimensiones se incrementaban y las autoridades resolvieron instalar en las afueras cuatro nuevos camposantos que aliviasen la carga de las necrópolis ya existentes. Uno de esos nuevos recintos fue el del Père-Lachaise. Diseñado por el arquitecto neoclásico Alexandre Théodore Brongniart, recibió ese nombre en memoria del sacerdote François d’Aix de La Chaise, que fue confesor del rey Luis XIV e influyó bastante en las decisiones que tomó el monarca en su enfrentamiento con los jansenistas. No fueron muy demandadas las sepulturas del nuevo espacio, que se abrió el 21 de mayo de 1804 para acoger la inhumación de una niña de cinco años. Los vecinos entendían que quedaba demasiado alejado de sus predios y se inclinaban por descansar en los mismos lugares en los que habían enterrado desde tiempo atrás a los suyos. Tuvieron que trasladarse allí las sepulturas de algunos personajes bien afianzados en el imaginario colectivo, como Molière o La Fontaine, para que las élites parisinas comenzaran a mirar con buenos ojos aquel nuevo cementerio que se acabaría convirtiendo en uno de los más visitados del mundo.
"Las Cartas de los dos amantes (Epistolae duorum amantium) son un compendio de reflexiones sobre el amor y el deseo que constituyen un texto fundacional de la literatura francesa"
Una de esos enterramientos que contribuyeron a dar relumbrón a la necrópolis es, todavía hoy, uno de los más visitados por cuantos visitantes se dejan caer por el Distrito XX. Se trata del templete que acoge los restos de Abelardo y Eloísa, cuya insólita historia de amor pasó a los anales tanto por el relato que de la misma hizo su protagonista masculino como por la peculiaridad de los avatares a los que ambos tuvieron que hacer frente. Pedro Abelardo —castellanización recurrente de su verdadero nombre de pila, que era Pierre Abélard o Pierre Abaillard, o Petrus Abelardus, si se prefiere emplear su firma latina— fue filósofo, teólogo, poeta y monje y defendió con firmeza el conceptualismo, es decir, la tesis de que, aunque las abstracciones universales no tienen una correspondencia material en el mundo externo, sí existen como ideas en la mente humana, donde implican algo que trasciende los meros significantes. Él mismo contó su vida en un libro que tituló Historia calamitatum y en el que el victimismo es una constante ya desde el título. Abelardo nació en 1079 en Le Pallet, una villa fortificada próxima a Nantes, y tuvo la buena educación que se le supone al vástago de una familia acomodada. En vez de optar por la carrera militar, se puso a estudiar lógica y dialéctica y a los veinte años se trasladó a París para instruirse, de la mano del archidiácono Guillermo de Champaux, en la gramática y la retórica. Obtuvo el título de magister in artibus y comenzó hacia 1112 una carrera docente que le llevó por Melun, la colina de Saint-Geneviève y Laon. No debía de ser Abelardo un tipo especialmente agradecido —en su autobiografía, él culparía de sus desmanes a la envidia y los celos—, porque desde que dio sus primeros pasos en la enseñanza comenzó a ridiculizar a quienes habían sido sus mentores (el citado Guillermo de Champaux, también el profesor de teología Anselmo de Laon) hasta conseguir que sus discípulos los abandonaran para seguirle a él. Cuando regresó a París en 1114, obtuvo un gran éxito en la escuela catedralicia de Notre Dame, pero no tardaría mucho en padecer los disgustos que terminarían dilapidando la reputación de la que se había hecho acreedor.
 
 
Portada de una edición española de «Historia calamitatum».
 
