martes, 2 de marzo de 2010

DEL ABRAZAMOZAS, EL DUENDE MARTÍN Y OTRAS LEYENDAS

PATRIMONIO CULTURAS 26


La ciudad está llena de historias legendarias que, basadas o no en hechos reales, permiten conocer el patrimonio de la ciudad, más allá de los datos históricos, y logran despertar el interés de quienes las escuchan

Sara Arguijo Escalante

s.arguijo@lacalledecordoba.com



Fantasmas de los que aún se pueden oír gritos agónicos, túneles subterráneos todavía por descubrir, imágenes y aguas milagrosas, casas encantadas, calles que esconden sucesos sorprendentes... Córdoba está llena de leyendas y mitos desconocidos que, basados en hechos reales o no, forman parte de la tradición oral y ayudan a entender la historia y el patrimonio histórico de la ciudad, más allá de los datos puramente científicos. Sobre todo, porque no hay que olvidar que, como sostiene José Manuel Cano Mauvesin, autor del libro Córdoba de Leyenda, “estos relatos pueden convertir una calle insulsa en un lugar fascinante”.

Es decir, aunque estas historias se originaron hace cientos de años, conservan intactos todos los ingredientes que contribuyen a despertar el interés de quienes las escuchan por primera vez –“como ocurre cuando se cuenta algo de miedo en un campamento de verano”, define Cano– y por eso, no sólo forman parte del legado de las ciudades sino que además, en ocasiones, hablan lo que las piedras callan.


Historias en el olvido

Sin embargo, lo cierto es que muchas de ellas han ido quedando en el olvido y la mayoría de las veces se quedan fuera de los circuitos turísticos oficiales por el escaso interés de las instituciones en conservarlas, con lo que apenas se divulgan ni aparecen en ninguno de los folletos que se distribuyen en los puntos de información.

Eso pese a que parece que no hay duda de que no es lo mismo –por poner un ejemplo– pasar por la calle Valdés Leal, sin tener ninguna información previa, que hacerlo sabiendo que allí paraba un joven que, aprovechando la estrechez y oscuridad de la zona, abrazaba a todas las mozas que pasaban de noche. Esto fue así hasta que un día, cuenta la leyenda, una de ellas le advirtió que no lo hiciera y cuando éste, sin prestarle atención, la agarró cayó desmayado al percibir que debajo de las ropas sólo había huesos . Desde entonces, este varón, cuya visión todo el mundo atribuyó a los excesos del alcohol, cesó en su tarea y la nombrada calle pasó a conocerse como La calle abrazamozas.

Turistas hartos de cifras

Del mismo modo, seguramente, también se vería con otros ojos el entorno del Palacio de Orive si se conociese la que quizás es la leyenda más famosa en la ciudad que relata el infortunio ocurrido a finales del siglo XVII, cuando vivía en el palacete el corregidor Don Carlos de Ucel, viudo, con su hija Blanca. Según esta historia, el corregidor dio cobijo a unos hebreos, a los que el corregidor dejó dormir en el zaguán pero estos, en vez de dormir, encendieron una vela, rezaron unas oraciones y la tierra se abrió. Tras esto, descendieron por una escalera y regresaron con un cofre lleno de oro. Blanca, que lo vio todo, quiso hacer lo mismo la noche siguiente pero al bajar por las escaleras, la vela se consumió, y la chica se quedó enterrada para siempre sin que por más excavaciones que su padre hizo la pudiera encontrar, se relata. De hecho, dicen que todavía hoy, pueden oírse a través de las paredes los gritos aterrorizados de la joven.

Sin duda, una narración inquietante que, al margen de su rigor histórico, contribuye a sugestionar a un visitante que, al fin y al cabo –dice el también director de proyectos turísticos y gestión cultural–, “se queda siempre más con la anécdota que con el hecho histórico. Es más, a veces es lo primero, lo único de lo que se va a acordar”, sostiene.

Y es que, como también coincide la guía turística y directora de la empresa Gestión Integral de Turismo, Arte y Cultura, Gitac, Inmaculada Lázaro, si algo hay que tener presente es que la magia que envuelve estos relatos puede ser la excusa perfecta para mostrar otra ciudad y, lo más importante, hacerlo de una forma mucho más original y entretenida. En este sentido, como asegura la propia Lázaro, es importante recordar que es imposible que alguien que viene por primera vez pueda asimilar tanta información y, sobre todo, en una ciudad con tanto patrimonio como Córdoba, por lo que “es necesario ofrecer al turista cosas nuevas, diferentes y más vivas. Están hartos de fechas y datos, se cansan y se aburren y, por eso, agradecen estas historias”, dice.

