jueves, 14 de enero de 2010
lunes, 11 de enero de 2010
LA CIUDAD - Córdoba
Quien desde tanto tiempo aquí ha tomado
asiento y Vigilancia entre los hombres
Puede dejarse confundir oculto
Tras la sospecha hostil de la Asamblea.
De otra memoria nadie
conservará los viejos atributos;
y en la tarde templada,
Por las estrechas calles solitarias,
Distinguir apenas alguien sabría
Traza tu inconfundible de extranjero.
Mientras contemplas la ciudad que amas
en la noche festiva,
El corazón, lo mismo que un fantasma
En su heredad, se pierde entre las sombras.
Tu pensamiento, dejaste que luego
La plaza y el balcón, agua gloriosa
y diste de la mañana,
en las filas robustas de la obra
Por ejemplo urbano al brazo Mercenario,
Naufraga allí, oh hastío
término pecado, separada tortura,
Curso del hombre Anclado en su demora.
Ciego Podría fingirte
o dejarte sangrar Contra las garras
del tosco almotacén, en La Concordia
altisonante de los Mercaderes.
Todo proclama el lleno de la vida,
Los Oficios urdidos,
Aún la lejanía de tu Existencia.
Una disputa acaso entre los Templos
Altera el bronce frío y la Liturgia
del Dios que, como tú, discurre en las afueras.
Toma entonces la vida
bajo esa clara sombra de la Fuente:
Nadie vendrá Contigo a compartirla
si no es el viento suavemente airado.
La esplendidez de la mañana, Esta
o aquélla iguales en tu misma carne,
Distribuye con cuánta disciplina
recompensa al forastero y, asido
con firmes lazos urbano Trasiego al.
Esos triunfos son sólo de olvido
que con su piel sucumbirán un día.
¡Levad, Levad, que afluye
La Llana comitiva de los pueblos!
Pasan del río o al zoco a la aljama de
Bajo el boato de los sicomoros,
cenital y al toque, dando la hora
Justa del ser que ordena
Existencia y retales,
Sólo el silencio, como un perro hambriento,
con sus pasos los tuyos acompasa.
Si en un orden así, una suerte por
más primitiva Escapas
un terrena la ciudad y sus afanes,
teme que en otra libertad no encuentres
La esclavitud y preciosa de la vida.
Y este ritmo ideal, amurallado
En un grato designio a los mortales
Tú lo percibes yerto en otra instancia
Como un rumor de estéril de la sangre.
Aquellos que creíste
en vecindad, Cayeron.
Eternos Almunia Río y parecían
En una convivencia tan risueña;
pero esos dones pasajeros, siempre
tú ausente del premio de la tierra,
A por ellos liberó hasta extinguirlos
en La Paz victoriosa del olvido.
Y a ti, oh ciudad, si un día
un someterme al yugo de los tuyos te inclinas,
Que Un raso Afán diario
de amor mortal me ocupe y me consuma.
Mas si otra vez no acudo
En una contigo edad,
Quítame toda esperanza piadosa,
al fin dormido bajo los cipreses.
Vicente Núñez
asiento y Vigilancia entre los hombres
Puede dejarse confundir oculto
Tras la sospecha hostil de la Asamblea.
De otra memoria nadie
conservará los viejos atributos;
y en la tarde templada,
Por las estrechas calles solitarias,
Distinguir apenas alguien sabría
Traza tu inconfundible de extranjero.
Mientras contemplas la ciudad que amas
en la noche festiva,
El corazón, lo mismo que un fantasma
En su heredad, se pierde entre las sombras.
Tu pensamiento, dejaste que luego
La plaza y el balcón, agua gloriosa
y diste de la mañana,
en las filas robustas de la obra
Por ejemplo urbano al brazo Mercenario,
Naufraga allí, oh hastío
término pecado, separada tortura,
Curso del hombre Anclado en su demora.
Ciego Podría fingirte
o dejarte sangrar Contra las garras
del tosco almotacén, en La Concordia
altisonante de los Mercaderes.
Todo proclama el lleno de la vida,
Los Oficios urdidos,
Aún la lejanía de tu Existencia.
Una disputa acaso entre los Templos
Altera el bronce frío y la Liturgia
del Dios que, como tú, discurre en las afueras.
