
de los primeros dedos encallecidos
A veces las palabras escritas en la mirada,

A veces las palabras escritas en la mirada,
En Babilonia desean y hacen el bien, solamente el bien,
El pasado amenaza, el maligno pasado obliga a vivir bajo tierra,
También las aguas amenazan con explosiones de maldad,


Mientras erremos de acá para allá sin seguir a otro guía que los rumores y los clamores discordantes que nos llaman hacia distintos lugares, se consumirá entre errores nuestra corta vida, aunque trabajemos día y noche para mejorar nuestro espíritu. Hay que decidir, pues, a dónde nos dirijamos y por dónde, no sin ayuda de algún hombre experto que haya explorado el camono por donde avanzamos, ya que aquí la situación no es la misma que en los demás viajes; en éstos hay algún sendero, y los habitantes a quienes se pregunta no permiten extraviarse; pero aquí el camino más frecuentado y más famoso es el que más engaña.
Nada importa, pues, más que no seguir, como ovejas, el rebaño de los que nos preceden, yendo así no a donde hay que ir, sino a donde se va. Y ciertamente nada nos envuelve en mayores males que acomodarnos al rumor, persuadidos de que lo mejor es lo admitido por asentimiento de muchos, tener por buenos los ejemplos numerosos y no vivir racionalmente, sino por imitación. De ahí esa aglomeración tan grande de personas que se precipitan unas sobre otras. Lo que ocurre en una gran catástrofe colectiva, cuando la gente misma se aplasta, nadie cae sin arrastrar a otro y los primeros son la perdición de los que siguen,puedes verlo suceder en toda vida; nadie yerra sólo por su cuenta, sino que es causa y autor del error ajeno.
Es dañoso, pues, apegarse a los que van delante; y como todos prefieren creer que juzgar, nunca se juzga acerca de la vida, siempre se cree, y nos perturba y pierde el error que pasa de mano en mano. Perecemos por el ejemplo de los demás; nos salvaremos si nos separamos de la masa. Pero ahora la gente se enfrenta con la razón, en defensa de su mal. Y sucede lo mismo que en los comicios, en los cuales los mismos que han nombrado a los pretores, se admiran de que hayan sido nombrados, cuando ha mudado el insconstante favor, aprobamos y condenamos las mismas cosas; este es el resultado de todo juicio que se falla por el voto de la mayoría.

Supuesto que se dé aquí fe en Dios, pregunta Friedrich Nietzsche en "Voluntad de Poder", ¿quién habla? Y responde: "habla el instinto de rebaño". El quiere ser señor: de aquí su "¡tú debes!". el hombre-masa entra en el escenario de la historia del mundo, Oswald Spengler habla del "fellache", del hombre sin apoyo y sin postura, sin hogar y sin intimidad. "El hombre en la masa, pensado como una astilla en la gavilla, arrastrado en una dirección determinada, avanza a la deriva por el agua. Aunque a veces parezca que la astilla tiene movimiento propio, no tiene ninguno y en el mismo bastón que la mueve habita sólo la ilusión" (Martín Buber).
David Riesman, caracteriza al hombre-masa,k como un "tipo dirigido desde el exterior", como un hombre que, en cierto modo, ha construido en sí mismo una estación de radar y recibe constantemente señales cercanas y lejanas, de acuerdo con las cuales se sintoniza, cambia y se comporta; "hay muchas emisoras y numerosos cambios de programa". Está enteramente dominado por el influjo de la moda, que configura tanto sus vestidos como sus opiniones. La "opinión pública" es aceptada sin crítica: " es invocada y expresada bajo la ficción de ser la opinión de todos, participada por cada individuo y por cada grupo. Pero, en realidad, es algo impalpable, algo que se esfuma, fugaz y evanescente, un nada que, como nada de la mayoría, adquiere una fuerza que un instante aniquila o encumbre" Karl Jaspers. También se incluyen aquí los valores y los juicios morales corrientes y molientes. Los jóvenes especialmente sucumben a la "teledirección pseudoética de los filmes, la televisión, etc..."
El catalizador más importante para reavivar la norma de conducta del hombre es el odio; el ansia homicida, la envidia, la calumnia amasan la colectividad. Según la novela "1984" de George Orwell, en la ciudad del futuro los ciudadanos serán psicológicamente "trabajados" por "películas de odio" de asistencia obligatoria. En ellos se limarán los bordes individuales. Y entonces se apoderará de los hombres "un pavoroso éxtasis de miedo y de venganza, el ansia de matar, de atormentar, de destruir los rostros a golpes de martillo". Y la ciudad totilarista del presente ha comprendido bien y empleado sin escrúpulos la importancia del mundo del instinto al servicio de la masificación y de la sojuzgación del pueblo.
Extracto extraido del libro "INTRODUCCIÓN A LA CULTURA CONTEMPORANEA" de Hermann Glaser, publicado en España por la Editorial Ediciones Iberoamericanas en el año 1968 

-"Una columna de humo asciende rápidamente. Su centro muestra un terrible color rojo. Todo es pura turbulencia. Los incendios se extienden por todas partes como llamas que surgiesen de un enorme lecho de brasas. Comienzo a contar los incendios. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... catorce, quince... es imposible. Son demasiados para poder contarlos.
“Hace poco tiempo un avión norteamericano ha lanzado una bomba sobre Hiroshima inutilizándola para el enemigo. Los japoneses comenzaron la guerra por el aire en Pearl Harbor, han sido correspondidos sobradamente. Pero este no es el final, con esta bomba hemos añadido una dimensión nueva y revolucionaria a la destrucción […] Si no aceptan nuestras condiciones pueden esperar una lluvia de fuego que sembrará más ruinas que todas las hasta ahora vistas sobre la tierra.”
Con estas palabras el presidente de los Estados Unidos anunció y justificó al pueblo norteaméricano la mayor masacre realizada por parte de cualquier ejercito contra la población civil de un país, en ella, murieron entre 100.000 y 150.000 civiles adultos y 100.000 niños y niñas.
Al día siguiente, en las principales ciudades estadounidenses festejaron el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima. Los medios de comunicación exclamaban: Damos gracias a Dios por haberle dado a América la bomba atómica, porque ¿quién sabe cómo la hubiera usado otra nación?
Nada ni nadie puede justificar la muerte de un ser humano de forma premeditada, si el ser humano fuese capaz de apreciar en su plena extensión el valor de una vida, quizas hace tiempo habrían acabado tantas luchas fraticidas que sólo conducen al dolor y a la destrucción, a la muerte y a la exterminación.