La Ley de las Holgazanas

Así, su empresa oferta desde hace tres años una ruta de las leyendas donde se persigue precisamente utilizar las anécdotas y curiosidades como reclamo y que, por el momento, está siendo todo un éxito. Entre las que más gustan a los visitantes, Lázaro cita dos con base real y, sin embargo, poco conocidas entre los cordobeses, la de que la novia y madre del hijo de Cristóbal Colón fue una cordobesa nacida en Trassiera, Beatriz de Arana y la que protagonizó Isabel la Católica en contra de las mujeres al enterarse de que se reunían en los bancos de los aledaños del Alcázar para verla pasar y comentar lo que hacía o qué ropa vestía.

Concretamente, según relata la entrevistada, a la reina no le sentó muy bien el motivo de estas reuniones e instauró la que se llamó la Ley de las Holgazanas por la que las mujeres perdían todos los derechos, incluso el de heredar cuando se moría su esposo. Al parecer, esta norma quedó vigente hasta que Pepito el Candelero, un hombre humilde que vivía en Santa Marina y que llegó a convertirse en un gran mercader gracias a la ayuda de su esposa en el manejo de las finanzas, se decidió un día a acudir al Alcázar para hablar con el rey de turno y comentarle lo injusto de esta Ley. Entonces, habiendo pasado ya muchos años desde que se instauró, quedó derogada y las cordobesas pudieron recuperar sus derechos
.

¿Ciertas o inventadas?

Claro que estos sucesos no son más que algunos ejemplos de los muchos que oculta Córdoba y que, en la mayoría de los casos tienen en común, como explica Cano, “el partir de una base real que, podría tener una explicación razonable, pero que sirve de origen a la leyenda”. Aún así, también hay otros que son únicamente fruto de la imaginación, o se tratan más bien de fábulas que encierran una moraleja y que servían a modo de advertencia o enseñanza. Del mismo modo, hay relatos que se acercan más a la historia y algunos que siguen siendo misterios por resolver. En este sentido, el propio Cano cuenta que, tras publicar el libro, se puso en contacto con él una señora que había vivido durante años en la llamada Casa del Duende Martín (en el barrio de San Andrés), en la que supuestamente vivía el fantasma de un hombrecillo que aplicaba la justicia del cielo, para confirmarle que en su casa “todos daban la historia como verídica y referían haber tenido algún tipo de experiencia con el duende”.

Un poco de imaginación


En cualquier caso, tal y como coinciden tanto Cano como Lázaro, lo cierto es que todas las leyendas cuentan con la ventaja de permitir combinar al mismo tiempo la visita del patrimonio con el entretenimiento, es decir, “hacer un recorrido por la ciudad, pero desde una perspectiva completamente distinta”. De ahí que, desde el punto de vista de los expertos, sea necesario potenciar estas propuestas que rompen los patrones del turismo clásico, huyen de lo habitual y, tal y como considera el escritor, pueden servir incluso para atraer otro tipo de turismo “que no quiere esperar la misma cola que todo el mundo para ver lo mismo que todo el mundo sino que quiere hacer algo especial”.

En otras palabras, se trata de aprovechar el poder de fascinación que estos relatos genera en los visitantes y hacerlo para que vuelvan con ganas de más. “Es hora de tener una visión comercial más amplia”, apunta Lázaro. Una visión que pasa por hacer ver a quienes acuden a Córdoba que su legado no se compone sólo de piedras estáticas sino que éstas tienen mucho que decir. Por eso, el escritor apuesta por hacer creer a los turistas que “son unos privilegiados, que están viendo algo que normalmente no se ve, o que están conociendo una historia que nadie conoce”.

Todo porque, en definitiva, de lo que se trata es de aprovechar el rastro y la huella de las civilizaciones en toda su amplitud. Esto y dejarle un hueco a la imaginación, claro.