No sólo se dedicaba Abelardo a la enseñanza. También componía, en lengua romance, piezas que entretenían a los estudiantes y gustaban especialmente a las mujeres. En torno a 1115, un año después de su regreso a la capital, conoció a Eloísa, hija ilegítima de un noble que también había recibido una instrucción temprana en la lectura y la gramática. Estaba a cargo de su tío Fulberto, a la sazón canónigo de la catedral de París, y ya había adquirido cierta notoriedad cuando Abelardo inició con ella una correspondencia que en principio tenía como fin ofrecerle sus servicios como docente, pero pronto comenzó a adquirir otros tintes. Las Cartas de los dos amantes (Epistolae duorum amantium) son un compendio de reflexiones sobre el amor y el deseo que constituyen un texto fundacional de la literatura francesa y hacen que se considere a Eloísa la primera escritora de occidente cuyo nombre superó las barreras del olvido. Los intercambios epistolares terminaron dando paso a los encuentros en carne y hueso, que a su vez desembocaron en una relación que no contaba con el beneplácito de nadie y que, para colmo, fue descubierta por Fulberto cuando los dos amantes se encontraban en pleno ejercicio de sus efusividades. El tío de Eloísa impuso entonces un alejamiento, pero se las arreglaron para volver a encontrarse. El destino fue tan contundente que quiso que ella se quedase embarazada, lo que hizo que Abelardo terminara disfrazándola de monja para secuestrarla y llevarla a Le Pallet, que quedaba fuera de la jurisdicción de las autoridades francesas. Allí nacería su hijo, al que pusieron por nombre Astralabe y cuyos cuidados quedaron encomendados a Denyse, la hermana de Abelardo. Éste regresó a París para obtener el perdón de Fulberto y le prometió que contraería matrimonio con su sobrina, cosa que no acababa de agradar a ésta porque entendía el matrimonio como una suerte de claudicación de la mujer, dado que lo relacionaba con el interés de la esposa por adquirir un nivel social derivado de la condición de su marido. Terminó cediendo, sin embargo, aunque el matrimonio se mantuvo en secreto y ella rehusó someterse al orden que su propia familia ha asumido al aceptar el enlace. Así, cuando Fulberto hizo saber que Abelardo y Eloísa eran pareja de pleno derecho, el primero envió a la segunda al monasterio de Argenteuil, pero, incapaz de reprimir su pasión, terminó saltando el muro para yacer con ella. Eso ya fue demasiado para Fulberto, que por su cuenta y riesgo hizo castrar a Abelardo. Eloísa decidió entonces tomar definitivamente los hábitos y eso marcó el inicio de un distanciamiento progresivo de quien fuera su amado. Los vaivenes personales de Abelardo —a quien acusaban de compaginar sus obligaciones religiosas con sus devociones maritales, y que para colmo terminó viendo cómo sus ideas teológicas eran condenadas en el Concilio de Sens— encontraban eco en la frustración de Eloísa, que se veía enclaustrada en la disciplina monástica en contra de su voluntad real. También ella tuvo que soportar dudas por su condición de célibe y esposa, pero se obstinó en fundar una regla monástica exclusivamente femenina y llegó a ser nombrada abadesa del Paraclet.

"El 16 de junio de 1817, los restos de ambos se trasladaron al cementerio del Père-Lachaise, en cuya séptima división reciben desde entonces a quien quiera visitarlos"
Abelardo falleció en la primavera de 1142, en la casa madre de la abadía de Cluny, y fue enterrado en Paraclet. Veintiún años después, el domingo 16 de mayo de 1164, Eloísa exhalaba su último suspiro en la abadía de Cherlieu y su cuerpo fue sepultado encima del de su esposo, a quien tiempo atrás había dedicado una composición fúnebre («Contigo soporté las desgracias / que contigo, cansada, duermo») que forma parte del corpus que la convirtió en una de las intelectuales más importantes de su tiempo, amén de un referente para las que habrían de venir después. El 16 de junio de 1817, los restos de ambos se trasladaron al cementerio del Père-Lachaise, en cuya séptima división reciben desde entonces a quien quiera visitarlos. Los arqueólogos cuestionan que los restos que acoge esa tumba sean realmente los de los infortunados amantes, pero eso no es óbice para que valga la pena acercarse por ese rincón a rendir homenaje a su memoria, por ver si eso les resarce en parte de su historia de amor y calamidad.

Fuente:  https://www.zendalibros.com/los-insolitos-amores-de-abelardo-y-eloisa/