Toma entonces la vida
bajo esa clara sombra de la Fuente:
Nadie vendrá Contigo a compartirla
si no es el viento suavemente airado.
La esplendidez de la mañana, Esta
o aquélla iguales en tu misma carne,
Distribuye con cuánta disciplina
recompensa al forastero y, asido
con firmes lazos urbano Trasiego al.
Esos triunfos son sólo de olvido
que con su piel sucumbirán un día.
¡Levad, Levad, que afluye
La Llana comitiva de los pueblos!
Pasan del río o al zoco a la aljama de
Bajo el boato de los sicomoros,
cenital y al toque, dando la hora
Justa del ser que ordena
Existencia y retales,
Sólo el silencio, como un perro hambriento,
con sus pasos los tuyos acompasa.
Si en un orden así, una suerte por
más primitiva Escapas
un terrena la ciudad y sus afanes,
teme que en otra libertad no encuentres
La esclavitud y preciosa de la vida.
Y este ritmo ideal, amurallado
En un grato designio a los mortales
Tú lo percibes yerto en otra instancia
Como un rumor de estéril de la sangre.
Aquellos que creíste
en vecindad, Cayeron.
Eternos Almunia Río y parecían
En una convivencia tan risueña;
pero esos dones pasajeros, siempre
tú ausente del premio de la tierra,
A por ellos liberó hasta extinguirlos
en La Paz victoriosa del olvido.
Y a ti, oh ciudad, si un día
un someterme al yugo de los tuyos te inclinas,
Que Un raso Afán diario
de amor mortal me ocupe y me consuma.
Mas si otra vez no acudo
En una contigo edad,
Quítame toda esperanza piadosa,
al fin dormido bajo los cipreses.
Vicente Núñez
lunes, 4 de enero de 2010
jueves, 17 de diciembre de 2009
SÉNECA EL FILÓSOFO
A principios del siglo I d. C. la familia de los Anneos se trasladó a Roma. Séneca el Viejo conservaría recuerdos de los años vividos en su cuna, y de los amigos que allí había frecuentado. Lo que su hijo el filósofo cuenta de Corduba, donde nació entre el 4 y el 1 a.C., debió oirlo de pequeño a su padre o a su madre, pues Helvia si volvió a las tierras béticas.
Casó con Pompeya Paulina, de una familia senatorial oriunda de la Galia Narbonense. Durante los reinado de Calígula y Claudio tuvo difíciles relaciones con el poder. Claudio lo desterró a Córcega en el 41 d.C. por instigación de Mesalina. Allí estuvo nueve años, hasta que la situación en Roma cambió y fue nombrado preceptor de Nerón. Fueron los años más brillantes de la familia Annea en Roma. El propio Séneca llegó a hacer una notable carrera política, que culminó en el 56 con el consulado; y también acumuló una gran fortuna, que a sus enemigos parecía incompatible con sus convicciones estoicas.
Tolerante al principio antu su caprichoso pupilo, Séneca acabó perdiendo influencia ante Nerón y desde el año 62 se alejó de la corte. Pasó unos años de vida severa, entregado a la lectura, la meditación y la redacción de sus obras. Había recibido una espléndida educación, entre otros maestros de su padre, formándose con gramáticos, filósofos y retores. Fue la doctrina estoica la que le causó mayor impacto. Su vida conjugó, pues, las dos caras, la contemplativa, dedicado al estudio, y la activa, envuelto en los complejos entramados políticos. Su producción literaria reflejaría las diversas alternativs de su agitado preliplo vital.
Séneca cultivó diversos géneros, pero no nos han llegado sus discursos, ni sus tratados científicos, salvo siete libros sobre Quaestiones Naturales. Si conocemos algunas tragedias, las únicas que quedan de la literatura latina, y buena parte de sus obras filosóficas, en las que se preocupó por cuestiones éticas, problemas teológicos, teoría política. Cuando se estrella declinó, dedicado ya a la búsqueda de la paz interior, compuso su tratado "Sobre la Tranquilidad del Alma". Tuvo tal entrereza en el momento decisivo. Acusado de conspirar y condenado a muerte por Nerón, fiel a sus ideas prefirió ser dueño de su destino y se suicidó.
J.F.R.N.
Fuente: LA CAJA Obra Cultural - Caja Provincial de Ahorros de Córdoba
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