PUNTO DE ATENCIÓN

Curiosidades a la vista de todos

Las historias de las ciudades muchas veces son desconocidas hasta por sus propios habitantes. El hecho de que existan pocos documentos al respecto o de que hayan sido minusvaloradas por su poco rigor hace que se hayan ido olvidando e incluso desapareciendo. Sin embargo, este tipo de mitos, leyendas y curiosidades siguen sucediéndose con los años.

Así, quizás, ahora pocos conozcan que Isabel la Católica mandó retirar la noria de la Albolafia porque no soportaba el ruido, o que la cabeza del Gran Capitán era en realidad el busto del torero Lagartijo. Pero a lo mejor sí hay cordobeses que recuerdan que fue la cafetería París (en Cruz Conde) la primera que escandalizó por contar con señoritas camareras o que en la calle Gondomar aún se conservan negocios tradicionales como la óptica Fragero (fundada en 1902 por Agustín y heredada por su hijo Pepito al que llamaban el caballero de la noche porque era cuando salía con su inseparable perra Piñonera) o la casa Rusi, que conserva las plantillas de los sombreros de Cantinflas o Manolete.



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viernes, 26 de febrero de 2010

QUIEN ME HABITA

¡Qué extraño verme aquí sentado,
y cerrar los ojos, y abrirlos, y mirar,
y oir como una lejana catarata que la vida se derrumba,
y cerrar los ojos, y abrirlos, y mirar!

¡Qué extraño es verme aquí sentado!
¡Qué extraño verme como una planta que respira,
y sentir en el pecho un pájaro encerrado,
y un denso empuje que se abre paso difícilmente por mis venas!

¡Qué extraño es verme aquí sentado,
y agarrarme una mano con la otra,
y tocarme, y sonreir, y decir en voz alta
mi propio nombre tan falto de sentido!

¡Oh, qúé extraño, qué horriblemente extraño!
La sorpresa hace mudo mi espanto.
Hay un desconocido que me habita
y habla como si no fuera yo mismo.

GABRIEL CELAYA

jueves, 25 de febrero de 2010

LOS ESPEJOS TRANSPARENTES

Uno dice lo que dice, mas no dice lo que piensa.
Los espejos no reflejan: transparentan.
Todo mira fascinante de frente, pero no existe.
Todo vuelve por detrás y es lo real, invisible.
En lo que veo, no veo; en lo que no veo, creo;
en toda imagen apunta una múltiple presencia,
palpitante intermitencia del corazón: confusión;
y así me siento indeciso como un pobre hombre perdido,
como tú que¿quién eres?, como yo que ¿quién soy?

Los espejos que me escupen hacia fuera, y hacia dentro
me proponen transparencias de distancias y silencios,
deben ser, quiero que sean, para mis obras ejemplo,
con mucha luz hacia fuera, con más secreto hacia dentro.
Juego al juego, sí, con trampa, como hay doblez en los versos.

Así se cuentan las cosas que nos pasan cada día,
y bien contadas parecen fascinantes y sin alma.
Si se piensa, nada es lo que se ve en el espejo.
La luz grande es un abismo y un estúpido misterio.


GABRIEL CELAYA
Cosas, Celalba mía, he visto extrañas:
cascarse nubes, desbocarse vientos,
altas torres besar sus fundamentos,
y vomitar la tierra sus entrañas;

Duras puentes romper, cual tiernas cañas,
arroyos prodigiosos, ríos violentos,
mal vadeados de los pensamientos,
y enfrenados peor de las montañas;

Los días de Noé, gentes subidas
en los más altos pinos levantados,
en las robustas hayas más crecidas;

Pastores, perros, chozas y ganados
sobre las aguas vi, sin forma y vidas,
y nada temí más que mis cuidados.



Luis de Góngora

lunes, 22 de febrero de 2010

FLAMENCOS DE PLUMA Y PAPEL

FLAMENCO CULTURAS | 22

Con vocación de maestros, sinceros y dispuestos a perder amigos. Así son los críticos del jondo, profesionales que deben saber tanto o más que un artista

Guadalupe Carmona

g.carmona@lacalledecordoba.com


Conocen todos los palos, acordes, técnicas y estéticas del jondo, y recorren festivales, conciertos, peñas y fiestas flamencas, habidas y por haber. Pero nunca se suben al escenario.

Son los críticos flamencos, profesionales que esta semana están de actualidad por conceder los premios Flamenco Hoy – cuya gala se celebra el día 23 en el Gran Teatro–, pero que ejercen su juicio y vocación docente en cada espectáculo y cada grabación. En esta labor, tienen la responsabilidad de encumbrar o lastrar la carrera de un artista, por ello aclaran que cualquiera no puede ser crítico y que, para serlo, se necesitan una amplia formación y ciertas cualidades.


Conocimiento y generosidad

En este sentido, un crítico flamenco debe tener un conocimiento profundo, seguido de amor por ese arte y “generosidad para inmolarse”, según expresa Agustín Gómez, ex director de la Cátedra de Flamencología y crítico durante 30 años en radio, a lo que ha sumado cerca de 20 años de trayectoria en prensa escrita cordobesa, y una amplia experiencia como conferenciante y jurado de los más prestigiosos certámenes.“El crítico debe poseer una vocación de magisterio, de ahí que necesite un gran conocimiento y amor por el género, para divulgarlo y defenderlo. Y luego, generosidad, porque entregas lo mejor de ti, de tu sabiduría y de tu sentido de la justicia, y por eso no vas a recibir nada a cambio. Al contrario, vas a encontrar críticas y rechazo”, añade el maestro, explicando que el desprecio que reciben viene de un doble frente: el de los aficionados, a quienes los críticos, muchas veces, rompen los esquemas, y el de los artistas que se ven o sienten criticados.

Por ello, este profesional no puede perder ni un ápice de sinceridad o justicia, lo que el también crítico cordobés Francisco Martínez llama “ser ecuánime sobre lo que escuchas y ves”. Y matiza: no se trata de ser objetivo –que es imposible– sino de “llegar a un equilibrio para que lo que escribas sea un reflejo de la realidad”.

Para conseguir esto se requiere una formación completa y exhaustiva. Ahora existen los estudios de Flamencología en el Conservatorio Superior de Música Rafael Orozco, pero hasta hace poco no había nada y la formación se debía obtener bien a través de academias, o bien a base de “escuchar, escuchar y escuchar”. O mediante las dos. Al respecto, Martínez se ha preocupado hasta de aprender a tocar la guitarra “no para ser guitarrista, sino para conocer los acordes y la técnica del flamenco”, y lo mismo ha hecho con el baile o el cante, de lo que considera imprescindible una formación “y hay gente que escribe de flamenco y que adolece de ella”.

También menciona el importante papel que ha jugado Agustín Gómez en su aprendizaje, para el que es muy importante tener una formación amplia en cultura, pues “si sólo sabes de flamenco, y no lo sabes correlacionar con la cultura, con otras artes o la sociedad, no puedes defenderte ni explicar plenamente”.


Una profesión de pocos amigos

A esto, Gómez añade una cosa que, aunque es obvia, prima sobre todo lo demás: la tribuna. “Hasta que no la tengas, no eres definitivamente un crítico. Y quien le da esa tribuna a un flamencólogo es realmente el que tiene la responsabilidad de lo que divulga éste. Así, si un medio le da ese espacio a un crítico poco formado, él es el responsable”. Y es aquí, cuando el experto, entre risas, dice que, siguiendo su propia regla, él ya no es crítico, “aunque el espíritu sí lo sigo teniendo”.

Un espíritu que ha hecho muy difícil sus relaciones con los artistas del mundo flamenco, entre los que tiene amigos que siempre no ha sido fácil conseguir o conservar. Esto es, porque “tienes que ser muy sincero, y cuando esa sinceridad se hace pública, a veces molesta. El crítico desnuda los fallos del artista, y eso no se perdona. De ahí lo de la generosidad para inmolarse”, explica Gómez.

Martínez, en cambio, cree que la cercanía que existe entre el crítico y el artista facilita esas amistades y, además, no son problemáticas. “Siempre hay gente que se puede sentir molesto en algún momento porque espera que lo sobrevalores por tomarte una cerveza con él, pero vamos, nunca llega la sangre al río. Al menos, conmigo”, dice. Además, reconoce que a él le gusta destacar lo positivo de un artista y, “si hay algo negativo, se señala, pero como un elemento a superar, no como un lastre que arrastrar”. En este punto, les recuerda a aquellos autores que buscan el defecto y la polémica para ser conocidos que “el flamenco existe gracias a los artistas, y éstos pueden tener un día malo, pero por ello no se puede emborronar su carrera”.


El mayor criterio: el gusto

Y tanto para emborronarla como para ensalzarla, existen varios criterios, aunque estos críticos cordobeses destacan dos: el “análisis organoléptico. Esto es, el de los sentidos, el de los gustos. El crítico debe tener un gusto bien formado, y seguirlo. Y esto se consigue a base de experiencia y educación”, expresa Gómez.

Martínez, por su parte, se deja seducir por un artista que, siguiendo el legado tradicional flamenco, no sea un clon, y haga un aporte personal, abriéndose a cualquier innovación.


PUNTO DE ATENCIÓN

Críticos sin sombrero de ala ancha

En torno a la figura del crítico flamenco existen muchos tópicos. De algunos, según dicen Agustín Gómez y Francisco Martínez, tienen culpa los propios profesionales que han ido de “sabelotodos y moisés del flamenco”, asociando una imagen a ese papel. “Algunos creen que para ser críticos tienen que llevar sombrero de ala ancha, y no tiene por qué”, comenta Gómez, aclarando, además, que este sombrero no lo puede, ni sabe, llevar cualquiera. “Tienes que tener una cabeza adecuada y, luego, nunca debe llevarse con gafas o corbata. Eso es pecado mortal, y a veces, precisamente quienes se creen más críticos por tener esa imagen, son los que cometen estos pecados”. Como críticos alejados de ese cliché estilístico, Gómez y Martínez tampoco son flamencos cerrados, y aman y siguen otras músicas. El primero, la lírica –de la que también fue crítico–y la música ligera de Frank Sinatra, The Beatles o Nino Bravo. A Martínez, además, le encanta el jazz, la música clásica y la étnica.




2000-2010 © Copyright El Semanario la Calle de CÓRDOBA

EL REFRANERO EN LOS ANDALUCES - FEBRERO

El que quiera saber, embustes en él.

Truenos en enero, agrandan el granero.

Como te vi, te nombré.

Haz mal y guárdate.

En mal de muerte, no hay médico que acierte.

A la liebre ida, palos a la madriguera.

Con una misa y un marrano hay para todo el año, sobra misa y falta marrano.

Hijos criados, duelos doblados.

Buen vino y jamón añejo es vida para el viejo.

Donde te creas que hay jamones, no hay ni estacas.

Cuando Dios no quiere, santos no valen.

El que más mira, menos ve.

No dejes los caminos por las trochas.

El que de amigo carece, prueba es que no lo merece.

Por un gustazo, un trancazo.

Es cosa del monaguillo, ser pillo.

Si llueve el día de la Ascensión, cuarenta días de agua son.

Enero mojado, bueno para el tiempo y para el ganado.

Agua y lunas, tiempo de aceitunas.

Cada loco con su tema, y cada llaga con su postema.

El que poco sabe, pronto termina.

Cuando canta el cuco, lluvia y sol.

Por la facha y el traje, se conoce el personaje.

Abriles y caballeros, pocos y buenos.

A cuenta de los gitanos hurtan muchos castellanos.

En octubre, el hogar de leña se cubre.

El que se capa por sus manos, se deja los huevos que quiere.

Ayúdale al anciano si quieres que te den mañana la mano.

Niño endentado, pronto hermanado.

Quien te cubre, te descubre.

Esparto harás y migas comerás.

Hombre refranero, medido y entero.

La comida reposada y la cena paseada.

El que de ajos se alimenta se pee sin darse cuenta.

El día de San Matías entra el sol por las umbrías.

La uva no es uva hasta que está madura.

La palabra honesta mucho vale y poco cuesta.

La oración cortita al cielo va derechita.

El que tenga trabajo, que no pregunte la hora.

El que tenga hijo varón, no llame a otro ladrón.

Nadie es buen juez en causa propia.

Quien tiene vergüenza, no come ni almuerza.

Más vale vivir que matarse trabajando.

El vino y el jamón nos salvan del perdón.

Por dinero baila el perro, no por el son que le toca el ciego.

Si fío, pierdo lo mío.

Remienda tu sayo y pasará tu año.

En tiempo de verano, no dejes tu capote en casa de tu amo.

Su daño pretende quien a su prójimo ofende.